Concurso de cuentos de la Ibero (2013)

Segundo lugar

La sonrisa para después

Por Tisbhe Durand Ramírez

Una calle más y estará ahí esperándome como siempre aquel vestido amarillo vainilla con un lazo que aprieta la cintura y termina con un moño que encaja perfecto en el arco de la espalda, puesto en esa torpe maniquí donde luce mejor que en mí. Esa es la razón por la que todas las tardes, de regreso del trabajo, desvió mi camino sólo para pasar frente a él. He estado platicando con el vidrio que nos separa y me ha confesado que la próxima semana habrá rebajas así que es la única oportunidad que tengo para tenerte y por fin quitárselo a esa presuntuosa maniquí que me restriega que es ella quien lo tiene y yo no. Me siento en la banqueta del otro lado de la calle, con los codos y rodillas chocando y las palmas de mis manos en los cachetes esperando una idea para conseguir dinero rápido. Mientras espero mi salvación pasan dos mujeres y miran el vestido; algo raro sucede: la maniquí no se mueve. Es la primera vez que veo que se queda quieta ante la presencia de otros que no sea yo; maldita maniquí egoísta y hermosa, seguramente es la envidia de las demás maniquíes que no son tan perfectas como ella, la portadora del vestido amarillo vainilla con un lazo que aprieta la cintura y termina con un moño que encaja perfecto en el arco de la espalda. Me encantaría ser esa maniquí y usar el vestido todo el día. Vuelvo a cruzar la calle ahora con mi salida fácil de dinero y pego la nariz al vidrio para verlo más de cerca; la maniquí me fija la mirada, yo le respondo con la mía, ella sonríe, desliza sus manos por su cintura talla cinco acariciando mi vestido, yo respiro hondo, golpeo el vidrio con las manos y ella cambia de posición. Una vez más se ha jactado de tener el vestido strapless y nadie más que yo la ha visto contonearse presuntuosa. Regreso por mis mismas pisadas de desvío, las manos me sudan; bastará venderle al apuesto joyero dos o quizá tres perlas suyas para poderlo comprar, ¿pero cómo sacar esas deliciosas perlas de su boca? No existe tanto tiempo como para esperar a que se caigan solas, así que no importa cuánto duela sacarlas de esa cueva húmeda, el vestido vale la pena. Tomar una roca más grande que la mano sería el primer paso. Pensaste tu plan rápido pues la semana de rebajas no te contemplaría mientras consiguieras el dinero. De camino a tu casa llevabas la mirada baja para encontrar una roca lo suficiente grande para seguir con tu idea, ninguna satisfacía tu necesidad, quizá porque tenías manos considerablemente enormes o porque de camino las piedras eran muy pequeñas. Pero eso no importa, antes de llegar encontraste un jardín delimitado por piedras de río blancas, lisas y más grande que tu mano, simplemente perfectas, te acercaste como si nada, tratando de no llamar la atención, te agachaste con mucha habilidad y tomaste la piedra más gorda; intentaste sonreír pero no había tiempo que perder, ciento cincuenta pasos más y llegarás a tu casa, buscaste rápido la llave en las bolsas de tu pantalón y la encontraste sin retraso pues era la única cosa que llevabas ahí. Abriste la puerta de tu casa y dejaste la chapa mojada de tanto sudor, pero ¿qué te hacía dudar tanto si el vestido valía la pena? Al escuchar las llaves dando vuelta en la chapa tu hijo descubrió tu llegada y ya te esperaba detrás de la puerta. “Hola, mami”, decía mientras te abrazaba y te sonreía.

“Un golpe justo a lado de esos dos dientes de enfrente que parecen de conejo será conveniente”, pensaste al ver las perlas que se asomaban tras la sonrisa de tu primogénito. “Lávate las manos que ya vamos a cenar”, dijiste mientras le acariciabas el cabello. Le regalaste la última rebanada de pastel que quedaba en el refrigerador para, según tú, recompensar el próximo acto, como si eso desvaneciera el dolor. El heredero del color de tu cabello te dio un beso en la mejilla y subió corriendo a lavarse los dientes. “El vestido vale la pena”, con ese pretexto tomaste la roca y subiste los escalones, “¿mi amor, dónde estás?”. Trataste de sonar lo menos nerviosa. Daniel salió corriendo de su cuarto, a cada paso tu corazón se llenaba más del vestido amarillo, lo tomaste del brazo, él te sonrió pues confiaba que jamás le harías daño. Pero siempre hay una excepción a la regla. Respiraste hondo, apretaste los ojos y azotaste la piedra en la boca del niño. El grito que emitió te desgarro el alma, pensaste que se había roto las cuerdas vocales, el niño seguía gritando y no paraba de llorar, el golpe seguro le calo la nariz y subió a su frente. Pero el vestido era hermoso. Le limpiaste la sangre, recogiste las tres suculentas perlas y las fuiste a limpiar con su cepillo de dientes. Daniel seguía llorando cada vez con más fuerza, te acercaste a revisarle la herida, al principio no se dejó tocar por tus crueles manos, retrocedió y resistió lo más que pudo pero después cedió a tus encantos maternales. Metiste tus monstruosos dedos en su boca con toda la intención de buscar el rastro de alguna perla que se hubiera quedado atorada, por suerte para tu hijo ya no quedaba ningún pedacito de perla en los nuevos huecos de sus encías. Las lágrimas no paraban de bajar por sus pálidas mejillas espantadas, las secaste con las mangas de tu blusa. “Mi amor”, le dijiste como acostumbrabas. “Primero el vestido y la sonrisa para después”. Lo cogiste entre tus brazos, lo acostaste en su cama y saliste febril de su cuarto para meter las perlas ya secas en una cajita. Te quedaste dormida con ellas en la mano acostada en el sillón que empujaste cerca de la puerta principal para salir rápido, lo más temprano posible. Nada era lo suficientemente importante más que dormir para que llegara más rápido la mañana. Nada, ni que tu hijo no dejara de llorar o que se quedara dormido por el dolor, con ardor en la garganta y sabor a fierro, envuelto en las lágrimas que no cesaban. Que maravilloso sueño tuviste, eras tú y el vestido frente al espejo de la tienda; el vestido se elevaba tras varios giros que diste dejándote lucir tus largas y casi torneadas piernas, sentiste húmedos los pies bajaste la mirada pero no viste nada más que el piso de la tienda. Despertaste de golpe pues el agua ya la sentías cerca de la rodilla que tenías colgando, te sorprendió ver tanta agua pero nada era más importante que vender las perlas. Si tan sólo te hubieras detenido sabrías que tu hijo llenó de lágrimas todo el suelo de abajo. Caminaste con dificultad a la puerta, con tu bolsa de mano y la caja con tu tesoro, la abriste y toda la casa se vació, resbalaste un poco al salir pero no podías permitirte perder el tiempo de esa manera, esta vez no podías caminar y tomaste un taxi hasta el joyero, ninguna de las preguntas clásicas de la mañana te atormentó esta vez. “¿Podría apurarse?”, le dijiste al taxista. El viejo taxista con mala cara se apuró lo más que pudo para no volver a escuchar tu caótica voz; tomó un atajo, estacionó el taxi de golpe y extendió la mano. Le diste la mitad del dinero que traías con la esperanza que fuera suficiente, él cerró la mano y subió los seguros de su coche. Tú bajaste corriendo y entraste en busca del apuesto joyero. Dejaste las perlas en su escritorio, él abrió los ojos lo más grande que su cavidad orbitaria le permitió pues jamás había visto algo semejante. Se quedó callado más del tiempo que esperaste estar ahí y por fin habló.

–Yo no poseo tanto dinero como para darle lo que se merece por estas riquezas.

–No me importa, sólo necesito lo suficiente para el strapless de rebaja.

–En ese caso, dijo el joyero metiendo dinero en un sobre, con esto es suficiente.

Guardaste el sobre en tu bolsa y saliste sin darte cuenta que acababas de resolver los problemas económicos de toda la familia del joyero. La tienda donde vendían el vestido estaba muy cerca del nuevo joyero millonario, así que sólo seguiste corriendo hasta donde estaba la maniquí. Te paraste frente al vidrio que los separaba y escogiste una frase para decirle a la vendedora. Entraste decidida y relajada pues el vestido ya era tuyo.

Busco a la vendedora por los pasillos llenos de ropa estratégicamente doblada, volteo la cabeza por todos lados pero al parecer no hay vendedoras laborando. Camino hasta la maniquí, le miro la espalda y ella voltea. Una vez más lo estaba haciendo y nadie ve. Subo el escalón alfombrado que le daba el aire de superioridad a la maniquí e intento desnudarla; ella, como ya era de esperarse, no se dejó. Me toma de las muñecas y las aprieta con toda su fuerza, por un instante pienso en soltar el vestido, pero éste vale la pena. Logré soltarme, bajarle el cierre y quitárselo del tronco pero no de sus manos de alabastro. Estrujé el vestido con mis manos y giré con él, la maniquí perdió el equilibrio y tras una patada al estómago cayó por el escalón. Al tocar el suelo indiferente se rompió en muchos pedazos. Los demás maniquís se acercaron a su amiga rota y levantaron la mirada de odio contra mí. Salí corriendo a casa abrasando mi vestido, pero ya no tenía la misma energía que hace un momento, a cada paso era más lenta, por un momento pensé que me volvería de alabastro como la maniquí, no obstante todo se arregló cuando me senté un poco para recuperar el aliento. Cuando llegaste a tu casa la puerta seguía abierta como la dejaste y eso fue una suerte porque mientras peleabas perdiste todo excepto tu premio. Mientras subías a tu cuarto te quitaste toda la ropa, estabas tan concentrada en ponerte el vestido que no te percataste que desde hace dos cuadras tus zapatos hacen ese ruido chistoso que se escucha cuando pisas un charco y que el sonido seguía hasta el cuarto del niño. Cerca de tu cuarto te quitaste la última prenda y te enfundaste el vestido frente al espejo. Te quedaste horas contemplándolo, algo no te convencía de él, inclinaste la cabeza a la derecha, y diste media vuelta a la izquierda, sumiste la panza, sacaste la nalga y algo seguía sin convencerte. “Quizá sea este espejo. Debo verme en el espejo de la tienda”, pensaste. Pasaste por el cuarto de Daniel y lo viste jugando con sus carritos, seguía llorando pero ya no tenía la cara que puso en la noche. Todos los niños tienen esa envidiable capacidad de sufrir un rato y al minuto siguiente olvidar que pasó algo, y él lo había hecho con la misma naturaleza de cualquier niño pero con la diferencia que le seguían brotando lágrimas. Al verlo tan tranquilo cerraste la puerta de su cuarto y regresaste a la tienda con toda la intención de verte en ese espejo. Cuando entraste no había rastro del maniquí roto, al parecer lo habían recogido todo y faltaban cuatro maniquíes de la tienda. Te paraste frente al espejo mudo de la tienda, un espejo más honesto que el de la cruel madrastra de Blanca Nieves, con la esperanza de que tu imagen fuese distinta a la vista en tu casa. Comprobaste la fehaciente sinceridad del espejo, no obstante sonreíste al ver el reflejo del espacio vacío de la maniquí, justo atrás de ti; subiste sin pensarlo al parnaso e hiciste una pose digna de la maniquí más cotizada por Victoria’s Secrets. Me quedo muy quieta mientras pasa una pareja que me confunde con un maniquí por mi falta de movimiento. Se ríen. Al principio creo que es una sonrisa de agrado, pero no es así, es de burla, por lo ridícula que te veías del otro lado del cristal, así que esperaste para probar suerte con otra persona, pero fue lo mismo una tras otra. Una personita muy húmeda se acerca al cristal y al fin me muevo, pero no para cambiar de posición sino para ahuyentar a mi hijo que sigue llorando. “Que se vaya este niño que me va a hacer ver fea”, pensaste mientras sacudías las manos, arrugabas la nariz y volteabas los ojos. Creíste que podías culpar al niño por la falta de miradas lúbricas. Mientras perdías el tiempo, remedo de maniquí, los demás maniquíes arreglaban a su compañera, pero la envidia las hizo no dejarla tan hermosa como antes, la arreglaron con la firme fe de que regresara a la vida pues era un verdadero deleite para todos verla. Cuando pegaron la última pieza la maniquí se paró de un solo impacto pero esta vez no era de piel lisa y perfecta, de una sola pieza. Era ahora un rompecabezas andante, de piezas en todos los tamaños que la hacían lucir fea. Tú seguías parada firme sobre el escalón ignorando todo y presumiendo tu strapless pero ya los pies te dolían a pesar de no tener puestos esos zancos que todos llaman zapatillas. “Ser maniquí es muy cansado”, te decías entre dientes, sin quitar esa necia sonrisa, cada vez que querías sentarte. Un poco más, un poco más. No, ya el cansancio es demasiado. Me decido bajar del escalón pedestal para sentarme, pero el espejo de nuevo me llama. Otra vez frente al espejo me propongo girar cuando la maniquí que había roto me pone la mano en el hombro, volteaste para defenderte pero ella fue más rápida. Te clavó un pedazo de ella justo en tu hígado y le dio vuelta a su muñeca. Caíste de rodillas, la maniquí se puso tu vestido, todavía la viste cuando se subió al escalón antes cerrar los ojos para siempre. La maniquí, con aires de victoria hizo una de sus poses favoritas y se deshizo toda dejando el vestido extendido en el suelo, lleno de sangre y restos de alabastro. Dejando al espejo pensando. “Quizá nunca exista alguien lo suficientemente radiante para portar el maldito vestido amarillo”.

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3 comentarios sobre “Concurso de cuentos de la Ibero (2013)”

  1. Al menos es mejor que cualquier cuento de Julia Cuéllar, egresada de la Universidad Iberoamericana León.

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