Entreluz

el

El trabajo independiente

Por Alberto González Carbajal

Hubo un momento, hace algunos años, en que me vi en la encrucijada de continuar como empleado de una gran empresa o empezar mi camino como trabajador/empresario/profesionista independiente. No hubo modo de acudir con alguien para recibir la orientación debida, el tiempo era corto y urgía tomar una decisión, pero las señales (esos mensajes del altísimo) llegaron de un modo inusual:

Me salí a caminar por un parque lineal donde abundan los árboles frondosos que daban una gran sombra que aliviaba el calor de ese verano. Me senté un momento en una banca, intentando de manera mental hacer un examen cualitativo y cuantitativo de mi situación. No es sencillo tomar una decisión de ese tamaño cuando se tienen tantos dependientes económicos. Al final, como ser racional que soy, hice lo que Serrat: “Miré buscando al cielo inspiración” y, justo en ese preciso momento, un ave anónima decidió que yo era un buen blanco para defecar.

Gracias a que en ese momento estaba oteando el cielo me alcancé a hacer a un lado, aunque no lo suficiente. Mi prístina camisa acusaba ahora una mancha entre verde y grisácea… Capté el mensaje: no podía ser empleado de nueva cuenta.

Y ustedes se preguntarán qué clase de interpretación es ésa y cómo llegué a tal decisión, y hasta probablemente asumirán que me hallaba bajo el efecto de alguna droga o algo así. Pues no, la cosa es bastante sencilla: Cuando uno trabaja en una empresa es como sentarse a la sombra de un árbol: te da sombra y puede que hasta de la lluvia te proteja pero siempre se corre el riesgo de que terminen cagándote sin deberla ni temerla y que tengas que salir por piernas para no verte embarrado. Lejos del árbol, eres sólo tú, tu esfuerzo y tu circunstancia.

A lo largo de estos años he pagado mi aprendizaje, a veces de manera muy dolorosa; sin embargo, no me arrepiento en modo alguno. Todo ello ha sido altamente enriquecedor, por lo menos en el ámbito emocional e intelectual, aunque no tanto en el monetario.

También he entendido que no todo el mundo está en condiciones de ser empresario, no por falta de capacidad, sino más bien porque no hemos sido educados para serlo. La enseñanza, quizá porque así conviene a los intereses de los que mandan, olvida fomentar en nosotros el pensamiento independiente y que aprendamos a tomar nuestras propias decisiones. Cuando seamos capaces de desarrollar esas fortalezas en nosotros, entonces podemos pensar tanto en el esquema empresarial más común como en un cambio del mismo, que a mi modo de ver es más evolucionado: menos sociedades anónimas y más cooperativas.

Mientras luchamos para que eso ocurra, tenemos que continuar trabajando con lo que hay, correteando la chuleta o, de perdida, el retazo con hueso de todos los días. Es el precio de negarse a trabajar para otro y enfocarse a producir para uno mismo, aunque en ello se nos vaya la vida.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Cristina González dice:

    Muy buena reflexión, y sí, la libertad sale cara ¡pero lo vale!

  2. Gloria dice:

    Creo que uno de los grandes errores de la educación es fomentar el hacernos inseguros y no lo contrario. Es indispensable además desarrollar el juicio crítico.

  3. Angel Carlos dice:

    Excelente anécdota, muy verdadera y bien contada.
    Un abrazo.

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