Yo lector

Karellen, el custodio

Por Juan Pablo Picazo

Una de las preguntas más presentes en el ánimo del hombre es la que se refiere a su sino, tanto en lo individual como en lo colectivo. Aunque algunas veces lo negamos, siempre hay un momento en que nos interesa saber cuál es nuestro destino y cuánto tiempo de vida nos queda para cumplirlo. Sin duda la forma más aterradora que estas preguntas adquieren es cuando, enfocadas en lo colectivo, obtenemos respuestas devastadoras a través del escrutinio de los libros sagrados o bien, en la prospectiva basada en los hechos científicos.

Imagine sin embargo que un día, sin más ni más, cientos de naves interestelares que acusan una tecnología infinitamente superior a la nuestra, se posan suave y silenciosamente sobre los edificios gubernamentales de las naciones más importantes de la tierra y permanecen ahí en callada espera. ¿Le suena conocido? Claro, en El día de la independencia, esta imagen se explota con gran éxito; aunque pocos saben quién es el visionario que originalmente la concibió, se trata del mismo hombre que vislumbró la histórica 2001: Odisea del espacio: Arthur C. Clarke.

En el libro titulado El fin de la infancia, (Minotauro, Barcelona 2000, pp.226, traducido por Luis Domènech) Clarke vuelve a la carga con la principal preocupación que le queja como escritor de ciencia ficción: el destino de los seres humanos. A diferencia de la cinta El Día de la independencia, las naves no atacan a la humanidad y, no obstante que algunos deciden atacar a los forasteros espaciales bajo la máxima de “el que pega primero pega dos veces” los misteriosos ocupantes de las naves no toman represalias. ¿Quiénes son estos misteriosos y pacifistas visitantes?

Dividido en cuatro partes Prólogo, La Tierra y los superseñores, La Edad de oro y el escalofriante y original desenlace La última generación, Este libro de Clarke podría por si solo haberse transformado en otra saga de las que pueblan el paisaje de la ciencia ficción del siglo XX, al que él mismo aportó sus Odiseas; sin embargo se contenta con ligero esbozo de la historia futura que, no obstante su carácter novelístico, contiene un pequeño ensayo político sobre la abolición del sistema capitalista y su reemplazo por un Estado mundial que alcanza el máximo nivel de bienestar posible para sus ciudadanos, aunque ello entraña también un grave peligro.

Al principio los invasores espaciales, a quienes la humanidad comienza a llamar Los supereseñores, declaran haber llegado con la intención de detener lo que seguramente sería la destrucción del hombre a causa de sus poderosos y descontrolados arsenales nucleares; para ello y sin violencia, desmantelan el sistema político de todos los estados nacionales, desarticulan el comercio introduciendo mejoras tecnológicas que reducen los costos de producción de todos los satisfactores a niveles irrisorios, con lo que el trabajo humano obligado desaparece y como consecuencia se reestructuran los sistemas educativos, monetarios, etcétera. El trabajo de Clarke es impresionante aunque impracticable desde que depende de la premisa de la llegada de una fuerza exterior a la voluntad humana.

A pesar del halagüeño panorama, persiste la duda ¿quiénes son éstos anónimos benefactores? De entrada los superseñores se comunican al principio sólo por la radio con el mundo a través del que parece ser su líder, Karellen y después éste escoge como único interlocutor con la humanidad al secretario general de las Naciones Unidas. Una exigencia constante de la humanidad, luego de poco más o menos veinte o treinta años de gobierno extraterreno, es: ¡Muéstrense, queremos conocerlos! Ellos no lo harán sino hasta cincuenta años después y su aspecto recuerda en la nueva humanidad, viejos terrores desaparecidos junto con las religiones, pues ellos tienen cuernos, alas membranosas, una larga cola, son inusualmente altos y longevos y despiden un aroma muy peculiar además de tener siete dedos en cada mano con dos pulgares oponibles… ¿puede usted reconocerlos?

Y sin embargo, la historia apenas está comenzando. ¿Qué interés tienen estos extraterrestres en la salvación del hombre? ¿Por qué además llegaron justo cuando éste estaba a punto de iniciar su carrera hacia el espacio? ¿Cuál es la razón que tienen para mantenerlo prisionero en su propio planeta? ¿Van a perpetuar el gobierno colonial que ejercen a nombre de un imperio desconocido o terminará algún día? ¿Cuáles son sus verdaderos propósitos? Todas estas preguntas encuentran respuesta, aunque la réplica de Clarke es tan extraña, que para uno es imposible sentirse desesperanzado, aunque tampoco puede sentir con ella una ciega confianza en el futuro. Se trata de un final tan sorpresivo, que uno no puede menos que desconcertarse y resignarse una y otra vez alternativamente.

Para el filósofo alemán Friederich Nietszche, el hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda tendida sobre el abismo de la transición. Es decir, un ser en estado larvario cuya forma y destino finales aún no han sido revelados. De algún modo, las evidencias que apoyan la teoría de la selección natural de Darwin demuestran también este pensamiento, ¿qué razón tenemos para creer que la evolución del hombre ha terminado? El que no podamos observarla con tanta claridad como a través de los restos de los homínidos y prehomínidos anteriores al homo sapiens, no significa que haya concluido sino que los tiempos que se toma, nos rebasan. ¿le gustaría saber de qué trata realmente El fin de la infancia? Atrévase con Clarke y encontrará una de las vetas más ricas e inagotables de la literatura del recién marchito siglo XX.

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