Entreluz

Humanismo mercantil

Por Alberto González Carbajal

Un buen amigo, exitoso empresario de una firma de servicios de vigilancia y limpieza, a quien conocí hace ya algunos ayeres en un curso de atención a clientes (lo mejor del curso fue la gente que allí me encontré), me decía que no había modo de conciliar el éxito económico con el humanismo, por lo menos no a priori. Afirmaba que la filantropía y el buenondismo aparecen después de que están cubiertas todas las necesidades (reales y creadas), esto es, que primero se crece con base en un recalcitrante egoísmo, pisando a quien se deje y, una vez arriba, se reparte un poco, se estudia un poco y se disfruta un poco.

Esta discusión se alargó por muchas horas y me llevó, en mi fuero interno, por otros derroteros, fundamentalmente por el camino de la educación que recibimos, tema que he tratado en este espacio. Aunque mi amigo también estudió en escuelas públicas, como su servidor, de manera complementaria sus progenitores le inculcaron que la búsqueda del éxito económico es una condición sine qua non para ser feliz. Sus papás fueron exitosos abogados empresariales.

Nosotros, la gran mayoría, crecimos formados en ambientes donde el éxito equivale a ser solamente los mejores empleados, los más obedientes.

Mi visión personal es que debemos ser buenos en lo que hacemos, pero también tenemos que aprender a ser productivos y socialmente responsables, que no hay modo de que reconstruyamos el tejido social si no es a partir de entender y reconocer el entorno en el que nos movemos y sobre esa base contribuir a crear la riqueza necesaria que se desparrame en el entorno para seguir creando riqueza.

Considero que no podemos crecer como país si no recibimos una educación que no sólo nos ayude a apreciar la vida sino que también nos permita reinventarla, que no sólo nos enseñe a obedecer sino eventualmente a aspirar a la independencia económica a partir de ser empresarios, en cualquier medida.

Y lo primero que se tiene que enseñar es a administrar, entendiendo esta técnica más allá de los números que muestran una economía específica: observando y comprendiendo de dónde salen esos números. Cuando lo analizamos y nos cae el veinte, y si contamos con una formación medianamente humanística, inevitablemente uno termina por involucrarse con el resto del mundo. La cooperación es la base de la civilización, suele recordarme un amigo que lee a Kropotkin. Sin embargo, la escuela no nos enseña eso. Y quienes lo aprenden por su cuenta, normalmente carecen del elemento que les permite involucrarse para globalizar ese entendimiento. Por eso se hace más ancha la franja que divide al empresario del humanista, tristemente. Así como a unos nos convierten en máquinas de obediencia, a otros los forman como máquinas de mando.

Volteo a ver a mi tropa loca. En su diaria exploración del mundo intento, de manera continua, que comiencen a comprender cómo funciona, para empezar, la economía doméstica. En algún momento les transmitiré cómo funciona una empresa y cómo se crea la riqueza de un país. Lo complicado será no estresarlos con esto. Hoy por hoy sólo necesito que disfruten con responsabilidad lo que tienen.

La discusión de la que les hablaba al principio concluyó con una sentencia de mi amigo. Cito textualmente: “Por eso es que no has llegado a la estabilidad económica: necesitas dejar de pensar en los demás”. Para él, sólo importa estar arriba en el darvinismo social. Pero la segunda parte, su colaboración con la gente, me suena a dádivas del monarca a sus plebeyos. Salgo del café donde nos citamos y me quedo evaluando su veredicto. El estrés que hoy me acompaña es generado básicamente por el dinero y si no me he vuelto loco ni me he pegado un tiro es porque ésos en los que pienso me recompensan todos los días, sin falla. Creo que la alegría sí suple al hambre, pero sigo buscando un camino que estoy seguro que existe, donde lo empresarial y el humanismo cohabitan de manera armoniosa, donde hay alegría sin hambre. ¿Ustedes lo conocen?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Cristina González dice:

    Cruda realidad. Creo que sí podrían cohabitar armoniosamente lo empresarial y el humanismo pero no en el capitalismo neoliberal que ahora padecemos. El comercio en pueblos pequeños y atrasados (o países muy lejanos como Bután) sí es posible, pero aquí, en México, y junto al máximo representante del neoliberalismo y el capitalismo más salvaje, no, no creo que sea posible. Y es una lástima.

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