Volver al viento

De chamanes y utopías (Segunda y última parte)

Por Alejandro Chao Barona

Primera parte, click aquí

IV. Vislumbran visiones en los Vientos del Sur

Los chamanes que vinieron del Sur son viejos desdentados que casi no ven, casi no oyen, pero que tienen una carcajada cósmica en la punta de la lengua como única respuesta válida ante la incertidumbre del porqué de este mundo o, ante el ¿para qué la conciencia si habrá de podrirse hundida en el sepulcro?, preguntas higiénicas que se hace cualquier persona con buena voluntad. Pero la zarigüeya sólo quiere consumir su tiempo –pasatiempo, dijo–, sólo anhela producir para seguir con el desenfreno: consumo, desperdicio, abuso contra el cuerpo.

Sin embargo, basta, y es suficiente, una corona de plumas de pájaros del verdor de los llamados primaveras o de los que comen iguanas o del tucán multicolor, para que el mundo se ponga patas para arriba como un perro lambiscón. Se detiene el mundo y la cabeza lo arropa en silencio, con candor. Y entonces, ellos, los más viejos de los viejos, limpian con pluma de águila para dar vida o con pluma de zopilote para agitar la esfera vibrante que recubre al cuerpo. Ellos y ellas intentan abrir la esclusa de la conciencia ante esta impertinente nimiedad de la que nadie aguanta el hedor.

V. Benevolentes bendicen desde los Vientos del Este

Llegaron los chamanes que llegaron de Oriente, reyes magos que ni eran reyes ni eran magos, sino simples cirqueros, ciruelos cimarrones, sinvergüenzas simpáticos que adoraban el fuego. Simplemente sublimes al pasar la mano y mover la energía, porque veían matrices donde el arco iris y los monos jolgorientos de variopintos matices definían las circunvoluciones genéricas o genéticas de las enfermedades del alma.

Vinieron duendes con el regalo de las primeras mazorcas, más calabacines, más chiles serranos; niños con fantasmas chocarreros que aspiran miedos debajo de la cama; chaneques con goterones de granizo en bolsillos desgarrados; gemelos adolescentes jugadores empedernidos que retozan sin pensar en la seriedad que debería tener la vida: trabajo como cadena sin fin o matrimonio sin más sentido que el sinsentido o un divorcio resentido donde se amenazan una a otro  uno a otra con niños o con dinero o con ese rencor viejísimo donde se desvanece el recuerdo aunque un poco de amor se escabulle aún como ratón de la cocina o el miedo a sí mismo y al de junto y al que vive enfrente y al que escapa por la ventana y se convierte en el humo que hollina al comal o aquella rabia ciega como patrullajes del ejército y la policía perfectamente vigilados por quienes se disfrazan de asesinos y juegan el rito de despellejar al joven huasteco y al desarrollo social deshilado, desmembrado y digerido por la voracidad del capital.

Juegos infantiles llenos de sorpresas. Con las cuerdas largas adonde atrapan los sueños; cuerdas que giran y producen sonidos agudísimos que afectan al sistema límbico; cuerdas mágicas con chaquiras o pachitas de colores. Trece maíces en el agua de la vasija, esferitas que ruedan y ruedan como ruedas de ferrocarril para profundizar la inmersión en el mar de los misterios.

Temores que hacen temblar a los escondidos, una dos tres por mí, gritan, y corren a buscar iglesia, sinagoga, mezquita o vestidos de blanco se integran al ritual de la nueva Teotihuacan o de alguna base galáctica que garantice la pureza ideológica de la vaciedad teológica del más acá, sobre todo del cuerpo y la sexualidad –dijo–, en nombre del Ungido, el Buda, el Tao, el Tantra o de algún cielo ilusorio en el más allá. –¡Ahoé, ahoé!–, gritan y levantan vuelo los pájaros negros de la desesperación.

VI. Vienen entre vericuetos los Vientos del Oeste

Del Oeste vinieron mujeres chamanes, cavernas húmedas, oscuras, el primer motor, el origen, el pecho amargo del sinsabor, rostros y sonrisas que se disuelven en el quiero pero no te alcanzo, quiero pero vuelas y te pierdes a la velocidad de la luz.

Siempre en viaje, sin descanso, con los ojos entrecerrados toda la noche, recitando monótona: soy la mujer reloj, soy la mujer Jesús, soy la mujer que no espera y cae en trance, entre sabor a tierra y a sinfonía de espinas de nopal, de saguaro, del cactus santo de lóbulos carnosos, entrepiernas alucinantes, bajo el silbido suave de las estrellas por el vuelo lento donde parece que la respiración cesa. Ella brincó del padre, al marido, al hijo, al relámpago de la tormenta, a la huida, al desencuentro, al temido encuentro con la verdad empoderada del propio ser y del Ser que se adelanta ansioso al amor precario, precioso, de Carne y Espíritu.

Las perseguimos hasta que ellas nos atrapan –dijo–, y nos muestran las profundidades del océano y las dunas que se mueven suaves al ritmo de la brisa. Corolas cubiertas de pistilos. Mantos vaginales de la sierpe láctea, la luna a los pies y la certeza del mantra: Memo ama a mamá, mamá ama a Memo. La memoria infantil que repite la verdad mientras ésta se disuelve entre sus manos dejando una fragancia de nomeolvides y lavanda en la punta de los dedos. Ellas señalaron las tres estrellas de Orión: crea, conserva, destruye –dijeron, con otras palabras, ¡claro!–, sin imponer una moral de baratillo o pesadas disciplinas.

El viaje a lo más profundo de uno mismo es sin retorno a lo mismo. Hasta el límite. Más allá de las circunvoluciones del lenguaje. Entre el quiero pero no debo y el quiero pero no puedo, la sana duda que certifica la existencia. Viaje hacia lo inhóspito, a palabras que evocan sin pretender que definen lo inefable, porque ni lo vivido se cree, ni lo que se toca es certidumbre. Es un viaje con boleto de ida y vuelta. Te trastoca, te hace perder el piso y el lugar que te asignaron y que asumiste en el sistema para alcanzar la seguridad al precio de tu libertad. Te vas para perderte y regresas para encontrarte pero sin reconocerte en el espejo. Te sumerges en la laguna y te conviertes en lirio. Metamorfosis o transfiguración o ambas o ninguna, poco importa. Y te avientas al volcán y regresas purificado. Cada viaje es diferente: de delfín a pavo real o de mono araña a araña a secas.

VII. La matemática del cero en el corazón humano

Al final, sólo el Vacío. Al terminar, huecas hileras de haches sin sonido, marchitas, junto a los crisantemos dorados que se tiran a la basura. Desgarradas las ilusiones. Un poco de Nada en el atole y de hartazgo en el plato de frijoles. A lo que hay que agregar las ganas terribles de huir por el hueco abierto en el gran Muro que separa a lo visible de lo real. Más las ganas de emprender el viaje cíclico en la inmediatez de la Presencia. Ganas de dar el salto supremo para cruzar las grandes aguas. Un agujero sin reborde de consuelo donde los lamas hablan del Bardo y los hombres búho sonríen como quien sabe sin saber y sin decir por qué el dicho abriría paso a esperanzas sin destino. Vibran las cuerdas de energía en el do sostenido del despido.

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