Entreluz

El hartazgo como estrategia

Por Alberto González Carbajal

¿Ya saben por quién van a votar? ¿Se van a abstener? Yo he pensado mucho en este asunto últimamente. Y del lugar menos sospechado, justo me llegó un punto para reflexionar al respecto con más claridad. Y quiero compartirlo con ustedes. Pero vamos por partes.

Una de las cosas que más aprecio de trabajar por mi cuenta es que, de cuando en cuando, tengo que ponerme a investigar sobre ciertos temas de los cuales carezco de información suficiente. (Si me leen por primera vez, les doy la bienvenida y les cuento que me gano la vida vendiendo ideas para ahorrar o ganar más billete, entre otras cosas.) Resulta que andaba un poco perdido analizando una estrategia de relaciones públicas de cierta empresa dedicada a la venta de cosas de mujeres (por esto de andar firmando los llamados “convenios de confidencialidad” a diestra y siniestra, ahora no puedo detallar) y de pronto sentí que sobraban piezas en el rompecabezas. Mi confusión estribaba en que la estrategia me parecía excesiva, grandilocuente y poco sustanciosa.

Le expuse mis observaciones a mi cliente, un individuo de muy mala catadura, que acostumbra contestar a todo con monosílabos. Cuando acabé de hablar soltó un lacónico: “Ajá”. (Imaginen que yo, en los momentos siguientes, fui la viva imagen de los puntos suspensivos.) Con calma se alejó un poco y extrajo un libro de su escritorio; me lo extendió sin mucho aspaviento. “Léalo y hablamos en una semana”. Se despidió de mí con un rictus que imagino debe ser lo más parecido a una sonrisa, y salió de la sala de juntas dejándome, por decir algo, patidifuso.

theshallowsEl libro en cuestión era “The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains” (Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?), de Nicholas Carr, un reconocido autor que se ha dedicado a analizar la afectación que han sufrido nuestros procesos cognitivos a partir del surgimiento y expansión de las tecnologías de la información. Tan sólo hablar de esto nos llevaría muchas más cuartillas de las que tengo aquí permitidas, así que únicamente lo tomo como referencia (y los invito a leerlo; en español lo publica editorial Taurus) porque hay una frase que me dio una pista para entender mejor cómo están construidas las campañas políticas que estamos padeciendo actualmente (en México tendremos elecciones generales legislativas federales, legislativas locales y municipales, y de gobernadores en algunos estados, dentro de escasas dos semanas).

La frase en cuestión es: “Está muy claro, por lo que ya sabemos sobre la ciencia del cerebro, que, si no ejercitas habilidades cognitivas específicas, terminarás por perderlas”. Con esto, ahora entiendo mejor que los métodos propagandísticos con los que se están promoviendo los diferentes candidatos forman parte de una estrategia muy bien pensada (aunque parezca lo contrario) para que la gente no vote, ya sea por cansancio o por una convicción inducida de que esto no sirve para nada. Este exceso de información (y de tan mala calidad) está logrando que la gente se repita, cada vez con más frecuencia: “¿Por quién voto si no se distinguen diferencias entre ninguno de los candidatos? Y el hartazgo generado por esa ausencia de claridad, surgida paradójicamente por el exceso de información (me refiero a cantidad de bits y bytes), hace que sus procesos cognitivos se cierren, porque no es posible procesar tanta propaganda sin que haya un rato de tregua. No hay modo de ejercer la reflexión cuando te está revolcando una ola y luego otra y luego otra.

El mayor ganador en este galimatías es, por supuesto, el partido en el poder (PRI) y su adlátere (PVEM), ya que ellos cuentan con una bien aceitada estructura electoral que, si bien por sí sola no alcanza a formar una mayoría en el gobierno, si lo logra cuando no hay suficientes votos para la oposición.

Recorro las calles de continuo y, de manera inevitable, escucho voces, en tonos que van del miedo a la rabia o a la náusea, que cada vez con más frecuencia repiten: “No sé para qué hay que ir a votar; la verdad no hay ni a quién irle”.

Los caminos posibles y probables son muy pocos. Es casi imposible escapar de las cápsulas propagandísticas que salen en tele, radio, los espectaculares, los volantes, las camisetas, las paredes pintadas… ¡hasta en la pantalla de cine, para colmo! y en el fondo no dicen nada pero sí aturden. La lectura siempre es una buena opción (y no sólo hablo coyunturalmente respecto a las elecciones, sino a la totalidad de nuestra vida), ya que nos permite enfocarnos y profundizar en un solo tema o escenario. Sin embargo, con un índice de lectura per cápita tan bajo (2.8 libros al año), se ve poco probable que, en tan corto tiempo, logremos revertir las tendencias actuales.

Y ya puestos en el plan de emitir ideas descabelladas o de plano voladas de la realidad (como si se hubieran chutado un coctel de drogas de diseño), ¿por qué no le preguntamos al vecino de asiento en el metro, en el autobús, en la fonda donde comemos, en el parque, en todos esos lugares en los que nos vemos forzados a interactuar con otros seres humanos, si ya analizó las propuestas de campaña de los candidatos que le corresponden?

Por supuesto, nosotros debemos hacerlo sí o sí (no puedes convencer a nadie si no sabes bien tu tema). Hay que señalarle a estas personas que estar expuestos a tanta información acerca de las elecciones es lo que nos confunde, pero que todos somos capaces de filtrar automáticamente lo que nos interesa de lo que es sólo paja (casi todo), si tenemos claro cuáles son nuestros propios problemas. ¿Qué debemos resolver en nuestra calle? ¿Baches, inseguridad, basura, falta de escuelas o guarderías? ¿Qué deficiencias tienen nuestros servicios delegacionales o municipales? ¿Qué temas nos importa que el gobierno solucione? Enfocar al interlocutor con preguntas así, y no irse por las ramas del “todos son iguales”. Comenzar a poner puntos sobre las íes es un antídoto contra esa pobre información que nada más cansa. Sólo así puedes tomar la decisión que más te convenga, hasta la de no votar o anular tu voto si eso te convence, y esa conclusión hay que comentarla con cada una de esas mismas personas que comparten tu día a día.

Algo debemos hacer. Algo diferente debe ocurrir esta vez, sin duda alguna. Me niego a aceptar que en este país sólo existen los apáticos, ésos que sufren la vida y no hacen nada para cambiar su entorno.

Por primera vez agradezco a un cliente insatisfecho con mi trabajo, que me haya desasnado, aunque sea sólo un poco.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Teorema de Dios V

Por Juan Pablo Picazo

Porque anhelo de Dios, no imagen suya
somos, y andamos en tiempo de tierra,
no hay cosa en que El Señor no nos intuya:
bendiciones prodiga, pero aterra.

Sentenció los nuestros dichos humanos
y después instauró su eterna palabra,
gratitud quiere a la obra de sus manos:
el cielo, la luz, caverna macabra.

Mas nadie le ha visto: sea entonces la fe,
ciegos testigos gobiernan el mundo,
escépticos niegan bebiendo café.

Todos esperan su grito profundo
para confirmar que en verdad él es Él
y tarde saber si es dueño del mundo.

Incierta certeza

Semillas de nube

Por Luis Ernesto González

Es una lluvia oscura la que corre
la cortina del parque y huele a verde.
Y su brillante tono ya se pierde
en las luces del alma que socorre.

Algo nos pasa adentro cuando afuera
pausa la lluvia el ritmo de la vida:
se curan, intangibles, las heridas
que alguna vez el viento estremeciera

recién surcadas por la primavera
y su búsqueda airada de sentido.
Encendamos la vela. No ha dormido

la flor del agua, faro que se abre.
Sea una semilla cada gota y labre
la tierra de esta eterna pasajera.

Nubes para La hormega

A través del espejo

Los malditos

Por Karla Winkler E.

Camino por el verde camellón, oliendo la tierra después de la lluvia. De pronto, percibo un hedor de coladera, de oculta putrefacción. A unos metros de mí, un perrito hambriento se acerca tímidamente a olfatear el puesto de la esquina. Un tipo le lanza una patada que lo hace aullar y escapar. No es una escena aislada. A diario ocurre en todas partes de la ciudad.

Esos hombres a medio vivir van por ahí despedazados; sólo los unen suturas que al menor traspié los desgarran. Los hombres, de tan mutilados, ya se ven turbios.

Visten sus mejores trajes de ocasión para dar una impecable apariencia y camuflar sus corruptelas. Pasan los días entre podredumbre y depravación. Según su poder, todos abusan. Y los hay incluso, que estampan sus firmas en papeles y en instantes mueren miles de seres; y los que quedan cerca… quedan devastados. Al llegar a sus casas, el perro los recibe moviendo la cola y la respuesta es otra patada. Sonríen satisfechos de su poder, de saberse tremendos y superiores. Sus mujeres no quieren mostrarse nerviosas, prefieren sentirse optimistas y recordar su estatus y su cuenta, o la aparente seguridad y la costumbre de no estar solas. Encogen los hombros y asienten en silencio.

La sensibilidad de aquellos hombres se formó en cercas de púas, inclementes como un huracán. Nunca supieron quién las construyó. Las cercas fueron ganando altura con el paso de los años, formando murallas tan altas que ya nunca más consiguieron ver más allá de sus límites, privándose hasta de la luz del Sol.

No comprenden que no podrán liberarse más que con la muerte. Pero aman sobre todas las cosas ir así por la vida. Desfigurándose y enturbiando el aire, convertidos en un tufo que envenena y aniquila todo, lo más inocente, lo más hermoso; nada queda a su alrededor. Ése es su orgullo, ésa es su única habilidad. En su salón de trofeos, junto con nobles cabezas de animales asesinados por ellos, cuelga también el cadáver de su propia bondad.

Yo lector

Las gratas profecías de Isaac Asimov

Por Juan Pablo Picazo

Pensar en el futuro es mera ociosidad dicen algunos, pues lo que ha de ser será y lo que no… ¿ve que sencillo es eso? Además mientras piensa el futuro, su pensamiento acerca de él envejece y eso a la larga da qué pensar a otras generaciones sobre nuestra ingenuidad.

Por otro lado pensar el futuro es cosa seria para quienes tienen el hábito de planear y para quienes piensan que es necesario actuar hoy a fin de lograr un futuro mejor que ese que ahora pensamos ante lo que familiar y fatalmente llamamos Cambio climático, el coco de nuestros tiempos.

Porque el futuro no refiere solamente los próximos siglos o el milenio que viene, sino lo que pasará esta noche, o la lluvia o el calor que el día de mañana puedan traer. Como sea, ha habido siempre mentes grandes y pequeñas ocupadas en el tema.

De Isaac Asimov podemos decir mucho. Sobre todo por su obra profundamente anticipatoria, bastaría su sola Fundación para leer un tratado de la psicohistoria del mundo futuro en voz de R Daneel Olivaw y Hari Seldon, pero el profeta de los 400 libros, como se conoce a este autor por la magnitud de su obra, además de la ciencia ficción, su trabajo científico, sus libros de divulgación y sus libros de historia, nos ofrece algunos ensayos.

En su libro Crónicas del futuro (1), Asimov se aleja de Trántor y el Imperio galáctico que tanto han influido en el cine y la literatura del Siglo XX y XXI, y a partir de datos concretos, nos muestra uno o varios mundos posibles, en sus veinte ensayos, el autor reflexiona en temas como la educación, la evolución de las bibliotecas, el matrimonio, la exploración del espacio, las computadoras, y el éxodo de la tierra hacia un segundo planeta colonizado por los humanos, entre otros.

Huelga decir que, debido a su fe inquebrantable en los seres humanos, Asimov avizora tiempos de perfeccionamiento consciente, de uso racional de la tecnología y evolución de las formas y costumbres hacia escenarios de un mejor entendimiento entre las personas; ciertamente no profetiza tiempos rosas y perfectos, no descarta problemas, pero cree que habrá soluciones creativas y oportunas en cada caso.

En mi lectura de sus Crónicas del futuro, encontré lejanas posibilidades de cuestiones como el aprendizaje mediante una currícula libre y electa según el deseo y necesidades del alumno, quien se forma siguiendo sus cursos desde su propia computadora.

Entre lo que sueña y preconiza, el futuro ha alcanzado en más de un modo a este autor norteamericano; algunas de sus visiones se ven ya en camino de consumación, lo que hace pensar en sus más atrevidas aseveraciones si algunas de las más sencillas ya se han cumplido ¿veremos pronto al hombre terraformando exoplanetas con la intención de colonizarlos para permitir la recuperación de la tierra?


Asimov, Isaac. Crónicas del futuro, Tikal ediciones, México, 1997.

Crisálida

Vorágine

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Todo es tempestad, todo grito,
no lluvia incesante y lastimera;
todo, potente fuego imperioso
que arde, consume y no quema
y arrebata el alma y la deja inerme.

Todo es pasión de una ausencia encendida
en el centro del ser donde no hay nada,
sólo vacío, hueco, abismo,
oquedad que exige ser llenada
y ansiosa solamente espera.

Me sedujiste, noche, y me dejé seducir;
negra soy ahora, como mi retina negra,
como tu profunda realidad que nadie ve
y que la luz esconde para que Moisés no tema.

Presurosa oscuridad invasora,
abrázame, pues, y llévame hasta el fondo,
al lugar del torrente, de la caída,
del vuelo inexplicable sobre un mar fosco.

¡Ah, negrura de marfil, luz de ébano,
que negra yo, en ti me pierda!

Entreluz

Desde este Centro de Miseria, ¿en qué le podemos ayudar?

Por Alberto González Carbajal

call centerEntiendo que, para la gran mayoría, ese es su primer empleo, el que les permitirá tener la tan ansiada experiencia que podrán plasmar en un papelito llamado currículum vitae, que presentarán la próxima vez para aspirar a un empleo mejor remunerado. También entiendo que la formación requerida para ocupar tal puesto laboral es prácticamente nula: les dan un microespacio, una diadema telefónica y los sientan enfrente de una pantalla donde tienen que recitar hasta el cansancio respuestas memorizadas.

Conozco de primera mano esos lugares. En algún momento de mi trayectoria laboral dirigí uno de esos espacios conocidos como Call Center. Un día sí y otro también tuve que lidiar con una serie de problemas derivados fundamentalmente de la inexperiencia de los operadores y de la intolerancia de sus supervisores, a quienes se les olvidaba (con mucha facilidad) que ellos también pasaron por esos senderos y, por ende, por esas mismas situaciones de presión, abuso laboral, la angustia de sentirse evaluados (y grabados) en todo momento y por todo lo que rodea ese asfixiante ambiente.

Comprendo que seguir un guion muy específico termina por atrofiar la creatividad y la soltura al hablar, ingredientes indispensables si quieres que, además de ser eficientes, tus telefonistas sean agradables (después de todo, ellos son la impresión final con que se queda el cliente que, por cualquier circunstancia, hace contacto con ellos).

De todo esto me tengo que acordar para no estallar cuando, después de una espera de poco más de quince minutos, finalmente soy atendido vía telefónica por uno de estos nóveles operadores. Él logra lo que parecía imposible: sacarme de quicio, lo suficiente como para alzar la voz y terminar por solicitarle de manera cortante que me comunique con su supervisor.

Con el terror evidenciado en el temblor de su voz, me da algunos pretextos para no pasar la llamada con su jefe directo. Pero no le queda de otra, después de que insisto e insisto en preparación del lanzamiento de alguna frase tajante.

La cuestión es que normalmente el tiempo que tardo en tranquilizarme es inversamente proporcional al tiempo invertido por el susodicho en hacerme enojar, así que, cuando finalmente oigo la voz de este supervisor sólo acierto a decirle que debe capacitar mejor a sus subalternos para que no pierdan tiempo en repetir cada pregunta o petición que les hago, que deberían saber detectar cuando un usuario sabe específicamente para qué habla. Con una voz mucho más pausada el individuo en cuestión me asegura que tomará nota de mis observaciones (nada más le faltó decir que lo escribiría con “tinta sangre del corazón” como dice la canción.) y que la solución a mi problema demorará “mucho menos de lo usual”.

Al final sólo me queda la certeza de que me estoy volviendo viejo y que me desespera no poder hacer más cosas con la vida que me queda… y que perder tantos minutos en una llamada lo siento como el robo de uno de mis bienes más preciados: el tiempo.

Por eso, mis queridos amigos, tampoco vale la pena pasar lo que nos queda de vida rumiando enojos o jugando al teléfono descompuesto. Estos trabajadores son muy jóvenes y están empezando. Su sueldo es una burla y el mundo hoy está muy canijo, probablemente más que el que le tocó a mi generación en sus años de formación. Respiren hondo y comuníquense con su paz interior. Ésa sí hace bien su chamba y les dará una pronta respuesta.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Teorema de Dios IV

Por Juan Pablo Picazo

Me nombra una palabra: luego existo,
si me llamo soy, si soy puedo cantar,
y si canto mis versos es -insisto-
muy posible a la divinidad llamar.

Si todo puede ser nombrado, existe.
Cide Benengeli es fuego sagrado,
son lo innombrable y también lo muy triste:
el cuarto de un ángel sordo, enjaulado.

A través de inspirados, se escribe Dios
y, multitudinariamente dicho,
existe con su potentísima voz.

No hay otro gobierno, sólo su nicho
donde siempre nace un profeta precoz
que escribirá su divino capricho.

Incierta certeza

Cuerpos de agua

Por Luis Ernesto González

Gotas de lluvia, tu cuerpo,
agotada tormenta.
Y el silencio,
una brizna de tiempo lo sostiene.

Diminuta campana convocante.

Abres los ojos, líquida aún,
para mirar el agua de mis manos;
mis manos te devuelven,
mis manos te revelan,
te miras con mis manos.

Si esta paz
nos devela más tarde el continente,
tal vez
nuestros cuerpos serán otra vez sólidos.

Pero ahora,
ojos verdes, olivares de niebla, más,
flora ilimitada,
una selva sublime se condensa.

Balsados a la lluvia, poco a poco,
somos dos otra vez para ser uno.