Onirosofía

Iakhob de Ythamar

Por Juan Pablo Picazo

Iakhob se colocó el casco multifuncional para salir a la cubierta de la fragata de arena Zoar que comandaba para el Ejército de la Federación Colonial. Una vez fuera, contempló el sol descendiendo por el horizonte. Era curioso que la historia de la Edad Preholocáustica situase en esa zona la más importante reserva de flora y fauna del mundo, la selva amazónica. Muchos de los más importantes escritores de novela histórica y literatura fantástica, se referían en sus obras a animales que se suponía existieron en lugares como ese. Pero el Amazonas era un desierto que de hecho sería intransitable de no existir naves como aquella. La nostalgia del desierto le llevó al recuerdo de las lecturas sobre el peregrinaje de su pueblo por otro erial en busca de una tierra prometida. Aprovechando la relativa paz de aquel atardecer, ordenó:

— Archivo: Nuevo mensaje. Destinatario: Synaí Danyara en el Consejo Rector de Ythamar. Modo: Voz e imagen, construir secuencia alternativa de remitente y tomas personales subjetivas durante grabación. Inicio: Grabando.

— Hola. Sí, soy Iakhob b’n Iohacim.

Hay tanto qué decirte y tú estás tan ocupada… eres ya tan importante. No lo tomes a mal, ¿no se me nota el orgullo al decírtelo? La mujer que eres ahora me asombra, aunque personalmente prefería la que eras en nuestros días, porque algunos días fueron nuestros ¿recuerdas? Sé que a estas alturas de nuestras vidas me odias o, en el mejor de los casos, te resulto indiferente. Ya no importa de todos modos, es rebuscar en el viejo baúl vacío, como decía tu padre.

Concédeme el tiempo para esta última carta.

Soy un mitómano sin remedio. Pude haberte dicho desde el principio que no, que en realidad no me gustaba la noche, que no me decía nada, que en cierto modo era para mí algo así como un cristal ennegrecido por el humo; pero tu entusiasmo detallando lo difícil que se hacía a veces observarla desde cualquier punto de la biosfera y la forma en que hablabas de las estrellas, me conmovía profundamente. Desde siempre la noche fue para mí el vértigo, la desazón, el miedo. Hacía tiempo que deseaba huir de la burbuja, de nuestra burda imitación de mundo, de esa luna de metal, como llaman los rebeldes a nuestros limpios hogares. Porque la noche me atenazaba con sus hondas, negras e insondables manos y murmuraba en mis oídos inmensidades espantosas e imprevistas.

Y es que desde entonces ya te amaba, por eso te dije lo contrario. Me encantaba la curiosa obsesión de tu padre Iordanan, por darles a ustedes nombres que correspondían a la tierra prometida; él llamado como el río de nuestro pueblo y ese aire de patriarca inconmovible; tu hermano Heberón, como el sagrado monte, y tú, Synaí, especialísima, nombrada como el sitio en que la ley fue escrita por mano del Altísimo y entregada a Moihesés, el libertador.

Te dije que amaba la noche, que la esperaba ansioso durante las horas en que los pétalos fototransformadores de la colonia nos iluminaban, que casi perdía la razón atento al instante preciso en que el ángulo de nuestro mundo se acomodaba a otros reflejos más frescos, umbrosos y constelados. Te dije que sólo en la noche se hacía visible el cosmos y no porque la oscuridad revelase lo que la luz oculta, sino porque las estrellas son la escritura de Dios sobre el negro papel del universo. Y estabas de acuerdo. Pero la noche me aterraba. Por eso me inclinaba sobre las más nuevas holoediciones de las escrituras, para aprender sobre la tierra prometida, sobre la herencia eterna para el pueblo del Señor nuestro Dios y deleitarme con la promesa del retorno que el ángel hiciera doscientos años atrás a Amós III, el último profeta enviado a los hijos de Ysrahel.

También, lo recordarás, pasaba horas repasando con tu padre, no ya la historia geográfica de la tierra prometida, sino la del planeta entero que resplandecía gris-plata allá abajo, donde sólo nuestros estudiosos y las fuerzas armadas de la Federación se allegaban para desentrañar misterios y mantener el orden. Tu enojo ante esas sesiones era dulce para nosotros, fortalecía esa erudita complicidad que compartíamos con la fascinación que ya odiabas desde entonces.

Luego las primeras discusiones. Tenías razón, jamás iba a convertirme en uno de los cronistas de Ythamar, ni podría aspirar al Consejo Escritural que las doce tribus tienen instalado en Iehudá I, así que aquí me tienes en el ejercicio de lo que la propaganda de Pteranthar, la colonia espacial de los gentiles, denomina “el más noble de los oficios”. Así es: soldado de la Federación Colonial, eso explica mi desaparición, el repentino desmantelamiento de mi habitáculo, que había sido ya reasignado cuando fuiste a buscarme la última vez.

guerrero 01Grabo esto no como una disculpa, sino como una expiación. Ahora que te has convertido en la presidenta del Consejo Rector de Ythamar, la casa de nuestra tribu en las estrellas y yo soy Primonauta de la fragata de arena Zoar, creo que lo nuestro definitivamente no podrá componerse, menos cuando hemos sido movilizados para la cacería global de Hielo Santibáñez, líder del llamado Ejército Postholocáustico Terrestre, el enemigo más peligroso de la Federación…

Dictaba su mensaje mientras la interfaz de su casco combinaba imágenes del atardecer en el Desierto de Amazonas obtenidas de la cámara colocada a un costado de su yelmo, con tomas de la cubierta de la fragata en que aparecía el Primonauta de la Zoar, caminando por cubierta mientras a lo lejos se formaba una tormenta salida de la nada.

Algunas veces se arrepentía de ser soldado, como ahora que también se avecinaba una tormenta de arena y estática, lo más molesto y peligroso – junto con los perros del desierto – de aquella travesía en la que no habían tenido noticias de los postholocáusticos.

— Señor…

La voz dentro del casco lo sobresaltó. Una comunicación interna requería de su inmediata atención. Respondió:

— Adelante, control.

— Señor, la tormenta de estática, es mayor de lo previsto y está casi encima de nosotros, es gigantesca Debe regresar al puente. Además nuestros instrumentos detectan una presencia multitudinaria de naves enemigas y…

— ¡Naves enemigas! Desde cubierta no veo ninguna. Estoy en camino. ¿Cuánto tiempo tenemos antes del ataque?

– Apenas unos segundos señor, parecen venir desde la… Iakhob corría hacia el puente de mando dictando órdenes a su caso multifuncional:

– Mensaje terminado enviar adjuntando…

El ataque a la Zoar fue masivo, repentino y fulminante. Iakhob no pudo terminar la frase, de la arena brotaron cientos de naves subterrestres disparando a un tiempo y lanzando ganchos de abordaje. De acuerdo con la teoría, tras peinar la zona y no detectar presencia hostil alguna, la fragata de arena Zoar, debía encaminarse al espaciopuerto militar de Bahía, donde sería puesta en un vehículo de transporte para regresar a Pteranthar y recibir mantenimiento en tanto la tripulación disfrutaba de un mes libre.

En la práctica, el casco de la embarcación había sido horadado en veintitrés puntos diferentes y abordado por comandos postholocáusticos bien entrenados. Una explosión arrojó a Iakhob por la borda lanzándolo muy lejos del vehículo a su mando. Lo último que alcanzó a ver con cierta claridad eran el cielo y la arena girando alternada y obsesivamente antes de desaparecer en la negrura de la inconsciencia absoluta.

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