Yo lector

Cuéntame tu vida

Por Juan Pablo Picazo

Siempre que nos despertamos ella está ahí, fresca y palpitante, triste y desgarradora, promisoria y generosa. Siempre. Somos ella y tan en ella estamos que la perdemos de vista y seguimos de frente sin el asombrado respeto que es nuestro deber sentir por ella. Aún mientras dormimos no descansa, mantiene nuestras maquinarias en marcha, causa espasmos y sismos múltiples en nuestros músculos para que se relajen, y nos proporciona fantasías aterradoras y felices en las que somos capaces de realizar las obras que en el mundo diurno se postergan forzada, dolorosamente y nos entrega completos los irrealizables amores que a veces ni si quiera nuestro ser consciente acepta sentir, porque no nos son lícitos.

Se trata, como no, de nuestra propia vida. Única e irrepetible a menos que se demuestren la reencarnación o la transmigración de las almas, lo que tampoco es mucho si no guardamos memoria de esas edades sucesivas. Y salvo unos cuantos millones de seres humanos que se precian de discretos y acaso lo sean o teman que los otros les miren en la brillante desnudez de su verdad, los demás encontramos en contarla un placer muy especial, ya sea a retazos atropellados con las voces juveniles de la confidencia que narran la experiencia inmediata del fin de semana a las incondicionales amistades, o ya en las largas, detalladas y a menudo ilustrativas anécdotas de padres y abuelos.

Y la contamos porque de pronto algo en ella nos parece ejemplar, divertido, meritorio, triste, inexplicable, lo que sea. Lo hacemos porque la sola narración nos prueba que somos, que aún estamos, que existimos. Los escritores por supuesto no podrían ser ajenos a esa vieja manía humana y nos dejan sus autobiografías en las que se ceban siempre el morbo, la duda, el juicio y la desaprobación además de complicidades, simpatías, certezas y sobre todo la comprensión del planeta que habitaron, siempre distinto del nuestro a causa de relojes, calendarios y mapas por supuesto.

No sé si a usted, pero en tanto que voraz lector, soy un apasionado de las autobiografías. Los autores las proyectan incluso de modos muy personales, algunas de las más impresionantes fueron escritas de un solo golpe y a mansalva, de modo que su magia nos estremece y nos transporta, despiertan nuestra cordial envidia y nos obligan a la atenta relectura de algunos pasajes que de tan verdaderos se nos antojan mitología pura, como Confieso que he vivido del poeta chileno Pablo Neruda, idolatrada de muchos, desacreditada por otros, siempre polémica sin embargo.

Otras autobiografías no obstante —la mayoría de ellas me parece—, van contándose por partes, en ellas los escritores nos transmiten el asombro ante el milagro de su propia existencia y los acontecimientos que les cierran el paso en un camino, les fuerzan a otro o les heredan conocimiento, experiencia, arrojo, empuje, todo lo que encuentra eco en nuestras propias, anónimas vidas, cuando hacemos sus lecturas y nos muestran que son tan humanos como nosotros.

Acaso uno de los ejemplos más ilustrativos sea Lev Nokolaievich Tolstoi, quien publicó Infancia, su primer autobiografía en 1852 y le mereció múltiples elogios de la crítica, por lo que hacia 1854 dio a las prensas Adolescencia, que apareció en la revista Sovremennik y para 1857, publica Juventud, cuando llevaba ya diez años de haber abandonado la universidad para dedicarse a la literatura y a la transformación de Yasnaia Poliana, la heredad familiar, en la realización de las utopías de corte saintsimoniano.

Memorias de una joven formal, publicada en 1958 fue la primera de las obras testimoniales y autobiográficas de Simone de Beauvior, quien dos años más tarde daría a la luz pública La plenitud de la vida, en la que daría cuenta detallada de lo que llamaba su matrimonio morganático con el filósofo Jean Paul Sartre, con quien jamás se casó pero que se convirtió en su compañero de toda la vida. La obra autobiográfica de esta magnífica escritora francesa no terminaría con esos títulos, sino que habría de extenderse algunos años más mediante libros como La fuerza de las cosas, publicado en 1963, Una muerte muy dulce (1964), La vejez (1968) y La ceremonia del adiós, hacia 1981.

Un caso aparte lo constituye La arboleda perdida, autobiografía del poeta español Rafael Alberti, el más longevo de los poetas de la Generación del 27. Y caso aparte es porque de ella aparecieron siempre, mientras el poeta vivió, nuevas y más completas ediciones que eran cada vez un éxito editorial. En ellas narra los caminos insospechados de su carácter autodidacta, sus búsquedas iniciales de la poesía mediante las artes plásticas y la gradual inclinación hacia las letras aunque sin abandonar jamás la pintura, parte de lo que le permitió una amistad más que sólida con artistas como Dalí, Picasso, Buñuel, Aleixandre, García Lorca, Hernández y el resto con quienes creó lo que los historiadores del arte y la literatura han llamado El siglo de plata de España.

De ese carácter por episodios es Vivir para contarla, autobiografía de Gabriel García Márquez, quien puesto a contar la verdad completa de sus andanzas por el mundo, nos entrega esa primera parte que abarca desde su nacimiento hasta su primer viaje internacional como corresponsal de El Espectador de Bogotá, dejándome con la sensación de que volvió a embromarme y en lugar de una biografía, ha hecho una novela más, una excelente fábula de sí mismo.

Por lo demás, cuando encuentre una de ellas, no dude en leerlas, las autobiografías son deliciosas, aunque puestos a la búsqueda de la verdad de otras vidas, habrá que leer los diarios, los epistolarios y otros de sus documentos personales que se han vuelto públicos.

Anuncios

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    Interesantes comentarios sobre las autobiografías. Creo que contar nuestra vida nunca dejará de ser una novela, escrita o narrada por tradición oral.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s