Entreluz

Origen condenado

Por Alberto González Carbajal

Nací en un pequeño poblado del Estado de México. Éste tiene un origen extraño (es un pendientito que tengo por contarles): los primeros habitantes lo fundaron hace casi cien años. Los que nacimos allí tendemos un poco a la melancolía, al asombro permanente y, siempre, a disfrutar del entorno. La belleza del bosque ha sido una constante y algunas de las reflexiones y decisiones más importantes de mi vida las tomé en ese entorno, en ese bosque que siempre parece que te está hablando.

Viví allí durante mi niñez de manera intermitente; mis vacaciones de verano solía pasarlas allí, con una rutina que incluía levantarse de madrugada para ir a recolectar hongos silvestres que después servían de base a unos guisos espectaculares preparados por mi tía María y mi “Isita” (así llamaba yo a mi abuela Elisa). A esas horas previas a la salida del sol, también me paraba junto a la vaca en el momento en que era ordeñada y así me tocaba tomar un vaso de leche “bronca”. Algunas veces, a riesgo de que mi abuela me pillara (y me castigara de manera realmente severa) robaba un huevo de gallina recién puesto y lo hervía unos cuantos minutos para a continuación aderezarlo con limón y sal y comérmelo escondido en la enorme planta de zarzamora que estaba en el corral, donde mi postre eran esas agridulces frutas que colgaban de esa espinuda planta.

En esos días idílicos, recorría las veredas que llegaban hasta el río sin nombre que delimitaba de algún modo el límite norte del pueblo y, al llegar allí, me sumergía en sus aguas claras, de las cuales podía beber sin ningún temor porque su origen era muy cercano: el llamado Xinantécatl o Nevado de Toluca (como mejor se le conoce). Toda el agua que reciben las poblaciones que están en sus orillas procede de allí, de la nieve y de las corrientes descendientes de esas alturas. El camino mismo las filtra y purifica de manera natural. Algunos cientos de pueblos existen gracias a que este volcán inactivo existe.

Desde que tengo memoria, su imagen imponente está presente en mí. La semana pasada les conté, queridos lectores, que el recorrido en autobús desde mi casa, en la zona metropolitana de la Ciudad de México, hasta el pueblo era interminable, pero de algún modo el recorrer las faldas del Nevado hacía más que llevadero el camino.

Ese gigante ha sido, además, un referente inamovible que da paz y seguridad: siempre está ahí, ofreciendo generosamente su agua, su bosque, su belleza. La certeza de su permanencia nos ha dado patria, como si fuera nuestro pequeño país, sin sobresaltos. Cuando me presento con desconocidos y me llegan a preguntar mi origen, siempre he estado orgulloso de decir que “soy de un pueblo a un ladito del Nevado de Toluca”; y cuando llego a coincidir con alguien que es de por allá, se siente una alegría que va ligada con la pertenencia a un espacio, al entorno que te vio nacer y, de algún modo, crecer.

Cuando tuve la edad necesaria, lo recorrí de muy diversas maneras y les puedo jurar que uno se siente vinculado por algo más que los recuerdos: es una suerte de magia que lo aborda a uno; se siente uno en cercanía con lo eterno, con lo que no se nombra pero sí se siente en la belleza del silencio de sus tardes de estío. Cada vez que voy de visita y tengo que pasar junto a él, aunque sea de manera mental siempre le agradezco su permanencia y su protección, y agradezco al Creador por haberme permitido nacer allí.

Pero hoy… Resulta que hoy ese legado que nos dejó Lázaro Cárdenas (me refiero al estatus de “Parque Nacional”) y que protegió la zona por más de 70 años, acaba de ser borrado de un plumazo por el individuo (es un eufemismo para no decir la palabra que se merece) que cuando gobernó el Estado de México llegó a afirmar que: “Este lugar tan privilegiado siempre contará con la protección de mi gobierno”. Mentiroso. Bueno, qué se podía esperar de alguien que está dispuesto a vender cada piedra de este país para pagarle a quienes lo pusieron en la silla presidencial.

La pérdida de protección, en términos llanos, permite que legalmente cualquiera con el billete suficiente pueda comprar y explotar un espacio que a la naturaleza le tomó miles y miles de años crear. Conociendo la ambición de los talamontes, cazadores, fraccionadores, etc., sé que en unos cuantos años el Nevado de Toluca se convertirá en un cerro pelón que ya no dará agua… y así se habrá condenado a la muerte a los miles de pobladores que subsisten gracias a él.

La cosa es que estoy francamente encabronado y confío en que no soy el único, que vamos a ser muchos los que plantemos cara a quien intenta destruir una de las pocas cosas que nos quedan: el origen y la pertenencia, patria chica que le llaman, y ahora sí: a ver de qué cuero salen más correas. La batalla comienza.nevado

3 thoughts on “Entreluz

  1. Xóchitl Pineda Carbajal 4 octubre, 2013 / 16:21

    yo te apoyo no naci ahi, pero mis mas grandes recuerdos de la infancia me vienen de ahi, de ese volcan imponente que era el aviso de que ya estabas cerca del pueblo.

  2. Angel Carlos 4 octubre, 2013 / 15:42

    ¡Ánimo en la batalla! ¡Ánimo que tu causa es justa!

  3. J. Eduardo 4 octubre, 2013 / 01:11

    Ese lugar es místico y mágico, tengo hermosos recuerdos de el. La primera vez que subí, sentí una atracción casi fatal por escalarlo, sentí un magnetismo irresistible, cuando estuve en el me sentí parte de el, me sentí, río, me sentí piedra, me sentí camino, de sentí árbol, me sentí uno con el. Pero esto nunca lo entenderán las aves de rapiña que ahora amenazan con depredarlo, pero tienes razón, la batalla comienza.

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