Lenguaje y simulacro

Malos pasos

Por Xaviera Hoffman

Intuye que pasa del mediodía. Se rasca la ingle y, después de olerse la yema de los dedos, reconoce que es momento de tomar un baño.

Muy a su pesar, se desnuda de espaldas al espejo. La regadera no presenta ninguna sorpresa. Se orina los pies y un escalofrío le recorre la espina dorsal hasta el cuello. Después de secarse, se pone la misma ropa.

Para espabilarse, enciende la computadora. Le parece sensual el sonido que produce la máquina al arrancar. Como es martes, unos huevos rancheros lo esperan en la mesa de la cocina. Nadie los prepara como su madre.

Desde hace dos meses tiene cuarenta años.

Antes de bajar, decide actualizar su estado en las redes sociales para que al regresar lo reciban notificaciones y mensajes nuevos.

Ese día tuitea esto: “Autodescalificarse no es divertido cuando aparece alguien más idiota tú”.

Minimiza Skype, Instagram, Ask y la ventana de su página web. Deja Facebook al final, porque es su capricho del momento y al que le dedica más tiempo.

La cuenta está a nombre de “Romina Baranda”. Diecisiete años, estudiante, mexicana de clase media baja, católica. Con una afición antinatura por tomarse fotos sexys con el celular, cambiar de situación sentimental y compartir con sus contactos tanto lo que la inspira a la autosuperación como sus problemas personales. Es una niña traviesa, pero hasta cierto punto inocente. Lo suficiente como para acaparar la atención de tres mil ciento cincuenta contactos…

Y setecientos seguidores.

Al iniciar sesión, tiene seis solicitudes de amistad, ocho mensajes por inbox y veintitrés notificaciones. Esta muestra de franca correspondencia lo hace salivar, hasta el grado de escupir dentro de la taza de café que tiene junto al teclado. No es cualquier cosa acaparar el ardiente interés del hombre promedio.

Crear a Romina tampoco fue tarea fácil. Tuvo que buscar a una chica con una considerable cantidad de fotos como las que él necesitaba; y que fuera lo suficientemente distraída como para no darse cuenta de que alguien más estaba utilizando su imagen. Agregó contactos e inventó un perfil creíble.

Se muere de hambre. Así que después de una búsqueda rápida hace el siguiente copy-paste: “Todas las mañanas Dios nos muestra su sonrisa”. Paulo Coelho.

Recibió diez likes en un pestañeo.

Esta vez fue más rápido que el anterior: “Sacúdete el lodo, ten el coraje, la fuerza y la fe para mover tus alas anquilosadas hasta que logres elevar el vuelo rumbo al bosque fértil que te está esperando”. Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

Tal vez fue por lo largo de la frase o porque era más complicada la reflexión, aunque en definitiva ninguna de las dos competía con: “Acepta ser mujer: tu vagina vence a los falos. Entran duros y salen blandos”. Alejandro Jodorowsky.

Novecientos treinta y tres likes en un día, y ochenta y cuatro comentarios, es para agradecer eternamente a cualquier gurú de bolsillo.

El caluroso recibimiento lo entusiasma a compartir este pensamiento: “K VONITA ES LA VIDA KUANDO KOMPARTES UNA SONRISA A TODOS TUS SERS KERIDOS. BUENOS DIAS!!! A TODOS!!!”

¡Basta! Abre la puerta de su recámara y, a los dos pasos, un cable UTP (que nunca supo por qué diablos estaba atravesado en el pasillo) lo hace tropezar. Se va de cara hacia la escalera. Y, debido a su peso, sufre una aparatosa caída. Queda boca arriba en una posición extraña. Sólo puede mover los ojos.

—Cuadriplejía—, dice el doctor.

Su madre recibe la noticia con una mueca de tristeza y una gran sonrisa en su interior. Sabe que por fin se ha cumplido su mayor deseo: involucrarse de lleno en la vida de su hijo, hasta que alguno de los dos muera. Ahora que él no puede moverse —está segura—, él le dará todas las indicaciones para que sea ella sus manos y así continuar juntos un verdadero legado: su existencia virtual.

Xaviera Hoffman-Pablo Peña

Ilustración: Pablo Peña

A través del espejo

A sangre fría

Por Karla Winkler E.

Amanece con un clima que hiela la sangre en mis venas. Huele a rocío, a tierra húmeda, a borregos. Veo desde la ventana algunas aves y ardillas que, protegidas por su naturaleza, se aventuran a desafiar la helada mañana. Las manchas y telarañas ateridas en los cristales son obras de arte que esconden miles de historias. Desastrada con una camisa térmica y unos pantalones de cuadros trato de digerir la severidad del tiempo entre estas paredes que han sido un hogar. Mientras tanto, me siento en mi sillón; mis dedos largos, pálidos y gélidos se vierten sobre el teclado. Las letras tiemblan en el documento blanco de la pantalla a medida que se van transformando en palabras. En mi cara se traza un gesto serio que evade el lamento. Y pese a la escena tan enervante, no escribo sobre hecatombes, tan sólo sobre el frío. El descenso de temperatura ha borrado al Sol y ha dejado nubes de escarcha. El viento en el alba no tiene compasión esta vez: hiere cada aliento. En poco tiempo me atreveré a preparar café, envuelta toda en una cobija eléctrica que arrastra la extensión desde la recámara, mis manos sentirán la taza humeante e ignoraré por un minuto este frío que me acuchilla el cuerpo con sus hielos puntiagudos de crueldad. Trato de acudir a los viejos consuelos que daban las abuelas: “Piensa que hay muchos desafortunados en peores circunstancias”. Evoco imágenes de infelices por haber nacido en tierras inhóspitas, que tendrán que resistir los cortes gélidos en el rostro acartonado que se les cae a pedazos. ¿Consuelo? Ahora tengo mucho más frío.

A sangre fría-Foto Karla Winkler

Foto: Karla Winkler

Entreluz

El riesgo de la pulverización

Por Alberto González Carbajal

Para bien o para mal, a los que llegamos a este mundo entre el principio y el fin de los años sesentas del siglo pasado nos tocó ver el nacimiento, crecimiento y multiplicación de la alta tecnología; pasamos de arrastrar el lápiz y el bolígrafo, a deslizar los dedos sobre una pantalla, habiendo transitado antes por un teclado.

Del mismo modo, en cuestiones sociales, la idea de las “mayorías absolutas” se ha ido transformando en algo que se parece a las “individualidades absolutas”. En el camino se quedaron los grandes ídolos; la relevancia de los logros masivos ha dado a paso al flujo de información indiscriminada de los eventos (no necesariamente logros) y los pensamientos individuales. Desplegar Facebook o Twitter en las computadoras implica sumergirse en un pajar cada vez más profundo y denso en busca de algo que, ya no se diga que nos aporte algo, sino que por lo menos sea interesante o novedoso.

Del mismo modo, las conversaciones y la convivencia entre seres humanos parecen cada vez más (eso siento yo) un envío de mensajes en 140 caracteres: en el afán de ganar tiempo tendemos a sintetizar la información de ida y de vuelta.

El punto al que quiero llegar es que, en el intento de compartir quiénes somos con los demás, se están dejando de buscar los objetivos en común, que son los que permiten la construcción de una sociedad más avanzada, ésa que, para bien o para mal, se cimienta sobre las coincidencias de las mayorías.

Sin embargo, las opiniones de las mayorías dependen de muchas cosas y en México se ha optado por tener a éstas en la mayor ignorancia posible, de modo que lo que propiamente podrían llamarse “opiniones sustentadas” se encuentran (y no siempre, claro) en los estratos ligeramente más ilustrados. En la verdadera “masa” los puntos de vista individuales (aunque los hay) quedan aplastados bajo la necesidad de trabajar como bestias para obtener el sustento diario; y eso deja sin tiempo (y sin ganas) para ponerse a reflexionar sobre los temas trascendentes. Por lo común, no se puede pensar claramente cuando se tienen hambre y deudas.

Debe ser mi paranoia en ciernes (quizá debería decir: “en plena etapa de maduración”), pero algo me lleva siempre a pensar que en casi cualquier hecho que implique un evento colectivo, segurito que hay algún individuo o un grupo muy pequeño que salga beneficiado.

Para tratar de entender esto, habría que voltear a ver el camino recorrido, regresar un poco el carrete y ver qué hacía en el pasado no tan reciente esa clase media (en su mayoría) ilustrada. Primera sorpresa: resulta que encontramos que los grandes movimientos sociales no fueron liderados (no por lo menos en su gran mayoría) por elementos surgidos de las filas del proletariado, sino más bien por esos seres humanos que, con algo de estudio, recuperaron la capacidad (socavada por el establishment) de ver el mundo de manera más amplia, hasta el punto de entender que el orden imperante era injusto y que era necesario mejorarlo para todos, no sólo para la clase en el poder. El intercambio de ideas y las discusiones generadas en torno a este ideal conducían en algunos casos al amalgamiento de objetivos.

Ejemplos en la Historia mundial hay muchos: la España Republicana, el 68 (movimientos estudiantiles simultáneos en muchos países), la candidatura (y presidencia) de Salvador Allende en Chile y un largo e interminable etcétera. En todos estos casos el fracaso apareció cuando los objetivos más sectarios afloraron por encima de las necesidades generales.

Las tecnologías de la información, hoy por hoy, son poderosos medios para darle forma a “las opiniones de las mayorías”. Como si nuestra mente fuera un gadget más, podemos “dejar en visto” (como se dice ahora) cualquier cosa que no coincida con nuestro punto de vista. Y con la misma velocidad y nulo análisis, nos vamos a lo que sigue.

aislados

Foto tomada de internet

No es que esté en contra del avance tecnológico ni en contra de la absoluta necesidad de mantener nuestra individualidad, no; creo que todo puede coexistir y servir para crecer como seres humanos. El asunto es que los dueños del poder están utilizando (eso me parece a mí) la dispersión global de las ideas para aislarnos e impedir que nos conjuntemos con un objetivo común. Es como si estuviéramos en una pecera y la comida fuera dispersada con mucha eficiencia, de tal modo que los peces no se juntan nunca… a menos que sea para reproducirse.

Si queremos mejorar como personas y como sociedad de manera simultánea, es necesario que nuestro intercambio de ideas sea más amplio: más plática apasionada y menos tuits, emoticones y posts. En caso contrario corremos el riesgo de quedar aislados como los pasajeros interestelares que se muestran en la película Wally.

Les sugiero que prueben lo siguiente: después de leer esta reflexión de su servidor, inviten a leerlo al miembro de su familia con el que menos comunicación tengan; y cuando lo haya hecho, platiquen entre ustedes durante 10 minutos corridos y sin ningún contacto con la tecnología; intercambien ideas. Luego me platican cómo les fue.

Condesa Sangrienta

La Condesa Sangrienta (II de IX)

Por Grissel Gómez Estrada

Humo cubriendo la Cruz.
Los vampiros tenían una cruz y un escudo,
una cruz afilada
que vibraba entre las manos,
abriendo los ojillos.
Los vampiros, atrapados por la red
de una danza frenética,
con los ojos en blanco y aullando,
aullando como copas de vino desbordado,
cortaban la yugular a tigres furiosos.
Y los vampiros celebraban en nombre de Dios,
en nombre de Dios eran llenadas de sangre
las copas.
Aullidos.
¿De dolor?
Aullidos extasiados ante la sangre
que se bebían:
sortilegio sagrado,
como de amantes prohibidos,
ojos en blanco, felices.

Condesa elisabeth-bathory 02

Elizabeth Báthory, la Condesa Sangrienta. Imagen tomada de internet.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Precariato

Por Juan Pablo Picazo

No saben ellos, no entenderán nunca
¿cómo es qué tienen hijos tan líquidos?
les miran tristes la carrera trunca
y en guerra perpetua con lípidos.

Ellos fuertes, los padres tan sólidos,
que todo aprendieron a enraizarlo bien,
miran sus bienes perderse bólidos
igual que el país, su casa y Dios también.

Bajo puentes, cybercafés y jaulas
viven tristes quienes fueron licuados,
aunque vistieron traje y vieron aulas.

Los líquidos bien gozan descuidados
de un futuro guardado por los maulas
donde ya todos seamos acabados.

Incierta certeza

Hallazgos imposibles

Por Luis Ernesto González

Se llega a uno mismo
sin saberlo,
aunque
toda la vida
se haya buscado el camino.
Y si nos perdemos
sedientos de espejismo…
con lengua de arena, a empezar de nuevo.

Aquí yo, cierto de ser.
Pero cuando me lees,
todo parece ayer.
No es que exista la puerta,
mas debes hallarla a tiempo y en el lugar,
Hildegarda,
de la fe.

Nada de esto existe
y sólo esto importa.
Me pierdo y me encuentro,
Teresa,
entrando y saliendo
del castillo
interior
que en delirios viste.

Hildegarda

Imagen: Visiones de Hildegarda de Bingen

A través del espejo

Otra vez habitado

Por Karla Winkler E.

“…el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad”.

W. Szymborska

Hace una semana, el departamento despertó con novedades: muebles desconocidos habitaban su espacio. Esperaba la visita del polvo, de las voces y la música lejana de los vecinos o del aire gélido que siempre se filtraba a través de la ventana. En cambio, estaba emocionado.

Medio siglo hacía desde que fue ocupado por primera vez. Aquellos amantes, años de pasión, de dicha, de lágrimas, de reflexiones, de adiós. La mujer, llorando, se acurrucó hasta que, extenuada por el dolor, se quedó dormida en este rincón. Esa calidez, esa memoria se le quedó para siempre.

La nueva pareja llegó el viernes, cincuenta años después. Esa mañana, tan diferente pero tan conocida, el departamento no tuvo que luchar contra la tristeza de su penumbra; se animó, sin saber por qué, a aceptar un rayo de luz.

“Ellos serán, sin duda, mis nuevos inquilinos”. Al inmueble le han causado buena impresión. Y se diría que a los enamorados, cansados de tantos edificios que se salen de su presupuesto y gusto y, a juzgar por la dulzura de sus miradas y por el tono amable de sus voces, les ha gustado toda, absolutamente toda, la historia nunca contada de la casa.

Klimt hormega

Gustav Klimt, “Der Kuss” (“El beso”) Galerie Belvedere, Viena, Austria

Cada uno soñó esa noche que se besaban en esa pequeña y acogedora cocina blanca, rodeados del olor del café recién hecho y de la voz de un joven Jean Ferrat. De pronto, al mismo tiempo, despertaron, perplejos. Pero una sensación extraña les impidió relatarse lo soñado, contrario a su costumbre.

Ella se sintió sorprendida cuando más tarde él puso un disco de Ferrat y comenzó a sonar “Je vous aime”, tan familiar a ambos, pero ahora nueva, con un misterio más hondo. Se acurrucó en su rincón y recordó la casa: hasta los menores detalles recordaba ahora con toda precisión.

Yo lector

Juvencio Valle, la voz del bosque y el reencuentro

Por Juan Pablo Picazo

Con él me pasó como con otros poetas injustamente sepultados bajo la fama de otros, ocultos por las sombras que residuales que dejan los cegadores faros con que se ilumina persistentemente a los grandes, a esos gloriosos autores cuyo trabajo todo lo opaca. Me enconntré se libro en un montón de oferta en unna de las jardineras de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en CU.

20160129_093347Me acompaña desde entonces, nunca lo presto, poco lo comento, menos lo saco de casa, pero como la obra de Emilio Adolfo Westphalen o la de Carlos Oquendo de Amat, lo atesoro mucho. Vamos, probablemente no sea inconseguible ni esté tan sotrerrado como creo, pero este libro individual, su arribo a mis libreros su discreta y deslumbrante compañía poética, es uno de mis preferidos, se trata de Antología poética de Juvencio Valle. Es un volumen de la colección Poesía reunida publicado en 1984 por la Universidad de Chapingo.

Juvencio Valle siempre me asombra: “El sur se me ha quedado en el camino/ perdido, más que nada, por mi culpa;/ vagamundeando perdí las llaves,/ me extravié de corral como la oveja,/ y tan avanzado el día,/ ya caída la tarde,/por reencontrar mi perla de los mares/aquí me paso anundanndo cabos.”

Y sí, contemporáneo y compañero de infancia de Pablo Neruda, es como él, hijo de una tierra escurridiza, casi polar como las tierras de los escandinavos que tanto llamaron su atención desde pequeño. Sus versos reptan por las venas oscuras de la tierra, se alimentan de sus muertos y de las raíces, se visten de flor y emergen a un mundo de soles infinitos, sorprendidas ante todas las cosas verdaderas y los seres que inventamos para no estar solos.

Pero no sólo el mundo natural le inquieta, hace su crítica de las políticas culturales, del inexistente fomento a la lectura, de la presencia viva de los libros, atrapados en estantes que no visita nadie, deslumbra con este clamor: “Me estoy muriendo en una biblioteca/ entre libros en fila,/ testigos filosóficos del hecho;/ libros que desde ñlejos me contemplan,/ mudos por fuera, / pero por dentro llenos de elocuencia,/ ya quienes digo:/ un momento Jorge Manrique,/ San Juan de la Cruz, espérame,/ perdóname, Quevedo.

Así, en Juvencio Valle, tenemos a un poeta que pasa de la contemplación y la nostalgia de los presente, al profundo amor de lo telúrico y también de la patria; además pastorea a sus contemporáneos con melodías duras, activas, vindicantes, llamándolos a dejarse de molicies e indolencias y restaurando su dignidad cambiándose los ojos por esos ojos niños que sólo el poeta conserva, pese a haber dejado el paraíso.

Y he aquí el gran legado de Juvencio Valle: su consejo de regresar siempre al paraíso, en ello nos va el reencuentro con el ser que dejamos abandonado merced al tener; en ello nos va la recuperación de nuestra identidad más íntima y nuestra más clara esperanza del mundo y de nuestra misión en él.

Y como muestra final, uno de sus más imperdibles consejos: “Olvida, por un momento, tanta ciencia expuesta a gritos:/ escribe a oídos sordos y con la frente baja/ lo que el vuelo de los pájaros te inspire/ lo que tu estado de ánimo te dicte.” ¿Qué le parece la invitación, el desafío? Haga el ejercicio y verá como hay un atisbo, un vislumbre profundo del paraíso que todavía se guarda en su persona.

Crisálida

Dentro de poco

Por Patricia Gutiérrez-Otero

me moriré dentro de poco
siempre es temprano
siempre es poco
para nuestro deseo

me moriré dentro de poco
y quedará un mandarino
dos perros un naranjo
un peral un manzano
y unas palabras esparcidas
sin hijos que recobren
el diario extraviado
los escritos dispersos
tantas fotografías
y todavía menos
restos de un corazón

y todo estará bien
todo en paz
yo en ti