Condesa Sangrienta

La Condesa Sangrienta (VIII de IX)

Por Grissel Gómez Estrada

Alcanzaste el castillo.
Porque el eco de seiscientos gritos
viajó hasta tus sueños.
Con soldados, llegaste al castillo,
temeroso de la belleza de la Condesa,
llegaste al castillo en nombre del rey,
y tapaste los oídos con cera:
la Condesa cantaba desde un balcón,
paseando su cuerpo blanco por la nieve.
Los yernos de la Condesa
defendieron su linaje.
Pero, de pronto, se escuchó un alarido.
El fuego de la antorcha
miraba por ti.
En los subterráneos,
hallaste una puerta, pesada,
que derribaron los soldados.
Boca de lengua viperina.
Dos grupos. Puerta de acero,
con varios candados,
destruidos con pólvora.
Tufo de roedor.
Canal bifurcado.
Tú elegiste el camino carmesí.
La oscuridad hervía.
De las paredes surgían gotas, como lamentos.
Encontraste en un pasillo sin salida.
Regreso.
El túnel se estrechaba,
como si llegaras al final de una cola.
A la derecha, la llama ilumina un mensaje
en la piedra: “Loba, eres tú”.
Se escuchó el golpe de una puerta.
Bifurcación. Te quedaste solo.
Caminaste. Tu olfato de mamífero te guiaba.
Tropezaste con algo blando y gelatinoso.
El ladrido incorpóreo
de un perro furioso te detuvo.
Avanzaste.
Un chillido te estremeció la espalda,
y volviste a oír el canto de Erzébeth.
Una puerta transpiraba fuego.
Sudaste.
Abriste.
Una cascada te sangre se te vino encima,
remolino que te absorbió hasta trocarte
puntito.
Una muchacha, que acaba de morir desangrada,
irónica te sonrió.

CondesaSangrientaCaruso7

Ilustración de Santiago Caruso

Incierta certeza

Silencio encendido

Por Luis Ernesto González

“Hay un gesto en mi cuerpo y un tono en mi voz
que lo dirán todo rápidamente como un relámpago
en este nombre que busco”.
León Felipe (Ganarás la luz)

La catedral helada de tu cuerpo,
me platican,
sonreía.
Con disfraz ciudadano lo envolvieron
—la marca gris
que querías olvidar—.
Contigo se quemó.
También tu frío.
Se reveló con humo tu silencio; lo sabías:
fue tu golpe maestro.

Qué lento regresar a casa,
la casa de ti mismo que eras tú.
Siempre fue tu ventana la poesía.
Cercado por las vidas que cuidabas,
desangrándote, autófago de pronto,
relámpago en la noche, iluminado,
decidiste parar.

Y caíste al suelo. Nadie quería firmar esos papeles
que explicarían acaso…
Impune escena. Se repartieron tus años de trabajo. Les bastó,
les sobró —y esa noche,
a mil kilómetros, en una hoguera
se afinaba el amor—.

Bajo el cielo estrellado de Arvo Pärt
las otras catedrales se hacen humo.
Rescoldo, ceniza, árboles futuros.
Y los pájaros
se llevan las ramitas a sus nidos
—tus hermanos, hermano,
tu fe de labrador—.

Tus pasos que derriten estos muros.
Tu palabra, la cuerda vocal en el pabilo.
Tu oído, báculo de un rebaño de lenguas en angustia.
Y la Gran Explosión de tus arterias, de tus válvulas
—la mitrada, que aún hace de ti hoy
el oficiante que a todos corazona,
que aún nace de ti hoy en pregunta perfecta—.

Muerto fuiste y te llevaron con la aviesa armadura disfrazado.
Y ardiste, como siempre, pero ahora para siempre.
Yo escucho el humo, el silencio de Dios
que ahora es el tuyo. Y hablo sin voz
y entiendo.
También mis huroncitas hablan ese idioma.
Y la mirada en vuelo de mi Enredadera.
Mi próximo poema tendrá menos torpezas
y será
para ti, hermano.
Y un día llamará la campana de Arvo Pärt.
Y te veré incendiando catedrales.

Sainte Chapelle 02

Sainte Chapelle (París). Foto tomada de internet

Cantar en silencio

España, cómo hueles a Franco

Por José Manuel Recillas

Ah, España, cómo hueles a Franco,
cómo hueles a sangre, cómo a hueles a atraso,
cómo de tu entraña goyesca más monstruos emergen
que esos del pensamiento al que tanto le temes.

Ah, España, cómo te idealizas civilizada y ordenada,
y cómo te mientes frente al declive
que tu seseo ignorante promueve y elogia,
cómo te entregas a matar a tu pueblo
en nombre de tu propia ignorancia y desprecio,
en nombre de tu abuso y tu derrota.

Ah, España, qué pronto olvidaste el nombre terrestre
de todo lo que tiene en ti su orgullo pisoteado,
con qué desprecio miras Cataluña y la Vasconia
ignorando incluso a homosexuales y poetas
que en sus palabras un estandarte de libertad portan.

Ah, España, mancilla a tu propia tierra con esa sangre
gustosamente derramada, pensando que no es tuya,
sigue ignorando a quienes nos libramos de ti hace mucho
y amorosamente te pedimos libertad a tu juventud
y a tus pobladores que no soportan más tu deseo
de ser monárquica, católica y retrógrada,
por gracia divina y cavernaria voluntad.

Ah, España, qué pronto se te olvidó la sangre derramada
de tus antiguas colonias.
Tal vez ha llegado el tiempo de que sangres de nuevo:
tu sino se llama Vasconia y Cataluña,
lecciones de Historia que tal vez no podrás aprender
nuevamente.

28 de septiembre de 2012

006-Hitler y Franco

Entrevista de Hitler y Franco en Hendaya (1940)

A través del espejo

Casa de canto y madera

Por Karla Winkler

En mi sueño hay una cabaña. Un hogar que alimenta flamas de chimenea, envuelto en el canto de los grillos de la hiedra. A sus faldas, entre cojines y una copa de vino, estoy yo. Huelo a lavanda y a castañas, huelo a tierra mojada, a limón, a romero; a mi cuerpo y a mi espíritu. La noche refresca su calidez, en la que se acomodan los lozanos instantes, unos en vez de otros, en las exequias del tiempo. Una brecha humedecida y anhelante se desliza hacia la puerta de madera. Se estremece mi cuerpo, cubierto por la tela suave y liviana de mi bata y por mi piel ufana y jubilosa. Un canto, como una llamada, susurra en el aire y el sonido es tan seductor que estoy cerca de rendirle culto. Son cientos de dioses, unos de paredes de piedra y leños, cubiertos de enredaderas, otros que iluminan el firmamento, y algunos que cada noche dan un concierto de luces y trova entre la negra espesura. Me contoneo abrazando la puerta, cada vez con más ansia, con más dicha, hasta que, por fin, con una nota proveniente de algún edén, ésta se abre completamente. Dentro, flamas; fuera, oscuridad; el canto de los murciélagos, mitad voz de grillo, mitad de ave; y el galanteo de la puerta, del borde. Y entonces, giro, nada se detiene, como si alguien, consciente de su sueño, no quisiera que acabara.

Casa sueño

Foto tomada de Pinterest

Yo lector

Crónicas de la ciudad Tlahuica

Crónicas de la ciudad Tlahuica-1

Portada de la edición electrónica del libro.

Cada ciudad tiene personas que la definen. La ciudad Tlahuica es ejemplo de ello. En este libro, Juan Pablo Picazo mezcla la fuerza de su experiencia como reportero y observador de la realidad, con su talento narrativo y nos entrega una colección de relatos que nos permiten conocer algunas de las personalidades más definitorias de la ciudad de Cuernavaca, capital del estado mexicano de Morelos, que más allá de la fama ganada por su clima, el sabor del agua y la primavera eterna, es la habitación de seres humanos increíbles.

La mayoría de las historias aquí contadas ocurrieron a fines de los setentas y alrededor de los icónicos ochentas, pero deslumbran todavía por su testimonio de un tiempo que fue y lo mucho que puede parecerse al tiempo que es. Por estas páginas desfilan limosneros y pintores, taxistas y reporteros, deportistas y ebrios consuetudinarios que desnudan la ciudad, el tiempo, las costumbres enfrentándonos con nuestros secretos y mentiras colectivos.

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Picazo, por él mismo en 2016.

Juan Pablo Picazo (Cuernavaca, México, 1967) Es poeta y narrador. Autor de las columnas Onirosofía, Noctívago, Otro mundo y El ornitorrinco publicadas aquí en La hormega, blog literario y político, del cual es fundador.

Ha publicado los libros Palabras pendientes, (Sedesol/Gobierno del estado de Morelos, 1995) y Crónicas de la ciudad Tlahuica y otros cuentos (Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2000). Su obra ha sido antologada por Margo Glantz en “Flores de baria poesía” en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (México, DF, 1994); en Letras y andanzas (Perro Azul, Cuernavaca, 2005); en Las virtudes (Alforja, 2007), y La Calle: domicilio conocido (Ediciones Clandestino, 2010).

La mayoría de las crónicas publicadas en esta nueva edición electrónica en wattpad, fueron publicadas en diversos periódicos y revistas antes de ver la luz como un libro hacia 2000.

 

Crisálida

El olivo

Por Patricia Gutiérrez-Otero

En la campiña florentina siembran vid y olivo. El verde intenso de la vid crece rápido, y rápido entrega sus uvas que alegran los alimentos y encienden las noches. Las pálidas hojas de los olivos señalan su presencia fecunda, porque añeja.

Cuentan, los que ahí han vivido de una generación a otra, que quien siembra un olivo sabe que no recogerá sus aceitosos frutos: se siembra, dicen, para los hijos o para los nietos. Reconocen que cosechan las aceitunas de los árboles que sus padres y abuelos sembraron; recuerdan que sus bisabuelos, abuelos y padres también heredaron olivos de sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. El olivo es como una antigua mansión bien cuidada que siempre promete misterio y generosidad.

Para quienes crecen pegados a esa tierra, el olivo es un árbol de esperanza y recuerdo, de familia, de olores, de muchas historias. Es un árbol añoso que se goza en el hoy.

Pati hormega

Foto tomada de internet

Entreluz

Cincuenteando, que es gerundio

Por Alberto González Carbajal

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Imagen tomada de internet

Debe ser una suerte de pesimismo propio esta generación que me tocó. Y es que, platicando con muchos contemporáneos, amigos cercanos o no tanto, descubro (y ellos también) que en nuestra juventud no nos habíamos planteado llegar hasta los 50 años de vida. En mi caso, veía tal posibilidad como llegar a la Tierra de Nunca Jamás.

El cuerpo, cuya memoria es más o menos fiel, nos recuerda todos los días que esta carcasa que nos contiene no ha evolucionado a la par de la civilización: un dolor nuevo, una incapacidad que de manera beligerante nos obliga a leer (o intentar hacerlo) de un modo extraño para que los lentes se acomoden y enfoquen adecuadamente, un aparato digestivo que protesta cuando uno se permite algún exceso gastronómico… En fin, en términos de mecánicos, “se nos está venciendo el chasís”.

Veo en las redes sociales (en los pocos minutos que me quedan entre una actividad y otra) que muchos coetáneos están celebrando en grande este aniversario (yo mismo me propongo hacer lo propio llegado el momento, en unos meses) y, mirando atrás, me doy cuenta que sí hay muchos motivos para festejar pantagruélicamente el hecho de que, por obra de Dios, la Madre Tierra, el supremo gobierno y hasta de mí mismo, haya podido llegar a este punto.

He tenido a bien conocer todas las emociones posibles y de manera muy intensa; todo el círculo completo, del amor al odio (este último sólo por muy breves instantes, pues tiendo a ser medio “pasiflorín”). También he conocido a una inmensa cantidad de personas de todas las calañas y todas, sin excepción (aunque unas más que otras), me han aportado algo para la construcción de mi modo ser; a veces sólo ha sido una sonrisa, a veces sólo un mal gesto y a veces un camino compartido completo.

Me nacieron unos hijos que, de manera continua, alimentan la necesidad de vivir y disfrutar la vida. He de decir que sin ellos mi vida sería, sin duda, gris, como pared con acabado de cemento sin pintar, sin protección alguna contra la intemperie y que, con el paso de los años, se derrumba sobre sí misma.

He recorrido algo de camino, no tanto como el que su servidor quisiera, pero, aunque sea con el “chasís vencido”, tengo como objetivo ir a esos lugares a los cuales no ha habido modo por falta de tiempo, dinero, espacio o todo eso junto.

Y, por último, también he tenido la oportunidad de expresar lo que siento, vivo y pienso, algunas veces a través de este espacio electrónico, algunas veces mediante mis fotografías y, sobre todo, conviviendo con la gente que más quiero y que todos los días me hace sentir que, aunque yo sea un modelo del siglo pasado, todavía circulo todos los días.

Incierta certeza

Que no vibre esa voz

Por Luis Ernesto González

Un sonido,
que de tan delicado
no ondula el aire,
cuida otros nacimientos.

No deforma. Queda tan quieta el agua
de la vida. Pies sin peso.

La mirada que no aspira a influir.
La caricia en sigilo como un faro nocturno,
como madre cuando cantaba con los dedos
el tejido arropado de aquel sueño infantil,
como el pino tan alto al que aspiramos
en el plectro del mejor poema.

Te llevaré conmigo, amor,
en lo sagrado,
que sea tu voz no mía,
que sea tu voz sin voz
la que se escuche.

Porque así
cada pájaro podría…
en cada madriguera cada zarigüeya…
en el cuerpo de la mujer amada, aquel susurro…
en la ausencia del amigo, la conversación que…
en el cielo estrellado del murciélago…

Te llevaré conmigo, origen de todo.
Porque te extraño como si hubieras muerto
pero estás todavía.

Todavía. Qué palabra.
Qué goteo silencioso,
qué campana.

Cante la copa al vino de la noche
en que luz y silencio
goteen la iluminada música que el alma apenas…
que el alma apenas…

pájaro el reino de baco

Foto tomada de internet

 

Cuentámbulos

El cactus feo

Por Marcia Alejandra López C.

Había una vez, en un hermoso jardín, un pequeño cactus. Todas las mañanas se peinaba las espinas y tomaba largos baños de sol. Le gustaba platicar con la señorita lagartija, jugar a las adivinanzas con las cochinillas y cantar con las mariposas.

El cactus vivía al lado de una rosa y de un seto de margaritas amarillas; además, era vecino de don Pino, el señor Manzano y las hermanitas azucenas.

Conforme avanzaba la primavera, todas las plantas del jardín se llenaban de retoños y pequeños brotes. Todos… menos el cactus, al que, por más que se asoleaba las espinas, no le brotaba ninguna florecita.

—¡Vaya!—, se rio la margarita. —¡Qué feo eres! ¿Acaso no sabes que ya llegó la primavera?

—Deberías disfrazarte de girasol. ¿No te das cuenta de que desentonas con nuestra belleza?—, dijo el rosal, enarbolando sus flores.

El pobrecito cactus se entristeció. Todos se burlaban por su apariencia. Y una mañana, en la que ya no pudo más, se echó a llorar. Las mariposas se afligieron por su amiguito. A ellas no les importaba su apariencia y le tenían mucho cariño. Entonces decidieron ayudarlo. Se colocaron encima del cactus y, con sus alas abiertas al cielo, formaron entre todas una sola flor.

El cactus se sintió feliz: ¡tenía la flor más hermosa de todo el jardín! Y las mariposas se sintieron contentas de haber ayudado a su amigo.

Sin embargo, al final del verano, el cactus comenzó a sentir cosquillas en la espina número sesenta y siete. Y de pronto, al amanecer, ¡pum!, brotó su propia flor.

Y es que todos, en nuestro interior, tenemos hermosas flores que tarde o temprano surgen. Algunos tardamos más que otros. Pero, mientras eso sucede, contamos con amigos que nos hacen florecer gracias a sus alas.

cactus feo (Imagen Marcia López)

Imagen: Marcia A. López C.

Noctívago

Atisbar los intersticios

Por Juan Pablo Picazo

Sólo el café,
elocuente en el vapor,
es verdadero.

Me asustas
en la mesa del espejo
con tu indolencia.

(Te llamaban demonio,
ya no lo hacen más)

Te veo:
sé que tu desgano,
y esos huevos fritos
que se enfrían,
son sólo un disfraz.

Nadie sospecha,
no creen en los milagros
y te ignoran.

(Entre cohortes diversas
de dioses te situaron,
ya no las recuerdan)

Ya sabes, te conozco,
quiero denunciarte
ante el insulso rebaño humano,
pero nunca escuchan.

No saben que caminas
en medio de nosotros,
no quieren saber
si escapaste de una botella
y antes,
del infierno salado
donde
los demiurgos
duermen.

(Te han esclavizado:
te ataron a templos,
a botellas,
a personas
que jamás pueden guardar secretos.)

Miras que te observo,
sostienes los mis ojos
sin amenazas
ni promesas,
me da escalofrío
esa lupina sonrisa
que esbozas
usando mis labios
en la brutal
luna de azogue.