Entreluz

Punching bag

Por Alberto González Carbajal

Cuando se entrena box, karate o alguno de esos deportes de contacto se utiliza con alguna frecuencia este artilugio llamado punching bag, que simula en textura, peso y forma el cuerpo de un ser humano. Su misión consiste en recibir los golpes. El entrenador va dirigiendo los embates del atleta de modo que éstos sean eficientes; le indica los lugares idóneos donde asestar los porrazos con el fin de obtener un mejor resultado (que, en el caso de estas disciplinas deportivas, siempre es derribar al contrario). Y no sólo en el deporte: he oído que algunas terapias psicológicas (no sé qué tan válidas) usan el punching bag como catarsis; le piden al paciente que imagine que el costal es la persona que le está causando problemas… y la golpiza no se hace esperar.

Reflexiono sobre esto cuando reviso, como casi todos los días, las noticias que surgen en éste, mi país. Hoy el objeto de inclemente andanada de golpes mediáticos y políticos es el Partido Verde Ecologista (curioso título de un ente que ni es partido político, ni es verde ni, por ende, ecologista) y en un rato más seguramente este lugar será ocupado por el apenas defenestrado procurador general de la República.

Antes de eso, el traqueteado fue el ex gobernador del estado de Guerrero y así será ad infinitum: siempre tendremos una figura pública que, mientras dure el efecto mediático, cumplirá con la labor social de recibir toda la ira social posible, hasta que sea relevada por un nuevo oscuro objeto de odio popular.

Esta situación me recuerda lo que ocurría en Colombia hace algunos años, cuando la descomposición política, social y económica llegó a su punto más alto. Desde las más altas esferas del poder se encomendó a las “fuerzas del orden” que aportaran evidencias tangibles del avance en el combate al crimen organizado… y ocurrió el fenómeno conocido como “falsos positivos”, chivos expiatorios elegidos por Estado. Se secuestraba y mataba a gente inocente con el fin de presentar una imagen de “cero tolerancia” al crimen organizado, mientras éste se reacomodaba y hacía más sutil su presencia en la conciencia de la ciudadanía. Al final, el objetivo era que los medios se mantuvieran ocupados con esas notas mientras los problemas más grandes del país no eran difundidos (salvo por algunos medios de comunicación que sí cumplían con su labor, esas necesarias “honrosas excepciones”).

Así anda México. La gente en la calle está prestando atención a lo que suena más y no a lo que afecta más. No digo que debamos dejar de lado las legítimas protestas (una lucha es legítima, desde mi punto de vista, cuando la causa es un auténtico bien común), pero lo que creo que es el problema está más allá de lo que se destaca en los medios. El problema “is the money, stupid”, como dijera Bill Clinton. La economía nacional se está yendo a pique y en algún momento la pobreza va a llegar a niveles absolutamente intolerables. De este modo, el Estado recuperará su capacidad para ser el único y todopoderoso benefactor que nos alimente de nuevo en la boca… a cambio del simple y sencillo procedimiento de cruzar una boleta electoral en favor de un tricolor o un verde. Facilito, ¿no es así?

Mientras tanto, siempre habrá alguien que reciba los insultos y deméritos del pueblo; pan y circo, justo la fórmula de los romanos… y ya vieron ustedes cuánto tiempo conservaron el poder.

Hoy más que nunca es necesario mantenernos alertas e informados y transmitiendo además nuestros conocimientos a nuestro “próximo”, a todo aquel que entre en cercanía con nosotros. No se trata de hacer catarsis golpeando el punching bag que los medios de comunicación nos ponen delante: se trata de orientar la fuerza a la solución de lo que hay en el fondo. Sólo así se puede acceder a la tan anhelada conciencia social más sana y objetiva.

Noctívago

Irascible

Por Juan Pablo Picazo

El enemigo acecha siempre,
viaja en autobús,
compra en el mercado
y come en las fondas.

El enemigo no descansa:
recoge lo suyo en el basurero
y come en los puestos de la calle.

El enemigo es omnímodo,
ocupa las presidenciales sillas
y manda en los palacios
la desaparición, la muerte,
todo por el bien de las instituciones.

El enemigo duerme en mi cama
y se lleva a la boca mi comida,
su cinismo es mayor:
me suplanta en el espejo.

Lleva dentro todos los fantasmas de la ira
y me corroe con sus monumentos,
con sus llamados a la revolución,
con sus lágrimas cenicientas
y escarpadas.

El enemigo lleva
mi nombre y mi apellido
y es también los vecinos
¿cómo podría vencerlo?

Incierta certeza

Más silencio que antes

Por Luis Ernesto González

Te dio la Muerte el tiempo, cuando te lo quitó,
que no tenías para ver a los tuyos.

Ahora
todos sabemos que no estás ocupado.
Pero perfeccionaste el arte del silencio,
tu habilidad más fina desde que eras pequeño,
y tu ingrávida voz escapa del ancla del oído.

Si antes callabas ante los temas de eco,
si tu mirada nos daba la llave
de la exquisita forma del misterio
de tu vida interior,
era porque en la hondura estabas de las cosas,
alado colibrí libando en flores viejas.

Ahora
todo parece menos importante.
Tus urgencias del hombre de negocios
—letal disfraz con que te asesinaron—
no eran tan imperiosas. Ahora esperan o, peor,
otro les da salida.

Libre de las cadenas, esta noche
—como las tantas noches de amigos y arpa celta—
sé que estás libre —como nunca estuviste—
para guardar silencio a muchas voces,
esa polifonía sin plectro que la encuentre,
y te invito este vino
tantas y tantas veces descorchado
en horas rebalsadas.
Mas tampoco vendrás.

Lo beberé por ti. Escucharé en silencio
tu silencio.
Pero, ay, la llave del misterio
es menos dulce ahora.
Tu mirada,
la del niño que conocía los libros;
la del enamorado del amor imposible
a esa muchacha de otros posibles otros;
tu mirada de noble animal preso
en un corazón tanto y tanto adolorido
por el amor que nunca cabe en una vida;
tu mirada que nos daba más ser;
ésa no está y por eso el silencio
es más difícil hoy. Ya no es sólo profundo:
es el de Dios y muchos
prefieren no creerte.

Crisálida

El árbol de cristal

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Sostén el árbol de cristal,
que no caiga, que no se rompa.

Es de noche y hay un abismo
que nada ni nadie sostiene.

Y Dios se ha ido, se ha ocultado;
su nombre, una campana muda,
su presencia, fértil ausencia.

Cae el telón de vidrio oscuro;
esos murciélagos
rasgan el rostro de la luna.

Tiemblan las hojas de cristal
y ya no bajan las princesas,
ya no suben en las barcazas,
ya no bailan en zapatillas…

Sostén el árbol de diamantes,
que aún no caiga y no se rompa.

Entreluz

A moco tendido

Por Alberto González Carbajal

Imagínense ustedes: En medio de una importante reunión en la sala de juntas de una renombrada empresa multinacional, me levanto de mi cómoda silla, convenientemente trajeado, bien peinadito y acicalado y, cuando estoy a punto de explicar la forma en que se analizaron los números que hablan de la probable prosperidad de esta firma, de súbito un brutal estornudo hace que hasta los que están más aburridos me volteen a ver. Aun cuando cubro mi boca con un antebrazo, el sonido es espectacular.

Bueno, me digo, esto comienza con fanfarrias, pero ahora todo se normalizará. Con la mayor seriedad, empiezo a explicar, apoyándome en los datos que aparecen en una pantalla, cómo es que, “después de sesudas investigaciones”, llegamos mis asociados y un servidor a estas conclusiones; pero algo me distrae: comienzo a sentir cómo una gota asoma por mi nariz y amenaza con hacerle caso a la fuerza de gravedad. Mis compañeros, con alarma, me hacen llegar pañuelitos de papel para contener el flujo que de pronto ya no cesa. A eso se suman nuevos y estruendosos estornudos, los cornetes nasales se van inflamando y mis palabras poco a poco se vuelven ininteligibles. A mis ojos parece habérseles roto algún empaque, porque las lágrimas fluyen y fluyen… El resultado previsible de mi exposición es que la gente deja de poner atención a lo que digo y comienza a hacer quinielas mentales para ver quién le atina al tiempo que transcurre entre un estornudo y otro (eso me lo confesó luego uno de los que formaban parte de ese auditorio).

Cuando finalizo mi exposición, veo sobre una mesita a mi lado un montón de pañuelos hechos bola… y luego veo que la gente también mira hacia el mismo lugar, con un poco de asco y desdén… igual que a un servidor.

Dice la regla que para que una tragedia ocurra hay que cometer cuando menos tres errores graves. En mi caso, éstos fueron: salir a la intemperie sin taparme lo suficiente en los días en que el invierno arreciaba más; segundo, recibir un estornudo en plena cara, por andar caminando distraído, sin advertir que una fuente de contagio apuntaba su nasal arma contra mí; tercero, no guardar el reposo debido cuando aparecieron los síntomas iniciales (espalda y pies fríos como para poner a tono una cerveza). Y aquí estoy (todavía), con una mayúscula gripe (o gripa, como la llamamos en México; y me gusta más la versión mexicana, pues de lo contrario no diríamos que estamos agripados, sino agripedos).

Así pues, aunque intento guardar reposo, no tengo mucho modo de hacerlo. Esto de haber nacido pobre y, por tanto, obligado a buscarme el sustento de la mejor manera posible y sin tregua, incluye a una serie de clientes que siente que si no voy personalmente a verlos las cosas no funcionarán bien. No es que yo sea muy bueno defendiendo mis puntos frente a frente; más bien ellos no consideran que en una llamada o en una videoconferencia pueda transmitirse la misma información. Cosas de su falta de adaptación a las tecnologías actuales.

Lamento decirlo, pero sale tanta mucosidad por mis fosas nasales y garganta cada vez que toso que resulta inevitable pensar que en realidad ya sólo soy un enorme contenedor de mocos en fuga. Las cantidades que segrego de esta materia poco elegante definitivamente han decidido desafiar las leyes de la física.

Cuando recibo llamadas por teléfono, casi con certeza matemática, respondo a la pregunta inicial: “Que tal, ¿cómo estás?” con un largo acceso de tos y un apenas audible: “Más o menos”. Después de eso, algunos siguen hablando pero otros responden con un: “Te hablo luego, cuando te sientas bien”. Claro, los que responden así siempre son, casualmente, los que buscan un pretexto para escapar, bien porque me deben dinero, bien porque traemos entre manos nuevos proyectos que podrían garantizar mi supervivencia económica unos meses más. Así las cosas. La gripa me mosquea el changarro, en pocas palabras.

No me enfermo de las vías respiratorias tan seguido. Aparentemente mi cuerpo se ha adaptado al antinatural aire que se respira en esta ciudad, así como a su invierno. Sin embargo, algo debe de estar cambiando (en el aire o en mí) porque mi enfermedad se ha prolongado mucho más de lo habitual; creo que sólo me falta colgarme un collar de limones y que me pongan la vacuna para el moquillo. Ya lo he probado todo, excepto, como dije, reposar como Dios manda.

También estoy consciente de que los virus se han adaptado y evolucionado a tal grado que ya no hay poder humano que los contenga por mucho tiempo. Creo que es un modo que tiene Madre Natura o Dios Padre de recordarnos que nosotros, sus hijos, que contamos con los medios para destruir todo vestigio de vida, somos vulnerables a las entidades biológicas más pequeñas y más abundantes de este planeta: mientras que a nosotros nos ha tomado millones de años evolucionar, a ellos les lleva sólo algunas generaciones.

Mientras ustedes leen esto, yo volteo a ver mi bote de basura (al menos ya no hay público que me abochorne ni haga de mi tragedia una casa de apuestas) y sigo preguntándome: si no soy tan grandote, ¿de dónde carajos sale tanto moco?

Incierta certeza

Menos que un murmullo

Por Luis Ernesto González

Tras la palabra,
el silencio.
El aire reverbera
al paso del fantasma.

Silencio.

¿Puedes verlo?
Sonríe
con escarcha entre tus comisuras.

En él estamos
en murmullo callado que nos aleja
—enamorados—
de la ribera.

Nos dejamos llevar.
La voz de vidrio,
prisma del Sol.

Si te digo te amo,
es el silencio
cuando se está formando
para que lo habitemos.

Arrullo
en el umbral del sueño,
antes de recordar.

Temblor del agua,
del murmullo del agua,
del agua que no vuelve…
En él se va mi voz convertida en vitral.

Hagamos el silencio, amada.
Silencio. Tiemblo.
Siento bajo mis labios,
mudos como un fantasma,
temblar los tuyos.

A través del espejo

Dulce y crudo

Por Karla Winkler E.

Llegué a las diez, cansada, casi enfebrecida, cuando se me ocurrió que me gustaría ser una hurona como las que veo dormidas en el cajón de mis piyamas; que sabría administrar esa vida simple, limpia de la confusión y el alboroto de las preocupaciones, que podría acomodar con facilidad mi conciencia a ese estado ideal, totalmente fuera del mundo simbólico.

Yo, hosca, molesta, a veces gris e introvertida según la metáfora y, por si fuera poco, con insomnio desde hace meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas u oscuras, una manta eléctrica, pero eso sí, siempre a flote sobre el río de los sueños, brincaría toda la noche, sólo para gozar mi elasticidad. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el hurón es todo corazón.

Portadora del más fino abrigo, que sólo los papas disfrutan en casullas, me olvidaría del frío, me defendería del invierno en sedas y algodón. Me despertaría cuando sintiera mi propia primavera. Y aguardaría en silencio mi próximo color.

Como un hechizo, algo, lejos de escamotear mi deseo, me dio la forma de una criatura peluda y diminuta y me soltó en un bosque. Era, como vi después, una vida desconcertante: no sentía interés por otra cosa que no fuera acumular alimentos, infatigablemente, llevarlos hasta mi madriguera en el tronco de un árbol podrido; aunque vi que tampoco me libraría de los problemas; los límites de cada territorio desencadenarían continuos litigios entre los habitantes del follaje; pero las voces de los pájaros deleitaban mis oídos; los parásitos comenzaban a invadir mi pelambre; y mis ojos estallaban de pánico cada vez que presentía a las serpientes. Sin embargo, el desconsuelo, por fortuna, no duró demasiado. Pronto se acercó con sigilo un trozo de oscuridad y, aunque husmeé su hedor a distancia y oí luego las pisadas y los gruñidos, apenas tuve tiempo de entrever sus dientes cerrándose sobre mí.

Algo sucedió entre las huronas y yo. Sólo estaba mirándolas dormidas en mi cajón cuando se despertaron, se estiraron, bostezaron y dirigieron la vista a un punto muy preciso de la habitación. Yo me concentré en ellas tanto como ellas en lo que yo miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Era como si hubiésemos saltado las tres a la vez. Ahora han vuelto a su cajón, se han relajado y me echan unas miradas atentas como para verificar que todo está bien. Acurrucada en la cama, aguardo expectante. Tengo en la boca sabor a vida silvestre.

Yo lector

El Lobo oscuro y la realidad

Por Juan Pablo Picazo

Ya lo sé. Mi obligación es la de escribir una reseña. Pero en verdad que así no se puede. Gerardo Horacio Porcayo (Cuernavaca, 1966) siempre ha parecido un homo lupus sapiens caminando entre nosotros, o al menos esas han sido las credenciales que ha mostrado a diestra y siniestra tanto si se le conoce personalmente, -honor que tengo- como a través de sus libros, -honor al que no quiero renunciar-.

La última vez que nos vimos, luego de la friolera de casi 20 años sin un encuentro, mi amigo me dio la buena noticia de que estaba en plena promoción de un nuevo libro. Mi envidia de autor casi impublicado, que no es lo mismo pero es igual que inédito, flotó admirada alrededor de él y su sonrisa, en torno a su libro de cuentos y mi recuerdo de otras lecturas y mundos que nos ha regalado a sus lectores.

Levitaba pues mi mente ya entre vampiros, densas neblinas, oscuras siluetas que se deslizaban subrepticias, cyborgs tecnodelictivos y cristorrecepcionistas, cuando pronunció unas palabras que se me antojaron una ficción prácticamente inverosímil: “…es un libro realista.” Mi mente derrapó en un acantilado y en menos de una docena de nanosegundos intentó evitar la estrepitosa caída cuestionando lo escuchado como para negarlo: “¿Idealista dijo? ¿Algo entre insurgentes y realistas?” de poco sirvió porque me quedé en blanco y pregunté automática y tontamente “¿Cómo?”

Conversamos sobre su arribo a esa literatura descarnada que cuenta las idas y venidas de hombres y mujeres comunes y corrientes sin poderes oscuros y sin implantes ni interfaces. Me habló sobre su vida en la hermana República de Puebla de los Ángeles, donde de una u otra forma, los escritores cuentan, o lo hacen al menos más que en esta Cuernavaca de candidatos irrisorios a la presidencia municipal; donde, como sea, son mejor tratados que en su natal Morelos, donde cordialmente se nos ignora, esclaviza o digiere, lo que sea con tal de que no demos lata, pues la mayoría de las veces, nuestro arte no es o no parece, políticamente redituable.

Acordamos muchas cosas, la mayoría aún incumplidas, pero de inmediato puse los ojos en sus renglones. Antes de consignar lo que esa lectura me ha dado, debo hacer constar que sin embargo, Gerardo Horacio Porcayo siempre me ha parecido un autor con una manera muy afilada de mirar la realidad. Todos sus vampiros, hombres lobo y tecnodelincuentes son en realidad mucho más humanos que los homo sapiens con los que a diario convivimos. Lo he escrito y publicado en mis reseñas de Dolorosa, y La primera calle de la soledad.

En Sueños sin ventanas, (BUAP, 2014 Colección Alejandro Meneses) este loboscuro nos entrega una realidad tan descarnada y sin afeites que linda irremediablemente con la onírica y la oximórica. Desde ese Pato a la naranja que nos ofrece como entrada, todo él rezumando cotidiana intimidad, hasta piezas de alto octanaje como Sobrellevar el día, en la que su promesa de literatura anclada en la realidad me ha dejado en plena extrañeza, pues las andanzas de Bradamante, El roñas, Basted, algunos guardias de seguridad, el innominado narrador y su excéntrico primo, me han hecho replantear mi concepto de la realidad.

Luego arremete con su Otoño del parricida, que es algo más que un guiño a García Márquez, por esa vaca del balcón presidencial, lo es también a Albert Camus o el propio Immanuel Kant con quienes comparte el atrevimiento extraordinario de hacer el cuento en un solo, largo párrafo que se antoja un soliloquio interminable, como lo es de suyo, el pensamiento humano, sin puntos y aparte, prolijo, continuo y ajeno al tiempo.

El amor, la tristeza, la depresión la esperanza, las búsquedas y los extravíos, todo lo humano aparece en estas páginas. En ese sentido el realismo de Gerardo Horacio Porcayo es robusto y rugoso, caben el ditirambo y la diatriba, y por supuesto, los callejones, el sueño y el inconsciente, como elementos que salen de las cabezas y modifican la cotidianidad medible, ponderable y objetiva, suplantándola y completándola como siempre pasa, de otro modo sería un realismo lineal y desabrido.

No importa qué libro de Gerardo se encuentre, si lleva su firma, la calidad del contenido es segura. Siempre sorprende atravesándolo todo con palabras, reconstruyéndolo todo con sus diálogos, sus monólogos y sus descripciones, todo él incómodo con vivir una realidad sin buscarle las costuras, los hilos sueltos, las posibles enmendaduras escondidas con maestría para no tanto denunciarlas, como maravillarnos revelándonos su existencia.

Entreluz

Economía de guerra

Por Alberto González Carbajal

“¡Pero cómo crees, mi Alberto! ¡De veras que eres un tremendista! ¡No mames, ni que fuera el apocalipsis!” Con esas frases, soltadas de golpe y porrazo, me recibió mi amigo “El chulito” (apodado así porque, a pesar de ser más feo que insultar al Altísimo en Viernes Santo, estrena en su persona cuanta cosa esté de moda para, según él, verse bien) la última vez que nos reunimos. Aludía, claro, a mi texto de hace una semana en esta Hormega, que se refiere a la crisis económica que se nos está echando encima. Este amigo se dedica a especular con el dinero de los demás. En otras palabras, es un corredor de bolsa, bastante acreditado en el medio financiero y, según él, nadie lo supera en lo tocante a predicciones financieras. Con esta seguridad absoluta afirma que, como siempre va a ocurrir, el país sobrevivirá a esta “supuesta” (por mí, claro) nueva crisis (la cual creo que se anuncia a la distancia… como ola de tsunami, es decir: si la alcanzas a ver es que ya te alcanzó).

Confío en gran medida en sus conocimientos, pero su juventud (tiene menos de 30 años) me hace que desconfíe de su sapiencia. Siento que le falta lo que a mí me sobra… experiencia. En la última crisis que nos afectó de manera demencial (el “Error de diciembre” de 1994-95) él contaba con menos de 10 años (y aun cuando sí experimentó otras crisis, como la del periodo 2008-2009, éstas no tuvieron las dimensiones de la del mentado errorcito salinista-zedillista) y a esa edad es un poco complicado que aprecies los detalles de la realidad circundante.

Acostumbrado a mandar siempre, habla de manera estentórea y con un curioso modo de agitar los brazos, como de albatros en pleno vuelo. Con esa elocuencia me dice: “A ver, cabrón. Si no es así, ¿cómo es que tú has sobrevivido a todas las pinches crisis de este pinche país?” (Nótese el cariño a la patria.) Lo volteo a ver hacia arriba (pues además de feo es altísimo, como unos treinta centímetros más que su humilde servidor) y le digo: Lo que pasa es que antes nacíamos con la piel más dura; somos chaparros pero correosos. Se ríe de mi chiste, le da un acceso de tos y ya que recupera el aliento y en un tono menos agresivo me cuestiona: “Ya en serio, ¿cómo sobrevivían una vez y otra también a las crisis económicas?”

Con el fin de documentar mi pesimismo, le conté algunas estrategias básicas para sobrevivir en una economía de guerra, tal como su servidor lo ha vivido. De todo lo que le dije, y que El chulito escuchó con una atención total, que a la vez me daba confianza y me hacía dudar de mí mismo, esto es lo más relevante desde mi punto de vista.

  • De inicio, y esto es sentido común pero no siempre fácil de llevar a cabo, corta cualquier gasto que no sea necesario y si después de cumplir con el pago de los gastos básicos (comida, vivienda, servicios y los medios para desarrollar tu trabajo) queda algo, entonces considera gastar en las actividades que más te diviertan (a ti y a los tuyos), siempre y cuando, reitero, no rompan el balance de los gastos básicos.
  • Sólo compra la comida que necesites para una semana, como tiempo máximo, Si no la consumes en ese periodo, como ésta se deteriora rápidamente, literalmente será dinero tirado a la basura. Hablo de perecederos, no de latas, evidentemente.
  • De manera preferente, utiliza el transporte público, a menos que el tiempo que inviertas para los traslados afecte tus actividades diarias.
  • Comparte gastos con familiares cercanos. Si no los tienes a la mano, créate una “familia” con tus amigos. Vivir solo es un verdadero lujo que puede ser frustrante si no se cuenta con los medios para ello.
  • Antes de comprar invierte algo de tiempo para analizar los precios; compáralos y haz un balance de todo lo que vas a adquirir, de tal modo que acudas a los lugares donde la suma de todo lo que tienes que comprar sea la menor. Recuerda que el traslado también tiene un costo y si vas a andar cazando ofertas en varios puntos de venta estarás invirtiendo tiempo y transporte que deberás considerar en tu cuenta final.
  • Come sanamente. El estrés afecta especialmente al sistema digestivo y no alimentarse correctamente se parece a echar gasolina al fuego. No necesitas gastar de más; sólo analiza lo que necesita tu cuerpo y el dinero con el que cuentas.
  • No dejes de divertirte. Estresado no logras mucho. Cuando uno se divierte, no sé a ciencia cierta porqué, pero uno se vuelve mucho más claro y objetivo.
  • Fundamental: Aunque no hubiera crisis, no busques deudas innecesarias. El financiamiento es lo primero que se encarece cuando en el país se prenden los focos rojos; lo intereses suben y se vuelven impagables. Se lo dice alguien que ha perdido una casa, un auto y también, lo más importante, algunos amigos por no pagar a tiempo.

Cuando termino, la expresión de “El chulito” se relaja y en cuestión de dos segundos se transforma. Ahora me ve con absoluta incredulidad, como si le hubiera hablado en arameo antiguo. Me escupe un: “¡Neta, güey, que no sé de qué me estás hablando! ¡Eso no puedes hacerlo en este pinche país! ¡No hemos llegado ni vamos a llegar al grado de andar de cuentachiles y no poder comprarnos ni unas pinches papas!”. (Se vuelve a evidenciar su amor patrio.) Volteo a mi contertulio (no proporciono su nombre para que no le echen carrilla sus compinches) y me deslumbro un poco (hay un foco arriba de su cabeza). Mi contraataque se concentra en un: “¡Ya crecerás!”, que sale de lo más profundo de mi pecho. Acto seguido, me doy media vuelta y salgo a la calle. Ahí me espera el inequívoco escenario: día a día, la gente se ve más y más taciturna.

Noctívago

Florecimiento

Por Juan Pablo Picazo

Hay una mujer
que con la sangre
de mi amor regada,
ha florecido.

De su lenta eclosión
me han llegado
el llanto y la risa
en estado original;
y los ojos, los labios,
las manos del amor en estado puro.

Se abisman mis pensamientos
en un balbuceo,
mis viejas ambiciones
se diluyen como leyendas
que ya no son contadas,
y me pierdo
en esa caricia
de una mano breve
que no ha madurado.

Y olvido quién soy,
o si no tengo lectores,
y olvido si dicen
que no suelo escribir
como los amos
de todas las ediciones
y premios.

Y soy sólo
ese divertido alguien
a quién jalar el cabello,
o sobre quién
dormir una siesta.
profunda.