Cosas pequeñas

Retrato de un paisaje urbano

Por Anayansi Zozaya

Puede ser que cuando recordamos un paisaje que nos ha conmovido e incluso transformado aparezca aquel que fue creado por la naturaleza. El que concebimos como un milagro. El que es anterior al hombre y existe sin él. El que pertenece por derecho propio a la Tierra. Ya sea que prefiramos el bosque, el desierto, el glaciar o la playa; el paisaje por antonomasia es el natural.

En este momento estoy mirando un paisaje de otro tipo. Un paisaje que no sólo me insta a olvidar las colinas y los campos, sino que me hace incluso dudar de que la Tierra sea redonda. No puede serlo. Tampoco puede ser que todo lo que existe no sea la celebración (oblicua) al Hombre. El Hombre, casi Dios, que pudo crear esto. Darle vida a esto. Mantener la existencia de esto.

La ciudad es Nueva York y la miro desde el piso 40 de mi hotel, a la media noche, unas horas antes de tener que irme. El paisaje es deslumbrante. Pura vida. Las luciérnagas de colores, que podrían ser las luces de autos y camiones y comercios (todavía abiertos) aparecen por todos los senderos, que podrían ser calles. Desde acá no se distingue bien.

De la llamada Gran Manzana (descubrí por qué se le dice así, pero en otra ocasión les cuento) se ha dicho mucho, pero (y esto es muy importante) toda ciudad es subjetiva (David Le Breton). La identidad de la ciudad depende de la identidad del individuo. Así que, ¿con qué palabras definiría esta ciudad? ¿Cómo describiría la geografía de este paisaje?

Empezaré por decir que nunca está quieta. No es la misma de día que de noche. De noche se vuelve estridente y nunca es absolutamente oscura. Sus colores cambian, como en cualquier paisaje, pero ella es definitivamente artificial. Necesito decir que es frívola pero éste no es un juicio de valor. Si vamos a valorarla diré que tiene lo mejor y lo peor. No conoce los términos medios. Es apasionada. Bella no. Ni hermosa. Ni siquiera agraciada. Nada de eso. Seductora sí, pero no encantadora. Provocativa. Con mal carácter, definitivamente. Impaciente. Libre. Es el instante. El caos. No conoce el silencio. Es explícita.

Es, debo decirlo, sobrenatural. Cuando llueve brotan hongos negros por las calles, en pleno asfalto. Deja de llover y desaparecen, al instante. Me dieron una explicación: es gente sujetando paraguas. No me engañan con eso.

Las palabras con las que pinto una idea de Nueva York (de mi Nueva York, en todo caso) no son las que buscaría, inicialmente, para describir un paisaje anhelado. Quizás utilizaría palabras más suaves, redondas, bellas y silenciosas. Tal vez nos han hecho creer que éstas ejercen un hechizo mayor al momento de vincularnos con un lugar. Sin embargo; artificial, frívolo, seductor, caótico y libre se enlazan con una parte de mi historia y me hacen sentir un afecto, digamos geográfico, por esta parte del mundo. Hay algo en mí que ama este rincón estridente y enloquecido. Quizás esto me enseña que no soy lo que creo que soy. Después de todo, tal vez seamos mucho más y mucho menos de lo que creemos. Y tal vez un paisaje urbano sea, también, mucho más poderoso que uno natural para proponer significados nuevos respecto a nuestra cualidad existencial.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Angel Carlos dice:

    Tremendamente interesante reflexión

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