Yo lector

La puerta cerrada de Dios

Por Juan Pablo Picazo

“El arte es un constante descubrir. No se da reposo en su afán explorador, en su sed de hallazgo, aunque navegue por mares muy surcados y manipule, en sus experimentos, las fórmulas más conocidas.” Detrás de esta afirmación de Pedro Salinas se encuentran varias de las preguntas más antiguas del hombre: ¿Qué es el arte? ¿Quién es el artista? ¿Qué es la inspiración? Una constante en la vida de esos hombres y mujeres conocidos genéricamente como artistas -no confundir con estrellas-, es que mueren en medio no de una búsqueda cualquiera, como el resto de los mortales, sino en La búsqueda, sin haber dado nunca con la obra maestra tan anhelada.

En una de sus más imponentes obras narrativas, El perseguidor[1], Julio Cortázar nos cuenta los avatares de Johnny Carter -personaje cuyo modelo fue Charlie Parker-, el jazzman norteamericano cuyas magistrales ejecuciones e improvisaciones en el saxofón demuestran que está llamado a ser grande entre los grandes. Cortázar desarrolla en esta obra un verdadero ensayo en torno a las preguntas antes expuestas sin que aparezcan explícitas, y hace un despliegue de cosmopolitanismo que a los críticos de su época les parecía chocante y que, luego de una tradición literaria hispanoamericana concentrada en el localismo y lo folklórico, resultó un gran éxito y refrescó la América literaria.

La marihuana, el alcohol y un ansia constante, son las características prominentes de este personaje que padece alucinaciones y períodos de ausencia de la realidad que le hacen incomprensible o lamentable a los ojos de los normales, quienes, sin embargo, quedan atrapados en la magia incoherente de sus palabras durante tales episodios sin que puedan evitarlo, sólo para liberarse de su influencia como de un sueño tan pronto como abandonan la misma estancia que Johnny ocupa y regresan a su cotidiano y rutinario andar.

En la conciencia de Johnny, lo inalcanzable (acaso la poesía, esencia de todo) es una puerta cerrada que no tiene chiste abrir con el picaporte, sino despedazar a puñetazos y patadas, o, mejor aún, obligar a quien está del otro lado (acaso Dios, según la mente de Johnny) a abrirnos a través del arte, en este caso de la música.

Y mientras mayor es el virtuosismo de Carter y conquista la admiración de toda clase de personas, desde marquesas adineradas hasta legos en materia de jazz, más fuertes son sus alucinaciones, sus ausencias y, lo peor de todo —¿o lo mejor acaso?—, es más profunda la insatisfacción que su música le deja a pesar de que el mundo jura que toca mejor que los ángeles.

El protagonista de El perseguidor muere en el punto más agudo de su insatisfacción, de su desencanto, de su búsqueda, y lo hace maldiciendo a quienes han grabado las últimas de sus más excelsas improvisaciones: Amorous y Streptomicyne, mientras es acosado por la visión de un enorme campo sembrado de urnas funerarias que contienen anónimas cenizas.

Johnny Carter se duele de sí, de la muerte de su pequeña Bee, del mundo que rueda sin intención y sin intensidad, del que se guarda en la molicie del equilibrio emocional y financiero viviendo en la apacibilidad de la vida que sólo puede lograr el bueno, el responsable ciudadano que cuida de su familia y sus intereses cumpliendo, además, con el Estado; todo ello resumido en repentinas frases como “Yo sólo soy un caballo amarillo…” “Esto lo estoy tocando mañana…” “El nombre de la estrella es Ajenjo…” pronunciadas como quien ha descubierto una nueva ley universal y ha de convertirla en algo público y notorio.

“…A mí me perseguía desde hacía varios meses una historia, un cuento largo -refiere Julio Cortázar en torno a El perseguidor– en el que por primera vez me enfrentaba con un semejante (…) hay una ruptura en ese cuento porque en todos los precedentes, los personajes pueden estar vivos, pueden comunicarle algo al lector, pero si se analiza bien son marionetas al servicio de una acción fantástica. (…) Era la primera vez que se me planteó (…) el enfrentamiento con un semejante, con alguien que no es un doble mío, sino que es otro ser humano que no está puesto al servicio de una historia fantástica, en la que la historia es el personaje, contiene al personaje, está determinada por el personaje.”

El genio descerebrado, el emotivo temperamento de Johnny Carter -quien no es del todo Charliy Parker- está tan feroz, tan desesperadamente definido en esta obra de Julio Cortázar, que cuando Juan Carlos Onetti lo leyó, se encerró en el cuarto de baño de su casa y rompió el espejo de un puñetazo. Es más, Cortazar llegó a declarar que sin El perseguidor no habría existido Rayuela, considerada su obra más importante, porque significa el descubrimiento de su prójimo, de sus semejantes. Explica: “…Me di cuenta muchos años después que si yo no hubiera escrito El perseguidor, habría sido incapaz de escribir Rayuela. El perseguidor es la pequeña Rayuela. En principio están ya contenidos allí los problemas de Rayuela. Según Cortazar El perseguidor es “… el problema de un hombre que descubre de golpe que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta (…) son dos individuos que cuestionan, que ponen en crisis, que niegan lo que la gran mayoría acepta por una especie de fatalidad histórica y social.

Entra en el juego, vive su vida, nace, vive y muere. No está de acuerdo y tienen un destino trágico porque está en contra.”

Johnny -¿Charlie?- sabe que si la puerta cerrada de Dios ha de abrirse tiene que ser a través del arte o si no por otros medios, pues estima que a veces es necesario “… desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos…” y no dejarse convencer por las trampas existentes en el mundo para que uno se conforme, para que crea que todo está bien como está.


[1] Cortázar, Julio El perseguidor, Alianza Editorial, colección Alianza Cien, México, 1993. pp. 93

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. LE dice:

    Excelente texto, maestro.
    “… el problema de un hombre que descubre de golpe que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta…”. Este malestar biológico-ontológico (dirían los pilósopos) es la fuente, en efecto, de Rayuela y probablemente de casi toda neurosis, de casi todo arte, de casi toda sed divina. Recuerdo que expresé mi propia queja, por ahí de los 23 o 24 años, de este modo:
    Horrorízame
    hallarme
    habitado por
    huesos.

  2. Gloria dice:

    Que difícil resulta “no dejarse convencer por las trampas existentes en el mundo para que uno se conforme”. Estupenda interpretación y análisis. Gracias.

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