Incierta certeza

Cartas

Por Luis Ernesto González

A V.A.M.G

I.

Estás ante un juego de naipes. Tienes pocas cartas y tus posibilidades son mínimas, ya no digas para ganar, simplemente para continuar en el juego. No importa el juego, no sé de naipes. De pronto, alguien te da opciones, aporta para ti una salida, te da más cartas. Insisto: no es ningún juego que yo conozca. Vuelves a interactuar, respiras con alivio, estás alegre. Lanzas tus tréboles a la mesa.

II.

Va uno caminando, pongamos por caso, en una calle de Shanghai. No habla chino, tiene hambre, tiene pocos yuanes, tiene ampollas en los pies. Por cierta decodificación de signos, más bien universales, es capaz de reconocer un restaurante y entra con las tripas en pleno concierto. Se sienta ante la mesa, pide el menú con gestos igualmente fáciles de entender. Le llevan un menú en chino, sin fotos, sin posibilidad alguna de que el hambriento, o sea, uno, pueda pedir algo, con conocimiento de causa, que a su paladar le sea agradable. Señalará al azar algún platillo. Y que Dios lo agarre confesado. A menos que alguien, mesero, comensal, filántropo, le dé una carta (nunca mejor dicho) con fotos de las viandas. Entonces, desde los ojos, no siempre educados para distinguir la carne de pollo de la carne de cocodrilo, uno pedirá algo que se acerca más a lo que el hábito del paladar personal aspira a probar. Pero hete aquí que el buen proveedor de cartas le da a uno un menú en un idioma más o menos conocido. Se afina la elección. Y si la carta está en la lengua materna… pues, casi perfecto. Es bueno, por cierto, saber que remolacha es betabel: aunque ambas palabras estén en español, uno podría creer que remolacha es algo horrible y remolón y betabel una delicia sólo inferior al alfabel (que un día probará, quizá luego de leer a Borges). Así que, además de la tarea del filántropo que nos ayuda a comer, es buena cosa saborear cierta cultura.

III.

Lo vemos caminar tristísimo bajo la lluvia, sin paraguas, sin una dirección donde llegar. No importa por qué. Así va y es lo único que sabemos. No encuentra su lugar en ningún sitio. Podría alguien darle refugio y, sí, aliviar su frío y desamparo, pero esa tristeza, esa tristeza… esa tristeza no se quita con calefactores. Imaginemos París en 1995, pensemos en un amigo rumiando poemas de Verlaine, música de Prada, recordemos que en ese tiempo no estaba extendido el uso del correo electrónico y ni soñar con las redes sociales. De pronto, en su cerebro surge una idea. Se encamina a la estación de correos, toma la llave de su apartado postal, abre la puertecilla: y ahí está la carta (nunca mejor dicho) que le devuelve el ser. Lleno de naipes cálidos, regresa a la felicidad de estudiar en la Ciudad Luz. El ponte neuf se llena de naipes ganadores.

IV.

Ahora, muerto el amigo, ¿adónde le mando esta carta, escrita durante toda la vida, que llueve en mis manos?

2 thoughts on “Incierta certeza

  1. Gloria 9 enero, 2014 / 10:49

    Que hermoso es compartir un lenguaje, especialmente si es el de la amistad.

  2. Araceli Gabriela 9 enero, 2014 / 08:32

    Ahora la tendrás que llevar en tu corazón para siempre.

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