Incierta certeza

Contigo en sueños

Por Luis Ernesto González

Olvido oculto tras los vitrales.
En arrobo lo veo,
en duermevela, en sueño
—ahora recuerdo—.

Mana mi sed
en tu cuerpo.
Te bebo, más sed tengo.
Sueño despierto.

Horizonte, la noche
con otros soles dentro,
a mi oriente navega con el viento,
le prende fuego.

No guardes tu memoria
en urna fúnebre. Amanece sembrado
y por tus ojos pleno
un futuro alumbrado de movimiento.

Se aroma el musgo.
Silencio, luz, silencio;
pétalo de tu sol, un rayito muy viejo
parece vela que sopla el tiempo.

Foto: K Winkler

Foto: K Winkler

Condesa Sangrienta

Oráculo

Por Grissel Gómez Estrada

Si no tuviera este ojo en medio de la frente
iría corriendo

Si no conociera el final de la historia,
si no tuviera experiencia en lagartos,
mi vida,
pero tengo aún un sudario en la espalda
que me cala los huesos
como griterío de gaviotas con su griterío

No es cierto que nunca te haya visto,
no es cierto que no te conozca:
te vi por primera vez cuando tenía la edad que tienes tú

me has dejado una y otra vez

Casandra para sí misma,
espejo de las montañas
mira mis dientes llenos de sangre:
también he chupado cuellos hasta cansarme
y he andado por las calles
gritando tu nombre
como si fueras mi amante asesinado

¿A ti no te da miedo?
Yo tengo sueño ahora.
¿Dormirías al lado de un alacrán
que tiene la aguja preparada?

A través del espejo

Escribir

Por Karla Winkler E.

Escribo sobre los mismos cojines, bajo los mismos humos, con las mismas copas. Me quedo estática como el ratón que se esconde bajo el librero, como las fauces del cocodrilo, abiertas, listas para tragar, tragarme… Escribo en las paredes de la casa, entre cafés y ejes, entre parques rotos y calles en estado de desastre. Anoto cada letra siempre con la música, siempre en las tardes, siempre en las noches. Me sumerjo en el D.F., pero he rumiado en San Cristóbal, en una playa de Cuba, en un jardín de Lyon, en muchos de Cuernavaca, en algún vagón semivacío de la línea azul. Pero nunca pude cavilar cerca de las casas grises de las ciudades perdidas, ni cerca del ruido violento y vibrante de la música que no es música, ni cerca del inconcebible olor a muerte de los rastros, donde tan sólo de imaginarlo, la náusea me aniquila. Y lejos de esos lugares, muy lejos, tomo mi pluma porque puedo sentir el arrebato que sale de mis dedos, y porque cada vez es la primera, cada vez difícil, cada vez hay que respirar ante la asfixia, ante las ganas de no teclear y la incertidumbre de los primeros soplos hasta que todo converge en un túnel de silencio en el que no hay tiempo, no hay fechas, ni horas, ni edad, ni existencia. Sólo el afán de sostenerse ahí, en ese sentimiento oceánico como si fuera un edén.

EscribirY entonces me veo, igual que a los siete años, pegando palabras, dibujando historias, caminando descalza hacia el estudio. Pero hoy ya no está mi música infantil. Hoy Nick Cave en el estéreo, cantando esa canción desgarradora. Con las manos de Leonard Cohen. Morrison detrás de la puerta. El olor del vino y de la lluvia. La casa navegando como un barco. Y yo, en medio de todo, en un instante perfectamente peligroso. Con la clase de felicidad que puede salvarme. Con la clase de felicidad que puede matarme. Escribo, un poco, para intentar soportar lo insoportable, para rasgar al mortífero silencio. Escribo para vivir. Escribo porque vivo. Porque es igual de mutilante, igual de indispensable, igual de escalofriante.

Yo lector

La magia, la verdad y los otros mundos

Por Juan Pablo Picazo

Cuando terminé de leer Luces del norte, la primera novela que conforma la trilogía de una obra narrativa mayor llamada La materia oscura, de Phillip Pullman, me sentí desamparado. La sensación se me antojaba muy semejante a lo que he visto en alguien que fuma y descubre a medianoche que no tiene cigarrillos, así que estaba impaciente porque amaneciera para salir a buscar las dos novelas siguientes.

Mi angustia era mayor porque en aquél momento vivía en Chetumal, y no es que abunden mucho las librerías, o al menos no en ese año de mi estancia por allá. Ya saben: calor, desconfianza de los oriundos, descuido de los ecosistemas, migrantes adaptados que se han hecho de un lugar que defienden a diestra y siniestra, redes de poder y corrupción que se exhiben campechanamente, una frontera indolente llena de ludópatas y traficantes, así como un montón de gente buena y trabajadora ajena, ciega o desentendida de semejantes tradiciones destructivas y muy lucrativas.

9788466645638Luego leí La daga y fue en mucho menos tiempo pues su extensión es menor y de entrada parecía contener mucho menos magia y haber degenerado en una historia de acción como las muchas que hay por ahí; es más, nada tenía que ver con cuanto había yo leído, pero mi exigencia salvaje estaba cebándose apenas con el planteamiento cuando apareció una ventana entre dos mundos, y Pullman volvió a sorprenderme no por el tópico literario algo trillado, sino por su magistral ejecución del mismo, llena de originalidad y frescura.

Y por ahí entré con Lyra Belacqua, y con ella comencé a moverme a través de una serie de mundos a cual más interesantes, uno de los cuales era el nuestro, otro el de Saulo Tertius, uno tercero el habitado por Lobo Zacppai y muchos otros que se conectaban entre sí aunque los personajes de Pullman debían forzar sus ventanas de entrada y salida, no como Saulo, que va y viene entre ellos con gran facilidad.

9788466645645Y ya andaba yo temeroso entre los muertos, siguiendo a la aguerrida niña y añorando la guía de Saulo por aquel laberinto de mundos-espejo, cuando el viaje fue truncado y la guerra que se insinuaba ya en Luces del norte vino a ser con gran reciedumbre, por lo que fue necesario escapar a un tercer libro, no ya a otro de los mundos.

Y así llegamos a El catalejo lacado, último de la serie, donde debimos comprender y hacernos comprender por los mulefa, y descubrir nuestro daimonion, antes de comprender cosas como el amor, la muerte de la Autoridad y el polvo que transita entre los mundos, justo antes del probable reinicio de los tiempos.

Ya. Es probable que estos nombres y estos escenarios no le digan mucho, pero si piensa en cine, probablemente recordará la película La brújula dorada de Chris Weitz, lanzada hacia 2007, interesante propuesta de cine steampunk, apenas un buen homenaje al primer libro. Abísmese en ese juego de realidades paralelas, la lucha contra la Deidad, y el despertar a cierta consciencia adolescente. (Para sugerencias, comentarios y otras respuestas: juanpablo.picazo@gmail.com)

Crisálida

Los otros

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Decimos que son los otros los que están mal, los que cometen el mal. ¡Tengan cuidado de no ver la viga en su propio ojo!, dijo él, pero seguimos ciegos, ocultos bajo las traviesas de nuestro corazón. Gritamos dentro y fuera: no somos nosotros, son ellos, los otros, y nos sentimos protegidos como por un talismán. Yo soy también el otro del nosotros, pero no lo quiero.

Reptante algo se desliza, nos envuelve, nos habita en esta necia oscuridad que nos encierra para protegernos mientras nos asfixia.

Entreluz

Tiempos en blanco

Por Alberto González Carbajal

Siempre resulta inquietante encontrarte en la calle con un desconocido que te sonríe, te extiende la mano de un modo sospechosamente afable y para colmo te llama con un nombre que pensabas que había quedado enterrado en el archivo muerto de la memoria. Cuando volteas a ver su rostro, intentas encontrar algún rasgo que te sea familiar: una verruga, una cicatriz, un ojo bizco, lo que sea que te ayude a destrabar la incapacidad de ligar esa imagen de la persona que se encuentra frente a ti con alguna otra que la memoria asocie mejor. En mi caso, siempre se vuelve un poco angustiante carecer de un marco de referencia.

Como he tratado a mucha, mucha gente en la vida, esta escena me pasa de cuando en cuando. Al ver mi pasmo, mi interlocutor casi siempre suelta alguna información que me permita referenciarlo con el evento o el espacio en el cual nos conocimos. Cuando eso sucede, literalmente respiro tranquilo (tiendo a respirar de manera sincopada cuando me angustio), pero no fue así en este caso. Hay que agregar que el entorno no ayudaba mucho: íbamos tomados de la mano la Capitana Nenetiti y yo, pues caminábamos por la zona más congestionada del centro de la ciudad, en ese temible horario en el que la gente avanza, como diría mi abuelita, “como si trajera un cuete en la cola”. Así que detenerse a hablar con alguien se convierte en un verdadero riesgo: uno puede ser arrollado por esa marabunta de seres que sólo se guían por ese impulso de nuestro Complejo R (es decir, la parte más antigua y elemental de nuestro cerebro) llamado sobrevivencia a cualquier costo.

Ya se imaginarán el momento: en medio de esa masa de transeúntes, una mano se extendió hacia mí y por puro reflejo alcé la vista y me encontré con una cara que en modo alguno me resultó familiar y en la que se mostraba una sonrisa de oreja a oreja, como la del gato de Cheshire. Mi trato con tanta gente todos los días ha dejado en mí algunas deformaciones profesionales. Una de ellas es que si me topo con una sonrisa respondo de igual manera; pero en este caso (y con tantos factores de riesgo alrededor) la expresión que surgió en mi cara no fue la mejor. (La capitana Nenetiti asegura que sólo las comisuras de mis labios se levantaron un poco, en un gesto muy difícil de interpretar, así que confiesa que le di un poco de miedo.)

El sonriente me soltó un: “¿Te acuerdas de mí?” Y tras el silencio angustioso: “¡Soy Rubén, del CCH!”. Abrí un poco la boca, mis cejas se alzaron hasta casi alcanzar el borde de mi cuero cabelludo (Nenetiti dixit) y me parece que alcancé a balbucear un: “No estoy muy seguro” (la verdad, no tenía maldita idea). Mientras recibíamos los primeros empujones y codazos del río de gente, y sin que eso funcionara como freno, me relató una buena cantidad de eventos y anécdotas de los cuales no había un sólo punto de referencia en mis recuerdos. Vagamente había por allí alguna imagen de un lugar, pero no me reconocía a mí mismo haciendo lo que este individuo decía que yo hacía. Entusiasmado por el “reencuentro”, dio rienda suelta a su lengua.

CCH Naucalpan (foto obtenida en internet)

CCH Naucalpan (foto obtenida en internet)

Afortunadamente no mencionó eventos bochornosos, salvo cuando afirmó que fui corrido del Taller de Redacción porque tuve la insolencia de corregirle una falta de ortografía al maestro (hay pieles muy delgadas que no aguantan nada). En efecto, ese episodio sí ocurrió, de modo que el tal Rubén no era un farsante ni un confundido ni un carterista mareándome para meter mano en mis pertenencias. Por lo demás, simplemente no reconocí nada, pero nada de nada, de lo que me decía.

Cuando Rubén recibió una mentada de madre de un sujeto que pasó entre él y yo a codazos, me extendió de nuevo la mano y se despidió con un: “¡De veras que fue un gustazo verte, Carbajal! ¡Búscame en el fais; mi perfil es público!” Acto seguido, se dejó arrastrar por el río de gente y desapareció.

Patidifuso como me quedé, la Capitana Nenetiti me preguntó dos cosas: que si estaba yo bien, y que si ése del que hablaba ese señor era realmente yo. Para las dos preguntas mi respuesta fue la misma: “No lo sé”.

Lo único que me quedó claro es que hay etapas de nuestra vida en las que no hay nada memorable. Imagino que Rubén fue mi compañero sólo en el primero o el segundo semestre del CCH, pues es la parte que tengo más borrada de mi paso por esa escuela (que un año después me haría vivir cosas mucho más recordables). No siempre las pisadas dejan huella. Hay épocas en las que sólo se flota. Eso debe ser lo que llaman (o llamaban) limbo.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Retrato de los líderes

Por Juan Pablo Picazo

Sobre lumbre efímera cimentada,
reinaba móvil montaña de vapor
refiriéndonos sinos desatada
cayó luego a tierra, presa del dolor.

Porque somos dos: uno es hielo ardiente,
el otro es un hombre que a duras penas
se sostiene con brazo, espada y diente
sospechando del hielo las cadenas.

Así que puestos a dar la batalla,
enjaezados con armadura ciega,
y cosidos a más de una pantalla,

así dejar impronta en la refriega
queremos, pero adictos a vitualla,
paso atrás a la sombra palaciega.

Incierta certeza

Y después, irse

Por Luis Ernesto González

O Freunde, nicht diese Töne!
(¡Oh, amigos, no en esos tonos!)

Beethoven (introducción a la Oda a la alegría, de Schiller)

Inteligentes, estudiosos, sesudos
esgrimientes del poder de la palabra.
Espejos, identidad idéntica.
Lo diré primero para que sea mío;
quien lo diga después, que pague el usufructo.

Cárcel, no soledad ni llamas, cárcel
de angustias varias compensadas
con performistas groupies…

Suena bien. Pero, amigos, no.
Ni siquiera se vale criticarnos así.
Nada valdrá la pena cuando estemos muertos,
salvo el amor que dimos.
El que recibimos.
El que ahora mismo muere
por falta
de riego
mientras estudian prosodia,
Beristáin,
Navarro y las tantas antologías que formarán el canon.
Ya no hablemos de las vidas perdidas
en la antesala de la barbería.

Archivo muerto, ni siquiera herido.
Déjenlo en paz. Dejen en paz las letras.
Si no elevan el alma para que el niño ría,
no exhiban momias sin más apoteosis
que la del crítico que ejerció su poder unos añitos.

Ni Dios es tan pequeño que se muera
por la falta de fe,
ni es tan poquita cosa el verso
que nació huérfano de mecenas.

Ya se verá. El azar
y Dios guiñan un ojo.
Y nos dicen: confíen.

Nada está en nuestras manos.
Somos libres.
Libres para ser libres, no me contéis más cuentos.
Hermanos, no se angustien, no se disfracen,
no en esos tonos, no.

Lo digo entre millones, como uno más,
como yo mismo: si aman,
defenderán lo que aman inequívocamente.
Nadie se disfraza para cuidar su amor.

De lo demás, sospechen.
Tan sencillo…
Y después, el silencio;
después, irse
antes de que amanezca.

Semilla de anís

Sueños

Por Rocío Magallón Mariné

Para Viznú

Qué se dice en una noche que no acaba,
una noche muda de mi voz
llena de grillos y de luna,
como las hojas del naranjo.
A lado, tu cuerpo
entregado a la balsa de un sueño
cuyo cauce no conozco,
mientras rozas mi cuerpo
confundido entre manglares;
me reconozco en la penumbra
dibujo y desdibujo mi cuerpo una y otra vez
con el deseo de que despiertes
y me digas por qué sonríes a mi lado,
¿qué tiene la selva que te alegra?
La humedad es el silencio más profundo;
yo bogo en tu pecho
con la esperanza de ser en tu sueño
una mariposa que te observa.

A través del espejo

La visitante

Por Karla Winkler E.

Sentada sobre el pasto, a unos metros de mí, una ardilla se acerca vacilante, con la cola más espléndida que haya visto. Mientras le doy un sorbo al café, siento que se calienta mi pecho, que mi estómago despierta, que mis ojos se abren.

Y aparece ella. De catorce, con su cabello suelto, largo, enredado; sentada en el jardín, mirando la barranca, escuchando el río, rodeada por zanates. La veo sonriendo con su fedora gris, con los ojos casi cerrados, deslumbrados por la luz brillante sobre las plantas. Preguntándose acerca de la vida que le espera, de las dichas, las tragedias, las muertes que tiene por delante, el amor que desea conocer. Ella, en ese jardín, en esa casa, en esa ciudad de la que un día se irá y no volverá. La veo, joven, triste, feliz, sin saber qué tanto llorará, sin imaginar de cuántos seres amados se despedirá, ni a quiénes conocerá. No sabe cómo será su amor, cómo sonreirá, si sufrirá por él, tampoco que vivirá rodeada de brujas, de arañas y de huronas. La veo, con su vestido de lino y sus sandalias blancas, con sus aretes largos, con su anillo de plata. La veo arrancar una mandarina del árbol, olerla, comerla, ofrecerla a las ardillas, preguntarse por ellas, por ella, ¿cómo se entretienen en los días lluviosos? ¿Qué hacen en los de invierno? La veo recoger flores de la jacaranda, hacerse ramos y coronas violetas, sin decir nada, nada que no le pareciera importante.

ArdillaDe pronto, la ardilla se abalanza a mi taza de café, lo prueba y se sacude decepcionada. Mientras se aleja de mí, luego de mirarme de ladito un instante con sus ojos infinitos, sin tiempo, me levanto para servirme un poco más y, con el olor frutal todavía en mi recuerdo, voy al árbol para alcanzarle a ese hermoso roedor una dulce mandarina.