Yo lector

Una caminata de palabras

Por Juan Pablo Picazo

A quien ama la lectura, un buen libro siempre le dice más que la semántica de sus palabras impresas. Le despierta nuevas búsquedas, le profundiza la inquietud; le resucita sombras, muertos y fantasmas. Le trae también mejores luces, le llama a pensamientos nuevos y le honra. A quien ama la lectura, un buen libro incluso le empujará al fondo de su interior y de su otredad, y las más de las veces le hará regresar con las manos cargadas de tesoros que desconocía dentro de sí mismo.

Pero amar la lectura ya no es lo que era antes. En plena Era Digital, sin embargo, leer un libro de poesía -y por si fuera poco, por ejemplo uno titulado Caminata1, de Margarita León- parece en el mejor de los casos un juego de oximórica y en el peor de ellos un contrasentido. Y es que en nuestro tiempo son muchos quienes ya no apuestan al libro como lo conocemos sino al CD, y por supuesto a la página web. Son muchos quienes ya casi no se hablan, no se escuchan, no se observan, y, en suma, no conversan, sino que prefieren chatear e intercambiarse emoticonos. Las nuevas generaciones de amigos y aun no pocas parejas han dejado la feliz ocupación de conocerse y prefieren la de conectarse. Las personas ya no se citan en un café, sino en el Messenger, el facebook, o el Twitter, qué va.

Para nuestra sociedad estar al día es vital porque es cool, porque te hace productivo; mejor aún: competitivo, aunque para ello haya que abandonar paulatinamente el espacio real y preferir la navegación del espacio virtual, sobre todo porque no se precisa tener computadora propia. No importa sino mantenerse a la vanguardia, aunque nada se sepa de la geografía inmediata que nos cobija y alimenta; que nos ha dado una cultura, un gentilicio y un idioma.

El hombre se ha ido desterrando poco a poco: primero, del centro del universo con Galileo, después de la predilección de Dios con Darwin. Se exilia de la búsqueda espiritual, esencia misma de la alquimia, y no contento con esto aumenta su desamparo al desterrarse, a través de Freud, de la certidumbre, para finalmente proscribirse del mundo y de sí mismo merced a la economía y la tecnología.

Esta Edad del Destierro se gesta en principio durante el periodo neoclásico e inicia con el sueño de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Diderot. La Enciclopedia que imaginaron hoy se llama Internet. Este exilio fue previsto con horror por autores como Julio Verne en su novela París en el Siglo XX, Ray Bradbury en Fahrenheit 451 y George Orwell en su memorable 1984. Resulta inevitable mirarlo retratado también en Caminata:

Pero no existe

entre eriales el bosque,

es sólo un parque que renguea:

piedras las bellotas

que desgranan las ardillas,

avenidas las veredas,

callejones solitarios los atajos,

sombreada plazuela

el centro de la alcachofa

donde vengo al encuentro de mi imagen.

Deber nuestro es recordar que los grandes pueblos, los hombres y las mujeres imbuidas de grandeza, acostumbraban largas caminatas: Moisés y su pueblo, Tenoch y su pueblo, Juan el Bautista, Jesús de Nazaret, Mahatma Gandhi, y otros, porque alguna vez caminar fue un acto contemplativo, inductivo de la ensoñación poética. Nezahualcóyotl, el rey-poeta de Texcoco, aprendió a escuchar al Dueño del Cerca y Junto, al Dador de la Vida, durante las largas caminatas de su exilio por los bosques y gargantas de la tierra, cuando en su juventud huía de la ira de Tezozómoc, rey de Azcapotzalco, quien quería asesinarlo luego de haber usurpado el trono de Ixtlilxóchitl, su padre.

Alguna vez caminar fue un acto sagrado, la forma fundamental de perfecta comunión con el entorno. Los druidas de todo pueblo celta realizaban luengas travesías por los interminables bosques de La Galia, de Iberia y de Britania; caminaban a pie desnudo para sentir dentro de sí la respiración de la naturaleza, la sangre de la tierra, corriendo como un vientecillo a ras de suelo. Javier Sicilia afirma que el objetivo del poeta es la traducción del misterio. Margarita León ensaya la traducción de un verde misterio; uno que la sigue y le habla:

Misteriosos labios

Susurran:

Eres el río”

una vorágine de ramas,

de troncos,

labran la cañada;

a borbotones se despliega

mi corazón errante y distraído.

Hoy caminar se ha vuelto impráctico, se menosprecia. Los jóvenes acostumbran gritarse los unos a los otros: — ¡Paga ruta, jodido! Y otros improperios parecidos. Caminar, pues, se ha desacralizado. Cuando mejor le van las cosas a este verbo es cuando se le receta como mera práctica terapéutica y siempre recomendado con “la debida moderación” y/o “con la debida precaución”, porque una caminata entraña la inseguridad del suelo en terreno no domesticado y la rapacidad del hombre en las ciudades. Somos la única especie que se ha atrevido a sepultar la tierra bajo una pesada losa de concreto.

El hombre de hoy, éste que ejerciendo su presente sueña para sí un futuro interminable, ama la rapidez, la velocidad, lo expedito. Busca ahorrar tiempo todo el tiempo a fin de tener algo de tiempo para darse el gusto de perder el tiempo. Ahora somos una cofradía de corazones errantes y distraídos, una hermandad de convencidos de que ya no existen las distancias, o de que, por lo menos, hanse acortado. Y hay más todavía, pero queda mucho camino aún para degustar el libro que nos ocupa, pues un libro también es un lugar por el qué andar de caminata, al cual volver siempre que se necesite madurar la ensoñación.

Por lo pronto, yo debo ir al fondo de mí mismo para ver qué traigo de vuelta, porque amante de la lectura como soy, esto es apenas un poco de lo que me ha dicho este libro.

1 León, Margarita Caminata, Ediciones Alforja, México, 2002.
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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    Estupendo escrito. No había leído nada de Margarita León. Gracias.

  2. Angel Carlos dice:

    Excelente reflexión sobre nuestra era digital.

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