Incierta certeza

Hoy desea el pez picar

Por Luis Ernesto González

A Sergio Soto, mudo porque ya vio

El caso es que me llama.
Todo rodeado de helechos
—tal vez sólo uno, tal vez en la maceta
de salpicaduras blancas—,
ese pasillo de la casa de la abuela
—Villa de Cortés, no apto
para independentistas… o lo contrario—
era la entrada al mundo de la vida más alta.

No la única. Pero fiel.
En casa también tenía mi umbral.
Y mi hermana; y sospecho
que mi madre y mi padre
sabían cómo llegar y lo decían
con ese idioma que se olvida
y regresa en los sueños.

Porque después, sí… después de los umbrales
todo se me va de la memoria
y me lanza señuelos.

No morirían los peces, si supieran.

Pero el caso es que muero
porque no pico
el anzuelo anhelado.

Será un acto de fe, pero me espera
ese umbral con helechos
para reunirme con los muertos amados
que cada día son más.

Condesa Sangrienta

Retorno a casa

Por Grissel Gómez Estrada

Hazme niña, duende, fantasma,
sortilegio para recordar,
por el ocio de la nostalgia;
conviérteme en fiesta dominguera,
demiurgo de bolsillo,
torbellino curioso
asomándose al mar océano
que estaba entre tus muslos.
¿Te acuerdas? Yo no: así, me hinco,
para que tus manos rehagan
este rostro de pueblo en armas
como cuando fuiste certeza…
Embrújame, quizá podamos
a gusto recordar
de las mañanas la flojera,
cuando me convertías en dios mortal
(todo por la necia fe en lo eterno).
¿Te acuerdas? Yo sólo recuerdo
tu espalda fría y las noches
de grava y Zitarrosa
cuando te fuiste.

A través del espejo

Giovis

Por Karla Winkler E.

Estoico, enigmático, saltando con agilidad de un sillón a otro, experto en cada rincón de casa, pasa restregándose a su pantorrilla, sobre la media de seda negra. Cálido y frío, impasible, roza y se aleja, se acerca y desdeña. Con el azul del cielo en los ojos, da un brinco a sus muslos. Melena capuchina, mechones, hilos vuelan alrededor de ella.

Anhelando una luz, acechándola, cauterizando cuidadosamente las penas, suspirando incansablemente, se abraza a él; timbres de teléfono suenan insistentes; automóviles se amontonan afuera, en batalla; la alarma del celular le recuerda un compromiso que cancelará; la lámpara ilumina el pelaje del seductor experto, viejo quinceañero con su vida avanzada. Azul como el mar, su mirada; en las paredes se impregna el incienso; el humo se contonea por todo el recinto; cláxones, timbres, alarmas allá afuera, y un tierno maullido, adentro…

Ojos felinos, ojos humanos, ojos azules, ojos verdes. El humo, la luz de la lámpara, el olor bailotean en respuesta al cuidadoso paso de unas agujas que dejan a salvo las negras medias. Los ojos brillan ante la elegancia del bailarín, del artista del funambulismo, mientras algo se destruye en el exterior. Ella se deleita con su copa, él lengüetea su pelaje.

Pesada o ligera como pluma, cobijada en casa o exiliada, unida o separada, arrollada, desgarrada, enlazada, desencadenada… siempre junto a ella, y más cuando él advierte sombras más densas.

Rumiar, digerir, aprender junto a él, blanco turco de Ankara, felinos ambos de tantas maneras. De su antigüedad emerge un ronroneo que intuye, seduce y penetra. La copa cae sobre un libro, la lámpara ilumina el humo en las paredes, mientras sus ojos azules le hablan de las estrellas y brillan a su semejanza… ¿Belleza, numen, poesía? ¿Una mezcla perfecta, un ser apolíneo?

Estoico y enigmático, el gato salta de sus piernas y deja en ellas un rastro de luz.

Giovis en La hormega

Yo lector

El libro leído a medias

Por Juan Pablo Picazo

El hombre es un animal indeciso. Aunque lo aseguremos y además lo creamos sinceramente al grado de que en su momento sea verdad, nunca estamos satisfechos de nuestros laudos, y eso que al final de cuentas definen nuestro carácter y el rumbo que toman nuestras vidas, si hemos de creer que la vida se trata de decisiones.

Acaso sea por eso las artes nos permiten ser lectores, intérpretes, actores o autores, para que aquello perdido a causa de una decisión anterior o lo que nunca nos atrevimos a decidir, sea diferente y nos reconstruyamos como en verdad queremos y no en lo que somos, y todo por guardar las formas.

Pasa a cada paso, y claro que hay decisiones cruciales y menores decisiones, pero cada una construye un destino cancelando los otros posibles, como apunta Heidegger en su intrincado laberinto de pensamiento que es El ser y el tiempo, hasta llevarnos al destino final, la completitud de todos los seres humanos: la muerte.

Ahí es donde entra para muchos, para la mayoría aparece incluso antes, aquello de ¿y si hubiera…? Y dicen: “El hubiera no existe” enterrando las posibilidades que si bien materialmente son irrecuperables, la concepción de alternativos destinos e historias con nuestra propia carne, es un ejercicio que, de saberse manejar, puede darnos, como de hecho hace con el artista, los materiales necesarios para levantar rotundas obras de arte, u obras de arte indecisas, vaya usted a saber.

Punto y aparte, para los lectores empedernidos toda decisión es crucial. Elegir este libro u otro, llevar consigo uno en rústica o en pasta dura, este autor u otro, esta edición clásica por así decir, o la nueva dirigida y comentada por…, en fin hasta aquella decisión que parece nuestra pero que, le juro, no lo es: terminar de leer o no un libro.

Cada lector tiene al menos uno en su haber. Si usted me dice que jamás uno se le ha resistido, le felicito ¡Oh, gran Señor de los lectores! O Señora no vaya a ser irrespetuoso. Pero convendrá conmigo en que al menos alguno se le ha resistido admirablemente. Pues hay libros que bebemos, libros que rumiamos, libros que vorazmente mordemos y masticamos a placer, libros que debemos combinar con otras lecturas para “afinar” su sabor o acompañarlo, libros dulces, amargos, salados, picantes, ácidos, pero todos ellos deliciosos.

Que conste: ese libro que no podemos terminar no siempre es intragable, es incluso de un sabor implacable y delicioso, exótico y fuerte, irresistible. Pero hay en él sustancias tan elaboradas, tejidos de tramas tan profundos y cuya urdimbre se escapa de las páginas hasta la propia persona, que resulta imposible terminarlos, y si a eso añadimos que el tal libro es uno de los buenos y por tanto imperecedero, entonces, verá usted, nos aguarda en el librero, en las librerías, en los dispositivos oculto como un archivo pdf, pero omnipresente al fin y al cabo, regodeándose con ser una suerte de Némesis de lector.

Lo confieso: el mío es Sylvie, de Gerard de Nerval. Aquí es donde entran los silbidos y la burla. Lo acepto, otros habrán pasado ya olímpicamente sobre sus páginas, pero me ha pegado de tal modo, que esta columna incluso se vio resentida por su efecto. Ya habrá tiempo de vencerlo, por ahora les he compartido este breve teorema de la indecisión lectora, que necesita mucho desarrollo, por hoy es demasiado para confesiones. Hasta la próxima.

Crisálida

El más allá del allá

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Se hiende el mundo en la tiniebla,
es cascarón de imágenes,
bellota de sonidos,
biombo.

Entonces sé que nada está perdido,
que detrás del vestido de hormigón
en su gran desnudez yace la tierra.

En esta grieta de un murmullo
ya nadie exclama que ocurrió un misterio,
y aun así el corazón se arroba,
no ante la majestad de la tiniebla,
sino ante su graciosa inclinación de ciervo.

Entreluz

Los insufribles

Por Alberto González Carbajal

Existen… y se los topa uno todos los días y se encuentran insertos en todas las esferas sociales y económicas; pareciera que su único afán en la vida es generar algún tipo de molestia, por mínima que ésta sea. En mi caso particular, tengo la impresión de que es la cruz que me tocó cargar y en más de una ocasión no he sabido cómo lidiar con ellos, lo cual me ha puesto en situaciones complicadas y, algunas veces, embarazosas.

Cuando estudiaba la secundaria había un individuo a quien apodábamos “El chivo”. Todo en él era desagradable, hasta su olor (estaba un poco más crecidito que los demás y sus hormonas le jugaban alguna mala pasada). Acercarse a su persona era arriesgarse a ser objeto de algún comentario nefasto acerca de lo chaparro que era uno (uno lo sigue siendo, qué se le va a hacer) o de cualquier otra característica física que este “compañero” encontrara digna de mofa; y, en el caso de las niñas, éstas eran objeto de manoseos impropios (El chivo parecía no tener límites).

Un buen día me colmó la paciencia al hacerme objeto de alguna burla acerca de mi refrigerio: “¡Ay, sí, ay, sí, su mamita le hace su lunch!”, recuerdo que dijo. ¡Y que comienza a arder Troya! De lo demás no me acuerdo muy bien porque, sin mucha técnica pero si con mucho ímpetu, intenté propinarle algunos golpes. De mucho mayor tamaño que un servidor y con un cuerpo que parecía como de hule espuma, resistió mis puños con cierta facilidad y luego me levantó del suelo y terminó por aventarme lo más lejos que pudo. Al golpearme la nariz comencé a sangrar profusamente, lo cual generó el pánico de todos, “El chivo” incluido. Como pude me levanté y fui al baño a ocultar lo mejor posible la evidencia del pleito. Lo demás fue andar sufriendo para hacer convincentes las explicaciones respecto a lo ocurrido, de tal modo que no delatara a nadie: una cosa es ser chivo y otra chivato. Lo cierto es que jamás me volvió a molestar este individuo. Simplemente dejé de existir para él.

Ya en mi etapa laboral, conocí a un individuo que tuvo a bien colmarme la paciencia. Era el representante de uno de nuestros clientes principales (una corporación bancaria mundial). Cada mes teníamos que reunirnos con este sujeto y sus jefes para evaluar el avance de sus proyectos. La junta se convertía en un martirio aceptado motu proprio. Mientras su servidor detallaba el porqué de tal o cual evento o acción, este individuo descalificaba cada información, con actitud displicente y una voz que quería sonar educada, pero sin siquiera voltear a ver la pantalla donde se proyectaban gráficas y datos que complementaban mi explicación… Cada mes me tenía que tragar un sapo del tamaño de una sandía.

Un buen o mal día, según se vea, le tocó a este sujeto explicarnos durante la junta los proyectos del año siguiente entre este ente financiero y nuestra empresa. Era la primera vez que lo veía en esa posición, digamos más vulnerable. Era más que evidente su incapacidad para enlazar conceptos, describir líneas temporales (cronogramas, los llamábamos en la universidad), explicar ideas de manera más o menos coherente… y su ortografía era como para sufrir espasmos en el colon… La tentación fue mucha y no me pude resistir: Esperé a que terminara su explicación y, mientras, había tomado minuciosas notas de todo lo que había dicho. Cuando el sujeto tomó asiento, con un tono que sonaba despreocupado lo interpelé: “Tengo algunas dudas, ¿me podrías ayudar a resolverlas?” Y que me suelto a cuestionarlo sin darle tregua. De cada respuesta suya surgía una nueva contradicción o incoherencia que yo aprovechaba para ser más incisivo. No le di ni un pelito de tregua. Tuvieron que intervenir sus jefes para detener esa masacre.

Durante el camino de regreso, mis superiores me recriminaron lo poco diplomático que había sido, pero yo veía en su actitud una aprobación tácita a mi conducta “justiciera”. Cuando llegamos a la oficina, esta persona ya llevaba algunos intentos de comunicación telefónica para quejarse amargamente de mi actitud “poco constructiva”. Pidió mi cabeza como tributo de “buena voluntad”. Como viejos lobos de mar que eran, mis jefes hicieron como que me castigaban, aunque en el fondo estaban contentos de que me hubiera portado así. Nombraron a alguien para que fuera, por lo menos de nombre, mi supervisor, y me relevaron de la tarea insufrible de ir a las juntas con este cliente. Cuando el individuo en cuestión salió de esa financiera, yo volví a hacerme cargo, con la confianza plena de mis superiores.

En la actualidad me topo todos los días con seres de esta calaña, cuyo nivel de resentimiento es tal que bravuconear y descalificar a diestra y siniestra es su único modo de vida. Entiendo que seguramente no han podido sobreponerse a las circunstancias difíciles y a las derrotas y eso los hace insufribles para todos los demás. Desde su visión, y esta es sólo mi opinión, la felicidad ajena es injusta per se, porque ellos no son felices.

He aprendido que el mejor modo de tratar con ellos es ignorarlos. No te puedes involucrar en una pelea cuando no hay, desde el punto de vista de cada uno, alguna razón válida para hacerlo. Esos seres son como animales enjaulados, con la diferencia de que a los animales los enjaulan otros, y ellos, en cambio, están en esa condición porque así eligieron vivir. La felicidad merece ser protegida y, casi como si fuera uno de esos videojuegos, hay que saber cuándo tomar la iniciativa y cuándo, mejor, acelerar el paso para llegar al siguiente nivel.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Teorema de Dios I

Por Juan Pablo Picazo

El hálito de Dios hincha las velas
e igualmente abren los ojos los astros,
masa inerte, yo abrigo aquí candelas
que noche una se apagarán sin rastros.

Sentido he que eternidad existe en mí
si bien me sigue muerte desde antaño,
hiéreme vejez desde recién nací
persígueme la infancia incluso hogaño.

Parabólica piedra caí de un tren,
recta masa asaz precipitada
soy lo que callados ellos dicen ven,

aunque lo que han visto es no ver nada
aún si aquella piedra les hiere la sien
y pierden la cabeza gobernada.

Incierta certeza

Hoy desea el pez picar

Por Luis Ernesto González

A Sergio Soto, mudo porque ya vio

El caso es que me llama.
Todo rodeado de helechos
—tal vez sólo uno, tal vez en la maceta
de salpicaduras blancas—,
ese pasillo de la casa de la abuela
—Villa de Cortés, no apto
para independentistas… o lo contrario—
era la entrada al mundo de la vida más alta.

No la única. Pero fiel.
En casa también tenía mi umbral.
Y mi hermana; y sospecho
que mi madre y mi padre
sabían cómo llegar y lo decían
con ese idioma que se olvida
y regresa en los sueños.

Porque después, sí… después de los umbrales
todo se me va de la memoria
y me lanza señuelos.

No morirían los peces, si supieran.

Pero el caso es que muero
porque no pico
el anzuelo anhelado.

Será un acto de fe, pero me espera
ese umbral con helechos
para reunirme con los muertos amados
que cada día son más.

Incierta certeza

Todo es luz

Por Luis Ernesto González

Pulir el prisma,
lluvia con lluvia
hasta pulir la lluvia;
ver los bosques del sur,
la nieve del oriente,
tu pasado presente en el poniente.
ver las nubes nadar entre las nubes,
lluvia que en la caída pulirá su caída.
Pulir el aire hasta el resplandor súbito.
Viento con viento, pedernales
que alumbren transparencias.
Viento aclarando el viento
entre las hojas, entre los pájaros.
Buscar al norte siempre
la brújula Polaris.

Trenzar la luz, soltarla y esparcirla,
amante cabellera de abejas y oro intacto.
Que se miren las flores con el fragante pétalo
de la caricia amante.
Que se enamore el río con su propio murmullo.
Que la noche ilumine la sombra de la luz.

Cantarán los sentidos de Natura
cuando pulas la luz.
Que sea tu vida el prisma.
Pule tu prisma.
La interminable fiesta
de los prismas brevísimos.
Entrégalos.
Que manen los colores que no ves
y que sólo son tuyos
si traspasan tu vida.

A través del espejo

Canto del tiempo

Por Karla Winkler E.

Mis hermanos y mis primos jugaban en el jardín con carros y balones o vivían aventuras en sus bicicletas, mientras yo me entretenía con una grabadora en la recámara de mi abuela. Solía ir después de comer a sentarme en el balcón, al sol. Una que otra vez oía a lo lejos escándalos y lloriqueos de escuincles accidentados. Podía contemplar desde ahí árboles de capulines, pinos y rosales rosas, que daban las flores más grandes y hermosas que haya visto. En la calle, que era segura y pedregosa, los niños de los vecinos jugaban futbol, mientras las vecinas comadreaban, todas con chales y vestidos de algodón. La casa al pie de la montaña era fría, con una hermosa chimenea que nunca se prendió. Toda esa atmósfera me sugería numerosas ideas: y es que era tan fría, imperturbable y cortés, y exhibía unas relaciones tan curiosas: como si la naturaleza humana estuviera reducida a una especie de código, concebido para resolver los tremendos apuros. Además, todo era a la vez fugaz y duradero. El tiempo fluía y el día se diluía con la oscuridad y el silencio. Pero no del todo…

Recuerdos que me entregaron las tardes lluviosas en que me subía a la habitación mientras que los mayores hacían sobremesa de horas. A primera vista, la grabadora era un aparato simple, sin ninguna tecnología que la hiciera destacar, pero para mí era un objeto mágico, reproducía un enigmático hilo de voz que dejaba, pese a todo, traslucir mis emociones. Con ella, mi abuelo podía grabar cuentos, poemas, tangos e incluso detener el tiempo. Fue a mis dos años cuando me grabó por primera vez: comencé nombrándome “Kala Inke” y entonces el aparato me reveló sus poderes regalándome mi voz desde afuera. Con los años, me permitió cantar, llorar, reír, escucharme y, tras calmar mi corazón, me advirtió que tendría que descubrir por mí misma toda la plenitud de su magia. Desde entonces soy guardiana de las voces y del canto del tiempo. Como en las fotos, una grabación guarda un atisbo de alma.

11119051_10152896769699436_2050738518_nHoy el cielo está nublado y quizás llueva. Siempre, lo primero que hago por las mañanas es asomarme a la ventana, sentir el clima y mirar las nubes, el tránsito incesante. Todo el mundo va en auto; aun así, los peseros siempre están cargados hasta el tope. Y la meteorología en esta ciudad, desde luego, nunca ayuda. Reina por encima de todo cierta atmósfera pálida, fría, imperturbable… cortés. Pero, sin razón alguna, o tal vez a causa del tiempo, mi falta de interlocutores en la infancia importa menos y pienso en otras cosas. Miro la lluvia como en otras épocas miraba rosas rosas. La magia se me ha revelado ya: es posible dejar huella y las voces ausentes no se van del todo. Y hasta hoy, desde aquella tarde, cuentos, tangos, almas, me acompañan grabadas.