Cosas pequeñas

Algo que no es algo

Por Anayansi Zozaya

De todas las cosas demasiado derechas en el mundo en contra de las que tendríamos que rebelarnos, el espacio es primordial. Me pregunto si otros también se preguntan acerca de los espacios en los que estamos inmersos. De cómo esos espacios, sin que lo notemos, modifican nuestra manera de relacionarnos. De cómo establecen las prioridades, incluso individuales. De cómo constriñen nuestra capacidad de imaginar y de desarrollarnos. De cómo nos apabullan.

Sólo hay espacio para lo que tiene espacio, lo verdaderamente importante: aquello que se denomina trabajo. Edificios helados de líneas rectas. Lugares homogéneos, serios, ordenados. Oficinas, bancos, tiendas, universidades, museos. Escenarios donde se representan papeles protagónicos, donde ejercen el poder los poderosos.

El lugar de lo erótico, lo lúdico, lo “impuro”, lo escatológico, lo “de otro mundo” está relegado, enterrado, oculto, simulado. Henri Lefebvre les pone nombre: son los espacios del Sí y del No. Paradójicamente (aunque tan sólo para algunos), el espacio del Sí niega la vida; el del No, la afirma.

Creo que vale decir que el espacio es la expresión de una sociedad, pero también que la sociedad es la expresión de su espacio. Un círculo en el que se juega nada menos que con los vínculos de seres vivos. Vínculos que se asemejan a los espacios en los que se articulan o desarticulan, espacios que se asemejan a la desvinculación de sus personajes.

Sería ingenuo pensar que sólo una parte de nosotros percibe los lugares; y más aun, que los percibe de manera neutral. Los espacios nunca son neutrales y nunca son medio percibidos. Los aprehendemos con nuestro ser entero. Los vivimos con todas sus profundidades y contrastes y faltas de lógica. Tan es así que no somos los mismos en este lugar y en aquél.

Estoy diciendo que nuestros espacios son nuestro reflejo y que somos el reflejo de nuestros espacios. Podemos jugar a que ésta es una verdad. Entonces los espacios significan y hasta podemos leerlos, o escucharlos o palparlos y conocer, así, qué somos. Esto es muy claro en la Antigua Grecia. La concebimos, antes que nada, como la sociedad de la convivencia en las plazas; la del lugar de la palabra; del amor al conocimiento; la del predominio de la vanidad y del valor de la sensualidad; la de la consideración a los dioses; el mundo dinámico; del disfrute; del deleite; de la vida misma.

¿Qué dicen nuestros espacios de nosotros? ¿Qué se dirá de la sociedad mexicana de principios del siglo XXI dentro de dos mil años? ¿Qué se dirá de nuestro microcosmos cuadrado y lleno de gigantescas cajas cerradas? Quizás que se trataba de un mundo de seres débiles y amedrentados que requerían, para protegerse unos de otros (y hasta de sí mismos), de esas cajas construidas de muros de concreto. Entes sin afectos, sin pasiones complejas; cuadrados y predecibles como sus edificios. (¡Ay!, tan pocos cafés, librerías, arrabales, hoteles de paso…)

¿Pasaremos a la historia como aquellos individuos que despreciaron sus cuerpos, que ignoraron el placer, que desperdiciaron su libertad, su habilidad nómada? Una sociedad puritana y santurrona formada de seres básicamente diurnos, idénticos en sus necesidades; intercambiables. Personas que no necesitaban más que un pedacito de mundo para sus vidas. Vidas que medían, muy probablemente, unos cuantos centímetros cuadrados. Sujetos sin alegría. Obvios. Dialécticos. Cómodos. Prestos. Veloces. Prácticos. Seres que fueron perdiendo la capacidad de imaginar. Que duplicaban, triplicaban, cuadruplicaban; no creaban. Ni siquiera trágicos. Ni enigmáticos.

¿Cómo íbamos a sentir la necesidad de escenarios más dignos? ¿Nuestras representaciones lo ameritan? ¿Vamos a ser Antígonas, Dionisios, Medeas, Heras, Héctores, de perdida Polifemos? ¿Necesitamos ágoras, panteones, olimpos? No hemos sido ellos, ni hemos necesitado esas construcciones. Tampoco nos ha molestado. No nos hemos manifestado en contra de los espacios que, como a una Alicia, nos van apachurrando. No nos afecta tener que sacar piernas y brazos por las ventanas y doblarnos y contorsionarnos y dislocarnos. No nos indigna nuestra propia imagen, quizás porque perdimos también la capacidad de mirar.

Afortunadamente, se dice, el tiempo destruye casi todo. En dos mil años tal vez habremos desaparecido por completo. No quedará rastro de nuestra ramplonería. Ni siquiera ruinas en ruinas. Eso sería demasiado bello.

Anuncios

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Elizabeth Aguilera dice:

    Querida Ani, me surgen varias reflexiones sobre este texto, más propias para un debate que para un comentario unilateral, pero como siempre me dices que opine, pues opino. Esto que entendemos hoy en día por espacio, es casi una convención que es el espacio CONSTRUIDO, cerrado, limitado y limitante, como diría la maestra Rosario.El espacio abierto, público ha quedado supeditado como casi todo, a intereses económicos, el espacio construido es hoy en día casi en su mayoría privado, le pertenece a alguien o a algunos pocos, es un símbolo de poder y de estatus y es muy curioso como nos vamos apropiando del espacio (público) porque no es lo mismo vivir en Polanco que en Portales, ha! porque somos muy diversos, pero nos encanta zonificar, clasificar, separar(nos) y las prostitutas a Tlalpan, los financieros a Reforma, los hipsters a la Condesa, los comerciantes al centro y los compañeros marxistas-Leninistas pero con estilo a Coyoacán.Que que dirán nuestros espacios públicos dentro de algunos siglos? Que no fuimos capaces de compartir, de mezclarnos, que en la repartición del espacio siempre hay reglas. Quizá para ese entonces el espacio público haya desaparecido.
    Si, el espacio habla de quienes somos, de como somos, de cuanto tenemos. La ciudad, la bella y monstruosa ciudad es el mejor representante de las virtudes y los vicios del ser humano.
    Nuestro cuerpo, la casa,la oficina, la calle,la ciudad, el campo, el mar, el espacio íntimo, el alma, todos espacios en los que habita nuestro, nos pertenecen? Unos si,y otros no. Y sigue la discusión…
    Abrazo.

  2. Angel Carlos dice:

    Lo que dices –hermosamente, por cierto– era en gran parte la realidad hasta antes del surrealismo, de la revolución juvenil del 68, del cultivo del cuerpo cincelado a base de gimnasio, tatuajes, piercing, dieta y cirugía plástica. Antes del imperio del deporte, con sus innumerables cultivadores y sus héroes.

  3. Martha Ayala Bastida dice:

    Cada día me sorprendes más, afortunadamente tengo el privilegio de formar parte de tu vida, es hermoso leerte.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s