Yo lector

Contar para vivirla

Por Juan Pablo Picazo

Uno de los gestos de amistad más fuertes y genuinos que he recibido de gente con quien he trabajado o a quien he tenido la oportunidad de dar clases, ha sido que en algún momento de nuestra diaria interacción me digan con plena convicción que él o ella serán mis biógrafos. Y me parece un gesto de amistad no tanto por el berenjenal que significa hacer tal cosa como por el hecho de que creen en mi trabajo literario al punto de suponer que algún día hará falta una biografía de mi persona. Esa fe lo reconforta a uno, que se mira sin quererlo fanático irremediable de la duda cartesiana.

Acaso yo mismo lo crea pues en repetidas ocasiones de mi vida he tenido la infausta necesidad de escribir un diario, el cual ya por negligencia o circunstancia, siempre termino abandonando, aunque no dejo de recomendar a otros que lo escriban sobre sí porque me parece inmensamente útil en la vida. En otro momento inicié la escritura de un cuaderno de memorias, pero el resultado es casi el mismo. Los verdaderos autores sin embargo no lo piensan demasiado y cuando es menester, escriben sobre sus propias vidas.

En la historia de la literatura las autobiografías abundan. Una muy singular sin embargo es Vivir para contarla,1 donde Gabriel García Márquez se retrata con minuciosidad y según algunos, alegre irresponsabilidad pues sus asiduos lectores, esos que le siguen no sólo en los libros sino en las entrevistas, en los reportajes y en las noticias, aseguran que reinventa su historia según lo necesitan tanto el drama como la comedia de su vida.

¿Qué Gabo miente? No, no podría. Más bien fabula. Escribe como el buen novelista que es, no desde una realidad desnuda, químicamente pura; sino desde diversas ópticas unísonas que son a la literatura lo que el cubismo a la pintura, escribe desde las verdades posibles entresacando hilos de cada una para un tejido nuevo para una trama verosímil y fantástica a un tiempo, haciendo de la realidad la misma atmósfera que puebla toda su narrativa, aún la más ajena a la inefable magia de Macondo.

La lectura de esas 579 páginas es apenas un suspiro. La líquida narración impone su ritmo evangélico y profano a un tiempo según las geologías familiares o nacionales que recorre. Uno puede acompañar a ese joven costeño colombiano a sus clases monstruosamente aburridas y verle leyendo como poseso bajo el pupitre cuantos libros encuentra, o atestiguar sus horas de hambre e insomnio, o entrar a las habitaciones de sus primeras, clandestinas citas de amor.

Gabo pone ante nuestros ojos lugares verdaderos redibujados por la arena de sus letras que entran en el terreno de la mitología: Aracataca, a la que cariñosamente llama Cataca, Manaure, Valledupar, La Sierpe, Macodndo, Bogotá, Cartagena, Barranquilla, Tolima, México, Ginebra. Y no sólo los lugares, sino sus almas escondidas en los portales, sus miradas tantas de hombre, mujer y niño, sus españolas jerigonzas, mezcla de lenguas locales y modismos vigentes; en sus tugurios y plazas, cárceles, burdeles, fortalezas y periódicos.

Hay otras biografías suyas desde luego, algunas de las cuales se presumen verdaderas, más aún que Vivir para contarla. ¿Y si esto fuera cierto tiene algún valor su desmemoriada invención como documento histórico? Si. El de reconstruir la génesis de esa mitología suya con la que los latinoamericanos de muchas generaciones hemos creído reencontrarnos con nuestros personales fantasmas, con los mitos callejeros de nuestra gente.

Me parece que García Márquez —quien ensambló Cien años de soledad en suelo mexicano trayendo desde lejos fragmentos de Hojarasca, memorias familiares, hechos históricos y no pocos sedimentos decantados como es debido de su Jirafa legendaria—, juega con nosotros y Vivir para contarla, es en realidad contar para vivirla, pues en ella rememora su vida no como fue sino como quizá debió haber sido, fe de erratas que pocos han podido llevar a efecto.

Le invito a leerla y fascinarse. Y siendo que termina justo donde entra en escena Mercedes Barcha, su eterna compañera, es menester decir que su marido nos debe una segunda parte. Aunque muchos aseguran que tal libro no verá la luz, que Gabo ya no nos lo regalará porque acaso la vida no le alcance para ello.

 

1 García Márquez, Gabriel Vivir para contarla Diana, México, 2002 pp.579

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