Onirosofía

Mir de Haram

Por Juan Pablo Picazo

I

No importa tanto decir quién soy como contar lo que sé, o exponer lo que no sé, que es más hermoso y abundante. De hecho, creo que ése ha sido el error de nuestra especie: presumir lo que sabemos como una certeza a sabiendas de que en su andar, el tiempo y nuestras colectivas búsquedas inevitablemente, habrán de desmentirnos.

Al contrario, pienso que debiéramos enarbolar orgullosamente lo que no sabemos y esgrimirlo con magistrales formas de tal suerte que forme parte de los alicientes que tan necesarios nos resultan para llevar adelante a las nuevas generaciones, en cuyos hombros descansará la noble y feliz tarea de perpetuar la duda, acrecentar el misterio y eternizar la búsqueda.

Pero no, construimos imperios a la razón, reinos a la ciencia, democracias al conocimiento y seguimos trabajando al modo que nuestras inamovibles certidumbres dictan. A la manera de nuestras suposiciones sólo porque tenemos fe en que somos gobernantes de cuanto abarca nuestra vista, aunque, bien mirando por entre las estrellas, ésta se confunda y crea llegar a un punto cuando la negrura tachonada no tiene un final donde puedan nuestros ojos reposar sin miedo.

águilaceroPor eso los hombres inventaron los libros, aunque ya no sean más que microfichas parlantes que los más acomodados pueden insertar en esa minúscula ranura lectora que se hacen instalar detrás de las orejas. Porque hubo un tiempo, dicen, en que los libros eran seres respetables que se fabricaban a partir de materiales orgánicos, de seres vivos como los árboles de distintas especies; antes, muchísimo tiempo antes del invierno nuclear y de la cuarentena de la Tierra.

No sé, no puedo asegurar si alguna vez el hombre era un ser digamos… completamente natural, sin esas muescas de lectura electrónica; sin los índices láser desplegables en las caras anteriores de los antebrazos, los videograbadores de pupila, los cráneos de tetrametalina y claro, los terribles disparadores interdigitales que tan buenos resultados han dado a las mujeres en las peores zonas de colonias como Gyganthar y Pteranthar.

Aunque esas también son modas y pasan. Por eso y por muchas otras cosas que entonces no tenía yo muy claras, fui a Scánnowax. No que ahora ya todo esté claro en mi cerebro, no. Lejos sea de mí el construirme tan malsanas certidumbres. Más bien se trata de que buscaba entonces sin saberlo siquiera, nuevas y más profundas dudas que añadir a mi endeble incertidumbre y por ello quise adentrarme en sus infectos laberintos, hablar con su transida gente –si quedaba alguna, claro-, hurgar en los secretos deleznables de sus pútridas estirpes y, de algún modo, allegarme a su vasta, vetusta, olvidada y escondida biblioteca, acaso la última que conservaba aquellos antiquísimos ejemplares en papel que hablaban de los tiempos idos con los signos propios de las lenguas arcaicas protoespaciales.

Sólo quería conocer los libros, los originales, los verdaderos. Quería tenerlos en mis manos, abrirlos por la mitad y aspirar su olor anciano, acariciar sus lomos, contemplar los folios, finos y delgados como las nervudas hojas de los árboles que dificultosamente conservamos en el parque-museo de la colonia y mirarlos alineados en los carcomidos estantes de la Biblioteca Mir. Porque así se llamaba lo que yo buscaba: Biblioteca Mir, uno de los mitos principales sobre esa colonia penitenciaria.

Y es que decir Scánnowax hoy, a tantos años después del fin del mundo, ya casi nada significa; historia antigua apenas, pero entonces era la Babilonia Flotante, según el decir de los judíos; era la Nueva Sodoma, como la llamaban las naciones cristianas de las otras colonias; era la Haram casi impronunciable de las naciones árabes y, aunque su nombre primitivo era Mir, que según algunos quería decir Paz o algo semejante, fue rebautizada como Scánnowax por sus propios habitantes a unos cuantos años de haberse convertido en la Colonia Orbital Penal del Gobierno Terrestre, casi un siglo y medio antes del fin del mundo.

Su legendaria biblioteca poseía lo mejor de la cultura humana arcaica y los avances más importantes de la historia tecnológica de la era protoespacial, todo ello en papel, se había instalado en Scánnowax para servir como apoyo a los programas de rehabilitación de los internos, aunque nunca fue muy visitada y, como el escaso presupuesto se destinaba a los sistemas de supervivencia humana, única prioridad en la colonia, su acervo ―incluso el edificio― fueron saqueados, clausurados y finalmente, abandonados.

II

Sobre mi ingreso a Scánnowax, mi búsqueda, localización e incursión por el silencioso y pútrido laberinto de su biblioteca, podría escribir demasiado, pero no es eso lo importante. No tengo por qué contar aquí cómo me uní a un grupo de aventureros que pretendían sondear Scánnowax esperando hallar los restos de las obscenas riquezas amasadas por los custodios y los líderes raciales del penal y de cómo me asignaron una parte proporcional de un botín sólo supuesto por las leyendas y que yo, en mi afán de llegar a la Biblioteca Mir, había corroborado inventando numerosos índices, autores y referencias en la red informática de la Federación Colonial, disponibles sólo para eruditos autorizados por el gobierno.

No me perderé en los detalles del viaje. No describiré los cada vez más congestionados rostros de ambición de mis acompañantes. Tampoco fastidiaré al imposible lector de esta crónica escrita en lengua arcaica sólo para mi propio solaz, con el cuento detallado de esa mezcla de cósmica angustia y personal ansiedad que me recorrió la espina neural cuando contemplé Scánnowax, la luna negra, la luna laberinto, silenciosa de luces exteriores, sin las habituales peticiones de decodificación para el abordaje a través de los puentúneles inmensos de los espaciopuertos. No, sería demasiado el horror de ver aquella parte del casco reventada cerca del mirador polar norte, por donde dio inicio la catástrofe que, a pesar de las reparaciones de emergencia y los esfuerzos de la ayuda humanitaria, terminó con la vida de todas las naciones prisioneras ahí por los crímenes más diversos y tortuosos que acostumbraban a juzgar las cortes de los gobiernos de la tierra.

Aunque me habría gustado narrar cómo nos adentramos por el puentúnel XXIII del espaciopuerto penal buscando un sitio donde repostar nuestro transbordador ─por cierto, un Genndehl Bio-trans de factura Pteranthariana─, no dispngo de ánimo para tan impertinente faena, pues lo que realmente importa es que encontramos diversas tribus formadas por grupos de ex presidiarios que lograron sobrevivir al desastre casi todas ellas, variantes salvajes con manejos bastante primitivos de agricultura hidropónica y reciclaje de fluidos básicos como el agua.

Lo que sí voy a contarles es la riqueza de las dudas que entraña la supervivencia de estas tribus y su enorme aportación a la incertidumbre universal, como lo fuera la extinción completa de Morandoth, la pequeña luna-custodio que orbitaba en otro tiempo a Scánnowax, pues todo está en sus libros, una buena parte de la Biblioteca Mir, sigue con vida.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    Me encanta la idea de nuestras “malsanas certidumbres”. En buena medida me parece que son fuente de guerras y violencia. Sería saludable que más bien aprendiéramos de nuestros errores.

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