Cosas pequeñas

(También) “Una mujer en la tierra”

¡Reinas y magas de Persia,
encantadora Circe,
sublime Sibila!, ¿en qué
os habéis convertido?

Jules Michelet

 

Para los hombres es más fácil. Su naturaleza es simple: cazar y combatir. La mujer es más compleja. Ella imagina, da vida, sueña. “La naturaleza las ha hecho hechiceras. Es su propio genio, su temperamento femenino. La mujer nace ya hada. En los periodos de exaltación se convierte en Sibila, por amor en Maga, por su agudeza o astucia en Bruja”.

Nadie creería estas palabras ahora (excepto por las que se refieren a la simpleza de los hombres). Ni siquiera una mujer: menos que nadie una mujer. Lejos quedaron los días en los que éramos un misterio. Ahora no hay ningún secreto. Éste se sustituyó con moldes, estereotipos: la mujer virginal, la romántica, la lolita, la femme fatale, la intelectual, la secretaria, la esposa, la madre, la puta, la tonta pero bonita, la inteligente pero fea. La mujeres nos volvimos, sin notarlo, seres planos.

¿Qué sucedió? No diré, como las feministas, que la cultura masculina es responsable (ya dijimos que ellos son más bien simples. ¿Serían capaces de semejante elucubración? Imposible). Ni siquiera la cultura en general, aunque no niego que la sociedades tengan una influencia en nuestro comportamiento e ideas (es suficiente con observar cómo, generación tras generación, siguen inculcando las mujeres a sus hijas estos moldes, que no modales). Pero más bien, me parece que se trata de un dilema existencial. Las mujeres olvidamos cómo ser mujeres.

¿Cuándo abandonamos, cobardemente, nuestros sueños? ¿En qué momento dejamos de anhelar ser protagonistas de nuestras historias? ¿Por qué desatendimos nuestra fe en la magia? ¿Cómo nos convertimos en puro cuerpo sin alma o, las muy devotas, en pura alma sin cuerpo? ¿De qué manera aceptamos convertirnos en calcas unas de otras? ¿Cuándo y por qué aceptamos someternos a lo escueto? ¿Cuándo nos volvimos tan insulsas? ¿En dónde perdimos la espontaneidad? ¿Cómo decidimos adorar a los dioses equivocados?

Cuando hemos eludido preguntarnos qué siginifica ser mujer los mitos, las leyendas, incluso la naturaleza (jamás los hombres, por favor. Ya dijimos…) están ahí para evocarlo. ¿Por qué no invocar, entonces, a una diosa para recuperar el recuerdo de nuestra condición?

Madre Kali, diosa hindú, creadora del universo, mujer sabia, espíritu libre, presencia exquisitamente sutil. Podemos aprender todo de ti. Furiosa debes estar de ver en lo que nos hemos convertido. Mujeres “exitosas” a toda costa; profesionistas o trepadoras, o ambas. Mujeres capaces de vender su alma (aunque nunca por amor), ya no. Se vende el alma por la misma razón por la que siempre se ha vendido el cuerpo: (¡qué vulgaridad!) por dinero. Si fuera por conocimiento (Ah… Fausto. —Resulta que no todos ellos son tan simples) o por pasión, te sentirías orgullosa. Mujeres obvias en sus deseos idénticos. Literales. Intercambiables. Monótonas. Homogéneas. Expuestas. Dispuestas. Constantes. Convenientes. Equilibradas. De belleza previsible, uniforme, evidente, legítima, lógica, plagiada. De espíritu… (no), sin espíritu. Vacuas. Pusilánimes. También sacrificadas, débiles, apáticas, apagadas, disminuidas. ¡Decentes y recatadas! Fraudulentas y desleales. Reales y realistas. Kali, mujeres de parodia.

Diosa negra de los cuatro brazos y abundante cabello despeinado. Aterras a algunas personas. Desnuda pero adornada. Sacas la lengua, lujuriosa. ¿Qué nos enseñas? Si te preguntamos, misteriosa Kali, cómo debería ser una mujer, ¿qué nos respondes? Cuando te miramos, ¿qué aprendemos?

Creo, Kali, creo que te entiendo. Creo que la feminidad es puro símbolo. Jamás, jamás lo obvio. Nunca los signos que los hombres nos atribuyen (¿por eso pisas a Shiva?). Más bien una manera de vivir, de imaginar, de jugar. La incertidumbre, la magia, incluso la locura. Significar. Trastocar. La mujer es la mensajera de misterios infinitos. La creadora de aventuras insólitas. La tejedora de historias. La que recuerda el sentido de las pasiones. La que sale a caminar hacia ninguna parte. La que se detiene a mirar una rosa. La que siente curiosidad por las cosas nocturnas.

Creo que en este mundo nuestro deber como “ellas” es no conformarnos con cualquier modelo de vida. No andar a ciegas y, en cambio, saber distinguir y poder rechazar una identidad impuesta o insinuada. Nuestra naturaleza busca otra cosa: algo especial, único, soberbio. Una vida que se acerque lo más posible a nuestra verdad, a la bondad, a la belleza y al amor. Quizás (se me ocurre) una vida en la que procuremos el misterio y los hechizos, sólo para hacerla misteriosa y mágica. Una vida llena de sabiduría inútil porque, a final de cuentas, ¿de qué sirve ser sabio? Una vida en la que la realidad no nos delimite. De todos modos, ¿qué es la realidad? Una vida que no esté sostenida por la razón porque más allá del pensamiento, mucho más allá, sigue el mundo. Una vida sin miedo: debemos tener compasión de nuestra condición de mortales. Una vida sin las palabras ni la presencia de quien no puede: esa no es una vida. Hacer lo que está prohibido: ¿Quién se atrevió a clasificar actos? Finalmente, una vida para ser lo que somos porque llegará el momento en el que ya no seremos. Eso también le pasa a una mujer en la tierra, aunque eso sí, tú, (diosa Kali) nunca lo sabrás.

Anuncios

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Angel Carlos dice:

    En efecto, la mujer se ha dejado enajenar casi hasta el punto de desnaturalizarse.
    Parece que empieza a reaccionar. ¡Ojalá se yerga otra vez en toda su magnificencia!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s