Entreluz

Estampas de fin de año (I de II)

Por Alberto González Carbajal

Milagrosamente, quizá porque las condiciones económicas tan adversas de este año que acaba de terminar nos homologaron en la desgracia, un grupo de ex compañeros de una extinta empresa decidimos reunirnos para recordar viejos tiempos. La cita era en una cantina de esas muy antiguas en las que el cochambre del piso forma parte de la decoración y convierte a un lugar viejo en un “vintage club”, con meseros cuyo último pelo oscuro se extinguió hace mucho pero mucho tiempo; pero, eso sí, con un sabor en la comida y la bebida inigualable y, lo mejor, con un precio en sus servicios lo suficientemente asequible como para no tener, dadas la condiciones mencionadas anteriormente, duda alguna respecto a la elección.

Todo marchaba bien. La fecha, a inicios de diciembre, cuando todavía no se llenaban los lugares de reunión; la hora, 4:00 pm, para botanear a gusto y beber sin prisa y sin temor al alcoholímetro. Pero, justo una hora antes de que partiera a mi cita, un cliente al que me pasé todo el año ofreciéndole mis servicios decidió que ese era el mejor momento para vernos y, en su propio lenguaje: “para que tomemos un decisión que implique lo mejor para ambas empresas en la consecución de los objetivos conjuntos que se habían planteado” (en palabras menos rimbombantes y pederas, quería renegociar mi cotización y darme la chamba bajo sus condiciones).

Dada mi condición de urgencia económica, no tuve más opción que acudir a la cita, esperar 40 minutos a que un grupo de sonrientes ejecutivos (cuanto más sonríen, más te quieren reducir el precio planteado por ti) decidiera que yo era la mejor (seguramente la más barata) opción para el negocio planteado, siempre y cuando les hiciera un sustancioso descuento por un pago anticipado y que lo hiciera en la tercera parte del tiempo que había requerido. Mi urgencia me ganó y terminé aceptando sus condiciones a cambio de irme con un cheque que me salvaba de momento de mis urgencias económicas.

Sobra decir que a la reunión llegué unas tres horas tarde, que todos los asistentes a esas alturas estaban tan beodos que algunos ni siquiera me reconocieron, al grado que, algunos días después, me reclamaron que no hubiera asistido… cuando yo fui quien los montó en un taxi para que se fueran a su casa. Esto comprueba la teoría que dice que no hay nada más aburrido que estar sobrio en una parranda.

Unos pocos días después antiguos compañeros de la universidad organizaron una reunión en una cervecería ubicada en la zona sur del centro de la ciudad. Todo sonaba perfecto; es más, era en sábado, lo cual en teoría impedía cualquier riesgo de duplicidad en los tiempos, ya que todos saben que en sábados solo trabajo bajo circunstancias verdaderamente extremas (y en ese momento no tenía ningún proyecto que implicara que suspendiera mis actividades sabatinas). Pero uno pone, Dios dispone, viene el diablo y todo lo descompone: o sea, vienen los acreedores y te cobran esas descomposturas y, en algunos milagrosos casos, llegan los clientes morosos y te sacan del atolladero pagándote las deudas atrasadas.

Y sí, eso fue lo que pasó. Justo cuando estaba por emperifollarme para asistir a la prometedora reunión, recibí la llamada de un cliente que salía de viaje en ese momento y que necesitaba que me presentase en su oficina para recoger un pago lo suficientemente bueno como para poder considerar la posibilidad de cenar en navidad algo más que un pollo rostizado.

Con todo el dolor de mi corazón tuve que cruzar media ciudad en sentido contrario a mi proyectada reunión, con un tráfico tan demencial que apenas tuve tiempo de alcanzar a mi cliente y recibir un pago en efectivo que me puso los nervios de punta: jamás cargo tanto efectivo. Pero era eso o esperarme hasta mediados de enero del siguiente año para poder realizar el cobro.

Tuve que regresar a mi casa a guardar el dinero. La situación a esas alturas sólo puedo describirla así: la tropa loca reclamaba mi presencia y estaba dispuesta a todo con tal de hacer valedera la promesa que había hecho de llevarlos al cine en cuanto las condiciones económicas lo permitieran. Como una sola voz (de dictador, por supuesto) me conminaron a cumplir con mi palabra empeñada, así que mi reunión con amigos se fue al traste, aunque, claro, el consuelo fue simplemente maravilloso. Su emoción compensó con creces mi decepción.

La próxima semana, si están de acuerdo, continuaré narrando estos momentos navideños recién acontecidos.

One thought on “Entreluz

  1. Susana Olmos 10 enero, 2014 / 18:04

    Así es la vida y los vaivenes de diciembre. Gracias por el viaje a la cantina y al recorrido por la ciudad en el ajetreado mes de diciembre. Un beso mi amigo ex “CCachero”

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