Entreluz

Un nombre común

Por Alberto González Carbajal

Debe de haber sido un mensaje divino (creo firmemente que Dios le habla a cada uno en su propio idioma, por enrevesado y abstracto que éste sea) porque fue cuando me integré a una empresa que contaba con unos 500 empleados (del sector bancario, para mayor referencia) y donde empecé en el ínfimo puesto de auxiliar de compras (mi ego sufrió duro durante esa época, ya que mi puesto anterior era de bastante más caché y billete, pero era en el gobierno… y hay cosas para las que no tengo estómago).

El caso es que uno de mis primeros encargos fue diseñar y comprar las tarjetas de presentación de casi todos los empleados. En ésas andaba cuando, un buen día, me encuentro con tres “requisiciones de compra” que me dejaron boquiabierto. Una requisición es el documento que sirve para autorizar la adquisición de bienes y servicios. Lo sorprendente de esos tres es que estaban a nombre de tres individuos llamados (todos) “Alberto González”. Pensé que era una broma de mis nuevos compañeros; hasta marqué a las extensiones telefónicas que indicaban estos papeles y al primero que me contestó me atreví a preguntarle que si no era una “novatada”… Recibí por respuesta un regaño porque este “tocayo” resultó ser el vicepresidente de no sé qué área financiera.

El caso es que en esa empresa había muchos que se llamaban como su servidor y eso francamente me parecía inconcebible. Así de pequeño era mi mundo en aquel entonces.

Algunos años después, me tocó de nuevo enfrentarme con la realidad de tener un nombre común, justo cuando tuve que hacer un trámite en el sistema de seguridad social de mi país. Las cuotas que mis empleadores pagaban, por ley, para mi retiro no se veían reflejadas en mi estado de cuenta. “Seguramente es algún caso de homonimia”, me dijo la señorita que me atendió por teléfono y que me indicó que tenía que presentar ante el IMSS una enorme cantidad de papeles probatorios de mi identidad. Básicamente me pidió los documentos que comprobaran que había nacido y que no me había muerto. Después de la regular espera de dos horas, fui atendido por un individuo que, al verificar su pantalla, puso ojos como de manga japonesa; comenzó a verme con algún tipo de desconfianza y después, con frenesí asordinado, empezó a revisar la documentación que presenté. Al final me dijo que se iba a tardar “un poquito” (fueron ocho meses) para resolver mi “asunto” porque resultaba que había registrados casi 18,000 afiliados que compartían mi nombre y mi primer apellido y algo así como unos 200 con los que la homonimia era completa… y alrededor de 10 habían nacido incluso el mismo día que yo. Mi ego volvió a sufrir un revés; yo, que sentía que tenía un nombre como de telenovela, ahora resultaba que era uno de tantos y que además apagábamos velitas de cumpleaños el mismo día, qué caray.

Al paso del tiempo me he acostumbrado a encontrarme con muchos tocayos, incluso allende las fronteras. hasta soy amigo de algunos de ellos. Después de algunos extrañamientos terminan por aceptar que no somos únicos y que compartimos un nombre muy común.

Quizá por esto, en la mitad de mi vida escolar siempre fui conocido por “el Carbajal” más que por mi nombre de pila. Aun ahora, en el banco donde suelo ser atendido de manera preferente, soy el “señor Carbajal”, de tal suerte que, si llego a hablar por teléfono para solicitar alguna información y me identifico simplemente con mi nombre y mi primer apellido, siempre se genera este diálogo:

—¿Quién dice que llama?

—Soy yo, el señor Carbajal.

—¡Ah!, es usted. ¡Es que no lo reconocí!

Y cosas así por el estilo. Pero, bueno, más allá de tener un nombre tan repetido, la parte importante del asunto es que he tenido la fortuna de no vivir una vida repetida; las cosas que me han tocado experimentar me parecen siempre nuevas y emocionantes, en cualquier sentido. Tan es así que hasta puedo escribirlas y reiterar que no son chistes per se: son anécdotas personales, por disparatadas que suenen. Puede que cambie algunos nombres al momento de contárselas a ustedes, pero la historia sí es así.

Si me hubieran bautizado y registrado con alguno de los nombres del santoral correspondiente al día en que nací (Alfredo, Maximiliano, Arnulfo, Eusebio, Facanano, Tarcisio, Marcelo, Ursicino, Félix, Urbino o Vicente) a lo mejor me hubiera distinguido mejor y tendría bastantes homónimos menos. Pero, lo reitero, mi vida no se parece a la de los otros Albertos González que en el mundo han sido… aunque, bueno, a veces la gente me ve con esa misma cara de pánico de burócrata del IMSS.

Y ustedes, ¿no han sufrido desventuras por tener un nombre que se repita mucho?

Algunos ALberto González (Imagen de Google)

Algunos ALberto González (Imagen de Google)

Incierta certeza

Silencio pleno

Por Luis Ernesto González

A Yaya (20 años sin la flama de su vela)

El silencio de todos nuestros muertos amados
es el silencio de Dios,
es el mismo silencio
de Dios.

Eleva tus preguntas hasta hallar el silencio.
Que tu dolor más hondo las encarne,
las dé heridas
en ofrenda,
que lentamente se te vayan desangrando,
que se vayan callando gota a gota,
hasta la última gota
enmudecida…
enamorada,
hasta la última gota enamorada.

Que el ruido de la iglesia, del partido,
de la tele, del vendedor
no asordinen
la respuesta de Dios
y de tus muertos.

Te aman, en este instante te aman.

Y están a salvo de todos los dolores,
de los inevitables
y de los que se infligen los humanos,
creadores del infierno.

Si sabes escuchar
—y se aprende callando—,
guardarás en tu oído el secreto de todo.

En el principio, el verbo,
Pero antes del principio,
antes incluso del temblor de labios,
sereno el plectro de las cuerdas vocales,
concentrado en su paz el martillo del tímpano…

antes de la pregunta,
la Respuesta.

A través del espejo

Agosto 28

Por Karla Winkler E.

La voz femenina y amable de su reloj de mano le avisó: “Son las ocho horas, cero minutos”. Y repitió: “Son las ocho horas, cero minutos”, como si hubiera olvidado haber dado la hora hacía un instante. Él estaba solo en su casa. La voz continuó repitiendo y repitiendo las horas en el vacío. “Son las nueve horas, treinta minutos”, “Son las once horas, quince minutos”. Como si ese día, algo hubiese desordenado y vuelto un caos la memoria, el tiempo, el espacio…

Bajó a la cocina, y el comedor donde había desayunado cada mañana emitió un profundo suspiro. Puso un pan en el tostador y un huevo en el sartén.

“Hoy es 28 de agosto de 2014”, dijo la voz de su reloj, pero esta vez parecía salir de otro lugar. Él repitió tres veces la fecha, como para prevenir la confusión, como para no olvidarla. Hoy no iré al negocio, pensó con tristeza. Hoy es jueves, se acerca el fin de semana, el fin de mes.

Las nubes del Ajusco nublaron el verano de la casa y la llovizna resonó golpeteando las ventanas. Afuera, las ardillas, desconcertadas, corrieron entre ramas a guardarse. Los gatos maullaron a la puerta. El Sol asomaba por detrás de la lluvia y la casa se resistía en una ciudad de escoria y ruina. Era la única que quedaba en pie.

“Son las quince horas, cero minutos”. Él se olvidó del huevo; el pan se endureció y fue perdiendo su olor hasta quedar callado.

Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol abrió una ventana de la cocina. La casa estaba en silencio. Una suave música se alzó como fondo. Las sillas se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música de su guitarra y de su voz. La lluvia cesó. Después se tendió en su cama amada; luego se levantó y se asomó por las ventanas; más tarde le dio cuerda a su viejo y querido reloj de pared y unas bellas campanadas le anunciaron la hora. Ocurrió el más grande desorden esa tarde, como cuando en una relojería todas las maquinarias dan locamente la hora, una tras otra, en una escena de maníaca confusión.

Y en sus llameantes libreros otra voz más exquisita, noble y gentil, su propia voz, leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación. “Pobre llave desdentada, ¿para qué te he de guardar?”, se decía.

De pronto, una de las nubes se coló por la ventana abierta. Se expandió tanto… hasta entrar por sus oídos e invadir su cabeza, envolviendo cada circuito neuronal en una delicada gasa. “Son las dieciocho horas, cero minutos”, “Son las diecinueve horas, cero minutos”, “Son las veinte horas, cero minutos”. A las nueve de la noche la casa empezó a morir.

La voz fue apagándose, mientras la neblina lo envolvía todo, como el humo y el olor de las castañas asadas. Entró en los armarios y acarició las ropas que colgaban allí. Tropezó con los sillones, recorrió las habitaciones, llenando el aire con su perfume. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba sus árboles, su pasto, y endulzaba a los colibríes. Allí, como en una fotografía, su mujer hablándole a las rosas y a las violetas. La niebla cubrió todo el jardín con una luz blanca, en cascadas.

Y una voz ya con poca pila siguió repitiendo y repitiendo: “Hoy es 28 de agosto de 2014, hoy es 28 de agosto de 2014, hoy es…”

Foto tomada de Monk3y.tumblr.com

Foto tomada de Monk3y.tumblr.com

Entreluz

Billetes golondrinos

Por Alberto González Carbajal

¡No mames, güey! ¿Por qué no me avisaste que así se iba a poner el pedo? Con esta singular altisonancia me recibió unos de mis clientes, hasta ese momento, más preciados. Cuando, de manera un poco ingenua, me atreví a preguntarle de qué me hablaba, él respondió rojo de ira, bufando (ligeramente) y con una sola frase que sonó a una sola palabra: ¡Pusdeldolargüey!

De manera resumida, les platico que me hizo responsable de todas las desgracias del planeta desde la fundación de Alejandría; todo porque, según él, no le avisé de la devaluación del peso frente al dólar estadounidense. De nada sirvió que le intentara recordar en cuántos análisis le mandé las señales de alarma que estaba emitiendo la economía mexicana gracias al “brillantísimo” (por si las dudas, les aclaro que es ironía pura) manejo de las directrices económicas de este país (en este mismo espacio señalé también eso mismo).

Tampoco se atrevió a reconocer que, justo antes de que iniciaran sus vacaciones de verano, le recomendé que invirtiera en valores que, a pesar de las posibles variaciones del tipo de cambio, protegerían mejor sus inversiones. De nada sirvió. Para este individuo, el haber perdido en unas cuantas semanas casi el 35 por ciento de su dinero y haber incrementado sus deudas en el extranjero en la misma cantidad, era sin duda mi culpa y, por lo tanto, por concepto de honorarios sólo recibiría (y hasta por adelantado) los insultos necesarios por mi ineficiencia.

Independientemente del nada grato desenlace que se avizora en mi relación comercial con este casi ex amigo, me parece importante señalar que nunca es agradable tener la razón cuando se trata de anticipar malas noticias. Cuando las anunciamos siempre nos llaman “agoreros del fracaso”, “aves de mal agüero” y algunas otras linduras por el estilo y, cuando ocurre el evento anunciado o predicho, entonces de todos modos tenemos la culpa por no ser lo suficientemente claros. Total, que queda uno como el cohetero, quemado por todos lados.

La cuestión es que me gustaría decirles que esta inestabilidad cambiaria va a acabar y que el dólar regresará a una paridad cercana a los 13.50 pesos… pero no: la realidad es que sí habrá un descenso en las siguientes semanas (aunque no tan espectacular como su subida) y, lamentablemente, se estacionará entre los 15.50 y los 16.00 pesos mexicanos por cada dólar estadounidense. Esto porque los factores que determinan la paridad de las monedas (Producto Interno Bruto, déficit o superávit comercial, tasas de crecimiento, etc.) indican que esa debería de ser la paridad ideal (para mayor consulta pueden buscar referencias en los indicadores del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial o de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Cualquier otra cifra se deberá básicamente a la especulación de los grandes dueños de capital, que aprovechan estas coyunturas para, de manera legal o no, convertir sus capitales en moneda extranjera, transferirlas a otros países y, cuando la tormenta especulativa amaina, regresar ese mismo dinero que anunciarán con bombo y platillo como “nuevas inversiones”, acciones que reiteran la “confianza que existe en la estabilidad económica de este país”… y demás bla bla bla. De este modo ganan en todos los frentes y quedan como paladines de la economía y salvadores de la patria.

Es posible que este casi ex amigo recapacite en algún momento y me recontrate para seguir prestándole servicios de consultoría y asesoría. Mientras ello ocurre, me siento como damnificado de una inundación, como una víctima más de esta crisis económica que apenas comienza a tomar forma. Sí, lo digo con todas sus letras: lo peor está por venir.

Imagen de internet

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Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Para un soneto falta

Por Juan Pablo Picazo

Para escribir un soneto hacen falta
catorce versos, más de mil demonios,
una horrenda sima, torre muy alta
y once sílabas como patrimonios.

Son requeridos temas y adjetivos,
amor, tristeza y mente inquisitiva
cuyos desvaríos, imperativos,
pongan argamasa asaz pensativa.

Y puntos, comas, y vocabulario
como si poesía fuesen palabras
y no un autorretrato perdulario.

Con todo, puede que letras relabras
como quien espera patibulario
destino, y futuro de obras muy glabras.

Incierta certeza

Memento mori

Por Luis Ernesto González

En la tarde blanca
—qué consuelo,
un gris
de tormenta lejana—,
se duerme el tiempo.

Piénsalo así:
esto es eterno.
Ahora di una palabra,

hazla llover,
dale la vida,
un lento goteo
de atardecer
que el alma ansía,

que la permea en silencio,
que la acaricia
y que la lleva a arder.

Rompe tu eterno
olvido de la muerte.
Ama
el recuerdo sereno
de tu ser existente;

la blanca gasa
de la tarde quiere
colores en invierno.

Sí,
aspira de otro modo,
siente el ahora,
abrázate a mí,
—nube— lo perderás todo.

Pero nos ronda
una luz de oro,
breve, feliz.

Foto tomada de internet

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A través del espejo

Los “más verdaderos” héroes

Por Karla Winkler E.

Lo primero que me venía a la mente, cuando en la escuela me preguntaban por mi superhéroe favorito, era un hombre vestido ridículamente, con un conjunto de colores que no combinaban para nada y con una musculatura desproporcionada, anti sexy y, para colmo, con cara de Ken, un rostro más femenino que varonil. En resumen, nada atractivo para mí.

Todo mundo tenía una respuesta segura e inmediata ante tal cuestión. Los más populares entre los niños casi siempre eran Spiderman o Batman; las niñas elegían a la Mujer Maravilla o, aunque no exactamente superhéroe, a alguna princesa de Disney. Algunos otros, un personaje de caricatura. Como me costaba mucho tener un superhéroe, decidía responder con uno diferente cada vez. Si alguien me decía que el suyo era Jazmín o Ariel, yo elegía a Bella; me parecía más interesante su vida en París, la biblioteca del galán y, sobre todo, él tenía carácter y no una cara de príncipe tonto. Pero, cuanto más rápido y con mayor convencimiento mencionaban a sus ídolos, más pensaba en que yo definitivamente no tenía un superhéroe en la infancia. A veces creía que lo más probable es que ni siquiera tuviera yo infancia.

Mis superhéroes llegaron tardíamente, hasta la adolescencia; de eso me di cuenta cuando, por primera vez, me ilusionó comprar un objeto alusivo a ellos. Por primera vez sentí ganas de tener un fetiche de alguien, como todos aquellos niños de la primaria. Hice click en cuanto lo vi. Con el arma más importante, el corazón del ejército indígena, el silencio que habla en voz alta. Después de unos años, ya no sólo era él, también era ella, una superhéroina con los poderes más maravillosos que hubiese podido imaginar: luchadora, beligerante, con el color de su tierra, con ojos de obsidianas. Yo buscaba a estos héroes, estos poderes, estas palabras mágicas, y la explicación de eso debe estar oculta en mi infancia. Con fuego que alumbra más que la de los fusiles, con luz que emana de sus rostros cubiertos por pasamontañas. Sí, definitivamente habían sido siempre todos ellos.

Superhéroes pequeños de estatura, pero grandes en la historia. Con el poder de recoger las enseñanzas del tiempo y de entrar en los corazones. ¿Para qué otra cosa me serviría un superhéroe?

Foto: K Winkler

Foto: K Winkler

Crisálida

El telón

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Arrellanada en un sillón bajo, mira sin ver: el techo, las paredes, los libros han desaparecido, sólo ronda el dolor oscuro. “Ha muerto”, le dijeron, le dicen. “¿Cuándo?”, preguntó. “Hace unos días”. Susurra: “Hace un segundo, hace una eternidad”.

El silencio brota del tumulto incoherente de los que acuden presurosos. La habitación se pobló de voces. “¡Cuántos muertos de un solo golpe!”, dijo después de sumirse en la mudez. “¿Cuándo callarán? La muerte es silenciosa, como yo”.

Los libros, los muros, las ventanas han dejado su lugar a la ausencia y al rumor de pasos eternos.

Arrellanada, la niña no sabe si duerme o vela. ¿Cómo caminar a oscuras? ¿Cómo comer a oscuras? La gran garganta famélica donde desaparecen los seres se abrió. Boca famélica y expectante del tiempo.

“Hay que vivir frente al telón, sin asomarse detrás”, dicen las voces. La niña deja el sillón, se levanta y baja al comedor, donde su madre la llama.

Foto tomada de internet

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Entreluz

En el umbral

Por Alberto González Carbajal

Reconozco que llegar al umbral del medio siglo (el medio siglo exacto ocurrirá el próximo año) me ha puesto en una suerte de estado abúlico, no tan profundo como para necesitar ir al loquero, pero sí como para reconocer un sentir “chipilesco”. El país se cae a pedazos y yo no estoy haciendo demasiado por ayudar a que eso no pase; si acaso, me sumo a “los abajo firmantes” de algunas causas que me parece que tienen muy claro qué es lo que quieren, y en ese punto encuentro coincidencias.

La vida en casa es alegre, como casi siempre, y es esta alegría la que me permite levantarme y cumplir con el mínimo de obligaciones y labores propias de mi sexo. Sin embargo, si estoy solo no logro enfocar mis objetivos y mi trabajo me parece aburrido y sin sentido. A mis clientes, cuando requieren mis servicios en estos días, les matizo mi condición diciéndoles que aún estoy en mi periodo vacacional.

Cuando ando así, mi cerebro busca algún modo de obligarme a mantener la maquinaria andando y se aprovecha de mi indefensión emocional para explorar algunos archivos perdidos en mi memoria. Esta vez, lo que despertó mi entusiasmo y me puso más activo fue una provocación directa al paladar. Les cuento.

Un cliente me solicitó que le enviara un documento que, según yo, le había entregado hacía ya mucho tiempo. Él insistió en que buscara en mi archivo muerto alguna copia, ya que era de vital importancia consultar algunos datos. “Por vidita suya, señor González, búsquemelo”.

Puesto así, comencé a hurgar en algunas cajas que contienen la huella en papel de mis trabajos de mis años más recientes como consultor. Del mentado papel… ni sus luces, pero encontré algunos dibujos de cuando la tropa loca apenas iniciaba su trabajo en equipo, una corbata que creía perdida, unos llaveros de no sé dónde y, en la última caja, un envase lleno de mi refresco favorito de la niñez: un Titán rojo, supuestamente de grosella (cuando tuve oportunidad de probar las grosellas me di cuenta que lo único que compartía con el sabor de esa gaseosa era el color, y eso más o menos).

Imagen tomada de internet

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Al contemplarlo, llegaron a mi mente todos esos sabores que hace ya muchos años que no disfruto, sabores mejorados por la nostalgia, sin duda; por supuesto, el sabor de ese refresco (cuyos detractores decían que se parecía al jarabe para la tos, pero con gas), mas también recordé los chicles Motita sabor plátano, las tunas color café de mi pueblo natal, los tallos de las espigas de ese pasto que crece también allí, los hongos de la variedad “panza” que brotan en el pueblo de mi padre, tan olorosos y más sabrosos que las trufas blancas francesas; la leche llamada “bronca” porque se bebe prácticamente de la ubre de la vaca; recordé el aguamiel cuando se bebe directamente del maguey con un improvisado popote de carrizo. Y qué tal la miel roja de las colmenas silvestres, el caldo de gallina que hacía mi difunta abuela (nunca he podido igualar el sabor, lo confieso), el pescado blanco del lago de Pátzcuaro, los tamales de ajolotes cocidos con yerba santa y chiles manzanos, los retoños de los chícharos crudos, las pitayas de Tehuacán, los garambullos de Guanajuato, el salmón recién pescado y asado en el río McHenry.

De nueva cuenta, el éxtasis producido por las remembranzas parece funcionar para sacarme de este estado entre abúlico y dubitativo que de manera coloquial se denomina: “estar en la lela”. Descubro que mi nueva cruzada a largo plazo será hacer que los míos conozcan todos los sabores recién evocados, por lo menos los que no están en peligro de extinción. En una de ésas, también ellos descubrirán que el camino recomienza cuando uno recuerda que ha llegado hasta donde está por haberse atrevido a saltar abismos, muchas veces inspirado por las maravillas que se han saboreado (“delectado”, decíamos con deleite en tiempos universitarios para darle más sabor a la palabra). Cada quien tiene su propia escala de placeres, pero de algún modo todos agradecemos a la vida, al Creador, a la Madre Naturaleza o a quien se quiera agradecer, compartiendo el camino que se ha recorrido, camino que ya no es corto, por cierto… Y el año entrante, a celebrar el medio siglo.