Entreluz

Ese sí fue un largo y sinuoso camino (I de IV)

Por Alberto González Carbajal

La nostalgia es como la gripa: basta el mínimo contacto y las condiciones necesarias para que te pegue durísimo y, al igual que con la gripa, sólo con reposo y atenciones puede uno reincorporarse al maremágnum de todos los días.

Esto viene a colación porque, leyendo la colaboración que me antecede, me percaté de que comenzaban a aflorar una serie de capítulos que fueron muy importantes en mi vida, y ahora, con el paso de los años, me doy cuenta que algunos de ellos me llevaron al camino que transito día con día.

Dentro de esos capítulos existe uno que he platicado infinidad de veces, tantas, que hay algunas personas que ya se lo saben de memoria a pesar de que no estuvieron físicamente allí. A veces, oyéndome con paciencia infinita, la mujer de mi vida me dice “¿No se olvida tal o cual detalle?” Recuerda este hecho mejor que yo, y eso que ella no lo vivió.

La cuestión es que hace ya un rato que no lo cuento, y ahora que las nostalgias han decidido poblar mis días, me parece necesario compartirlo con ustedes. Se trata de un viaje que se realizó, en 1984, a las playas de Michoacán, durante el último semestre de mi estancia en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Naucalpan, el CCH para los cuates. Tal vez se resistan a creer algunas partes de este relato, o no crean nada de nada, pero les puedo jurar que fue verdad; cuento con suficientes testimonios que lo avalan. Va, pues, la historia.

En esa época, yo tomaba clase de Ética con un insigne profesor, Fausto Nava (q.e.p.d.), un tipo con un extrañísimo sentido del humor. Tuve la fortuna de conocerlo de cerca; aprendí más de él fuera de las aulas que dentro de ellas.

Un buen día, este profesor nos informó que era imprescindible, para poder aprobar el curso ese semestre, acudir a un “viaje de práctica” (eufemismo para nombrar esa excursión que él seguramente ya sabía que se pondría “interesante”). El objetivo: ir al estado de Michoacán, a las playas específicamente, donde nos dedicaríamos, durante algunos días, a recabar información socioeconómica en pequeñas poblaciones. La idea gustó más o menos a todos, con excepción de algunas niñas fresitas que pusieron cara de horror cuando escucharon que íbamos a acampar en despoblado; pero eran minoría. Quiero recordarles que, en esa época, la mayor parte de los que asistíamos al CCH formábamos parte de lo que ahora llaman “prole” y en aquellos ayeres éramos simplemente lo que Marx definía como “proletariado” e incluso como “lumpen-proletariado”. Estábamos jodidones, pues, y cualquier posibilidad de viajar era una invitación a la aventura.

Alguien, inocentemente, preguntó: “¿Podemos llevar invitados?” El profesor, sin dudarlo, dijo: “Claro, los que quieran”. Y eso fue el inicio de un éxodo como nunca lo había habido y, según sé, como nunca lo hubo después en esa escuela. Se apuntaron un total de 645 seres (¿humanos?), entre alumnos de Fausto (él daba clases en dos de los cuatro turnos que tenía en aquel entonces el CCH) e invitados (montañas de invitados, la mayoría estudiantes también, pero de otros grupos). Tuvieron que rentar 17 camiones (que iban de la ruina total hasta la decente medianía… Pero no me adelanto; en su momento sabrán la importancia del estado de algunos de esos autobuses y el porqué del título de este texto).

Ahora llaman “virales” a las noticias que se transmiten y multiplican de manera geométrica por la red. Antes las filtraciones sólo cundían de viva voz, en pasillos, cafeterías y por todos lados. En esos días, la información daba cuenta de que habría una excursión “abierta” a algún lugar donde había playa, los costos eran mínimos y el plazo de pago era también accesible; el único requisito era que alguno de los alumnos del mencionado profesor te tenía que invitar. Por supuesto, resultaba casi inevitable conocer a alguien que fuera alumno de Fausto, pues Ética era la número uno entre las materias a escoger en los últimos semestres.

Yo no lo dudé. Invité a un amigo con el que había encontrado una suerte de destino común en muchos aspectos y que, quién diría, años, muchos años después, sigue siendo uno de los pocos referentes (a veces el único) que tomo para definir el concepto de amistad. Pero esa es otra historia.

Por ahora pongamos pausa. La siguiente semana les contaré del inicio de esa odisea o paseo por el infierno, según se vea. Los veo en el camino.

3 comentarios

Archivado bajo A González C, Crónica

3 Respuestas a Entreluz

  1. Gloria

    Ya me atrapaste para la siguiente semana.

  2. Martha Aguirre

    Me hiciste que se me rodaran las lagrimas, creo que hace casi 18 años te conoci con esta historia en la mesa de tu casa, con tu mamá, tu hermana y con un amigo tuyo de cuyo nombre claro que puedo acordarme. Y en efecto con esa bendita mujer de tu vida creo que la hemos oido no menos de 100 veces que bueno que te animaste a publicarla

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