Yo lector

Kavafis, el eslabón perdido

Por Juan Pablo Picazo

Quizá parezca desacato decir que el poeta Konstandinos Petros Kavafis es el eslabón perdido de la literatura griega. Sin embargo no puede pensarse otra cosa si tomamos en cuenta que no publicó libro alguno en su vida, que seleccionaba con mucho cuidado sus lectores, que se empeñó en llevar una vida gris, y que durante mucho tiempo los estudiosos trazaban una línea directa entre el docto Kostís Palamás y la pléyade que formaron luego Kostas Varnalis, Ánguelos Sikelianós, Markos Avgeris, Sotiris Skipis, Rivas Golfis, Romos Fyliras, Napoleón Lapathiotis y, por supuesto, el ecuménico Nikos Kazantzakis.

En su faceta de periodista –corta, primero, y luego muy irregular– Kavafis criticaba a Palamás, la gran figura de entonces, por su apego al griego clásico. Kavafis pugnaba contra el culteranismo proponiendo al demótico como la lengua que debía impulsarse por ser la usada más popularmente -lucha ganada a la larga cuando fue declarada lengua oficial de los helenos.

Al margen de ello, hay que recordar en Kavafis a un griego sui generis, pues no vivió en la Península Balcánica ni en las inmediaciones del Egeo –fuera de una corta estadía en Constantinopla, que ya era más bien turca- sino en Alejandría, Egipto, donde de hecho nació y de la que prácticamente nunca saldría a no ser por su adolescente residencia en Inglaterra. Digno de tomarse en cuenta también es que nunca renegó de la confluencia cultural que lo nutría, como otros escritores puristas de su época.

Kavafis –escribiría alguna vez Nikos Kazantzakis (1) luego de conocerlo– es una de las últimas flores de una cultura; con pétalos dobles, desteñidos, con tallo largo y enfermizo, sin semillas. Y es que Kavafis es un solitario sin remedio. Cuando lo abordamos da la sensación de ser como el Walt Whitman de aquellas latitudes, pues se canta a sí mismo y comparte con el norteamericano una profunda conciencia del valor de su obra y de llevar una vida casi de ermitaño. Parece también que su actitud casi misantrópica es más cercana al decadentismo presente en el francés Charles Baudelaire, a quien por cierto Kavafis tradujo.

¿Cómo expresa Kavafis esta necesidad de no ser demasiado visto, demasiado perseguido? En el poema titulado Cuanto puedas, escribe: Si imposible es hacer tu vida como quieres, / por lo menos, esfuérzate / cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca / en contacto excesivo con el mundo, / con una excesiva frivolidad. // No la envilezcas en el tráfago inútil / o en el necio vacío / de la estupidez cotidiana, / y al cabo te resulte un huésped inoportuno.

En los anteriores versos no sólo está la recomendación del apartarse sino la razón para ello: evitar la frivolidad. Y si de alguna manera evoca en nosotros la advertencia salomónica contra la vanidad presente en el Eclesiastés del Antiguo Testamento, el eco se vuelve más visible en estos otros versos de Los idus de Marzo: Teme a la grandeza, oh alma mía. / Y si no puedes vencer tu ambición, / con dudas y con cautela siempre / secúndala. Cuanto más avances / sé más escrutador y precavido… La frivolidad de lo cotidiano, la vanidad de los elogios y las ventas de los libros, matan al arte y al artista, pensaba Kavafis, a quien en plena madurez Nea, Zoe y Grammata –influyentes editoriales griegas- se disputaban sin éxito alguno.

Un servidor descubrió a Kavafis hace muy lejanos días, gracias a la traducción de José María Álvarez, en una sencilla edición (2). Más tarde he tenido acceso a otras versiones igualmente limpias, y creo que finalmente este hombre cumplió su voto de silencio en vida para cantar inagotablemente luego de dormir con sus ancestros y tomando finalmente –aunque de hecho lo hizo tardíamente en vida– su lugar entre las letras griegas, como lo atestigua otra vez Kazantzakis, quien define así su obra: El verso aparentemente improvisado pero sabiamente estudiado de Kavafis, su lengua voluntariamente inconstante, su rima sencilla, constituyen el único cuerpo que podría cubrir fielmente y develar su alma.

Otra arista más hiriente tenía su soledad, su ambición de ser invisible, y esa arista era la intolerancia de una ciudad aldeana como la Alejandría de sus tiempos. Por su homosexualidad, entre otras razones, siempre deseó radicar en una ciudad mayor, más abierta y tolerante, como Londres y París. Alejandría sin embargo lo ataría ferozmente con recuerdos y la certeza del mal necesario. Aveces la culpa le persigue y él, no obstante, esgrime sus razones: Han satisfecho su placer / prohibido. Y del lecho se levantan, / vistiéndose apresuradamente sin hablarse. / Abandonan por separado, furtivamente la casa; y / mientras / caminan algo inquietos por las calles, parece / como si sospecharan que en algo en ellos traiciona / en qué clase de lecho cayeron hace poco. // Pero cuánto ha ganado la vida del artista. / Mañana, otro día, años después escritos serán / los versos vigorosos que aquí tuvieron su principio.

Para fortuna del mundo Kavafis venció los miedos y las culpas. Lo dice él mismo: Nada me retuvo. Me liberé y fui / hacia placeres que estaban / tanto en la realidad como en mi ser, / a través de la noche iluminada. / Y bebí un vino fuerte, como / sólo los audaces beben el placer. Kavafis sin embargo va más allá de la sensualidad. En sus páginas campean la fugacidad de la vida, la vejez, la muerte y el hecho de que no importan tanto el destino y la espera (Íthaca y Esperando a los bárbaros) sino disfrutar del viaje y de la espera como un consejo muy sencillo: vivir para que, un día, haber respirado en este mundo haya valido la pena. Si la vida lo lleva cerca de la obra de Kavafis, concédale unos minutos de su voz y de sus ojos, quizá no se arrepienta (Para comentarios y sugerencias sobre esta columna, escríbanos. juanpablo.picazo@gmail.com)

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Notas:

  1. Kavafis, descrito por Nikos Kazantzakis, traducido por Charálambos Hatzilambis, citado en Alforja, revista de poesía, Número X, México, octubre de 1999. Página 66
  2. Kavafis, Konstantino, 56 poemas, Colección Mitos Mondadori, no. 8, Madrid, Marzo de 1998, pp. 70

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