Concurso de cuentos de la Ibero (2013)

el

Mención honorífica

Delhi o la inexistencia de los pájaros

Por Daniel Villegas Andrade

I.

Un hombre que busca la estación escucha soflamas por intervalos, ininteligibles. Se acerca a la bocina, pega la oreja esperando una respuesta y los cambios de voz, de ruidos que entorpecen la estación predilecta. Luego, como por magia, la voz empieza a tomar tono. Detiene el movimiento de los dedos que giran el sintonizador. Ecualiza las bocinas. La voz reconocible del locutor se esparce por el cuarto. Mira a su alrededor y camina a tientas. Se aleja de la radio. Se sienta en la silla y vislumbra a través de la ventana, un atardecer que no tiene nada de diferente, sólo los árboles que se ven caídos que reflejan su lobreguez, en el suelo. El lugar de los olvidados. La señal se empieza a perder y una presencia cierra la cortina. La presencia desaparece. La ventana con el límite. El atardecer se borra. El hombre se duerme y espera a que lo despierten.

 

II.

El sueño toma su curso. El hombre permanece dormido en la silla, en el cuarto, en la soledad, en la podredumbre. Un poetastro abandonado sin más prosa que recitar. No existe ruido en la oscuridad. Los ronquidos se mezclan con el vacío. Improvisadamente despierta asustado. Palma su hombro derecho con la camisa de cuadros encima, como para sentir el hálito de una mano más, una distinta a la suya. Y nada. Piensa que alguien de manos frías acarició su hombro derecho. Se levanta de la silla lentamente para observar a sus alrededores, para buscar una presencia. Se dirige lentamente hacia la ventana, para correr la cortina y dejar que la noche se esparza por el cuarto con libertad. Mientras, va a donde la radio y trata de sintonizar otra vez. Se acuerda del día anterior, en especial del programa de cine. Se pregunta por la estación ya que al parecer la ha olvidado. Busca. El movimiento de los dedos girando el sintonizador. Lo abandona con rechazo y desesperación. Camina con despecho hacia la cocina. La cafetera está lista con café caliente. Una taza que obtiene de las repisas más altas. Sirve café mientras el humo se dispersa y llega hasta el techo, moviéndose más rápido que la caída del café dentro de la taza. El olor que ama el hombre, recorre por su nariz hasta crear la esencia perfecta. Abandona la cafetera; que permanezca calentándose enchufada. Envuelve las paredes de la taza sin tocar el asa, y siente el calor transmitido del café a la taza, de la taza a sus manos. Uno de sus momentos favoritos de la vida. Perpetúa el dulce y deja posar la taza en la mesa de la cocina. Busca el frasco con azúcar en la alacena y lo encuentra. Mete una cuchara dentro del frasco para endulzar su café. Al final se arrepiente y deja su café sin endulzar. Abandona el frasco en un lugar de origen diferente. Y toma, poco a poco, el café, que solía acompañar con otra taza y unas manos frías como el agua en las mañanas. Se termina el café. Escucha ruidos generados por la radio y la voz del locutor especialista de cine. El recuerdo circunda en la memoria, e hilvana, lentamente, espacios cortados, de cascajos, de imágenes que algún día tuvieron lugar. El rostro y los cabellos. Los labios mudos e incitantes, que callan al ser besados. Tentado por efímeras ilusiones, tristemente, las borra. Decide entonces ir a la habitación para dormir envuelto en sábanas que solían ser compartidas.

 

III.

Despierta con la luz sobre su cara. Los pájaros no existen, por lo tanto no hay cantos de pájaros, pero si una almohada más, que parecía tener un peso sobre ella, por las arrugas que se formaban entre la tela. El hombre cae de la cama, luego del susto y sus posibles alucinaciones. Pegan primero las rodillas y se queja. La alfombra guarda pelusas entre sus tejidos y basuras pequeñas como las hormigas que son invisibles para alguien que no se percata de los detalles, además del olor a viejo. Se para apoyándose en el borde de la cama, con esfuerzo logra ponerse de rodillas. Se cree capaz y logra ponerse de pie. Camina hacia el baño para lavarse la cara. Se imagina ante el espejo con vestigios en el rostro de un hombre que amó una vez, un somnoliento que ahora, quizá, vive solo. El cepillo y la pasta dentífrica de siempre están ahí, abrillantándose con los colores que poseen; se alejan del fondo blanco del lavabo. Cepilla los pocos dientes que le quedan y escupe los restos de comida y pasta dentífrica, después de enjuagarse con agua fría de la mañana. Se seca con la toalla. Espera mirándose en el espejo. Allí, en el cristal, el reflejo. El hombre mira a otro que no es tan incomparable, pero que con el “tan” alberga una posibilidad. Un posible álter ego o el hombre que antes amó. El segundo se encuentra fuera del reflejo, y el otro está allí, esperando a ser el único de los dos.

Ya vestido con ropas limpias, sale del cuarto hacia la biblioteca. Se le ocurre ir por un café. Al entrar a la cocina con entusiasmo, su cara dibuja una expresión de desaliento: la cafetera está desconectada. “La dejé prendida ayer en la noche”, piensa. La conecta al enchufe y mira la alacena cerrada, y el frasco de azúcar no está en la mesa de la cocina. Olvida el café y la biblioteca, preocupado regresa al cuarto y toma las pastillas que el médico le advirtió tomar cuando imaginara que no estaba solo y empezara a tener dolores de cabeza. Las pastillas son fuertes y provocan que el hombre se pierda en el sueño. Los ojos se van cerrando, mientras, alguien, para beneficio del hombre, cierra las cortinas e impide la molesta luz. Dormita sin ropas cálidas, lo olvida.

–Los pájaros ya no cantan, porque los pájaros no existen, donde los hombres muertos sí –, dice una voz cerca de la oreja del hombre con ojos cerrados.

Acarician un hombro, dos manos frías.

 

IV.

Talla sus ojos como molesto; está a punto de despertar. El cuarto blanco está iluminado por un gran halo de luz. Los recuerdos poco a poco van tomando forma. Se sienta en la cama, con las piernas tapadas con las sábanas y la almohada a su lado vacía, como los vasos de cristal que se ven después de los vidrios, de las vitrinas, con las figurillas de vidrio soplado y platos de porcelana. Le llega un olor de café de una taza llena, en el buró, esperando. Las volutas viajan, pero se apagan, olvidando así su existencia. Destapa las piernas y con furia derriba la taza; el líquido tripula y cae caliente sobre la alfombra. La taza pierde la forma original, partiéndose en pedacitos desperdigados que jamás tratarán de ser unidos. El hombre se queda inmóvil apreciando el desastre. El café que mancha la alfombra le recuerda a un cuadro de su antiguo artista predilecto: Kandinsky. Camina descalzo, luego de pararse, sobre las impresiones de lo que fue una taza llena con café; no le preocupa lastimarse con las astillas de porcelana. Sale de su cuarto, creyendo que así, que un acto de amabilidad, puede ser borrado.

Camina hasta la puerta de madera, la entrada principal. Sale de su casa y a lo lejos el mar. Camina para acercarse a la orilla y la silla blanca esperando, enterrada en la arena calentada por el fuerte sol y la suavidad. Sonríe. Sus pies se entierran en la tierra húmeda, dejando tras de sí, huellas, y el peso de la arena que recorre sus dedos. Se sienta, mientras su cabello vuela al ritmo del aire. Diminutas corren, las partículas de polvo que se pierden en el tiempo, que jamás conseguirán una inmortalidad. Ve en frente el maravilloso y vasto color. Las olas con el viento arrastran figurillas de seda azul. No hay ruido, sólo el movimiento de las olas.

–Si, quizá, Delhi–, dice como recitando, el hombre, cuidando su tono de voz, –fueras un poco tímida.

–Lo soy–, responde Delhi a su lado, sentada en otra silla blanca, idéntica a la del hombre. Sus ojos negros y cabellos rizados, impactan en la atmósfera.

Delhi saca de una bolsa de sus pantalones cortos, un cigarrillo y el encendedor para fumar. Recorre el cigarrillo por sus manos, como un pincel de un artista, entre las manos delicadas y suaves de una mujer hermosa. Empieza a fumar.

–Deberías ser considerada, joven mujer. Hay veces en las que no sé qué pasa. Sobre todo con tus visitas tan inesperadas.

–No son mis visitas. Tú eres el que me visitas–, lo ve de frente, y deja escapar volutas que se van disipando en el aire. Huellas y un placer de fumar por la mañana.

–No lo creo…

–¿Ves esos pájaros de allí?–, voltea y señala con el índice de la mano derecha, un punto perdido. Delhi es muy hermosa. Su belleza natural es más verosímil, mientras abre sus labios un poco para dejar escapar el humo.

No hay pájaros en donde la señal indica. No existen los pájaros aunque alguien lo indique.

–No hay pájaros, Delhi–, responde el hombre que mira de frente a una mujer. Ella sostiene la mirada en el horizonte, en el mar que se expande hasta el infinito. Donde cree que los pájaros vuelan.

–Sí los hay. Paz dice: “No hay agua pero brillan los ojos”.

–Hay agua pero no brillan mis ojos.

–Ábrelos bien, cariño. Es que no quieres, ¿verdad?

–Delhi, sólo dime por qué me visitas.

Delhi dejó que las palabras se quedaran en el aire, allí, buceando, dispersas en los confines de la nada. Y camina enterrando los delicados pies en la cálida arena. Se termina el cigarrillo y lo tira. El polvo sofoca el fuego de las colillas, se hacen cenizas y se mezclan con el café suave de la arena. Delhi cruza la puerta que se quedó abierta, desatendiendo al hombre. Él se queda contemplando las formas que se esculpen con las nubes en el cielo. Escucha pájaros inexistentes, en donde quizá Delhi punteaba. Pero no ve nada, absoluta soledad, sólo una silla blanca a un lado de la suya. Delhi ya ha cerrado la puerta.

 

V.

El hombre abre la puerta de la entrada, espera en el umbral, antes de cruzar, imagina que, de alguna manera, Delhi está allí, esperándolo para hablar con él y explicarle las recientes vicisitudes, pero ni siquiera sombras se asoman. Decide con pesadumbre caminar hacia su cuarto. Los pasos se hacen eternos en el vacío, los movimientos involutivos, sus piernas, casi rígidas. Las paredes empiezan a tomar su color antiguo, de un rosa claro y algunas zonas carcomidas por la humedad. El piso de cuadros, de azulejos blancos que denotan la suciedad. Se siente faltón, irrespetuoso. Después de todo llega a su cuarto. La alfombra está limpia, tanto el café como las astillas de porcelana han desaparecido. Se dirige al buró de madera, al lado de su cama. Abre el primer cajón y descubre una libreta, la coge. La pluma de tinta negra está en medio de las hojas, esperaba a ser reconocida y usada en algún momento, después de tanto tiempo de olvido.

Escribe delicadamente: “Cerró la cortina; apagó la radio; palmó mi hombro, con sus manos frías; encendió la radio en el programa de cine; se acostó a mi lado, dejando las arrugas sobre la almohada; desconectó la cafetera, y se percató del frasco de azúcar fuera de su lugar, como es su costumbre, lo guardó; me dijo algo a los oídos, después acarició mi hombro; me dejó una taza con café en el buró; y por último limpió el desastre que ocasioné después de tirar la taza.”

Se pregunta sobre sus alucinaciones y no llega a una conclusión. Abandona la libreta en el mismo cajón. Sale de su cuarto, y mientras lo hace, escucha la radio encendida. Música jazz empieza a llenar la atmósfera, el hombre se dirige a donde la radio, temblando. Piensa en el rostro de Delhi y trata de no sucumbir. Mientras más se acerca, las notas suenan mejor en su cabeza, empiezan a tomar forma.

Delhi está allí, en el cuarto donde la radio, fumando un cigarrillo. Sentada en una silla. Cerca de la radio, como apreciando más de cerca la música.

–Has llegado, cariño–, dice con dulce voz, permitiendo que las tres palabras se enreden en las paredes y se concatenen. Se levanta de la silla acercándose al hombre. Abandona el cigarrillo a un lado de la radio gris.

–Vine a preguntarte–, mientras Delhi se acerca dice las palabras. Ella toma sus manos, él las siente frías pero no se resiste, y las mueve como si fuera una maestra de marionetas, las controla, para incitarlo a bailar, en medio de la hermosa música.

–¿Sobre qué? ¿Acerca de las acciones que escribiste en tu libreta?–, danzan.

Él suelta una mano y posa la suya en la cintura delgada de Delhi, la acaricia y siente el calor. Se acerca a su cuello y deja que suspire, mientras ella se eriza como un gato, pero que se deja, porque siente el amor. Él rejuvenece, reciente esa sensación de antes y deja escapar una lágrima, que viaja cayendo hasta su mejilla. Ella toca su hombro, con manos frías, y dice, liberando su hermosa voz:

–Se siente bien, cariño.

–Delhi, ¿por qué te apareces de repente? ¿Por qué no tratas de permanecer siempre a mi lado?–, esta vez las palabras son lastimosas, se escucha, por la voz, que está triste.

–Lo hago. Siempre trato de estar contigo. Con esas pequeñas acciones, que escribiste en tu libretilla.

Ahora se ven de frente, mientras siguen danzando, los ojos miran a los del otro. Él rechaza aguantar la mirada moviéndose para mirar a otra dirección, sin dejar que su mano escape de su cintura y la otra de la mano fría de ella. La mano que posaba en el hombro, con delicadeza, se mueve hacia la cara de él, la acomoda como insinuando que la mirada continúe. La otra mano –para aplicar más fuerza–, surge, y ambas palpan el rostro, en sus mejillas. Se acercan para besarse y lo hacen. Unos labios rojos y provocativos, a la vez fríos –siente el hombre–, plasmados entre la música, el beso y el vacío.

–Quédate conmigo, Delhi.

–Buscaré una solución–, lo besa en la mejilla.

–No quiero que aparezcas sólo de repente. Quiero ir a ver el mar contigo, besarte allí, mientras nuestros pies se hunden en la húmeda y cálida arena. Que apuntes en una dirección inequívoca, los pájaros que según ves –ella deja de mirarlo, él toca su rostro para que lo vea de frente.

–Pero sí los veo, cariño. La cosa es que tú eres una ilusión, no estás donde yo, y por eso no logras verlos.

–Déjate de tonterías, por favor. Todas las felonías que escribí en mi libreta, fuiste tú quien las provocó.

 

VI.

El hombre despertó, esta vez sin la luz sobre su cara: la cortina estaba cerrada. A su lado las marcas en la almohada, de una persona. Las sábanas fueron compartidas. Y una nota allí, en el lugar de Delhi. Decía: “Cariño, no haré caso a tus apariciones hoy y mañana. Haré todos los pendientes y hasta entonces me encontraré contigo”. Se descubrió el cuerpo tapado por las sábanas y fue a prepararse un café. Guardó el frasco de azúcar en su lugar, luego de usarlo; también desconectó la cafetera. Se sentó en la silla donde la radio, y fumó después de tantos años que no lo hacía. Dejaba escapar las volutas disfrutando, que se perdieran, mientras esperaba la llegada definitiva de Delhi. Movió el sintonizador y esperó a que la música se formara. La música jazz se expandía, y de frente veía dos cuerpos felices bailando. Donde el espacio-tiempo no es más que algo nimio.

Salió de su casa después de fumarse tres cigarrillos más. Esperó en la silla, disfrutando del mar. Durmió los dos días, allí, solo, antes de la aparición de Delhi.

 

****

 

En la silla, su cabeza caída, reflejando los fuertes brillos del sol, Delhi acerca su mano lentamente y acaricia sus hombros, con las manos frías, del hombre que la estaba esperando. Él sonríe al verla y talla sus ojos por la molestia del sol.

–Vamos adentro–, le dice ella.

Él obedece y toma su mano, caminan dejando huellas tras de sí y entran a la casa.

–No alcancé a ver pájaros, cariño.

–Porque no los hay.

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