Otro mundo

El árbol y el testigo

Por Juan Pablo Picazo

A veces el testigo
separa el ojo de un árbol
para ver
todos los bosques.

Medra el leño vivo
y se desata,
el rabillo del ojo
lo observa
y le deja ser.

Para cuando el ojo
vuelve al árbol
hállase un imperio
que asfixiara el bosque.

Y sentida la mirada
pide más espacio,
anuncia impustos y aranceles,
denuncia
imposiciones
y se ensancha,
mártir adusto de la fe.

Diálogo reputa ofensa
y parte,
las raíces danzan
buscando buena tierra:
habrá otro bosque.

Para nuestros lectores

Salud y larga vida, pues

Por Juan Pablo Picazo

La constante del universo es el cambio. No hay modo de pensar en lo contrario, desde el gusano que nace hasta el universo que se expande, todo lo es. Y cuando adviene la mudanza, uno siempre espera una evolución paulatina y ordenada o bien, una revolución caótica y violenta, pero nunca opciones intermedias que no pueden calificarse o clasificarse como es debido sin que alguien se llame gratuitamente a escarnio, tan susceptibles son los seres de la naturaleza.

La hormega ha de cambiar por cierto. Si hemos de creer a Heidegger, se es un ser auténtico, o su contrario. Dasein o Dasman, tal es la decisión nuestra de cada día. Cada hombre y mujer detrás de la pluma, cámara, lápiz, de nuestro blog la toma todo el tiempo. Se es auténtico en la expresión artística, en el pensamiento. Pero sostenernos como dasein es doloroso, la certeza consciente de la muerte cada segundo agobia hasta al más bragado; así que tira la toalla, renuncia, se despide. Descansa del dasein durante un tiempo y se entrega, como dice Heidegger, a las habladurías, a la ambigüedad, y la avidez de novedades, sólo entonces se solaza.

Luego de esas vacaciones en estado dasman, siempre volvemos al redil, a la pulcra expresión de nuestra autenticidad, a la inspiración, y al dasein. Algunos no obstante atienden a su involución en la fe de que es menester pelear contra su opuesto y se entregan a la inautenticidad para transformarse en fans, banderizos, followers, frías estaciones repetidoras de las ideas que otros buscan instaurar para lograr un cambio cosmético.

Asumo el plural por única vez desde este espacio para decir que, quienes somos, hemos sido o fuimos y seremos La hormega, agradecemos  a todos aquellos colaboradores, a quienes hemos debido dejar ir, y/o que han debido dejar nuestro espacio con la validez de sus respectivas razones y dinámicas personales, casi siempre, sin un texto de despedida; agradecemos los tiempos robados a sus familias y a sus quehaceres diarios, para entregar gratuita, amorosamente, sus aportaciones a nuestros lectores, y de la misma forma lamentamos la pérdida de ese nuestro colaborador y voluntario administrador, quien recientemente nos dejó su despedida.

Retomo el singular. Lo lamento, cómo no. Una despedida siempre es triste, o debiera serlo por regla general, máxime cuando se combinan ciertas circunstancias. ¿Por qué decirlo después de tanto tiempo? Porque siempre hace falta distancia para la relectura de la realidad a través de un análisis pausado y completo de cada hecho, de cada acción y cada palabra; y una vez cumplida esa tarea, hace falta un recuento de los daños para saber si uno no se está equivocando con la gente, pues reacciones hay, desde silencios cómplices y hasta alegres motines.

Entonces uno entiende. Entonces uno mira también la nube de testigos: oye sus palabras, lee la evidencia de sus calladas voces, y sabe lo ocurrido para determinar cursos de acción, y por supuesto, para actuar en consecuencia con la plena certeza de no haber incurrido en la mala fe, la infatuación, la intolerancia, ni cosa alguna por el estilo, propias de las mentes sectarias endosadas a muy viejas banderas.

Vale siempre observar antes de hacer o decir. Y ahora debo decir que sí, que lo lamento tanto como nuestra pérdida de Alejandro Chao Barona, tan especial por la circunstancia de su partida. Pero si somos plenamente humanos, reconocemos que no todos sentimos igual, ni pensamos igual, ni reaccionamos igual, y que pensarnos o sentirnos ofendidos por la natural, genuina expresión del otro, es un acto tan intolerante como aquellos personajes y aquellas causas contra las que cada quien, a nuestro modo, luchamos. Entonces se sueltan los enojos, las amarras egoístas. Uno sonríe y formula buenos deseos, a pesar de los entuertos de generación espontánea.

Nuestro administrador saliente asumió dicha tarea hace tiempo por deseo propio. Aunque huelga decir que lo hizo bien, digámoslo: lo hizo bien; no ciertamente ocho años por supuesto, pero si una buena parte, y -hay que decirlo- lo hizo con el amor y la generosidad que siempre ha predicado, pero sin comprender que de eso tenemos los demás aunque a sus ojos se vean muy diferentes, y que jugar a aquello de “quien no es conmigo, contra mí es” o “no  hay más ruta que la nuestra”, no son modos. Como quiera que se vea, la generosidad y el amor se acaban pues; sobre todo si no se miran pagados de la misma forma, según el pensamiento de quien decide retirarlos.

Originalmente el blog no pretendía sino dar salida a mis inquietudes personales a causa de un cierto destierro padecido en Quintana Roo, y tras invitarlo, pues amigo de mejores lides era, compartió el espacio junto con Saulo Tertius, y aportó a Hans Schmitter-Soto y su entrañable Necton de tierra.

Ya luego traje a Lola Manzo y fuimos convenciendo a otras plumas, siempre en la apertura, siempre ofreciendo el santuario a las letras de los otros, y las nuestras, sin intenciones fanáticas o exclusivas, sin cartas de recomendación más que el deseo de expresar lo propio, sin permanencia obligada, puesto lo que por amor se da no puede tasarse, ni coartarse, ni obligarse, faltaba más. Las plumas iban y venían con la disciplina que mejor se les daba, lo cual agregaba la sazón de lo inesperado en un mosaico.

Así La hormega se convirtió lentamente en el espacio que ustedes han conocido hasta ahora, a través de diálogos constantes, acuerdos de amigos tomados al sabor del café, y la adopción e incorporación de plumas que se interesaban por publicar con nosotros y nos complementaban. No, no era, no sería un cenáculo exclusivo de nadie, ni nadie estaba obligado a estar de acuerdo con nosotros; no habría exámenes de admisión ni mucho menos, demandábamos tan solo la genuina expresión, y una calidad mínima de trabajo que otorgara claridad a los discursos.

La hormega ha sido si, escuela amorosa. Exigente no. Ha sido la no tan férrea disciplina, el tesón, el entusiasmo y la fe de nuestros colaboradores lo que ha logrado el milagro de nuestro colectivo.  Mucho habría qué decir, qué pensar, que dialogar, en torno a estas y otras acciones varias que no confiesa nuestro administrador saliente y que ya no valen la pena; pero los laudos enunciados desde lo profundo de una conciencia firmemente convencida de su infalible corrección, son por naturaleza, sordos a la réplica, o como mucho, similares a ciertas religiones, pues ambos actúan como enfermedades autoinmunes.

Queda a los lectores esta hormega durante un tiempo, se puede disfrutar del trabajo aquí publicado, pues la dicha despedida ha sido también una tour de force, que ha hecho más de lo que declara, pues luego de forjar a ojos vistas una tripulación adicta, ésta se ha marchado por obra u omisión, con un capitán que disputa una nave abandonándola.

A estos movimientos se les llama ciclos. Nuevas firmas, nueva hormega habrá de edificarse. Ya se van apreciando los cambios. Hay tiempo, hay voces, plumas, cámaras, pinceles, batutas; por supuesto cada cual es libre de ver y de oir, o de cerrar los ojos y cambiar los oídos de frecuencia, nunca fueron mi pretensión el rating, ni la influencia, valores tan rancios como el dinero.

Entreluz

Una rutina

Por Alberto González Carbajal

Lo primero es prender la computadora y, acto seguido, apagar la percepción del entorno. Esa es la parte más complicada. El sonido de la televisión eventualmente distrae y, si bien los integrantes de la tropa loca han aprendido a ser más o menos respetuosos con mis actividades, en algún momento retoman su natural necesidad de acercarse a su servidor llenándome de besos, preocupaciones, dudas, consultas existenciales, recetas de cocina, quejas, solicitudes de arbitraje en las disputas entre ellos, risas y cualquier cosa que los vincule a mí. Qué se le va a hacer: eso de ser familia muégano me condena (felizmente) a su cercanía.

El segundo paso consiste en buscar la idea. Para eso, reviso las vivencias de la semana o consulto en un archivo lleno de papeles de diversos tamaños, donde apunto cualquier cosa que me parezca interesante, divertida o intensa. De eso se trata la escritura para su servidor: testimoniar y darle un ángulo narrativo a lo que me pasa en la vida. Sólo escribo acerca de eso: de lo que he vivido. Sé que todo nos pasa a todos, aunque a veces no nos demos cuenta; pero, como soy un poco obsesivo con el entorno (algunos me llaman paranoico), procuro observar lo más posible y trato de tomar nota mental (o escrita) de todo.

Mientras encuentro el camino entre la idea y la redacción, muchas cosas pueden pasar. Algunas noches se van en blanco y es hasta la madrugada, justo cuando suena el despertador (que me recuerda que hay una nueva jornada esperándome), cuando la inspiración se aparece. Entonces, en tres patadas (a veces son cuatro, lo confieso) sale el escrito que ustedes leen cada semana, no sin antes pasar por el ojo revisor de mi editor, que evita que diga barrabasadas o tonterías sinsentido.

Esa es, pues, la maravillosa rutina de cada semana, la que mantiene, de algún modo que no acabo de comprender, encendida la función mental de la escritura, de la creatividad, de la remembranza.

Así ha ocurrido aquí, en La hormega (desde hace ya varios años), en doscientas sesenta y siete ocasiones, casi de manera ininterrumpida, salvo que el trabajo en exceso, alguna enfermedad o algún evento extraordinario, me impida cumplir con mi entrega semanal. Aquí reaprendí a escribir y a compartir el resultado más allá de mi círculo más cercano. Como dijo algún colaborador de este espacio: “Esos textos de Alberto, que no se pueden clasificar… pero que se leen muy bien”.

Sin embargo, estimados lectores, este ciclo ya terminó: es momento de dejar este espacio para la llegada de nuevos valores; hay algunos muy buenos por allí, esperando un sitio donde ser difundidos. Yo voy a tomarme un tiempo para releerme y darle una “shineada” a mis textos; en una de ésas hasta sale algún libro (que podría llamarse Entreluz, mis desvaríos en La hormega, o algo así). Ya han sido muchas las voces que me lo han pedido y puede que tengan razón. Esas voces me halagan y, a la vez, me exigen seguir creciendo y aprendiendo.

Como dije aquí mismo cuando empecé a colaborar en este espacio, no soy escritor; sólo soy alguien que platica de lo que vive; algunas veces, de lo que piensa y, muchas veces menos, de lo que imagina. Además, y también lo dije cuando comencé a teclear aquí, quiero dejarles a mis hijos algunas de mis memorias por escrito. Es una forma de que no se pierda un legado “intangible” (como diría la Unesco) que, en el fondo, a quien más interesa es a los que viven en complicidad muy cerca de mí.

Por toda su paciencia, les estoy agradecido de un modo que no se imaginan. Sé que, llegado el momento, volveré a redactar mis ideas y visiones de manera constante. Hoy por hoy, tomo unas vacaciones indefinidas.
¡Abrazos a todos! ¡Hasta la próxima, en otro espacio!

Cuentámbulos

Paragüereando

Por Marcia Alejandra López C.

Aquel día, el paraguas estaba feliz. Al fin saldría a pasear debajo del aguacero. Nadie se acordaba de él hasta que comenzaban los primeros chubascos.

Lo sacaron del armario y lo desempolvaron. Por un instante pudo echar un vistazo por la ventana. Vaya, se veía un paisaje muy prometedor: una enorme nube negra amenazaba con deshacerse en gotas.

La temporada pasada había sido muy buena, ¡hasta una granizada le tocó! El único percance serio fue el ventarrón que lo volteó al revés. Pero gracias a lo fuerte de su armazón bastó una maniobra exacta de Fulanito y quedó como si nada.

El paraguas esperó paciente a que su dueño se acicalara para salir. Siempre era el mismo ritual: limpiar los zapatos, peinar el bigote, acomodar la corbata y colocarse el abrigo.

Y así salieron los dos, guapos y elegantes, a recorrer el boulevard. A los cinco minutos llegaron al aparador, el de siempre. Ahí seguía el reloj aquel, quietecito, con sus manecillas abiertas a las 10:10, esperando que alguien se lo llevara. Alguien con bigote y paraguas, por ejemplo.

Y continuaron el camino de siempre, por las calles de siempre y los conocidos de siempre. El paraguas sentía cariño por Fulanito y ansiaba que todo dejara de ser “como siempre”. Esperaba que alguna polvareda lo despeinara, que se sacara la lotería, que por lo menos algún perro lo asustara; algo sorprendente. Pero no, todo era muy previsible con Fulanito y su fulana vida.

Y así pasó el tiempo. Una tarde fueron a un café y ahí se acomodaron. El paraguas escuchaba las conversaciones recargado en la ventana, muy quitado de la pena, cuando entró, empapada hasta los huesitos, una hermosa mujer de ojos azules. Se quitó la gabardina, se sacudió el cabello y pidió un té.

El paraguas siguió como si nada, hasta que vio algo nuevo: Fulanito no era el de siempre. Estaba inquieto, como cuando corría tras del camión, y el bigote lo tenía despeinado.

Y se estableció un camino entre los ojos de Fulanito y los de la chica. A Fulanito le sudaban las manos… carraspeó… tomó el libro de poesía que leía… se levantó y se aproximó a la dama. Ella sonrió, él se sentó a su lado y hablaron. Hablaron hasta bien entrada la noche. Ya no llovía.

Así que salieron y dieron vuelta a la esquina. Se alejaron, felices, hablando de nubes, y cielos y un reloj que tal vez compraría.

paragüereando (Foto Marcia A López)
Foto: Marcia A. López C.

Y el paraguas se quedó recargado en la ventana, con el corazón lleno de alegría porque Fulanito había encontrado a Menganita. ¡Ah, sí! Se había olvidado de él, pero, al fin de cuentas, qué más daba. Un paraguas olvidado nunca se queda solo; siempre hay alguien presto a llevárselo. Así ha sido siempre. Porque los paraguas son para aguas y soles, y nubes y amores.

Otro mundo

Casas y andanzas

Por Juan Pablo Picazo

Dí sin querer con una casa,
ahí viven los hombres péndulo
ponderando todos
los puntos de vista,
con su mirada flamígera
de jueces inconformes.

Tras caminar,
por estos andadores amados,
un castillo recio
apareció ante mi,
y tenía boquetes
que ignoraban sus habitantes
los certeros,
quienes no creen
que a error puedan ser llamados.

Luego arribé,
al naturaista falansterio
de los mesías totales,
y carecían de órganos gástricos
y abominaban cualquiera morisqueta.

Andar no trae provecho pues,
cuando al país
le han colonizado
con matronas matonas,
cerebros infatuados,
predicantos de ágapes ficticios
y conspiranoicos
que aman la guerra
diciendo deplorarla.

Entreluz

Desconfiar

Por Alberto González Carbajal

A fuerza de permanecer en esta feria uno aprende que un mecanismo para sobrevivir es desconfiar, no de manera permanente ni paranoica, solo estando un poco más alerta, también sirve que algunas veces uno deja que aparentemente sea uno engañado, por ejemplo, cuando un posible cliente ensalza las cualidades de su empresa cuando la realidad se evidencia en sus números y en los rostros de su personal, pero en el afán de no cerrarme a veces dejo que se explayen para ver hasta dónde pueden llegar en su afán de impresionarme y así puedo de refilón dictaminar esos primeros errores.

Les hablo de esto de cara a todos los acontecimientos que están ocurriendo a lo largo y ancho de este país, hay algo que simplemente no me cuadra y que va de la mano del número de votantes potenciales que hay en los estados donde el movimiento magisterial está creciendo, la primera pregunta que me surge es ¿por qué ahora? Y es que no es nueva la oposición hacia la “reforma educativa” impuesta por este gobierno, desde antes de que esta fuera aprobada e implementada las voces disidentes (me incluyo entre estas) manifestaron sus fallas y dislates, pese a esto la reforma se impuso y aunque las protestas continuaron definitivamente el tono y su expansión quedaron en una suerte de impase, el asunto es que de repente la protesta creció y se ha ido expandiendo azuzada por la detención de algunos dirigentes y por supuesto por la matanza de Nochistlán, el caso es que hay cosas que me brincan, es como si este gobierno cometiera los errores a propósito con el fin de incendiar el ánimo social, si algo he aprendido es que en los movimientos sociales las cosas no ocurren por casualidad y mi teoría, quizá disparatada, es que se quiere llevar el conflicto hasta un nivel en el que sea necesario que se establezca una especia de estado de sitio que permita un control absoluto de las actividades cotidianas de tal modo que se inhiba el voto hacia la oposición con el argumento siempre efectivo del miedo.

Es cosa de ver que algunos de los estados donde este movimiento está creciendo son de los que aportan una gran cantidad de votantes, son de esos estados que funcionan como una especia de bisagra electoral, esto es, si la votación es elevada entonces el resultado se carga hacia la oposición, y si el abstencionismo es la primera fuerza entonces la votación se inclina hacia el partido oficial (quizá debiéramos decir hoy por hoy partidos oficiales, PRI, PAN, PRD y sus adláteres PVEM, PES,PANAL, PT y MC).

Si la violencia escala a un nivel en el que se vuelva ingobernable la entidad la suspensión de las garantías individuales, aunque sea de facto y no de forma oficial y legal, no sería mal recibida por las conciencias de la gente bien de este país que sin ser mayoría si tiene la voz cantante en los medios de comunicación y así, con un control de la vida cotidiana es más fácil permear la conciencia de los votantes.

Esa es mi teoría particular, yo no sé ustedes.

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Otro mundo

Nombrantes enjaezados

Por Juan Pablo Picazo

Lo nombran todo:
las islas, la gente y las banquetas.

Bautizan nubes,
mascarones de proa relujan
para exhibir
exorbitantes nombres.

Enjaezados
se lanzan a la batalla
más por exponer
sus cotas y sus yelmos
que por fundar, liberar o hacer justicia.

Dictan sus hazañas
a los historiadores,
y escriben ellos
pensando en pan y gachas.

Pero todos mienten:
los defensores del negro trono
y los andantes caballeros del asedio.

Juegan y se matan cordialmente,
sonríen y mueren con honor
mientras,
en los márgenes,
los demás morimos de hambre,
sed y frío.

Entre tanto
habrá magos,
honrados cabalistas,
profetas,
y progresistas varios
azuzando
en pos de las masivas guerras
en nombre del amor,
las lágrimas del sauce
y otros obtusos dioses.

A nuestros lectores

Despedida

Por Luis Ernesto González

Cuatro meses antes de cumplir ocho años. Un texto a la semana. La hormega ha sido para mí una escuela amorosa y exigente. Mis compañeros (más de una decena) en todos estos años han sido también maestros y camaradas de primerísima. Y ustedes, queridos lectores, el puerto de mis botellas al mar. Termina mi participación en el blog, al que deseo salud y larga vida. Nos encontraremos en todos los espacios donde sea posible, donde la existencia dé el trueque justo, tan satisfactorio y necesario. El país se cae a pedazos. La poesía, la literatura, el arte tratan de resarcir el tejido social y ahondar en el alma de cada uno. No dejemos nunca de tender nuestra mano al otro, de compartir nuestra mirada con los demás. Nosotros somos los demás de los demás. Seamos humanos en toda la extensión de la palabra. Me marcho de La hormega con la satisfacción de haberle dado lo mejor de mi esfuerzo. E insisto, ustedes, lectores queridos, son siempre la otra mitad del poema, el gran intérprete de una música muda que sólo en ustedes adquiere la voz final del instrumento. Gracias. Y hasta muy pronto en algún otro lugar.

Cantar en silencio

Aeternae laudis lilium

Por José Manuel Recillas

Para Lillian van den Broeck

… y escuche entonces las entrecruzadas voces,
el vago deambular de armónicos por su nombre
como quien hacia el fin del mundo va
y sólo hallara el misterio y a la noche,
el duradero instante en que lo inmaterial Es,
y venciese a la distancia y al olvido
volviéndose sentido y aleteo súbitos,
y todo por casi nada, una presencia
sin apenas testigos y palabras,
y así recorrerá ese nombre
las voces todas que apenas una son,
y la voz detrás de toda voz será el silencio
y el imperio que una vez todos perdimos
y oyéndolo, recuperamos…

7 de mayo, 2014

008. La verdad velada, de Antonio Corradini
La verdad velada, Antonio Corradini
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