Cosas pequeñas

Nueva monografía de Juárez, Benito

Por Anayansi Zozaya

Mi trabajo consiste en abrir el pasado. Pero todos los días mis persuasiones, creencias y convicciones (la Historia) se van convirtiendo en puras historias: relatos inacabados e imperfectos. Y recuerdo aquella lección, ya común, que nos dice que los hechos históricos son opciones, incluso opiniones. Las lealtades de la Historia son caprichosas.

De todas esas historias y de todos esos personajes tengo mis favoritos. Encabezan mi lista, lo confieso, nuestros dos emperadores: Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo. Tengo mis razones o una medio-explicación: ellos son pura literatura. Sus ideas son tan descabelladas y fastuosas que tiñen de encanto nuestra cuidada, frágil y justificada Historia. La humanizan.

En otra lista se encuentran los que no me agradan. Y no me agradan tres tipos de personajes: los aburridos, los hipócritas y los lambiscones. Juárez reúne las tres características. Es el héroe falso, remilgado y relamido, el pastorcito venido a más, mojigato disfrazado de abogado, constreñido, insatisfecho y avaricioso en extremo.

Hoy abrí, literalmente, su pasado. Reconozco que hubo un momento profundamente conmovedor. En mis manos las hojas de papel escritas con una caligrafía nada menos que perfecta. Como “Buen amigo”, firmaba sus cartas. Su redacción, irreprochable. Las palabras, perfectas. Un ensamblaje impecable. La tinta, negra. La página, sepia. Bellísimo. Acaricié, delicadamente, cada uno de sus trazos. Si concibiéramos el tiempo de otra manera nuestras manos se habrían encontrado. Juárez y yo, tomados de la mano.

Y lo habría soltado de inmediato. Cortázar no le perdonó a Teseo que matara al minotauro, y, si se me permite la comparación, yo no le perdono a Juárez el Tratado Mc Lane-Ocampo; aunque no haya visto la vida fuera de los confines del papel.

Un documento firmado por el Ministro de Relaciones Exteriores de México (Melchor Ocampo) y el embajador de Estados Unidos en México (Robert Mc Lane) que, aunque se maquille de Acuerdo de Tránsito y Comercio, implicaba la venta de la otra mitad de nuestro país a los americanos por cuatro millones de dólares. Esta vergüenza orquestada por Juárez tenía el propósito personalísimo de ser reconocido en la investidura de Presidente y de retribuir (¡y de qué manera!) el apoyo de los estadounidenses durante la guerra contra Ignacio Comonfort.

El Tratado nunca fue ratificado pero es curioso que nunca sea mencionado. La versión oficial sobre Juárez omite este “percance” (a la altura del de Antonio López de Santa Anna, el cual, al parecer, constituye el peor despojo de la Historia nacional).

Me pregunto, ¿cómo es que heredamos las versiones tradicionales de nuestra Historia sin cuestionarlas? ¿Cómo es que repetimos frases célebres, como la de los respetos-a-los-derechos-ajenos-son-la-paz, a lo tonto? ¿Por qué tenemos los héroes que tenemos? ¿Cuántas víctimas de la Historia habrá que padecen, todavía, lo que nunca ocurrió? ¿Por qué insistimos en perpetuar creencias evidentemente estúpidas? ¿Por qué escogemos los ejemplos que escogemos? ¿Por qué preferimos el ejemplo del pastorcito que se superó al del hombre que tenía la idea (bellísima) de mejorar al país trayendo al mejor director de orquesta del mundo? (Sí, nuestro segundo Emperador) ¿Seríamos una nación más próspera si hubiésemos escogido otros héroes? ¿Uno que otro ser humano? ¿Mujeres? ¿Debemos ser tan rígidos? ¿Cómo se mide lo grandioso?

No concibo el ejemplo de Juárez. Lo veo como un hombre profundamente insatisfecho y acomplejado que vio en las posibilidades de su destino resarcirse, incluso, de las injusticias cometidas por el mismísimo Dios.

Me pregunto qué haría durante esa hora que pidió para estar a solas con el cuerpo de Maximiliano. ¿Habrá llorado? ¿Pudo haberse sincerado? ¿Habrá sufrido al intuir que sería él y no el segundo Emperador el que se convertiría en ejemplo de valor y patriotismo? ¿Sabría el futuro que le depararía a México al tener un héroe, y más, como él? ¿Podría ser que por unos instantes dejara de pensar en sí mismo como el pastorcito venido a más y sintiera, por fin, todo el peso de lo que significaría algún día para alguien abrir su pasado?

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6 comentarios sobre “Cosas pequeñas”

  1. Lamentable, la repetición de la letanía antijuarista conservadora: lejos de ser una traición a la patria, el tratado McLane-Ocampo fue una jugada maestra. De alto riesgo, sí, pero sin intención vendepatrias. Si a eso le sumamos el panegírico de, ellos sí, traidores consumados como los “poéticos” Maximiliano e Iturbide… qué barbaridad. Lamentable.

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  2. !Qué delicia es leerte querida Anayansi¡ La historia no es de manera alguna como la estudiamos en la escuela, con sus héroes y villanos, ¿Quién la sabe? ¿Quién la escribe? Solo sé que mi perspectiva cambio al leer El Seductor de la Patria de Enrique Serna Rodríguez, y como lo dice el título, la historia me sedujo, pero bueno es la humilde opinión de una servidora, que además defiende a Benito Juárez.

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  3. Vaya, Anayansi, ¡qué pena que te unas al coro de conservadores, porfiados partidarios de que nos gobierne España, Francia, Austria, el Vaticano o el capital internacional. Esos que apenas en el año 2000 lograron quitarse la mordaza y ahora se desquitan, desde su recién ganada zona de confort, tratando de escribir una nueva historia, tan falseada como la anterior, que era fanáticamente liberal! ¿No te parece sospechoso que en tu escrito sólo propongas, al unísono con el coro oficial hoy políticamente correcto, una versión en negativo de la odiosa “historia oficial” de antaño? Maticemos, querida autora, maticemos en aras de la objetividad.

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  4. A ver, evitemos que esto se vuelva un diálogo de sordos. Te pedí que viéramos a Juárez como humano y no como a un héroe de bronce. Ahora me respondes que debemos ver a Juárez como humano. ¿Dónde está el malentendido? Ahora, yo le concedo al odioso “pastorcito venido a más” una perspicacia y/o sagacidad que tú le escamoteas en esto del Tratado Vendepatrias: ¿y si feísimo lambiscón hipócrita (agrego yo lo de feísimo, no te lo atribuyo, pero lo hago en aras de subirle unas rayitas al contraste entre un análisis sereno y uno rabioso) estuviera desde el principio perfectamente convencido de que ese tratado no se llevaría a la práctica? ¿Y si fue la jugada ganadora para legitimar su régimen? Yo sé esto: no se aplicó el McLane-Ocampo y sí las Leyes de Reforma. Y para mí, eso importa más.

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  5. El tratado no lo quiso ratificar Estados Unidos porque ellos mismos estaban en guerra y si entraba en vigor el sur tendría todas las de ganar, sencillamente porque habría más sur. Es decir , en ese momento específico no les convenía firmarlo porque perdían (Washington, el norte) una guerra. Lo que escribí es solamente un ensayo LE. No podía en ese espacio escribir una tesis sobre la historia de México. Eso no quiere decir que no haya estudiado a profundidad ese periodo (que me parece fascinante). Lo único que quise hacer es sembrar una duda. Rebelarme.¿Por qué no ver a Juárez como un ser de carne y hueso que hizo algo muy valioso (hagamos a un lado las razones) pero también fue capaz de proponer algo terrible? ¿Por qué justificas lo terrible? Cualquier hecho maravilloso se va a la basura con la venta de la mitad de un país. Juárez, desde luego, no tiene la culpa de cómo lo vemos ahora, pero permíteme, al menos, decir que era un hipócrita. Y un ser humano.

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  6. Dos preguntas: 1) ¿Por qué no fue ratificado el tratado McLane-Ocampo? 2) ¿No es heroico haber logrado, contra viento y marea, sacar adelante las Leyes de Reforma, que por fin dieron a México un carácter laico? Me parece que hay que estudiar más a fondo la historia de México. Fundamental es saber por qué no se ratificó el repugnante tratado anti-soberanía nacional, y fundamental es saber por qué sí se aplicaron las Leyes de Reforma que redujeron el obsceno poder de la Iglesia Católica. Y ya no hablemos de la soberanía rescatada tras la intervención francesa. No hay héroes de bronce… pero la culpa de verlos así no es de los muertos a quienes ponen tal pátina metálica; la culpa es de los historiadores maniqueos que quieren ver santos o demonios ahí donde hay seres humanos sometidos a las más tremendas presiones de su tiempo. Ni es un santo civil Juárez, ni lo contrario. Como tampoco lo son Maximiliano e Iturbide. Humanos de su tiempo.

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