Yo lector

Oquendo de Amat, leyenda métrica

Por Juan Pablo Picazo

Había una vez un poeta perseguido por un hado tan oscuro, que su vida y obra se conocieron sólo gracias al empeño de un hombre cuya tarea fue viajar al olvido y rescatarlo para nosotros, los desmemoriados del mundo. Este poeta peruano –el Perú es una de las profundas miradas que tenemos pendientes los mexicanos– es una leyenda por derecho propio. Huérfano desde muy joven, vivió en Lima de la generosidad de sus amigos escritores, y no obstante el hecho de carecer de recursos aun para su propio sustento, se dedicó a la tarea de editar la revista cultural Poliedro, en la que publicaba a los autores de su generación, y de vez en cuando uno que otro poema de su autoría.

Hijo de un médico con ideas de izquierda y una madre descendiente de la alicaída aristocracia peruana, Carlos Oquendo de Amat, además de la poesía vanguardista que nos heredó, concibe un pensamiento político progresista que le valió ser perseguido y desterrado. Su ruta por el exilio incluye países como Panamá, México, Francia y España, donde encontró maltrato, indiferencia, desidia y una mortal reclusión, respectivamente.

Su único libro no es tal. Vanguardista como era, creó un códex al viejo estilo medieval, cuyo manejo debe ser acorde con las instrucciones que escribió al principio: “Ábrase este libro, como quien pela una fruta”. Hay que añadir en honor a la verdad que Cinco metros de poemas, como dicha obra se llama, cumple la frutal expectativa, pues ora es dulce, ora un poco agrio, a veces fibroso pero jugoso siempre, según mi personal experiencia de su lectura.

La obra de Carlos Oquendo transita desde el lirismo romántico hasta el perfecto vanguardismo de estilo ya estridentista, surrealista o francamente futurista. Como ejemplo podemos citar la hermosa obertura que es Aldeanita, poema a través del cual se degustan los primeros centímetros de esta obra:

 Aldeanita de seda

ataré mi corazón

como una cinta a tus trenzas

 porque en una mañanita de cartón

 (a este bueno aventurero de emociones) Le diste el vaso de agua de tu cuerpo

 y los dos reales de tus ojos nuevos.

Poema cuya exquisitez contrasta profundamente con Puerto, en donde la música es más bien dura y cuyas imágenes andan a caballo entre el intimismo y la provocación:

El perfume se volvió un árbol

y vuelan los colores de los transatlánticos

En el muelle

de todos los pañuelos se hizo una flor

Va cantando la música lineal de un bote

y el calor pasta la luna

De una taberna

un marinero

saca de las botellas cintas proyectadas de la infancia

El es ahora Jack Brown que persigue al cow-boy

y el silbido es un caballo de Arizona

UN SUSPIRO DETRÁS DE LA MAÑANA.

De Oquendo de Amat nada sabríamos de no ser por el esfuerzo de Carlos Meneses, su compatriota, quien decidió rastrear la vida de este hombre de letras a través de archivos, charlas con viejos conocidos, documentos oficiales, registros hemerográficos y bibliográficos, así como en las calles de Puno, de Lima y de Guadarrama, hasta encontrar, semidestruida, su abandonada tumba en un pequeño cementerio español, pues ese hado oscuro que le seguía se encarnizó tanto con él que incluso la artillería fascista hizo blanco en su lápida.

Hombre que profesa un gran aprecio a la ensoñación infantil del mundo porque en ella está la mirada limpia, capaz de asombro, en Poema del manicomio da cuenta del dolor que significa la llamada madurez:

Tuve miedo

y me regresé de la locura

Tuve miedo de ser

una rueda

un color

un paso

PORQUE MIS OJOS ERAN NIÑOS

Y mi corazón

un botón

más

de

mi camisa de fuerza

Porque hoy que mis ojos visten pantalones largos

veo a la calle que está mendiga de pasos.

Convertido en un autor de culto a causa del mito que le rodea, Oquendo de Amat hurga en los diferentes vanguardismos sin anidar definitivamente en ninguno de ellos. Es un hombre en tránsito que no detiene su paso nunca, y por ello su libro, Cinco metros de poemas, es un reto engañoso: de constitución breve y juguetona, no revela de primera intención la aguda profundidad de sus versos, que, en un andamiaje lúdico, contienen críticas a esa sociedad que el trovador español Víctor Manuel, califica como un buen proyecto para el mal.

Este poeta que profetizó la edad de su propia muerte -30 años– escribió su Biografía en ese único libro suyo:

Tengo 19 años

y una mujer parecida a un canto.

Luego de ello publicó versos esporádicos en revistas diversas. Sus últimos poemas, así como sus escasas pertenencias, fueron condenados a la hoguera por una mera diligencia judicial, ante la inexistencia de herederos. Lluvia, por ejemplo, es uno de esos escasos poemas sueltos que se han recuperado:

 La lluvia

La lluvia

Es la tarjeta de visita

De

Dios

 El teléfono de alguna mamá

 Y en el barro

la lluvia ha hecho dos caminos claros

 Como dos bracitos ingenuos

que pidieran

 ALGO.

 Es de justicia decir que de Carlos Oquendo de Amat y sus Cinco metros de poemas debe decirse aún mucho más, como que el propio autor huía de las etiquetas y los críticos, por lo que adelantándose a ellos solía opinar que “Carlos Oquendo de Amat es un imbécil”, y que, existiendo dos tipos de poesía, la que debe publicarse y la que no, ubicaba la suya en “ninguna de las dos categorías”. Y mientras se curaba en salud, preparaba concienzudamente una extraña Antología de poesía impublicable, que por supuesto nunca dio a las prensas.

Busque Cinco metros de poemas, pélelo como a una fruta y nútrase con sus jugos y sus fibras, no hay mejor dieta para un domingo como éste, le aseguro.

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