Yo lector

Augusto el feroz

Por Juan Pablo Picazo

            La tentación de demoler el mundo hasta sus cimientos para levantarlo luego a nuestra imagen y semejanza está presente en la mayoría de los hombres con pensamiento creativo, aunque también puede darse en la mente de ciertos pretendidos sabios cuya dudosa procedencia les hace soñar con el fáctico poder en un afán por salvar al mundo de su torpeza, de su pecado o de su estupidez. En el otro extremo están quienes dócilmente aceptan su destino, la buena o mala fortuna o la voluntad de Dios, se amoldan a ellos y actúan en consecuencia a través de un conformismo de cuyas manos caminan, por un lado la molicie y el cinismo y por el otro la miseria y la ignorancia.

            No nos engañemos: los conformistas no han hecho la historia, sino quienes se dedican permanente, incómoda e impopularmente a veces, a demoler certezas, a filtrar verdades, a espulgar los dogmas y enunciar esa clase de teorías escandalosas que la buena sociedad repugna. Es cierto, en el camino se enemistan con casi todos, pero su locura hace falta; su irreverencia resulta a la larga refrescante; la incomodidad que un día causaron da maduros frutos siglos después.

            Como ejemplo de inconforme, crítico impopular y mal visto, le propongo hoy a un hombre feroz: August Strindberg. El fundador de lo que se llamó Teatro de ensayo llevó tan lejos sus críticas que aún el propio Henrik Ibsen, el aclamado autor de Un enemigo del pueblo y Casa de Muñecas se le antojaba limitado, pese a la profunda incisión que hizo sobre los valores de las familias burguesas, entonces novísima fórmula de organización social en el mundo desde su consolidación como clase dominante hacia el siglo XIX.

            En su libro El hijo de la sirvienta, este genio amargo de Estocolmo desarrolla una crítica masiva en torno a temas como la familia y los roles de sus integrantes, las clases sociales, la instrucción pública, la iglesia, la educación sexual, la monarquía, cuestiona el papel social de la verdad, la justicia, el amor y otros tenidos por valores universales y además inamovibles, con el único afán de explicarse el mundo o de comunicar la forma triste y asombrada en que sus ojos niños, sus adolescentes ojos, percibieron el mundo mientras crecía.

            Strindberg no pudo ser un conformista. Este libro que narra sus jóvenes días, lo atestigua. El protagonista es Jean ¿cuánta ficción, cuánta verdad hay en este libro? si es un buen lector, al final de cuentas descubrirá que es a través de la ésta como mejor se explican y desnudan las verdades de los hombres y las civilizaciones que los han formado. Si el protagonista es Jean ¿por qué afirmar que este libro narra la vida del autor? Porque se basa en ella, el propio Strindberg fue hijo de un noble y una sirvienta. Quizá no huelga decir que aquel noble cayó en la ruina luego de tan mal vista unión.

            Como ejemplo de su vasta crítica, vale citar el pensamiento de Strindberg en torno a la temprana incapacidad de Jean para el trato con las mujeres, pese al mundo de hermanas, sirvientas y parientes femeninas, madre incluida: Si hubiera habido tantas niñas como niños en la escuela y durante todas las lecciones, se hubiesen formado pequeños vínculos amistosos de gran inocencia. Las tensiones se habrían descargado, el culto a la madonna habría disminuido y una idea falsa de mujer no hubiese seguido a Jean y sus compañeros a través de la vida.

            Una de las características de este autor más comentadas por críticos y biógrafos, es la supuesta misoginia que padecía; nada más natural en un carácter tan sensible, que el expresar una actitud que va de la duda razonable a la franca hostilidad cuando se refiere a las mujeres en sí o al matrimonio y la familia, luego de tres decepciones amorosas que fueron a un tiempo fracasos matrimoniales. Estaba, me parece, en ejercicio pleno de su derecho.

                Lo que molesta de Strindberg es el aplomo con que enuncia sus críticas, no lo hace a través de cristales emocionales que atenúan o matizan el sentimiento como la depresión, la tristeza o la furia, no. Se expresa con tal dominio y sinceridad, que cada frase suya es un golpe de martillo sobre la sociedad, convertida a través de su mirada penetrante en una pared endeble que se sostiene a pesar de todo.

… la familia en sí no es una institución perfecta. Nadie tenía tiempo para la educación; la escuela se encargaba de ello cuando las sirvientas habían terminado su tarea. El hogar era, propiamente hablando, un restaurante y un establecimiento de lavandería, planchado, almidonado y baldeo. ¿Le suena familiar? Eso era en las postrimerías del silo XIX y los comienzos del XX. Hoy, en los albores del XXI, la pluma de Strindberg, gracias a esa brutal sinceridad, conserva su valor, su actualidad y su frescura. Y si no, que lo digan los urbanistas, Christian Topalov y otros quienes han reconocido en los suburbios inmensas ciudades-dormitorio.

2 thoughts on “Yo lector

  1. Juan Pablo Picazo 14 agosto, 2013 / 17:17

    Y estaremoslejos dela perfección por siempre. En cierto mod es bueno, porque nos permite seguir la búsqueda, pero lo malo es que el avance parece casi nulo.

  2. Gloria 11 agosto, 2013 / 11:26

    Me suena demasiado familiar. El pensamiento de Strindberg no solo es vigente en la actualidad, sino que creo que después de un siglo estamos más lejos de la perfección.

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