Incierta certeza

Ópalo de agua

Por Luis Ernesto González

Queda el silencio.
No el estruendo, no aquí;
sí la sombra vibrante de la campana,
la gota sin huella en el estanque
cuando llega la onda, la última,
a la orilla donde beben los ciervos.

Menos uno.
El que cayó. Aquí.
Fuego, exclamó un corazón
de hielo. Inmóvil ya, y la sangre;
ojos como vitrales del silencio.

Silencio. Ópalo antes que fósil de la ausencia,
y el estanque lo guarda.
No lo despierte
salvo la flama trémula del viento.

La voz del otro fuego, el verdadero,
será —si el tiempo acude—
susurrante obsidiana.

La devorará el agua. Y en las ondas
vivirán otros ciervos

en silencio.

A través del espejo

Salvación

Por Karla Winkler E.

Era viernes de Cuaresma. Faltaba poco para salir de vacaciones. La niña, muerta de sed, buscaba un bebedero que funcionara en el patio de la escuela. La madre superiora vio de pronto a la pequeña, desesperada, angustiada al abrir y cerrar cada uno de los grifos del colegio. La mujer conocía muy bien esa angustia, esa avidez, la sequedad voraz y la aspereza atroz que llega hasta lo profundo de la garganta. Así que decidió salvarla en cuanto se acercara a pedirle agua. Se sentó en un banco a esperar. La niña, al encontrarla al final del pasillo, corrió hacia ella clamando un vaso de agua. La madre le dijo que esperara un poco porque se acercaba un grupo de niñas. Deseaba que el público estuviera completo. Entonces se levantó y las hizo entrar a todas a la oficina de la Dirección. El botellón de agua brillaba desde su columpio. Se puso lentamente a servir un vaso. La niña miró atenta e impaciente hasta la última gota. Estaba ya a punto de acercar la mano, cuando la monja dejó de aparentar calma y manifestó toda su furia.

—¡Él te da tanto y tú no puedes ofrendarle ni siquiera tu sed! Te olvidas de cómo murió por tus pecados y qué debes hacer para obtener las bendiciones de su sacrificio. ¡Con esa actitud egoísta, tú nunca tendrás un lugar en el mundo celestial!

Humillada, sedienta, condenada, al llegar por fin a casa la niña corrió a la fuente del agua y, tal como estaba, con uniforme, se empapó. En ese momento se le apagó la sed. Y en ese instante se le encendió la sangre.

La monja, satisfecha de haber salvado un alma, esa noche cerró con llave su celda. Necesitaba un premio. Sacó de debajo del colchón su caja de bombones. Los saboreó uno tras otro, tragando en cada uno una melaza que contrastaba con el sabor amargo de su boca, que azucaraba y consolaba frustraciones y dudas. Haber salvado a una niñita requiere valor y sacrificio.

Crisálida

El perfume de una piel

Jean-Pierre Sonnet (Versión de Patricia Gutiérrez-Otero)

“Tu nombre es un perfume refinado”

Cantar de los cantares 1,3

Todos los tropos del Cantar,
apremiantes, elípticos,
en el perfume de una piel.
Adentro del oculto jardín de las palabras
es el eros de nuestras pascuas
y de los cuerpos del primer día
en el bálsamo y la unción de Dios.

Le parfum d’une peau

“Ton nom est un parfum raffiné”

Ct 1,3

Tous les tropes du Cantique,
instants, elliptiques,
dans le parfum d’une peau.
Au jardin clos des mots,
c’est l’éros de nos pâques
et des corps du premier jour,
dans le baume et l’oint de Dieu.

Entreluz

La nostalgia no avisa

Por Alberto González Carbajal

No sé a ustedes, pero a su servidor le llega en los momentos menos oportunos, en días como hoy, en que es imperativo corretear la chuleta de manera urgente porque la plata no llega cuando debería, y los compromisos adquiridos me comienzan a poner muy nervioso. Hace un rato comencé a recordar, a olfatear incluso, algo que mi abuela, cada vez que la veía en mi pueblo natal, me preparaba: una “secada”, es decir, una tortilla dorada en comal de barro, cubierta con crema agria de rancho y rociada con un poco de tequesquite (sal de tierra). Se le llama así porque cuando se sirve es más una tostada que un taco, seca a fuerza de calor. El sabor es para morirse. Se puede comer así solita o, como lo preferíamos mi abuela y yo, acompañando algún guiso. Este inesperado sentimiento me pone algo tristón, dubitativo y ensimismado. Así me resulta imposible concentrarme en preparar una junta de trabajo con un cliente que es particularmente quisquilloso (estoy tratando de ser amable).

La nostalgia, como digo, es inesperada. No espera los días lluviosos ni asalta necesariamente al releer viejas cartas. También me ha alcanzado cuando estoy tan cansado que tengo que reptar para llegar a mi cama, por ejemplo. Apenas alcanzo a acomodar mi almohada y las cobijas de modo tal que llegue el confort cuando… ¡zaz!, lo que llega junto con éste son las imágenes de ese viaje en el que sufrí, junto con mis acompañantes, tantas penurias que cuando las cuento la mayoría de la gente termina por decirme que es imposible que todo eso haya ocurrido realmente, por lo menos no en un solo viaje. Cuando esos recuerdos llegan el sueño se va, pero no el cansancio. Como resultado, la noche se hace muy larga y el agotamiento se hace presente cuando al día siguiente estoy como pollo descabezado.

La nostalgia se parece un poco a la humedad de las paredes: puede pasar mucho tiempo sin que se note, pero cuando te invade es muy complicado alejarla. Por lo menos a mí me pasa así; tengo que hacer verdaderos malabares mentales para continuar con mis actividades cotidianas.

Hoy tuve que acudir a un supermercado acompañado de la tropa loca. Esta actividad pone a prueba todas mis habilidades de coordinación y atención, ya que (como todos ustedes saben) ellos no son de estarse quietos y siempre andan en plan de exploración, como buenos expertos del Discovery Channel. Debo tener ojos en la espalda para no perderlos de vista en ningún momento. Bueno, pues íbamos recorriendo las diferentes secciones en busca de algunas cosas muy específicas cuando, al pasar enfrente de la sección de vinos, mi vista se desvió hacia un anaquel que milagrosamente tenía una de mis variedades favoritas: el Beaujolais.

Tomo una de esas botellas entre mis manos y la nostalgia llega como visita incomoda, de esas que te caen en la casa cuando el reguero se ha convertido en chiquero. Asimismo, comienzan a desfilar en mi mente algunas imágenes de ese amigo-hermano que ya no está en este plano; los sonidos también aparecen en forma de risa sincopada (así se reía) y recuerdo el chiste malísimo que me contó la última vez que lo vi, y su voz aquella vez en que, caminando por una de las explanadas del Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Naucalpan, me dijo que éramos amigos porque teníamos fe y éramos inquebrantables, más allá de todas las diferencias que tuviéramos.

Un jaloncito a la manga de mi saco me regresa a la realidad. La Sargento Palulinky me está viendo con mucha curiosidad y me suelta un: “¿Por qué estás tan triste?”. De momento no sé qué contestar; sólo acierto con un: “No te preocupes”, por lo bajo. Caigo en cuenta de dónde me encuentro y busco con afán al resto de la tropa loca. Los hallo sentados en el piso, justo enfrente de su servidor, mirándome con una mezcla de curiosidad y asombro. Paso un largo rato explicándoles el concepto de la nostalgia. Sé que captan más o menos el sentido de mis palabras porque, cuando llegamos a nuestra casa, cada uno por su lado se queda ensimismado, inundando de nostalgia el hogar.

Noctívago

Gueibi

Por Juan Pablo Picazo

Al margen de las cosas diarias,
donde cada cual hace lo suyo
en medio de los muchos,
debo reconocerte cada vez.

Porque los demás
viven demostrando
que son mejores
los unos que los otros.

Todos se arrebatan todo,
y tú sólo compartes:
los nombres del conocimiento,
y el futuro que se gana
quien ama el saber.

Despertar
y defenderse
en la lucha permanente
fuera;
tú, el abrazo amante,
la sonrisa definitiva
que vale todas las historias,
dentro.

Por eso sé quién eres,
porque hay duendes en tus ojos,
sabios en tu boca,
leones en tus manos que trabajan,
y dulces, generosas lumbres
en tus manos que acarician.

Incierta certeza

El secreto nutriente

Por Luis Ernesto González

Llueve en su corazón.
Lo miro en sus ventanas.
¿Pero qué miran ellas?
¿Qué tristeza o relámpago
bebe la tierra
de su sauce?

Cruza las nubes, Sol,
acaricia su alma,
dale llave a su puerta,
no desahucies al pájaro
que en tu demora
cae herido.

Has sabido entenderla,
avitralar su estanque
darle sombra y su sombra
para el duro camino.
Llégate pronto,
primavera.

Quién sabe de este fruto,
las lágrimas del sauce;
quién, en el hondo estanque,
bebe la luz del Sol.
Cántalo, pájaro;
sé su estrella.

El amigo profundo
es a la luz un laude
del ser con quien comparte
el hallazgo mayor.
Sabe mirarlo
en tinieblas.

Llueve, se llena el cántaro.
Mi amada, en duermevela,
se mira con mis manos
y es un sueño despierta.
Lábrenla hondo
luz y penas.

Condesa Sangrienta

Avidez

Por Grissel Gómez Estrada

cómo te propongo
oscuro nudo
en la ambivalencia que soy
tempestades
ahogos
recuerdos traspuestos
cómo te convierto en crepúsculo
para que amanezcas a mi lado
para infiltrarme en tus poros
introducirnos al centro del Cosmos
y aprehenderlo juntos
cómo te insinúo
una noche entera
perderte entre mi boca
y no volver si lo apeteces
perderte entre mis brazos
boas de seda
a quién invoco
para festejar la vida
entre el sudor de tu espalda,
de tus ingles,
para untarte mis poemas
con las palmas abiertas
reptar en tu rostro,
cuna del misterio,
por tu cuello, hasta tu pecho,
hasta tu abdomen, nicho,
hasta tu miembro,
nido,
nido maligno donde se incuban mis deseos
hasta tu miembro
que imagino feroz y dañino
mientras invoco una tormenta
para habitarte
cómo te propongo
guarecerte en la gruta que soy
que tu espalda registre
la punta de mis pezones
como el navegar de florecitas negras
la cabellera de la vulva
rozando apenas
como brisa
tu piel erizada
¿Qué quieres que sea?
¿sirena, hada, payaso?
¿qué quieres que sea
para acostarme contigo?

A través del espejo

No será en México

Por Karla Winkler E.

Atormentado por la carga de conciencia, el hombre resurgió desde sus entrañas. Decidió realizar grandes cambios y comenzó aboliendo las aberraciones actuales. Canceló la medida de desalojar e incendiar tierras indígenas y anuló la orden de las recientes censuras. Inmediatamente después abandonó su casa descomunal con todo y su ridículo, bufonesco, matrimonio.

Torturado por las trágicas escenas de lágrimas de padres y de madres, de sangre y destrucción, corrigió a los militares, a la policía y a los gobernantes, y gritó la necesidad de acabar cuanto antes con la violencia, la impunidad y corrupción.

El hombre empezó a comprender a quienes no pensaban ni actuaban como él, a defender la democracia y los derechos de todas las personas y a condenar cualquier tipo de crimen, en especial los cometidos bajo su gobierno, al dictado de sus órdenes y de la mafia. Quemó sus venenosos y planeados discursos y programas y borró su participación del próximo crimen de Estado.

Cuando llegó a este punto, renunció a toda actividad política, no sin antes firmar una iniciativa para triplicar el presupuesto de la educación. Su última orden, con voz muy firme, fue el retiro de la concesión del espectro electromagnético a las insaciables empresas de comunicación que manipulaban de manera horrenda las noticias.

Columna de la infamia, Acteal. Foto K. Winkler (ca. 2007)

Columna de la infamia, Acteal. Foto: K. Winkler (ca. 2007)

Camina ahora por las calles de un pueblo sin nombre, cargando monstruos y fantasmas, dispuesto a lidiar con sus culpas y con su inédito insomnio; haciendo una digestión lenta, muy lenta, y descubriendo por primera vez lo que significa el bien común. Por supuesto, lleva una vida anónima, temiendo siempre que un sicario lo ajusticie.

Entreluz

Sin información

Por Alberto González Carbajal

Tengo la creencia de que la admiración más sincera es aquella que se va consolidando a lo largo del tiempo, que no responde a situaciones momentáneas y que se apuntala cuando uno va apreciando cómo es que la persona admirada va fortaleciendo su trayectoria sin perder su modo de ser original, como capas de pintura que perfeccionan el acabado original.

Tal es el caso de un reportero que he ido siguiendo en toda su trayectoria, siempre a la distancia, siempre de manera crítica.

He de confesar que sus primeras colaboraciones públicas como corresponsal de radio no me gustaban mucho; lo sentía dubitativo, algo inseguro, incluso un poco tieso. Cuando brincó a la prensa escrita tampoco me seducía su estilo; sin embargo ya se adivinaba que lo suyo era la búsqueda de la información dura y sustentada en documentos reales, donde a partir de éstos dejaba al lector la posibilidad de que él mismo generara sus conclusiones. Si uno lo releía, descubría esa paciencia para almacenar datos aparentemente inconexos y luego, de manera muy analítica, encontraba el hilo que concatenaba la información.

Cuando brincó de nuevo a la radio, de la mano de la periodista más seguida y respetada de todo México, percibí que el estar al aire no era lo que más disfrutaba, pero que su capacidad para hacer “talacha” se había incrementado y era mucho más fina… con maestría, pues.

Los éxitos se fueron dando uno tras otro. Incluso en aquellas notas que no llevaban su firma se adivinaba su orientación. Era comprensible, entonces, como fue que Carmen Aristegui, la defenestrada periodista de MVS, no sólo lo conservara a su lado sino que le encargara asuntos de cada vez mayor responsabilidad.

Me refiero, por supuesto, a Daniel Lizárraga Méndez, a quien conozco desde hace más de la mitad de mi vida y con quien he compartido aulas, amigos, algunas bebidas, música e inevitablemente alegrías y sinsabores (no conozco otra atmósfera para el acercamiento sincero).

Sé que esos 24 y pico millones de radioescuchas (cifras de MVS) que día con día seguían el programa lo hacían en gran medida porque esperaban siempre esos datos duros que se obtenían con esa paciencia característica de él.

Al igual que los radioescuchas, me encuentro indignado por la injustica cometida por su despido, por la cancelación del programa y por todo lo que está ocurriendo y va a ocurrir, incluyendo la absurda campaña de difamación que se está desatando. Y cuando ésta viene de algunos colegas que egresaron de la misma casa de estudios, incluso de la misma generación que nos vio formarnos, es como una auténtica y original patada en los “destos” (güevos, gumaros, testículos, etc.). Cosas de la incomprensión, confirmo que, algunas veces, no hay modo de conocer realmente a las personas que viste crecer.

Estoy seguro de que Daniel, tesonero como es, va a encontrar un nuevo camino, con o sin el equipo que lo acompaña. El trabajo bien hecho siempre halla un buen fin. Ahora que el país se cae a pedazos y el totalitarismo y la censura campean como en los tiempos más canijos, el trabajo periodístico valiente y certero es lo que más necesitamos”.

Desde esta humilde trinchera, Daniel, te saludo y, como dice una compañera de aquellos ayeres, te abrazo.