Entreluz

Sombras (nada más)

Por Alberto González Carbajal

Hubo un tiempo en que viajar con los amigos era (toda proporción guardada) como viajar a La Meca; era nuestro propio regreso a Ítaca, nuestra comuna de París (Región 4), el momento de redescubrir y compartir nuestros verdaderos yos, buscar La Verdad a través de compartir Nuestras Verdades. Éramos los que éramos y nada (o tanto) más.

Cuando se viajaba a lugares despoblados, ésos en los que no hay servicios hoteleros y ni siquiera mochileros, se hacían “juntas previas” con muchas semanas de antelación, se procedía a realizar un sesudo análisis y las tareas se repartían de manera muy equitativa; se contaba con pocos autos y todos iban hasta el copete de gente, equipaje, comida y perros. Sin embargo, la alegría era un sentimiento permanente. No había ni menos ni más.

Las expectativas respecto a lo que podía ocurrir durante el viaje hacía que se generaran discusiones al por mayor, mismas que se repetían hasta el infinito durante la travesía. El intercambio de ideas era la constante: allí surgían poemas, cuentos, amores y desamores (con lágrimas y dudas existenciales incluidas). En esa Academia aprendimos a percibir e interactuar con el mundo de las comunidades humanas. Nuestros principios tomaron forma en ese barro.

La llegada al destino ocurría casi siempre al unísono, nadie se apropiaba de territorios, los acomodos se daban de manera natural para las actividades comunes como cocinar, comer, levantar el reguero, etc.; casi siempre había un consenso absoluto, el trabajo era de todos y todos aportaban su esfuerzo de manera equitativa. Para los asuntos de las compras de víveres era sagrado el reparto justo. Aquí debo mencionar que estoy hablando de los años ochenta y que la pobreza que nos rodeaba hacía que todos tuviéramos que esforzarnos para obtener lo que íbamos a aportar para el bien común. Si bien es cierto que alguno, alguna vez, abusó de eso, más que a molestia llamaba a risa (hoy seguimos recordando y nos seguimos riendo).

Al final del viaje todos regresábamos cansados, mugrosos, desvelados, probablemente con una bruta resaca, quizá hasta con hambre, pero eso sí, con la enorme alegría de haber construido unos lazos de amistad que sabíamos, en algunos casos, perdurarían por el resto de nuestras vidas, aunque el contacto se hiciera menos frecuente y las distancias nos separaran.

Allí se marcó el sendero de nuestro ser interior.

Acabo de regresar de un viaje a ese mismo lugar donde alguna vez pensé que no había más mundo que ese espacio (breve) en algún lugar de la sierra de este país.

Salvo por algunos de los presentes, el resto de los compañeros de aventura tenía una idea muy diferente de lo que debía ser el viaje. Nunca sentí su interés por indagar quiénes eran sus compañeros de travesía. La diáspora en el tiempo ha hecho que estas excursiones se vuelvan más impersonales.

Quizá era de esperarse. A veces fue espacio, a veces fue tiempo y a veces fueron malentendidos y a veces simplemente las elecciones de vida lo que alejó a los amigos desde esos años 80 hasta acá; hasta algunas fronteras se encargaron de separarnos (y si no fuera por la tecnología, esta distancia seguiría igual). Los reencuentros, salvo honrosas excepciones han sido breves, intensos quizá, pero breves al fin; el tiempo con el que contamos siempre es poco, y sí, se extraña cuando, en vez de una mesa de un bar o un restaurante, sólo había entre nosotros un poco de aire de montaña, a lo mejor algo de lluvia o neblina, alguna fogata y la enorme voluntad para conocernos y de algún modo aprender a querernos.

Hoy puedo decir que mi mayor aventura en este viaje recién concluido fue caminar con mis hijos (memorable y delicioso, sin duda), con la anfitriona y sus canes (el momento en que mejor pude recordar los viejos tiempos), quedarme atascado en una laguna y comer una deliciosa gordita en el mercado de la ciudad más próxima. Fuera de eso, sólo fui testigo de muchos pasajeros, que no compañeros, del mismo tren. Qué se le va a hacer, la vida es la vida y tiende a disgregar lo que alguna vez estuvo junto, como cuando le soplas a una flor de diente de león y no sabes a dónde quedará cada semilla ni de qué manera germinará cada una. De ese tiempo pasado sólo quedan esas sombras acurrucadas en el musgo de las piedras que pisamos. Hoy sólo hay tiempo para el disfrute individual. Adiós al breve e irrepetible tiempo colectivo.

2 thoughts on “Entreluz

  1. Irma Monreal 4 enero, 2014 / 10:53

    Todo cambia, todo cambia. Abrazos.

  2. Cristina González 3 enero, 2014 / 13:54

    ¡Y qué ironías de la vida! Estos últimos años nos han ido cincelando los creadores del sistema para ser profundamente individualistas, pero ante la crisis inminente que vendrá tendremos que desempolvar ese sentido que tenemos naturalmente de colectividad ¡porque lo vamos a necesitar! Es cuestión de tiempo para volver a disfrutar la pertenencia a una manada, a una pandilla con la que compartir, organizar, sufrir, tolerar y aprender. ; )

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