Incierta certeza

La máscara y el espejo

Por Luis Ernesto González

Pequeñita
delante del espejo
tu antifaz

y tú tan rápida

con los ojos enamorados del asombro

que nada tiene que ver con el mercurio

¡espérate! Eres tú.
¿De veras no te importa?
¿Y qué sí?, te pregunta
el que era yo a tu edad,
asustado
—la muerte, la eternidad
el tic tac
solitario
de las tardes eternas, yo,
mis pensamientos—.

De veras no te importa.

La mujer que te ama que me ama me lo dice:

“Ella no sabe que tiene un antifaz”.

Y es tan bonito.

Vive sin olfatear
sus huellas.
La nariz localiza el alimento
el aliento
su contento.

Se vive en energía. Se busca el sol
girahurona perfecta Como ella
como la mujer que ahora mismo
escudriña entre nubes de tormenta…

espejos para qué
camina
sigue de frente brinca sonríe tan misteriosamente
que sólo el amor sepa que intuye una sonrisa

Enmascarada
delante del espejo
qué seducción perfecta…

porque de veras
de veras no te importa
ser quien eres
sino ser

¿Y el antifaz?

Por puro gusto de la belleza

Luis Ernesto González Karla Winkler Audrey La hormega

Semilla de anís

Porque aquí se cierne el silencio*

Por Rocío Magallón Mariné

Porque aquí se cierne el silencio,
porque en esta mesa
no hay palo ni espada
y porque el Cáliz que bebo no es el de tu sangre;
porque es el cáliz de la desesperanza,
fruto del engaño,
sed de mi tristeza;
trigo que se siega
con las costillas de mis hermanos,
con el sudor de su frente;
trigo que no alcanza
para el pan de su mesa
y porque esta mesa es también la de nosotros.
Aquí estamos
los afligidos,
los perdedores de sueños;
míranos mendigar entre oficinas y papeles,
míranos correr desnudos ante el amor
—tan fugaz y brillante como una estrella—
Míranos y perdona
porque en mucho tiempo
no hemos visto el cielo.
Henos aquí
ciegos y mudos;
descifrando en braille algún gesto Tuyo;
escuchando tu Voz entre el tumulto;
míranos y discúlpanos
porque en mucho tiempo
no hemos visto el mar.

* Del poemario Voces del peregrino,
Colección Voces del viento XXVII, Unicedes/UAEM, 2003

Voces del peregrino

A través del espejo

Ceguera en vela

Por Karla Winkler E.

Vienen de muy lejos. Todos los días. Todo son flamas, luces veloces como rayos. Y por momentos, oscuridad aterradora. Si me hubiesen visitado antes, cuando yo todavía podía recibirlos con algo más que este silencio… Razono que me quieren ver. Tengo la voluntad de que me vean. Pero no puedo hacer nada. Los autos. ¡Esas luces! Cómo pasan. No dejan de moverse. Y ellos, ¿por qué encienden más luces? ¿Qué necesidad? Están llorando. Y tienen frío y miedo. La muerte… Si ya estoy muerto, ¿por qué siguen viniendo cada día? Les invade el pánico. La culpa. ¿Estarán sufriendo? Dejen de perder su tiempo, Dios mío, ¡vivan! Y ahora, ¿qué sucede?

Están ampliando el altar. Lo que comenzó siendo una cruz desnuda, ahora parece una pequeña capilla al borde de la carretera libre, con cimientos cavados por el accidente, en este kilómetro 44 que ellos interpretan ya como mi domicilio definitivo, a medio camino entre la Ciudad de México y Cuernavaca.

Voces inconformes. No escuchan nada. Sus oídos captan sólo el ruido de los vehículos al pasar. Sus mentes se entumecen. Sus dedos. Pueden mover sus dedos. No están lisiados. Y están construyendo una vaciedad. Sí, un ridículo mausoleo. ¿Y por qué? Si pudieran ver… Veladoras encendidas, flores, crucifijos, vírgenes y santos. ¿Tanta luz sin poder ver nada? ¿Estarán tristes?

Parecen ausentes. Tienen seres queridos a su alrededor. Un esfuerzo. Un esfuerzo para poder verse. Para que vean. Tantas luces. No sienten dolor. No hay duda. No es eso. Probablemente culpas, omisiones, faltas. Pero, ¿por qué no recuerdan nada? Sí, sí recuerdan. Vagamente. La imagen de un coche. Un choque. El impacto de una tragedia. Eso es. Pero nada más. Pretender volverme a la vida. Sólo recuerdan una forma borrosa, imprecisa.

Foto tomada de internet

Foto tomada de internet

Sus dedos vivos erigen cada día este lugar. Se posan al borde del asfalto. Adornan y plantan pequeños árboles alrededor. Y, quizá, en algún momento, al fin verán. Verán con claridad a sus muertos. Se verán ellos mismos. Al fin me verán a mí. Y entonces, entonces contemplarán todo bajo una nueva, infinita luz.

Entreluz

Lucha intestina

Por Alberto González Carbajal

Una de las mayores molestias de llegar a cierta edad y, además, después de toda una suerte de excesos, es que el armazón que nos contiene queda dañado de manera irreparable, como un auto con el chasís vencido (quienes saben de mecánica comprenden que eso ya no tiene reparación, sólo se le pueden dar eventuales “manitas de gato”). En el caso de su servidor, además de padecer una enfermedad crónico-degenerativa, tengo algunas restricciones para comer y… ya saben cómo es esto: basta con que nos prohíban algo para que lo deseemos con la vehemencia de un amor imposible.

Sé que ya no debo consumir leche fresca (“la leche es para los becerros”, sentencia mi brujo de cabecera) y lo cumplo en la medida de lo posible so pena de sufrir consecuencias olorosamente desastrosas, de esas que son inocultables. También debo evitar el consumo de harinas refinadas, azúcares procesadas y grasas de origen animal, ya que esta combinación hace que mi nivel de glucosa se dispare como cohetón de fiesta de pueblo.

Sin embargo, cuando estoy de viaje encuentro muy complicado cumplir a cabalidad todos estos preceptos, ya que las comidas regionales de este país están basadas en gran medida en estos ingredientes y, a riesgo de parecer pedante, uno no puede decir que no a lo que generosamente ofrecen los locales, pues es casi inevitable que éstos no piensen en términos de salud, sino de desprecio, y cualquier chilango que se precie de serlo sabe que tiene que hacer honor a la fama de tragones que nos precede.

Todo esto viene a colación porque, durante mi estancia en la ciudad de Morelia (en el hermoso y desde hace ya algún tiempo herido y peligroso estado de Michoacán), fui convidado a merendar unos churros con chocolate en compañía del resto de la comitiva que acompañaba a nuestras chiquillas en la competencia deportiva sobre la que escribí la semana pasada. El caso es que, cuando yo dije que prefería sólo tomar un cafecito, recibí un mar de miradas de desaprobación, como cuando la suegra conoce al yerno por primera vez. Yo no sé si el desprecio se puede medir, pero de que se siente, se siente.

También es muy chilango que pueda más la presión social que el autocuidado, así que doblé las manos y accedí a ingerir lo que me ofrecían… Grave error. Desde que sentí el ingreso del azúcar y las harinas en mi organismo, y sobre todo el chocolate, me volví más empático con Sócrates en su postrer acto de apurar la cicuta.

Con auténtico chocolate moreliano (Foto: Internet)

Con auténtico chocolate moreliano (Foto:Internet)

Han de saber ustedes que el chocolate es uno de esos alimentos que me pierden. Y si, además, está preparado al estilo moreliano, con canela y cáscara de naranja, la tentación de olvidarme de todas las restricciones impuestas por la medicina sólo necesita un empujoncito para ganar la batalla. Puestos así, me empiné cuatro tazas de chocolate. Cuando iba por la tercera, sentí un leve retortijón al cual, por supuesto, ignoré. Algo tienen los placeres culposos que bloquean nuestro sentido de la prudencia. Nunca he entendido mejor la frase “Con este alimento, si quieres, me puedes envenenar”.

El siguiente aviso vino de la mano de mi cinturón, que comenzó a exigir que fuera liberado. Si estuviera en mi casa, simplemente me habría quitado el pantalón y ya; pero en medio de tanta señora, esa salida era, por decir lo menos, objetable. Así que apechugué, aun cuando comencé a sentir que la hebilla se insertaba en la piel de mi vientre. A partir de este instante comencé a angustiarme.

Tonto de mí, pensé que la reunión terminaría pronto y que me retiraría a mi habitación para sufrir mi tragedia en soledad; pero no: las señoras decidieron que esa tarde (casi noche) era un buen momento para componer el mundo a fuerza de palabras, mientras que mi mundo intestinal estaba iniciando una rebelión que adquiría características apoteósicas.

Aguanté lo más que pude. Me excusé para ir al baño del restaurante… sólo para encontrarme que, entre mi persona y la puerta tras la cual se me prometía una liberación, había una cubeta y un trapeador atravesados… señal bien conocida en naciones subdesarrolladas que significa: temporalmente fuera de servicio. A pesar de esto, pregunté si podía entrar. Una femenina voz cansina me respondió que en diez minutos podría hacerlo. Cuando la escuché sentí que los ojos se me salían. Dejando de lado mi diplomacia y mi vergüenza, le dije que necesitaba entrar porque estaba a punto de ocurrir una tragedia. La voz en cuestión se agilizó: me dijo que pasara con cuidado porque el piso estaba mojado. Me introduje en uno de los cubículos reservados para “hacer del cuerpo”, como dicen en mi pueblo, y sin importarme que esta persona siguiera allí realizando su labor de limpieza, liberé al monstruo que se formaba en mi panza.

Qué efectos especiales de película de terror ni qué nada, el caso es que esta parsimoniosa empleada huyó con impensable agilidad. No la culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Cuando al fin salí de la petite chambre, la valiente mujer estaba esperando afuera, armada con varios contenedores en los que pude identificar desinfectantes y aromatizantes diversos. “Una gran profesional”, deduje. Al llegar a la mesa, las comensales mi miraban con desaprobación, y la profesora que se encarga de entrenar de manera férrea, estoica y heroica a los productitos de nuestras entrañas en el bello deporte del voleibol, quien, además, no tiene pelos en la lengua, sólo me dijo: “¿Ya ve por qué dicen por acá que los chilangos somos bien tragones?”. No pude responder. El resto de la noche me la pasé preguntándome si el placer recibido justificaba tanto sufrimiento intestinal, aunado al oprobio social.

El placer es el placer, concluí para mis adentros, con actitud solemne, aunque a nuestra edad el costo sea “mucho muy alto”.

Incierta certeza

Querer es ser, si quieres

Por Luis Ernesto González

Olvido tus palabras como olvido mis sueños.
Recupero. Rearmo.
Feliz por el camino que siento cierto y firme,
camino sobre mí sin darme cuenta,
aterrado de mi fragilidad.

Tus ojos, un relámpago
que deslumbra espejismos. Pero es realmente un faro
porque llego.

Estás en el pantano y la soga te salva.
No esté en torno a tu cuello la misma, la soga,
la misma soga
anudada.
Umbilical prisión que protege la vida
acunada en terrores deleitosos del cosmos.

Reconstruyo tu voz, ¿qué me decías?
Apenas esta madrugada
soñé el sueño completo.
Y todos lo sabemos:
por un instante
el secreto se baña a la luz de un día claro.

Tus ojos, tus ojos, qué caer
en movedizo amor que se hace hogar.

Incierta certidumbre. Venga tu reino a todos.
Fugaz felicidad, cúmplenos un deseo
con sed interminable.

En la clara noche de la certidumbre, la Vía Láctea (Foto tomada del blog Alba Zero)

En la clara noche de la certidumbre, la Vía Láctea (Foto tomada del blog Alba Zero)

A través del espejo

Acerca de hacer

Por Karla Winkler E.

Una se pasa los días y los meses postergando algo. Tendría que, por ejemplo, empezar por aspirar más: por debajo de los sillones, por debajo de la cama; o por no aspirar nunca nada. Debería lavar pero mi mano izquierda resultó quemada; la derecha, cortada. Tendría que ordenar cada libro, cada disco, cada papel; lo cierto es que en dos días ya estarían otra vez dispersos por todos lados. Debería salir de esta casa y correr por el andador, hacer ejercicio… O mejor aun, quedarme en casa, no salir, poner música, leer, intentar el yoga. Quisiera escribir mi tesis, un cuento, un poema, una novela. Sale bien, sale mal, sale peor. Pero a veces, una cree, y sale. Las notas son el aliento de mi inspiración. Notas cargadas de encuentro y conflicto, de insolencia y devastación. Una insolente, insignificante e impertinente invocación a las señales del alma, las marcas de quemaduras de una vida entera. Entonces, un domingo cualquiera, una se sienta a escribir alguna de esas cosas que se escriben en cinco minutos y se dejan en el diario. Algo sin importancia, una anotación. Algo como: Debería encontrar un trabajo bien remunerado, pero tendría que renunciar a un trabajo que detesto. Quisiera ir más al teatro. Quisiera conocer más pubs… Debería bajarle a la cerveza y a la sal… y al chile. Quisiera aprender a tocar la guitarra. Quisiera ir a Cartagena. Debería cambiarme de departamento, conseguir departamento… o dejar de buscar departamento. Ceder. No ceder. Aventarme en paracaídas, tomar un curso de buceo, poner un café, un restaurante entre montañas. Ir más despacio, darme prisa, mirar atrás, no mirar…

El tiempo no es sino un trágico discurso de amables pretensiones, una mudanza de la libertad de aplazarlo todo, una ilusión presuntuosa de que nunca será demasiado tarde para nada.

Y este mismo domingo, anotando contrariedades, una se dice, con ira, con el corazón cubierto de bruma, con seriedad, con pasión, con garfios, que es mejor hacer. Que, a veces, una cree, y sale.

Foto: K. Winkler

Foto: K. Winkler

Yo lector

Las culpas del lector

Por Juan Pablo Picazo

La lectura es una de mis grandes pasiones. Leer me ha parecido desde hace mucho, la actividad más importante que se puede practicar, pues afina cualquiera otra de nuestras acciones y aficiones. Sin ella, el resto de nuestras actividades a la larga, puede ser completamente vana.

Leer me ha enseñado a preguntar correctamente y a conocer las preguntas como más importantes que todas sus respuestas. Leer me ha dado una carrera, pues el veneno más delicioso de la lectura son las ganas de escribir y eso resulta invaluable.

¿Y qué ? Todo eso no es más que una verdad de perogrullo, podrá el estimado lector pensar, por el contrario, la actividad más importante que se puede practicar es… y agregar aquí su propia pasión. Ya lo puede hacer y detener su lectura en este punto. O continuar y seguir en debate conmigo, o estar de acuerdo, nunca se sabe.

Debo añadir que la lectura, no obstante, me ha traído enormes culpas. ¿Culpas? Si. De todas clases. Huelga decir que en México (no digo que siempre, ni que en todas partes) desde el hogar se nos educa para ser siervos, disfrazando la indefensión aprendida como buenas maneras, por ello todo ha de pedirse todo como un favor y ha de agradecerse como don inmerecido. No se trata de ser grosero, claro, pero la lectura excava tan hondo, que uno irremediablemente se libera de mitos, culpas, y condicionamientos.

Un momento ¿cómo es que el autor de lo que debería ser una reseña crítica y no un artículo, dice que la lectura te libera de culpas si al principio dijo que la lectura le había traído algunas o más bien muchas y de todas clases? Pues es así, una cosa puede ser lo que es, y su contrario al mismo tiempo, sin menoscabo de la lógica, la coherencia y el buen gusto, yo digo.

Esta percepción de estar en falta me viene de la profunda pasión por los autores, los libros, los movimientos literarios, y demás sobre los que doy clase minuciosamente ante auditorios que a veces no se interesan mucho por los documentos que rebasan la cuartilla y media. Parte de la consabida idea de que sentarse, tumbarse o apartarse a leer son meros actos de ocio, que no de productividad destinada a la salvación de la patria, como suponen quienes mandan o dicen que lo hacen.

Son como un desliz porque me vienen de la delectación escandalosa que siento ante páginas como las de Gabriel García Márquez, August Strindberg, Fray Félix Lope de Vega y Carpio, Efrén Rebolledo y Marguerite Duras, entre otros autores que me llevan a intensidades a veces insoportables. Y de las caras admonitorias que le he visto a compañeros escritores, profesores, críticos, alumnos y diletantes cuya exquisita dieta se compone de nombres y obras delicados que, creen a pie juntillas, no pueden compararse con los que me conmocionan.

Amigos como Juan Antonio Pascual Gay, quien me reconvino por mi (así lo percibí, no que lo dijera) afición a la obra de Margueritte Duras, a quien llamó “esa gachupina” y el buen Max Vázquez Cedeño, quien inteligentemente me detalló su aversión a la obra del Gabo García Márquez, me han hecho sentir el vergonzoso cosquilleo de quien es atrapado reincidente en el ejercicio de algún feo vicio.

Puestos a leer no obstante, acepto mis culpas y me deleito en ellas. No desoigo los consejos de mis críticos amigos lectores, pero sigo adelante con mis, esos sí, confesados vicios. Si usted lee, no se avergüence de sus autores preferidos, la verdadera culpa está en el fanatismo, que consiste en la adoración de unos y el rechazo a todo lo demás, abra su mente y lea a mansalva, o a quemarropa, o a la roba vacas, pero siempre muévase de un género a otro, de un autor a otro, de un país a otro, verá como se enriquece y no de un modo inexplicable como les pasa a los delincuentes del poder.

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Crisálida

Anastasia y yo

Por Patricia Gutiérrez Otero

Anastasia (Foto: P. Gutiérrez-Otero)

Anastasia (Foto: P. Gutiérrez-Otero)

Anastasia era una gata pequeña, peluda, suave; tan blanda por fuera que se diría toda de algodón, que no lleva huesos… Retomo el amor de Juan Ramón Jiménez por su burrito para hablar de mi compañera felina. Así era, blanca y marrón; arisca con los otros animales y casi amorosa con quien ella aceptaba: conmigo, y los míos.

Ella ya había sido madre y había sido operada; yo había perdido a mi gato Tomás durante una mudanza. El amor surgió a primera vista entre nosotras. Marcel Sisniega la tenía en su casa, con sus otras mascotas, y ella, animalópata, no se adaptaba. La llevé conmigo, le ofrecí mi lugar, le di de comer, la acaricié, la dejé vagar. Le abrí una pequeña ventana, corté la malla que impedía el paso de los mosquitos: por ahí ella salía y entraba a voluntad de nuestra casa.

Cuando me cambié de mi hogar a una casa desconocida en un nuevo pueblo, desorientada, se extravió. Durante cinco meses la busqué. Nunca quité su comida del plato, ni dejé de servirle agua. Al entrar en el pueblo, la llamaba a gritos abriendo la ventana. Un primero de enero hice mi mudanza (hasta entonces había vivido sin muebles, quizás eso no le gustó y por ello había desertado), mi madre estaba conmigo para ayudarme, compañera de vida ella también. La mañana siguiente, una vecina me llamó, la había visto; en camisón tomé el coche: la encontré. Anastasia regresó a una casa con muebles: imagino que su cuerpo, enflaquecido y sucio, se estremeció de placer. Siguió su vida conmigo y sumaron diez años y más…

Luego llegaron los perros. Ellos viven fuera, ella vivía adentro. Hasta que el rayo cayó en nuestras vidas. El encuentro fatal sucedió, ella sucumbió.

Aún escucho el sonido de sus patas sobre el suelo, la veo dormir en los cojines, la siento roncar levemente al pie de la cama, y brincar junto al lavabo para beber del agua que corre; acaricio su imagen cuando, recostada en mi mesa de trabajo, acompaña con sus ronroneos el tiquitic de las teclas.

Su cuerpo, que acomodé al fondo de un hoyo en la tierra, aún era “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos…”, y mis lágrimas le sirvieron de almohada y mi pena de viático para un viaje en que, un día, la encontraré de nuevo, recostada junto a mi madre, esperándome.

Entreluz

¡Dale recio, m’ija!

Por Alberto González Carbajal

Foto: A. González

Foto: A. González

Como cada año en estas fechas, la sargento Palulinky acude a competir en el torneo nacional de voleibol, su deporte favorito. El año pasado, en este mismo espacio reseñé cómo transcurre un evento de esta clase. Podría sonar repetitivo abordarlo de nuevo, sin embargo siempre hay cosas nuevas que, lo confieso, me asombran, especialmente al momento de estar viviendo la parte álgida de la competencia, cuando las emociones de los asistentes, padres o familiares cercanos, brotan de manera desencadenada.

Si ustedes quieren ver a unos verdaderos hinchas, de esos que se desgarran las gargantas gritando barbaridad y media, que son capaces de crucificar a un árbitro con palabras como clavos agudos, tienen ustedes que acudir a este tipo de competencias amateurs.

El haber acudido tantas veces a estos torneos me ha convertido en conocido de muchas personas, entrenadores, padres de infantes de otros equipos, algunos directivos, vendedores de equipo especializado para este deporte y, sobre todo, de muchas jugadoras para quienes soy “el papá de Palulinky”, el señor que se apasiona en grado extremo, que se retuerce como tlaconete con sal cuando el equipo falla y que brinca hasta casi alcanzar el techo ante cada punto anotado, pero que de cualquier modo, en el triunfo o en la derrota, abraza a su pequeña y la llena de besos al final de cada partido (parece ser que esta conducta es inusual en muchos padres).

Por mis expresiones emotivas, muchas veces me siento observado; noto la mirada reprobatoria de algunos asistentes ante mis estallidos de alegría, frustración o tristeza. Su respuesta me parece exagerada. La vida laboral nos obliga a ser muy contenidos, muy mesurados. El juego nos permite precisamente lo contrario: desfogarnos. La verdad es que, habitualmente, las miradas de rechazo me valen, como dicen en mi pueblo, una pura y dos con sal. Yo siento y manifiesto. Lo reitero: esa ha sido mi forma de ser.

Pero algo cambió en el partido de ayer. Pasé de observado a observador. Me tocó sentarme unas gradas abajo de la porra de un equipo del sur del país, de un estado con uno de los mayores índices de pobreza. Era evidente que no tenían mucha experiencia en este tipo de competencias: no vestían la ropa adecuada (que debe ser muy cómoda, como para estar sentados hasta que el trasero se desdibuje), ni traían zapatos deportivos, ni una buena dotación de agua y de botanas. Siempre son muchas más las horas de espera que de juego.

Todo tendía a delatar su falta de conocimientos respecto a esos códigos pero lo que los evidenció completamente fue la desorganización en sus porras: gritaban sin ton ni son lo primero que se les ocurría. Mientras que los veteranos decimos cosas como: “¡Cuida tu posición!, ¡busca el hueco!, ¡viene fácil! y cosas por el estilo, los seguidores del equipo novato decían frases como la que le da título a este texto, y otras como: ¡Desazónzate!, ¡esa es m’ija!, ¡no te me atarugues!, ¡fíjate bien y sosiégate! Y cosas así.

En un principio sentí un poco de molestia porque me comencé a distraer pero pronto me controlé: esas personas tuvieron que recorrer más de medio país, ahorrando un dinero que no tienen y dejando sus carencias en un nivel crítico sólo para apoyar a su prole en estos momentos que van a convertirse en grandes experiencias de vida para sus retoños. Ser tolerante con la emoción ajena es premisa básica para la paz.

También llegué a la conclusión de que a este país le hace falta que la gente se exprese como pueda y como quiera; que es preciso hablar de lo que necesitamos, lo que nos molesta, lo que nos hace felices. Hay que entender que no necesitamos que otros digan que nos representan, cuando no es cierto. No se necesitan partidos políticos, ni líderes u organizaciones sociales que moldeen las formas en las cuales nos expresamos. Sólo debemos, como primer paso, dejar fluir nuestras inquietudes y a partir de las coincidencias construir las bases de una nueva estructura social. Sólo expresándonos encontraremos esos puntos comunes para vivir.

Los ruidosos animadores del equipo nuevo conjuntaron las ganas de venir a representar a su comunidad y su emoción por sentirse parte del evento, además, claro, de su ilusión por ganar. Eso les creó una identidad entrañable. De algún modo, generaron una gran simpatía en muchos de los asistentes. Aunque su modo de expresarse no tuviera la uniformidad de una organización ya establecida. Creo que esa es la base de la verdadera democracia.

Mientras ese equipo disputaba un buen punto y yo oía otra vez un “¡Desazónzate!”, comencé a sonreír. Muchos de nosotros hemos perdido el coraje necesario para gritar lo que sentimos en el momento en el que lo sentimos, y nos acomodamos sin rechistar en el lugar en el que nos asignan quienes nos gobiernan (es un decir).

Así como lleno de besos a la sargento Palulinky gane o pierda, así comencé a aplaudir con emoción sincera las buenas jugadas de este equipo que no era el mío. Noté que muchos volvían a observarme, volvía yo a ser, para ellos, el excéntrico exagerado, pero ahora también medio loco. Han de pensar que ya ni distingo cuál es mi equipo y cuál el oponente. Pero yo me sentí especialmente contento: aunque haya sido en esta pequeña escala, viví una armonía que ya la quisiera en todos los quehaceres de mi pobre país. En lugar de rivalidades, colaboración. El camino, pienso yo, no es tan imposible: es aceptar y comprender a todos los que están a nuestro alrededor, aunque sean diferentes a nosotros.