Yo lector

Escritores que aconsejan a escritores

Por Juan Pablo Picazo

El de escribir es un oficio, arte o profesión –lo que usted prefiera pues la discusión sigue abierta- rodeado de mitos. Dicen que el ilustre genio del conceptismo barroco, Don Francisco de Quevedo y Villegas se vestía de gala tanto para leer como para escribir y que George Sand, la admirable Aurora Dupin, lo hacía en bata y con una enorme dotación de leche fresca a mano.

¿Qué se requiere para escribir como parte imprescindible de la vida? Ernest Hemingway aconsejaba no beber ni comer nada antes; estar lo más solo posible y procurarse un horario fijo para hacerlo; recomendaba sólo escribir de lo que se conoce y vivir tanto como se pudiera en plena observancia y en ansiosa escucha del mundo y de la gente. Para Rainer María Rilke dcie, en sus Cartas a un joven poeta, que “Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad“. Por tanto, el novicio debe escribir para sí y renunciar a que las revistas muestren interés por su trabajo.

Marguerite Duras, en ese breve pero intensísimo ensayo suyo titulado Escribir, estima que cada hombre o mujer ha de construir su propia, peculiar soledad como condición imprescindible para iniciar su tarea literaria. Silencio y soledad. Recomienda no dictar a secretaria alguna, menos aún dar nunca a leer nada a nadie. Particularmente dice de las mujeres que “nunca deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben”. Pues una mujer que escribe es insoportable para la mayoría de los hombres. A veces, de acuerdo a mi experiencia, comparto de modo inverso su opinión: también los hombres que escriben, en la construcción de esa necesaria soledad, se hacen insoportables a la mayoría de las mujeres, aunque de cuando en cuando se encuentra uno mujeres que comparten nuestra pasión por las letras; los y las que no encuentran una pareja así, no en balde decía Ovidio que el amor es enemigo del trabajo, auque escribir no le parezca casi a nadie una ocupación provechosa.

Son muchos los autores que han reflexionado sobre su oficio y, desde la perspectiva de su experiencia ofrecen sus consejos, muchas veces en contrapeso los unos de los otros y, como los anteriores, uno que ha sucumbido a la tentación de hacer otro tanto es Stephen King, a través de Mientras escribo, volumen publicado hacia 2002 o algo así, por Plaza & Janés editores.

Entre los escritores de mi generación dudar de Stephen King y su trabajo siempre estuvo de moda, al grado de que no leer ni uno sólo de sus títulos y juzgarle a partir de las versiones cinematográficas parecía recomendable. Esta es, confieso, una práctica que induce al error, pues resulta un lugar común dudar de la calidad de quienes logran aquello a lo que un buen escritor aspira: vivir de lo que escribe. Sin embargo, mi experiencia de lector se vio gratificada con obras como Ojos de fuego y La mitad siniestra, cuya aspiración no es la erudición ni el ingreso al salón de los clásicos, sino simplemente contar una historia, como se ha hecho desde el principio de los tiempos.

En dicho libro, el autor de Carrie y La torre oscura, hace un libro metaliterario, escribe con la conciencia del oficio, comparte su experiencia, se sincera hasta resultar un tanto irritante, comparte completos los secretos de lo que llama su caja de herramientas e incluso, su metodología personal de trabajo, lo que en suma nos da un conjunto amable y útil, cuyo único problema es la traducción, tan cargada de modismos españoles, que requeriría, para México y América Latina, de un glosario mínimo a fin de evitar la tan desagradable como necesaria traslación del texto a una variante más neutra del idioma.

Una parte a destacar es la relacionada con el manejo del lenguaje, materia que los estudiosos de la literatura y el estilo relegan a los profesores y al aula. Stephen King la aborda muy bien y habla con claridad sobre el uso del diálogo, la descripción, los adverbios, la transcripción de la lengua de la calle, la creación de personajes, el tejido de la trama y otros aspectos semejantes.

Desde mi óptica de lector, la mejor parte del libro es el Currículum Vitae, donde King revela los acontecimientos que lo condujeron hacia la escritura; se observa decidida la influencia de su madre, Nellie Ruth Pilisbury King, quien le animó a escribir y le compró su primer cuento y la de su esposa, Tabitha Spruce, quien aún en medio de las más agudas crisis económicas, jamás le sugirió abandonar la literatura en pos de una más lucrativa actividad; de hecho le alentó a dejar las clases para dedicarse a fraguar sus libros.

“Escribir no es cuestión de ganar dinero –dice King hacia el final de dicho volumen-, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz”. Mucha razón hay en esto, como escribiera Lope de Vega a propósito del amor: …quien lo probó, lo sabe. Y sin embargo, ganar dinero no es tan malo como a primera vista lo parece en los artistas, pues comen, pagan impuestos y necesitan lo mismo que los demás.

Con esta obra Stephen King le invita a escribir, a atreverse y le dice cómo lo hace él mismo en una especie de guía que no pretende ser exhaustiva, sino amigable, inténtelo y descubra qué tan fuerte es su potencial, no todos los que escriben pueden ser autores de éxito, pero hacerlo le llevará por un camino que afinará su sensibilidad y sus sentidos, le dará mejor vocabulario y le enseñará placeres sólo reservados a los dioses de las cosmogonías antiguas.

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