Entreluz

La lluvia locura

Por Alberto González Carbajal

Hacía realmente muchos años que no lo hacía, por lo menos de manera deliberada, lo confieso. Creo que fue más tiempo del que podría permitirme en mis años más poéticos; sin embargo, últimamente se me habían juntado tantos días de tensión, tantas presiones de todo tipo y esa sensación de que si me descuidaba me iba a terminar cargando el payaso… que todo ello acabó por romper (maravillosamente) mi cordura. Así que, hace unos días, al salir de una reunión de trabajo y encontrarme con un bruto chubasco que me impedía llegar adonde había estacionado mi auto (por supuesto, iba con uno de mis mejores… o, debería decir, uno de mis pocos… trajes, mis zapatitos de dominguear recién boleados, bien peinadito y, claro, sin paraguas que cubriera por lo menos mi cabeza), me hallé frente a frente con ese viejo llamado a romper el orden del día.

La gente se arremolinaba y se “arrejuntaba” a la salida de ese edificio de Paseo de la Reforma. Nadie quería atravesar la gran puerta y dejar el techo que los protegía. Conforme arreciaba la lluvia llegaba más y más gente, hasta que fue casi imposible respirar; demasiados olores a ropa mojada, a mal humor (y malos humores) y a perfumes deslavados; las voces quejándose del clima y esas aisladas risas, ajenas, que sonaban como cascabeles en mi ya de por si atribulada cabeza, terminaron por dar al traste con mi ecuanimidad.

Me abrí paso como pude hasta la salida. Las personas a las que le solicitaba que me permitieran avanzar me veían como con espanto; en sus gestos era muy evidente que no entendían bien a bien a dónde me dirigía. A esas alturas yo, la verdad, ya había dejado de razonar; sólo me estaba guiando por un sentimiento extraño, ese llamado antiguo y realmente difícil de explicar. Después de unos minutos, que comenzaron a poblarme de angustia, pude llegar al borde mismo de la salida. Nunca un elegante edificio de la calle más chic de México (la que fundó el mismísimo emperador Maximiliano) se pareció tanto a un vagón de metro.

Ni siquiera lo dudé: comencé a caminar entre la fuertísima lluvia. En un segundo perdí la visión y me tuve que quitar los anteojos; las gotas golpeaban tan fuerte que muy a mi pesar tuve que inclinar un poco el rostro: dolían. No aceleré el paso, dejé que el aguacero se hiciera uno conmigo. A mi lado pasaba gente corriendo, y más me veían como un obstáculo que como una curiosidad. Un ciclista que avanzaba con precaución en su carril confinado casi se estampa cuando me siguió con la mirada, azorado de que yo avanzara a un paso y con una actitud casi normal, como si estuviera en el más templado de los días. Alcancé a escuchar a una señora que, gritando para hacerse oír sobre el chubasco, le decía a su hija, mientras estaban resguardadas en el techito de un edificio: “Mira al señor, m’hijita; ¿ves por qué son malas las…?”, o algo así. Nada difícil me fue terminar de armar la frase. Así de ajeno a la realidad me veía la gente.

Pero, ¿saben qué? En esos locos minutos… ¡fui feliz! Y el resto del mundo, durante el rato que atravesé el diluvio para llegar adonde había estacionado mi auto, me vino valiendo un soberano cacahuate. No hubo raciocinio, no hubo cálculo ni evaluación, sólo puritito, creo, corazón. Y éste, como les he dicho en ocasiones anteriores aquí mismo en La Hormega, me resulta casi imposible de explicar. Y yo, que gano el pan nuestro de cada día proyectando y haciendo cálculos y escenarios posibles, procuro aferrarme a la razón.

Pero de esta experiencia sale un breve, por llamarlo así, “consejo”, que quiero darles hoy: Si sienten que la vida los está pandeando, róbense unos minutos y déjense llevar por la lluvia… o el viento o la noche; suéltense el chongo, aunque sean calvos. A mí me funcionó maravillosamente. Hasta volvió la sensación de poesía que lo acompaña a uno en tiempos de adolescencia. A la angustiosa locura del mundo, respondamos con la estimulante locura de la vida.

2 thoughts on “Entreluz

  1. Cristina González 9 junio, 2013 / 18:30

    ¡Ah, qué padrísimo relato! También he sentido esa felicidad después de hacerme amiga de un buen aguacero. Claro que es muy estimulante y nos recuerda que estamos vivos. Y si después de eso te metes, empapado todavía, a una cafetería a tomarte un cafecito caliente, ¡cierras con broche de oro!

  2. Gloria 31 mayo, 2013 / 13:33

    Creo que describes muy bien la situación y que nos ofreces un buen consejo: por lo menos a veces deberíamos dejarnos llevar por la estimulante locura de la vida. Gracias.

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