Yo lector

La imposible derrota

Por Juan Pablo Picazo

Los hombres no están hechos para la derrota”, escribió Hemingway. “Se les puede destruir, pero no derrotar.” Sin embargo, para muchos no hay nada peor que verse derrotados; se ha convertido en una moda juvenil -burda copia de las costumbres que exhiben las juventudes estadounidenses- denostar a quienes son vencidos con el grito de Looser!. De acuerdo con otros, la derrota es el modo más eficaz para entender los motivos ocultos de las cosas; hay quien dice incluso que sólo a través de la derrota se pueden entender todas las formas del éxito y la gloria y apreciarlas en su justo valor.

Para un marino o para un pescador, conservar la derrota es imprescindible a fin de llegar a puerto, pues derrota es el nombre que dan a su camino en el mar. Muchos, también, ven en la locura de Xerxes -el rey persa que mandó azotar al océano- un atisbo de genialidad, o bien un símbolo del poder que fue conferido al hombre sobre la Creación. Sin embargo, también es posible leer en ese acto legendario la rabia irracional del infante que descubre su ineluctable incapacidad para apagar el sol con el soplo de su boca.

Todas estas lecturas y más son posibles cuando nuestros ojos recorren El viejo y el mar, en cuyas páginas se aprende de todo: desde cómo transcurre la cotidianidad inevitable de un pequeño pueblo de pescadores hasta el sentido de la vida, la perseverancia, la solidaridad y el valor de la compañía; del mismo modo se aprende, en el magnífico lugar que es esa novela, la pertinaz inutilidad de la razón cuando el hombre se halla cara a cara con la naturaleza y la belleza sencilla de las cosas.

Personalmente creo que las mejores obras literarias son aquéllas en las que el autor logra transformarse de ingenioso contador de historias, en nada o nadie, y nos deja a solas con los hechos que fue capaz de detener junto con el movimiento del cosmos para escribirlo y entregárnoslo después. Esas mismas obras contienen la vida y están siempre listas para moverse otra vez de modo natural cada ocasión que nosotros abramos las páginas. Más aún, cada vez que las abrimos consiguen hacernos descubrir detalles nuevos, acaso pasajes enteros que creíamos no haber leído la ocasión anterior, pues la relectura es un ejercicio tan placentero como la lectura misma.

A diferencia del estilo barroco y enrevesado del genio cínico que era William Faulkner, de la atentísima observación distanciada de John Dos Passos sobre sus iguales, a quienes retrata sin clemencia pero sin alevosía, o de la veloz ascensión y demente decadencia de Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway se disuelve en el lenguaje, los gestos, las costumbres, las palabras y los olores de los otros; toma su piel, se interna en sus corazones y se calza sus rostros para entregarnos en El Viejo y el mar, no una novela emblemática de la llamada Generación perdida, sino la vida y sus secretos, lo que le convierte en un clásico cuya permanencia no puede siquiera someterse a discusión, aunque el debate siempre enriquece las ideas.

Y es que en las andanzas del viejo Santiago por el mar -o la mar, como prefiere llamarla por ser maligna y veleidosa y hermosa y amante y peligrosa y benigna como todas las mujeres- uno aprende las minucias de la pesca a la usanza de los ancianos que respetaban las entrañas de las olas pidiendo permiso al Creador para segar la vida de sus criaturas y matándolas luego de pedirles perdón con plena conciencia de la hermandad que conecta todas las entidades vivas del planeta. Pero también aprende uno de dolores, de descuidos, ausencias y presencias que a veces, habiéndose vivido, nunca nos quedaron claras sino hasta que la lumbre de un escritor como Hemingway nos revela sus significados.

Sencilla como la gente que retrata, despiadada y amorosa como los escenarios en que se desarrolla, sincera como la desnudez del móvil desierto salado, y fuerte como el dolor de conseguir lo que con tanto ahínco se ha deseado, El viejo y el mar es una lectura imprescindible para quien, tomando este libro entre las manos, descubra que alguien le está enseñando a través de una breve pero gigantesca y hermosa parábola.

Y una cosa más enseña el viejo Santiago en su desigual combate contra la naturaleza -o contra sí mismo, como usted quiera-: Cuando hay dignidad no hay fracaso posible, sólo la náutica derrota, y ésta es siempre el camino que se nos ha trazado sobre un mar que debe ser leído cuidadosamente para encontrar el puerto que más nos conviene, porque, de algún modo, la mar y la vida se parecen, si no que nos lo diga el mismo viejo que luchó con ella. ”A veces los que la aman hablan mal de ella, pero siempre como si fuera mujer. (…) El viejo siempre la veía como algo femenino, que retiene o da grandes favores; si hacía cosas malignas o tremendas era porque no lo podía evitar.” ¿Lo ve?, la mar es como los seres humanos, más aún es la hermana mayor, el prototipo de todas las mujeres. ¿No dicen algunos que fue en su gran vientre donde se concibió la vida?

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