Mirando el fuego
Por Luis Ernesto González
Desde el madrugador morral de cuero que llegaba a despejar las sombras, uno a uno se apiñaban al naciente sol de la explanada cecehachera la mochila de tela negra y su frase en francés, carpetas con argollas de metal, mochilas cafés, bolsos más formales, varios portafolios Samsonite (el legendario anaranjado, el azul muy raspado) y el mío tan ligero, sin marca, azul. Antes de la primera clase, el encuentro entre amigos ocurría como entre sueños. Y entre una clase y otra… ¿Dostoyevski? ¿Futbol? ¿Chismes locales? ¿Tristeza de la felicidad? ¿Confesiones? ¿Demian? ¿Jalil Gibrán? ¿El concierto de Serrat en el Auditorio? ¿Los chistes de Almazán? Siempre sentir que a uno se le iba casi todo, que la vida era más… que uno era poco viable.
Un día, mi maestra de Griego, ejecutante de música en un ensamble, recibió de manos del tímido versador un texto sobre el fuego. De mis días infantiles frente a la chimenea, a los de ese momento en que el amor quemaba sin herramientas para la buena combustión, hice de las flamas palabras. En su clase practicábamos el alfabeto griego trasladando poemas de Díaz Mirón. Dos días después de mi entrega de versos, ella los escribió en el pizarrón. Pidió, como siempre, una interpretación y después el traslado. Qué sorpresa, cuántas impresiones salían de algo que yo creía hasta obvio. Al final, una compañera preguntó: “¿De quién es este poema?” “De un poeta que no es conocido… pero lo será”. Nunca me había sentido más halagado.
Siento no sentir
la llama permanente
de este pequeño incendio
lleno de leños verdes,
¡ay!, que por percibirlo
imponente un momento
lo nutro de papeles,
tan breves,
pasajeros,
como mis alegrías,
verdes, esperanzadas,
y que para sentirlas
he de pensar en ella,
tan lejana y nocturna
y tan, tan
escondida.
La hoguera anhela muda
que el leño verde
sea tronco seco
de intensa llama
y mi amor quiere
sentir el fuego
de su mirada
encender mi alma
y poco a poco
que se
consuma.
(1983)
En medio del naufragio de esta civilización siempre se agradece que alguien como tu nos recuerde que un día tuvimos más esperanzas que las que ahora nos pueblan (este pueblo casi está vacío), este poema y el relato de su temporalidad son uno de los mejores ejemplos de los oasis emocionales que nos permiten seguir cuerdos, ayudando a contestar la eterna pregunta ¿De donde venimos?, de allí mero, de donde aprendimos a conocer otras soledades., gracias infinitas.
¡Bellísimo poema mágicamente maduro sobre un leño verde!
¡Qué regalo tan espléndido nos brindas hoy!
Sin lugar a dudas tu maestra de griego fue sensible a tu poema. Creo que tú, como poeta, eres una hoguera anhelante.
Que hermoso Luis Ernesto quien fuera leño verde para morir de amor por dentro gracias por esta copa de vino de rioja de la mejor cosecha para mi alma