Incierta certeza

De lluvia

Por Luis Ernesto González

Que la lluvia llenaba mi tintero
adolescente,
que en caminos de piedra
se me derramaba,
que mi hermosa mujer hoy los camina…

Porque la lluvia es de ellos,
de su oído,
del corazón que late persistentemente.
Es de mi hermana cuando la convierte
en escudilla para la sed del perro abandonado.

De Verlaine y de un piano con gotero.
De mis amigos en el parque de la infancia,
hundidos ya los barcos de la ropa seca.

Es hoy de un rostro que la mira,
como quien ve llorar
y llora detrás del vidrio de la sala.

La lluvia, José Emilio, se concentra.
La lluvia te amuralla y te esperanza, Rius.

Si pudieras oír lo que dice la hiedra,
la flor entre dos tramos de cemento,
la nube que se vierte para dejar de ser,
el suspiro del sol enamorado.

Es una pausa…

Es una pausa ahora esta lluvia obstinada.

Para que te reencuentres tras el vidrio.
Para que duela más la ausencia.
Para que viva el mundo bajo el cáncer urbano.

Para que tu mirada llueva al fin
y te reencuentre
con el niño feliz que era lluvia también
y desparpajo,
y que olvidaba que esa noche
no lo esperaba nadie bajo un techo,
y tú querías para él otro destino
y eras lluvia de ti, fertilizando
un alma que ahora matan con sequía.

Para que todos esos huérfanos del mundo
te duelan lentamente y te despierten,
llueve esta noche
agitando las olas
donde han levado el ancla las estrellas.

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J.A. Grimshaw, Luz de luna

Cantar en silencio

Con ojos y mirada de sibila

Por José Manuel Recillas

para Lillian van den Broeck

Con ojos y mirada de sibila
el mundo es contemplado atemporal
como esa noche primordial y muda
en que todo creado fue y no había
aún palabras ni conciencia alguna
del milagro que allí, en esos ojos
de amapola y de sol, de eternidad
contemplados, apenas comenzaba
a ser y a nombre dar a cada instancia
que en pupila de amor y luz y versos
se conjugaba y era espacio para dos.
Auroras como manos temblorosas
a cada instante daban ser y nombre,
secreto abrazo del milagro todo
en humedad vestido y renovado,
y engendrado de toda luz futura
y toda desnudez desprotegida,
aliento todo de tu aliento y ser,
de tierra fértil y de luz envuelto
como una lenta lava y cicatriz
que a toda tierra nuevo nombre diera
y a cada día un templo y un silencio.
Todo pasado, es, y en ti, promesa
de ese murmullo que sólo es dicho
por besos hechos manos y mutismo,
de arenas milenarias y de tiempo,
de aquello que es milagro conjugado
y espejo de silencio escrito en flor.
A cada paso veo el fiel retrato
que en improbable blanco y negro colma
la memoria y la llena de esa voz
que alguna vez eternidad sembró
y compañera noche del abrazo,
entera fruta y desnudez vivida,
inolvidable numen que alimenta
la venerable forma en que la tierra,
a cada instante, testimonia y canta
y entona la mañana de tu ausencia.
Así es como se erige la memoria
que en canto nemoroso se silencia
y hace himno, estela y maravilla
memorante, tatuaje del almario
que tu nombre llevar quisiera, joya
de luz y de humedad y amanecer.
Así es como se ve pasar el tiempo
desde lo atemporal en donde estás
y desde donde nacen las calandrias
y su elevada geometría indócil,
álgebra demudada que me nombra
y me hace y deletrea cada vez
que al mundo das sentido con un beso,
con ese Verbo y vientre que es del mundo
vegetación, abrazo y dulce entrega.
Oh, sibila, amor de eternidad,
que tu cuerpo crisol sea, abierto
refugio donde llegue cada alba
como verdor de lo que nacer debe,
y así el ritual se cumpla donde tú Eres
y todo sea contigo, menos yo.

8 de julio de 2013

007. Santa Teresa, de Bernini (detalle)

Gian Lorenzo Bernini, Èxtasis de Santa Teresa (detalle)

A través del espejo

Sueño blanco

Por Karla Winkler

¿Quién podría evitar estremecerse, sentir ese calambre que recorre el cuerpo, la atracción que succiona, la incitación secreta al poner los pies por vez primera, o después de mucho tiempo, en la nieve? Ese fascinante delirio que llega inalterado y tan perfectamente blanco como sólo pueden serlo, entre todas las cosas, las nubes, la espuma del mar, el alma pura; evoca el placer sigiloso del juego diurno con el hielo, evoca (aun más) la muerte misma.

Imposible no advertir que la nieve es la cama más suave e incitante del mundo. Acariciada por el inclemente soplo del viento, me disipo en la blancura, abandonándome y cerrando los ojos para gozar de una indolencia tan exquisita como inusual. Ojalá fuera eterna esta emoción.

Sólo se oye el canto de las aves. Mi contemplación es más brumosa y profunda y mis pensamientos, más insólitos. Y nunca libres de cierto halo de tristeza.

Monte Titlis 2016 (Foto Karla Winkler)

Foto: Karla Winkler, Monte Titlis

Crisálida

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Te he visto en la penumbra inhabitada
y sentido en el gozo del almendro,
entre mujeres que charlan sin sentido
y en niños que lloran por la noche.
Te he sentido en las tumbas
de los que sepultaron vivos,
he sentido cómo con lágrimas los lavas
y les brindas tu sangre, única.
He escuchado tus labios silenciosos
en la risa de los niños cuando ríen,
en el baile de quien goza,
en el 4:33 de Satié ante su piano,
en algunos versículos de la Biblia,
en la oración de los solitarios.
Te he olido en la nostalgia,
en el pan recién horneado,
en la piel del ser querido,
en mi sangre menstrual,
en el humus.
He gustado tu sabor de miel
de mar, de absoluto, de vino.
Te he amado.

Paisaje con la caída de Ícaro , 1558, Bruegel, Pieter de Oude - De val van Ícaro

Paisaje con la caída de Ícaro (1558), Brueghel el Viejo

Entreluz

En busca de la identidad perdida (II de III)

Por Alberto González Carbajal

Continúo, con su venia por supuesto, con este relato que parece de horror (y lo es). Resulta que mi señora madre, en algún momento obtuvo una copia certificada del documento del que les hablé la semana pasada. En aquellos años (fines de los 60 y principios de los 70), estos duplicados se hacían en el dichoso “papel seguridad” y se transcribían mediante una máquina de escribir, de tal suerte que si, como era este caso, se tenía la confianza suficiente, uno le podía dictar al encargado cómo llenar cada espacio requerido. Así, pues, los datos contenidos en esa copia específicamente eran los correctos. Por largos años no tuve problema alguno con esa copia: me valí de ella para realizar todos mis trámites hasta mi edad adulta, cuando tuve que tramitar mi primer pasaporte y allí le dije adiós a ese tan preciado documento. Cambios burocráticos a nivel federal exigían nuevas formas de demostrar que uno era uno.

Como los trámites en México siempre son interminables y algo kafkianos, y a fines de los 80 las dependencias oficiales comenzaban a solicitar ya no copias fotostáticas sino “certificadas” (impresas en papel seguridad y con varios sellos y firmas que daban fe de su autenticidad), para poder tramitar mi pasaporte, antes tuve que acudir al pueblo que había emitido mi viejo documento, y ahí solicitar estas copias. Así fue como descubrí el berenjenal en el que estaba metido. El oficial a cargo, conocido de mi familia paterna, me ofreció la vieja solución: mecanografiar algunas copias para, según su servidor, cumplir con todos los trámites por el resto de mi vida… Tonto de mí.

Esas copias (diez) me sirvieron para casarme, registrar a mis hijos, etc., pero en algún momento se acabaron… y llegó un fatídico día de diciembre de hace unos ocho años: la capitana Nenetiti (en aquel entonces apenas era sargento) iba a participar en una pastorela en su escuela. Un día antes recibí una llamada de un cliente que me solicitaba que, de manera expedita, viajara a un país centroamericano para dar una asesoría de no sé qué y que mi boleto de avión ya estaba listo para viajar dos días después (al día siguiente del evento de mi pequeña). En ese momento mandé a un asistente que laboraba conmigo a que fuera de volada al pueblo donde estaba registrado a obtener una copia certificada de mi acta de nacimiento. Olvidé aclararle que ésta tenía que ser una transcripción y no una copia facsímil como tal. Cinco horas después me entregaba un sobre que no tuve la precaución de abrir. Al día siguiente me presenté en la oficina central de expedición de pasaportes. Asumía que allí debería ser más rápido obtener el documento que permite salir del país… Allí comenzó el infierno.

Después de llenar una enorme cantidad de formatos, entregar fotos, pagar los derechos respectivos y dejar impresas mis huellas en varios juegos de hojas, entregué mi documentación. Cuando me solicitaron el acta de nacimiento, saqué el mentado documento sin siquiera revisarlo. El funcionario encargado comenzó a comparar los datos asentados en la hoja con los que aparecían en la credencial para votar que presenté como identificación oficial. Fugaces pero recurrentes ojeadas hacia mi persona acompañaban su escrutinio. Comencé a ponerme un poco nervioso. Esta incómoda sensación se incrementó cuando se levantó y me dijo que esperara “un momentito” (al final fue algo así como media hora). Cuando regresó, me pidió que lo acompañara a la oficina de su jefa… porque había algunas “inconsistencias”.

Papeles

Foto: Alberto González C.

La amplia oficina de la funcionaria incrementó mis temores de que algo raro estuviera pasando. Así fue. De la nada aparecieron un par de sujetos de muy (pero muy) mala catadura, que me dijeron que los tenía que acompañar a la delegación de la procuraduría de justicia más cercana porque existían “sobradas sospechas” de que su servidor estaba “intentando suplantar una identidad mediante el uso de documentos apócrifos”. Lo primero que hice fue reírme, pero, al ver que ellos no se reían conmigo, consideré la posibilidad de que lo estuvieran diciendo en serio. Rapidito y de buen modo los acompañé al mentado lugar donde, después de llamar a mi abogado (y pagarle por esto) y pasar algo así como catorce horas en calidad de “presentado” (eufemismo usado para decir que estaba detenido sin orden judicial alguna) aclarando y corroborando que los documentos que entregué eran oficiales pero que había discrepancias entre ellos, me soltaron sin siquiera dar el consabido “usté disculpe”. Recibí, en cambio, un “Tenga más cuidado para la próxima” (¿la próxima que?), y con la promesa de la funcionaria que había levantado la denuncia de que, una vez que arreglara esas “inconsistencias”, podría tramitar mi pasaporte “sin ningún problema”. Salí de las oficinas ya de madrugada.

Aquí entra lo de la pastorela de la sargento Nenetiti. Si días antes le había prometido no perdérmela por nada… el mero día no pude ser ubicuo y estar detenido y a la vez en su escuela. Tampoco pude viajar y perdí ese cliente. El abogado me cobró como si yo fuera OJ Simpson y mi familia se angustió muchísimo. Ingenuo de mí, pensé que eso era lo peor que me podía pasar y que así se cerraba aquel episodio burocrático…

Pero de lo que siguió les platicaré dentro de una semana. Confío en verlos aquí nuevamente.

Incierta certeza

Casi

Por Luis Ernesto González

¿Qué hay bajo la armadura?
¿Qué, bajo la ropa?
¿Qué,
bajo la piel?
¿Qué, bajo los músculos? ¿Qué,
bajo los órganos?
Llegará al otro lado de su cuerpo,
¿y qué habrá hallado?

Por eso, bajo la tierra
tantos restos
amados
yacen vacíos.
Están libres
nuestros seres ausentes.

Si me tocas, amor,
tocas a quien no soy.
Pero si no lo haces,
no quiero ser.

Dame tu mano, amor,
vivos y muertos.
No seremos tú y yo
y sólo eso sabremos
que hemos sido.

Casi somos las manos.
Y las entrelazamos.
Esas manos
que a veces nos contienen
y que se irán vacías, y que se irán vacías…
dejándonos el alma a manos llenas.

La catedral-Rodin

“La catedral” (1908), de Auguste Rodin

A través del espejo

La llave de la jaula

Por Karla Winkler

Era una hurona traída de una granja cerca de Nueva York. Todavía seguía en la tienda porque nadie quería comprarla. Les parecía agresiva. Desde que llegó se había refugiado en un rincón de la jaula. Le temía a todos, todos le temían a ella. Cada vez que los vendedores la mostraban a los clientes, capturándola con una red para peces para sacarla de la jaula, no sabían explicar si era agresiva o temerosa. Nunca se preguntaron y nunca adivinaron en ella un anhelo.

Por eso fue insólito cuando, después de tanto tiempo intentando venderla, un día llegó una pareja a elegirla, sin desear siquiera ver a los otros hurones jóvenes y sumisos. Todavía se retorció en las manos de sus futuros padres adoptivos, el momento ideal para que mordiera un par de dedos, y en cuestión de una hora ya estaba en su nuevo hogar, donde la recibió el ser que más amaría en su vida: una hermanita hurona hambrienta de juegos.

A lo lejos quedó aquel horrendo lugar donde no era más que un objeto molesto, esquivando patadas, mordiendo un zapato, un tenis, una bota, defendiéndose del ser humano de la única manera que ella podía. Su nuevo padre, consternado, vio el miedo de la criatura escondida bajo un sillón. Su nueva madre, descubriendo en su mirada inocente los horrores a los que fue sometida, decidió aguantar cada mordida a cambio de algo: un beso, un beso por cada dedo o nariz ensangrentada. La batalla fue intensa. De mordida en mordida y de beso en beso recorrieron cada habitación de la casa por días.

Completamente empalagada, la huroncita olvidó las razones por las cuales mordía y, sin darse cuenta, un día se confundió y en vez de morder los pies descalzos de su padre, los comenzó a besar. La pequeña espía con antifaz había hecho sonar el grito de la felicidad. Una cerradura invisible había cedido. Su anhelo saltó y nunca más volvió a ser apresado.

Sola en el rincón de una jaula, sin su madre, sin sus hermanitos, ella comía, dormía, soñaba con la libertad. Soñaba que volaba como un ave, que brincaba entre las copas de los árboles como una ardilla, y cuando trepaba por los troncos caía panza arriba para volver a intentarlo, una y otra vez. ¡Y entonces era libre! Pero siempre despertaba…

Curiosa, valiente y soberana. Sabiamente inconsciente de su nueva vida, la fierecilla empezó a amar a su familia. Sus padres todavía recordaban de vez en cuando: ¡“Y pensar que la sacaron con una red en la cabeza!”. Audrey se convirtió en el ser más tierno de la casa. Todos, menos ella, lo veían. Continuó su existencia entre las habitaciones del hogar, haciendo uso de sus mejores habilidades: imaginación y saltos. Su alegría ya no termina al despertar. Ahora muerde ávidamente el aire buscando los besos que tanto le gustan y que la hacen sentir tan plena.

Audrey en La hormega (foto Karla Winkler)

Foto: Karla Winkler

Crisálida

Hermano de desdicha

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Nadie, ni tú ni yo, hablaremos de esta vergüenza y nuestro descaro.

Hoy, yo no quiero cantar al lábaro patrio, no me identifico, no me hago una con algo que no es nada, aunque tú, vecino, aprendiste que es todo.

El lábaro es como la mantequilla: mi familia y vecinos, algunas ideas, y uno que otro entrometido que te pide favores minúsculos y odiosos; no son las imágenes de calendario (¡ah!, esos volcanes, ella y él tan bellos, tan perfectos, con músculos de un titán o de Mr. Power; con curvas de Sofía Loren o de Madonna); ni los brillantes colores simbólicos del verde de nuestras casi extintas praderas; del blanco de unos glaciares que se vuelven roca; de lo rojo: la amapola y la sangre derramada. ¿Hay un neutro aterrador? 43 desaparecidos, 43 + cientos de miles. ¿Lo sé, lo presiento, lo supongo?

[¿Dónde estás, patria? ¿Dónde, matria? No creo que existas, ingrata.]

Nuestra vergüenza es dejar que nos jalen como yuntas, como esclavos, imaginando que el pienso, rociado con queso gruyere y especias + algún mediocre o buen vino, compensan el esfuerzo.

Y te pienso, soldado, militar, y tu fragilidad me derrite, como la mía. Y te estrecho como a un hermano de desdicha. Y lloro contigo, por ti, sin ti, contigo. Te abrazo.

Entreluz

En busca de la identidad perdida (I de III)

Por Alberto González Carbajal

La reglamentación existente en México con respecto al establecimiento de la identidad ronda eventualmente el umbral de lo absurdo; cada trámite va ligado en cadena a otro y, de no ser así, los tiempos se alargan al infinito (…y más allá). Esto propicia que el robo de identidad sea el delito cibernético más alto (68%, de acuerdo con las cifras oficiales), y si a eso se le suma que algunas personas, como su servidor, estamos en un limbo entre la orilla de los tiempos en que algunos documentos oficiales no existían o no importaban mucho y la hiper-tecnologizada orilla actual, en que hasta un acento o un punto puede significar el acabose de tus papeles de identidad, entonces se podrá entender cómo es que ahora estoy viviendo lo más parecido a un calvario. Les platicaré la historia (de verdadero horror) que estoy padeciendo actualmente.

Resulta que vine a nacer en un pueblo perdido en alguna sierra sudoccidental del Estado de México. Fue un parto complicado, me relataba mi señora madre, porque yo venía al revés (rebelde desde chiquito); el caso es que veinticuatro horas después de que mi madre empezó con los dolores de parto, y merced de una partera muy colmilluda, logré nacer a las cuatro de la mañana de un domingo.

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Imagen: Antigua fe de bautismo (tomada del sitio purepecha.mx)

Como la tasa de mortalidad infantil era muy alta en aquellos años (esto aunado a que no llegué de manera sencillita), decidieron bautizarme a la brevedad para que, en caso extremo, no se perdiera mi alma en el Limbo (que entonces aún existía oficialmente); así que, dos semanas después, mis abuelos, que fungieron como mis padrinos, me llevaron a la iglesia del pueblo vecino (ya que en el lugar donde yo nací sólo había una capilla) y me pusieron por nombre Alberto, hijo de Carlos y Ana María… Así, simple, en confianza. Quién iba a decir que salvarme entonces del Limbo me llevaría a las complicaciones actuales (¡que me tienen en el Limbo burocrático!) tan sólo porque mi padre se llamaba oficialmente Jorge Carlos, no Carlos. Por otro lado, cuando le preguntaron a mi señora madre cuándo había nacido su primogénito, ella, dicharachera como era, les contó la historia del doloroso e insufrible parto que había tenido, “…que había iniciado el sábado 13 y que había concluido hasta el domingo en la madrugada, a las 4 de la mañana”. ¿Y cuál fecha fue la que asentó en la llamada “Fe de Bautismo” el muy diligente pero poco atento sacerdote de ese lugar? ¡Pues el 13 de agosto! Porque, de acuerdo a su muy real, soberano y metafísico entendimiento, uno nace cuando comienzan los dolores, no cuando asoma las narices en este mundo.

Poco más de tres años después, en otro pueblo algo más al sur, mis padres y mis abuelos paternos nos llevaron a mi hermana (nacida dos años después que su servidor) y a mí a presentarnos en el Registro Civil (entidad gubernamental donde se asientan los nacimientos, los decesos, los matrimonios civiles, etc.). La razón de ir allí, y no al lugar de los hechos, fue que mi abuelo era descendiente de un héroe de la Revolución Mexicana y, si se hacía un evento oficial en esa localidad, el pueblo, que lo veía como algo parecido a un cacique, armaría el jolgorio en grande, con carnitas, barbacoa, conejo enchilado, pulque y mezcal de la sierra, como si quisieran celebrar la Independencia Nacional, el regreso del Señor o qué sé yo. El caso es que, al calor de la fiesta, nadie se acordó del asunto original al cual se había acudido y el oficial del Registro Civil, me contaban mi señora madre y una tía paterna, casi sufrió una congestión “por querer curar de golpe la anemia con una sola comida”.

Un par de días después, ya más recuperado y en horario de oficina, éste se puso a asentar la información que más o menos recordaba… y la que no recordaba la tomó del acta matrimonial de mis padres, donde los dos apellidos están mal escritos, los nombres están incompletos y las fechas incorrectas. Hay que mencionar que, en aquellos años, para se pudiera aspirar a un puesto de ese tipo sólo se requería que se supiera leer y escribir, como fuera y con cualquier nivel; ni siquiera se tenía que acreditar estudio alguno.

¿Y por qué todos los datos están mal en esa acta, además de por la pericia del oficioso registrador? Me dice una tía que las pronunciaciones tuvieron la culpa de este desaguisado. La entidad federativa que me vio nacer tiene tantos acentos y modismos que, en algunas ocasiones, parece tratarse de países distintos; y si a eso se le suma una ausencia completa de la ortografía respectiva, pues, el resultado es que, si uno observa el acta asentada en el libro, detecta que el mismo apellido está escrito de cuatro maneras distintas, las fechas de nacimiento son diferentes, hay tachaduras… y su servidor aparece como el segundo hijo de mis padres, y mi extinta hermana menor (ella sólo vivió dos años) resulta que nació antes que yo. Este coctel de errores dio como resultado que hoy, cuando la tecnología no transige y los burócratas no saben lo que significa el sentido común, corregir estas metidas de pata es un galimatías indescifrable.

De las entrañas de dicho galimatías les contaré la siguiente semana, siempre y cuando cuente con su venia.

Condesa Sangrienta

La Condesa Sangrienta (IX de IX)

Por Grissel Gómez Estrada

Click para leer el resto del poema

Yo soy la Condesa,
tu Señora,
viuda del Conde Nadasdy,
lapidada viva en esta celda
donde sólo hay lunas nuevas.
Convivo con mi excremento
y la sensación del río rojo
corriendo por la piel;
sigo aquí sentada,
bella como la sangre
de las doncellas
que lavó mi cabello
y apretó mis carnes.
Bebí la hermosura
en la sangre regada
por mujeres simples
que no tenían destino ni amor ni dolor posibles,
pero yo he hecho vivir su belleza
para siempre,
en este cuerpo blanco
al que se negaron los espejos
y la libertad;
también me fue negado
el derecho a poseer a mis lacayos,
a quitar, en caso necesario, la vida,
me fue arrebatada la Nobleza
el día del juicio y del escarnio,
el día en que osaron condenarme,
el día de la hoguera que quemó vivas
a mis criadas, brujas
que escribieron su historia
con la sangre de seiscientas aldeanas,
el día en que se consumió, con la hoguera, mi nombre.
Me fue arrebatado
todo a lo que tenía derecho,
pero no pudo esta celda
ni la oscuridad ni la soledad,
limpiar de mi cuerpo
la sangre con la que nadaba
cada noche de luna.
Heredo a mis hijos
el poder de la belleza,
de mi vida entregada
a un guerrero lejano
que luchó, en nombre de Dios.
Heredo mi belleza
que ha triunfado.
Y será mi voluntad
no abandonar nunca los muros de este castillo,
el arcón de mi alma
que vagará, después,
por los siglos de los siglos.

Elizabeth_Bathory_Portrait

Imagen: Erzsébet Báthory de Ecsed (1585), autor anónimo