uan José Arreola, a 100 años | La hormega

Juan José Arreola, artesano del lenguaje: Margo Glantz

·   La escritora participará en una mesa redonda junto con las especialistas Luz Elena Gutiérrez de Velasco y Sara Poot-Herrera

·      Hablarán de la vida y obra del autor jalisciense, en el marco del centenario de su natalicio

·      Martes 18 de septiembre a las 19:00 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes

“Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán”, así inicia el texto titulado De memoria y olvido de Juan José Arreola, quien este año cumple cien años de haber nacido. Fue un ensayista, narrador y poeta que estudió actuación en la escuela de teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes, y actuó bajo la dirección de Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia.

A cien años de su nacimiento, se recordará a Juan José Arreola, autor de Confabulario yescritor pilar de la literatura mexicana, mediante la mesa redonda El prodigioso Arreola. Participarán Margo Glantz, Luz Elena Gutiérrez de Velasco y Sara Poot-Herrera, hoy martes 18 de septiembre a las 19:00 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Juan José Arreola fue fundador de diversos talleres literarios y dirigió seminarios de escritores cubanos en la Casa de las Américas, lugar donde solía encontrarse con la escritora Margo Glantz, quien platicó esta experiencia: “Yo conocí bastante a Arreola, juntos estuvimos en Cuba. Él estaba invitado por la Casa de las Américas y yo iba seguido, platicábamos constantemente, entonces nos hicimos amigos”.

“Lo seguí viendo cuando regresó a México. Leí Confabulario cuando apareció, así como El llano en llamas y Pedro Páramo, lo mismo que La región más transparente y Balún Canán. Esas publicaciones, y sus respectivos autores, fueron un cambio importante en la escena mexicana”, dijo Glantz.

Para la escritora, las primeras lecturas que hizo de Arreola fueron gratificantes. “Una impresión magnífica”, mencionó. La obra del jalisciense pronto se desmarcó de otras de la misma época: “Desde el primer momento había una invención. Él inventó el término varia invención o por lo menos la acuñó, y era una cosa novedosa en México, a pesar de que habían existido figuras muy importantes que manejaban el mismo tipo de literatura, como Julio Torri, por ejemplo: muy importante escritor de una prosa muy breve tanto en extensión como en aparición”.

Y agregó: “Julio Torri publicó poco, pero fue una figura fundamental en la literatura que ha sido bastante olvidado, yo lo pondría como un antecedente de Arreola. Luego apareció Juan José con una prosa muy particular donde había una cosa muy internacional y un cuidado especial del lenguaje. Él se decía un artesano del lenguaje”.

Juan José Arreola también fue formador de importantes escritores que destacaron en la segunda mitad del siglo XX, quienes acudieron a su taller literario y publicaron enMester. “Influyó muchísimo. En sus talleres estuvieron gente tan importante como Sergio Pitol, José Emilio Pacheco o José Agustín, quien, de hecho, escribió La tumba, obra que se publicó en Los presentes de Arreola. El jalisciense fue un gran promotor de la literatura, el ajedrez, etcétera. Cuando estuvo en Casa del Lago hizo cosas muy importantes. La figura de Arreola es mucho más pública que la que tuvo Juan Rulfo, quien era más reservado, más introvertido. Son contemporáneos y del mismo lugar, de Jalisco, pero son opuestos a pesar de que son los más grandes escritores de esa época”.

“Hay mucha gente que intenta copiarlo, pero yo creo que se necesita tener el talento, la imaginación y la capacidad de jugar con el lenguaje que tenía Arreola; además de su sabiduría y su gran erudición, porque él era un hombre autodidacta, tenía una erudición extensísima e importantísima”, finalizó.  

Anuncios

¿Quieres visitar otros mundos?

Interesante iniciativa para la difusión de la literatura.
José Antonio Cedrón | La hormega | Portada de libro

Locutorio

Una entrevista con José Antonio Cedrón

La realidad miente más

Si quieres escuchar la versión radiofónica de esta entrevista, sigue este enlace.

Juan Pablo Picazo

— Me parece que de un tiempo a esta parte la poesía se ha llenado de palabras, y se ha vaciado de mundo.

Así me responde la primera pregunta José Antonio Cedrón. Nuestro encuentro en el café, me ha dejado una primera impresión de generosidad, sencillez y entrega, Takes son su sonrisa, el apretón de manos, la franca cordialidad con que me presenta a su compañera, poeta también, Elena Garritani, con quien realiza este viaje de visita a México, a propósito de un homenaje que se le ha dado en la ciudad de Puebla.

Poesía e involución

José Antonio Cedrón, poesía, La hormegaEsa respuesta ha disminuido un poco su sonrisa y le ha hecho juntar las cejas un instante. y añade a lo que ha dicho; “…y es que hay incluso un exceso de publicaciones, y siento que todo esto es muy efímero. Hay, me parece, lo percibo, un problema con la audición, se escucha menos…”

José Antonio Cedrón es un poeta nacido en Buenos Aires cuya vida ha sido una suerte de periplo solar que inició con su partida de una argentina sacudida por el autoritarismo, en una época en que casi todo el Cono sur estaba infectado también por acerbas dictaduras  militares.

Su viaje incluye lugares como Venezuela, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, y México, en los que trabajó como periodista, editor, y catedrático; su obra se compone entre otros, de libros como: La tierra sin segundos, De este lado y del otro, Actas, El negocio de la fe, y Vidario.

En el estado de Morelos, desde donde escribo esto y en cuya ciudad capital nos encontramos para esta charla, el poeta trabajó como docente e investigador en el inicipiente entonces Centro Morelense de las Artes, donde trabajó incluso, con las expresiones de  teatro campesino, que existen desde la época colonial y que los pueblos se han pasado de generación en generación.

Bien vista, esta observación de José Antonio Cedrón en torno a la poesía de nuestro tiempo, es un síntoma de un problema más grande, dice, pues ocurre que se se escucha menos, y se respira una generalizada crisis de valores, una colectiva pérdida del asombro, y una simplificación del pensamiento a niveles muy bajos de exigencia.

Añade el autor: “Todo esto tiene que ver con el hecho de que en los últimos tiempos han perdido prestigio la docencia, la literatura, la música… pienso que cuando baja el nivel, baja parejo, y lo podemos ver incluso en el deporte,en las profesiones, en infinidad de actividades como en los oficios…”

Y abundamos en ello. No sólo se escucha menos, se lee menos, se entiende menos. Y además, nadie se cuida o se duele, o se preocupa demasiado por ello. El poeta habla del asunto con una angustia real, con verdadera preocupación sobre nuestros contemporáneos y las generaciones venideras, que por fuerza habrán de crecer bajo la sombra de dicha mediocridad.

Los referentes perdidos

Para José Antonio Cedrón existe una necesidad real de comprender este fenómeno generalizado; si bien ha desarrollado ya algunos apuntes para trabajar el tema, confiesa que no ha logrado llegar aún más allá. Explica: — De lo cual tengo, te diría sinceramente, sólo borradores, porque no alcanzo a entender lo que ocurre, tal ves, siento, porque nos quedamos sin referentes.”

El autor ahonda en esa idea explicando que la pérdida de referentes no se refiere a esos inmediatos que cada cultura posee, como los referentes de los mexicanos o los referentes argentinos; sino esos otros grandes referentes universales como los filósofos que las generaciones solían leer y cuestionar o leer y circunscribir.

— Esos referentes que estaban fuera de nuestras fronteras como los filósofos que hemos leído, los escritores que nos dieron tantas cosas a crecer, ese tipo de referentes cro que nos faltan… y hoy, todo es muy ligero.

Ignorancia criminal

José Antonio CedrónCuando José Antonio Cedrón dice “creo que nos faltan”, refiere a la circunstancia de nuestro presente, ese que impulsan las nuevas generaciones, pues en su discurso está claro que su generación no estuvo ayuna de ellos.

Esa pérdida de referentes representa de alguna manera, una involución de las nuevas generaciones, que si bien están construyendo su propia obra, lo hacen a partir de fundamentos mucho más endebles que aquellos usados por generaciones precedentes.

Lo anterior, explica José Antonio Cedrón, abre la puerta al disparate, al contrasentido como signo de una generación que ha perdido algo más que la capacidad de asombro: ha perdido su propio rumbo, entrando en un estado peligroso de ignorancia. Así lo expresa el autor:

— Como por ejemplo, expresiones que tienen que ver con el poder: gente que aparece en la televisión de mi país, como asesores de gobierno que se presentan como filósofos, y dicen por ejemplo, cosas como esta: “Este gobierno, es Batman”. Entonces uno se imagina que hace 20 años nadie podía llegar a decir eso.

Explicó otro caso, el de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, que a la sazón es una de las más influyentes de la política nacional argentina, pues cuenta con aproximadamente 10 millones de electores, una mujer de la nueva camada de políticos, quien declara públicamente: “¿Para qué vamos a hacer nuevas universidades? Ese es un gasto inútil, ya está comprobado que los pobres no llegan a la universidad.

— Entonces, dice el poeta y periodista, estamos ante este universo que es ignorante y a la vez es cruel. Y la suya es una ignorancia criminal.

El incierto futuro

Al final, todo se traduce en esta pérdida que es necesario remontar la gran pregunta es ¿Cómo hacerlo? para el poeta viajero, no hay muchas esperanzas en lo personal, pues cuando ocurran, piensa, él ya se habrá marchado, aunque aún tiene un refugio: los amigos, los amores familiares, cómplices todos de su tiempo, de su visión del mundo. Respecto a una mejora del panorama antes descrito, nos dice:

— No tengo expectativas, quisiera sí, tenerlas.

Le interrogo acerca de sus andanzas de héroe solar por la América nuestra, de la transformación que ha tenido su mirada de poeta, el transmutación de sus versos y explica que la transformación es inevitable y no le desagrada, ocurre diario, ocurre siempre, de algún modo de eso trata estar vivo.

José Antonio CedrónLe inquiero sobre los proyectos en puerta, se va a la reflexión: “Estoy hablando desde el tiempo que me toca. Desde la edad que me toca. Desde las miradas que tengo. desde la confrontación que tengo con lo que uno mismo ha vivido. Todo desde esta suerte de final de vida, porque… —Ríe mirando hacia una lejanía que se le muestra sin obstar las paredes de la vieja casa que alberga el Café Bon’s— no me puedo engañar… y a veces con cierta ligereza, te dicen: ¿cómo ves? ¿qué vas a hacer en el futuro? Y uno piensa: Y bueno, no sé si el futuro ya fue o es ahora…”

José Antonio Cedrón sabe que el futuro es el presente que se va cumpliendo y explica la plenitud con que lo vive: — Y no sé, yo hago cosas, trato de que estas cosas cercanas, estas que uno tiene: sus amores, sus amigos, su compañera y la familia… y después, sin muchísimas más expectativas por el futuro, uno lo va ejerciendo conforme llega.

La realidad miente más

Por eso mi poesía —sigue diciendo el autor— en eso siempre se expresa, en las cosas cercanas, cotidianas, procurando el asombro porque a veces se mira sin ver.

Hay “un librito” dice con cariño en el que sigue trabajando desde hace muchos años. Piensa en él como en un trabajo de carácter misceláneo, en que fdará cabida a muchos materiales de investigación, trabajos periodísticos, cosas que ha ido publicando desde hace mucho. Dicho libro lleva por título La realidad miente más, y es una recopilación que busca dejar constancia de su sorpresa permanente ante los cambios.

Entre los temas que contiene, muchos de los cuales publicados a su paso por el periódico Unomásuno, se trata sobre los refugiados en Chiapas, trabajos sobre género, el teatro campesino de Temoac, Morelos, sus entrevistas a Eliseo diego en La Habana y México, textos para presentaciones de libros, algún ensayo sobre los procesos culturales de la Nicaragua sandinista, y otros de igual o mayor importancia, como esas pequeñas memorias a las que llamó Siglo XXI, reflexiones sobre el ethos del argentino.

La inseguridad, la violencia, la poesía, el periodismo, el amor, el pensamiento, muchos temas más desfilan entre nosotros en apenas una hora; detalles, expresiones, la vocación literaria de los jóvenes, la sinrazón y el disparate en que se expresa la realidad más a menudo de lo que pensamos.

No puedo más por ahora, es la hora de las brujas mientras estas teclas caen, y debo dejar otras cosas de nuestra charla en el tintero.

Taller en puerta

TAller con la Maestra Ekiana ALbala

Las paredes cantan | Juan Pablo Picazo | La hormega | Foto cortesía de Pixabay

Onirosofía

Las palabras de las paredes

Juan Pablo Picazo

Las paredes cantan desde siempre. A veces sus voces destrozan cualquier silencio y cualquier ruido, poco o mucho. A veces salmodian apenas. A veces cantos guturales profundos y antiguamente remecidos. Yo jamás pude escucharlas, ni lo quería. Pero ese viejo me abrió los oídos de tal forma, que ahora son como micrófonos abiertos a todo tipo de cosas que no oyen las gentes normales, si alguna lo es.

Y es que la canción de las paredes es lo de menos, también llenan el aire los violentos debates de las nubes, las largas e ininteligibles charlas de las montañas, los cotilleos de las briznas, las flores, las conversaciones ordenadas de los bosques, y por supuesto, las alertas, los llamados los cortejos y cantos de guerra de los animales diurnos y nocturnos, así como ciertos coros y solistas cuyas voces no puedo asociar a cosa natural o construida de humana mano sobre la tierra.

Y pensar que el viejo, bien entendida mi discapacidad, mi debilidad visual y mi ceguera nocturna, también quiso abrir mis ojos, y mi tacto, pues decía que a mis letras les faltaba un asombro auténtico, prístino, pues mi trabajo literario era más bien translúcido, lo que denunciaba mi media videncia, no como otros cuyo trabajo era más bien opaco. Pero lo que ya oía me asustó y no quise ver ni sentir las muchas cosas sobre las que me hablaba.

Como los demás, al principio yo lo consideraba loco. Simulaba comerse y masticar el aire, bebía sólo agua de lluvia, jugo de flores, guardaba frascos con rayos de sol y luz de luna para aderezar su pan o remezclar con esos tés rarísimos que siempre tomaba. Se quedaba pasmado escuchando la nada, y a veces reía a carcajadas por algún chiste que dijo la pared de enfrente, y hablaba de perfumes nacidos en puertas y ventanas, o de las varianzas de color en las ráfagas de viento además de muchas otras cosas.

A la larga mis oídos se han acostumbrado a todas esas voces. He logrado oírlas sólo a voluntad, las únicas que no he podido acallar son las de las paredes, que no dejan de cantar nunca, incluso mientras muchas de ellas callan antes de empezar un nuevo discurso. Lo que me ayuda mucho es que desconozco la mayoría de esos lenguajes, aunque poco a poco van aclarándose en mi mente. Pero las paredes hablan en lenguajes humanos conocidos y eso es a veces grotesco, aterrador, ridículo o devastador.

Quiero dejar de oírlas. He notado que esas voces me llegan a veces como si supieran que escucho y me dedicaran sus palabras. Al principio comencé a escribir sus historias y sus pensamientos, luego fui más selectivo y ahora me niego a hacerlo, pero no me alcanzarían mil vidas humanas para escribir lo que oigo en una semana o menos.

Ahora sólo puedo dormir si me desconecto bebiendo esos venenos fermentados. El viejo me dijo que había una manera de cerrar nuevamente los oídos, pero como no le creía, no recuerdo lo que debe hacerse y él hace tiempo que murió y ya no puedo preguntarle nada.

La gente piensa que estoy loco porque peleo a gritos con mi casa, y recorro la ciudad sin ya cuidarme de mi aspecto o eso que llaman vida, hablo con todas las paredes, algunas me han dicho que saben como volverme humanamente sordo otra vez, pero les gusta poder hablarle a un humano, así que no me dicen, y siguen hablando sobre la importancia de recoger ordenadamente sus palabras. Y yo ya no puedo escribir una línea más.