Noctívago

Noctem bellum

Juan Pablo Picazo

En la espesa acidez de la noche
braman los gatos
sus amenazas
contra nuestra especie
de horca y cuchillo.

La tierra longeva
se levanta
ahíta de sombras,
venenos,
descuidos,
y nos reputa extranjeros.

Un día
y otro se purga,
nos diezma paciente y certera.

Dormimos
confiados,
creyendo vencidas
las naturales leyes.

Canículas y heladas,
huracanes e incendios,
volcanes y virus,
febriles placas tectónicas
son arsenal,
remedio,
la cura.

Noctívago

Luz

Juan Pablo Picazo

Puedo recordarte:
fuiste
quien forzó los goznes
para dejar salir el tiempo.

Antes todo era eternidad,
el dolor, la luz, el hambre
lo posible que yo fuera
en mi no ser todavía.

Ya respiraba empero,
la muerte omnipotente
se afanaba ya en mis ojos,
mis tobillos y mis manos.

Mi comprensión era total,
como mi ignorancia augusta,
podía nombrarlo todo
y estar en todo
antes de la cárcel,
ahí donde me enseñaron
los otros secretos de la lengua,
las trampas matemáticas,
y la historia:
sangrienta, brutal y avariciosa
con buenos
y malvados de papel
que intercambiaban roles
sin remordimientos.

Ahora ya soy esto
me ronda una muerte universal
y la otra sigue trabajándome
los órganos,
la densidad mental,
los viejos huesos.

Y ¿para qué
ensucio estos papeles
con el miedo?
¿Para qué este testamento tembloroso
donde no se lega nada a nadie?

Lo que he visto
y lo que oí,
partirán conmigo.

Juan Pablo Picazo, poesía Cortesía de Pixabay

Noctívago

Apenas un verso

Juan Pablo Picazo

Un verso
no es más
que un verso,
que un hallazgo,
una vida salvada
la fe por fin perdida,
un trozo de cal,
grano de sombra.

Una mano que escribe
no es una verdad,
ni pensamiento,
memoria escasa de paredes alzadas
y puentes disueltos.

Un poema no es la cama tendida,
ni la comida que espera,
no es caricia que explora
apenas la gnosis,
o los entes hipócritas
que se niegan hambrientos.

Un verso no es realidad conocida,
no es la mano que ya no se estrecha,
por miedo a los virus mortales
no es encierro
ni magia,
ni voz de jubiladas deidades.

Es lo demás,
casi todo es,
pero no lo que no ha sido antes,
una mano que escribe
es puerto de partida sin barcos que atracan.

Un poema
es emoción transgredida
es disrupción
toma de sombras
y alimento de seres transidos.

Un verso
es apenas
una mujer, un hombre escribiendo
para quienes se han comido sus ojos,
para entendimientos cerrados,
y voces calladas.

Mundos paralelos | Pixabay

Onirosofía

La traslación

Juan Pablo Picazo

El hombre que me arrebató la mochila corrió. Por supuesto fui tras él, lo que es la peor de las tonterías, dicen, porque nunca actúan solos y puede ser que uno más te ataque donde menos te lo esperes. Ni siquiera lo pensé, los papeles de la oficina estaban ahí y no podría hacer el trabajo desde casa si no los obtenía de vuelta, era imprescindible en medio del confinamiento social decretado ante la pandemia.

Nunca fui un atleta, así que me sacó ventaja en pocos segundos. Ví que tras entrar en la plaza comercial daba vuelta a la derecha en el segundo corredor, y lo seguí. Las puertas abatibles de un pasillo de servicio, de esos reservados solo al personal autorizado, se movían aún cuando lo perdí de vista. Entré tras él.

Entonces lo vi. Forcejeaba con los cierres principales mientras esperaba un elevador. El defecto de esos cierres también me hacía la vida difícil, así que tardaría mucho antes de poder abrirla. Me acerqué pegado a la pared tratando de sorprenderlo, una campanilla y un cambio de luz en el umbroso pasillo me dijeron que el elevador había llegado y lo vi meterse en él.

Me lancé en plena carrera con la intención de arrancar mi mochila de sus manos, y huir mientras el ladrón quedaba atrapado en el ascensor, parecía un excelente plan, así que lo intenté: me asomé al aparato y alargué mi mano hacia la mochila, entonces la soltó y con ambas manos me jaló dentro. Las puertas se cerraron, levanté mi mochila y él permaneció muy quieto por un par de segundos, y dijo:

— Lo siento, era la única forma.

Sus palabras me dejaron perplejo, pero antes de que yo dijera algo, pidió en voz alta:

— ¡Sintonízanos!

Era una palabra común en una situación extraña, yo había trabajado en la radio y me sonó aún más rara. La caja del elevador hizo un movimiento lateral y las paredes se perdieron. El hombre ordenó con urgencia mientras un ruido grande crecía alrededor:

— ¡Párate en las marcas y mantente alejado de las orillas! ¡Es un gusto llevarte yo mismo!

Entonces vino la caída. Sin techo ni paredes, la plataforma aquella se precipitó como si el elevador se hubiese desfondado. Sufrí un vértigo terrible, sentí que me desmayaba o que moriría. Hasta cerrar los ojos o apretar los puños eran acciones que me costaban trabajo.

Alrededor nuestro, las alargadas paredes del elevador fueron transparentándose dando paso a la oscuridad. Luego empezaron a insinuarse unas montañas, y varios edificios a nuestro alrededor y a nuestros pies. Me preparaba para el impacto, o para la inercia de un fuerte frenado, pero ni lo uno ni lo otro, sólo la sensación de seguir cayendo, y el miedo.

Luego todo se detuvo. Abrí los ojos, y el hombre sonreía. Bienvenido, Quauhnáhuac la llamamos acá en honor de los antiguos. La ciudad es la misma, el tiempo es el mismo, pero no todos pueden venir acá. Mi cara de confusión fue tan elocuente ante la plaza en que estábamos parados.

— Verás, me dijo. Te seleccionaron para venir. En la tierra original, enfatizó la última palabra haciendo comillas con los dedos, la siguiente extinción se acerca, y nos toca trasladar a unos cuantos. Tu traslado, como el de otras personas se ha programado desde hace mucho. Hay varios mundos, coexisten en tiempo y espacio pero están separados por… llamémosles pliegues. Es como sintonizar una radio, este estaba vacío,vacante, y aquí se hizo el proyecto. Notarás algunas diferencias de flora y fauna. El personal médico te dará más detalles. Debo regresar.

Sin entender bien aún lo que escuchaba, hombres y mujeres de blanco me apartaron de la plataforma, me echaron una manta en los hombros y me sentaron en una silla de ruedas, noté que aún temblaba, y que estaba casi congelado. El hombre y la plataforma se desdibujaban mientras.

Otro mundo

Serpens ficta

Juan Pablo Picazo

No tienen palabras,
sólo escupen su lodoso fuego
para decirse grandes.

Pelean por las sillas
que rodean al rey,
compiten por sus miradas
y por sus palmadas en la espalda.

Y cierran las puertas palaciegas
alancean a los invitados,
temen que alguno se hospede nuevo
y llegue a favorito.

Y así son sus soles y sus lunas,
sus horas y sus siglos,
son todos sonrisa y moda,
carisma y daga oculta.

Se dicen dragones
pero suelen sierpes
sin nombre propio y sin raigambre.