Entreluz

Esos regios (III de IV)

Por Alberto González Carbajal

Sigo con este relato de mis recientes cuitas y gozos en la norteña ciudad de Monterrey.

He tenido la fortuna de, a lo largo de muchos años, haber prestado mis servicios profesionales a varias empresas asentadas en la llamada “Sultana del norte”. He de agradecerles que aprendí con ellas algunas cosas que actualmente forman parte de mi bagaje profesional, a pesar incluso de esos detalles que hacen tan especiales a los regiomontanos. Déjenme les platico.

Tuve un jefe con el que, de manera permanente, discutía sobre la preeminencia de nuestras respectivas ciudades. Él decía que la capital de la República era en realidad el traspatio común de este condominio llamado México; a lo que yo respondía (herido en mi orgullo chilango) que en realidad éramos el corporativo de nuestro país. Esto lo ponía loco, al grado de amenazarme con despedirme si seguía “diciendo tarugadas”.

Yo remataba argumentando que, además, ellos eran codos, marros, avaros o amarretes; a lo que él contestaba, al borde del paroxismo, que lo que sucedía era que nosotros los capitalinos tendíamos a ser unos despilfarradores irredentos. Después de carcajearme, yo reviraba que, en realidad, tendíamos a la generosidad… Y así podíamos seguirnos por horas.

Les cuento esto para ilustrar un poco el tan notable sentido de identidad que tienen los habitantes de esta ciudad: mientras los del DF tendemos a tomar todo un poco a broma, ellos se tornan violentos si cualquiera se mofa de su pertenencia regiomontana.

Durante mi más reciente estancia en la ciudad del Cerro de la Silla pude platicar con mucha gente de todos los niveles sociales: choferes, empresarios, camareros, policías, taxistas, funcionarios del gobierno municipal y un largo etcétera, y en todos hallé una constante: hablaban de un modo absolutamente natural de su gusto por vivir allí y de las cosas tan bonitas que tiene su ciudad. Elementos que a los oídos de cualquier chilango pueden sonar como cosas ordinarias, para ellos son motivo de un orgullo y, por lo mismo, nunca les suenan estridentes. Ese orgullo se asume muy naturalmente; es decir, que no tienen que andar gritando: “¡Viva Monterrey, cabrones!” para que los ojos les brillen cuando hablan de lo bonito que es tal o cual cosa con apenas una variación en el tono de su voz (voz que siempre tiene ese cantadito medio golpeado, tan típico de allí).

Siempre he admirado a los pueblos que se enorgullecen de su patria chica; esa gente que le canta o le escribe poemas al lugar que la vio nacer o al que llega para quedarse (o a ambos), pero confieso que hasta ahora entiendo cabalmente que ese modo tan particular que tienen los habitantes de Monterrey de asumir su orgullo (sin aspavientos, sólo trabajando y haciendo su vida con mucho gusto) es, desde mi punto de vista, uno de los modos más genuinos y prácticos que he conocido, aunque eso implique que el asumir el nacionalismo quede, de algún modo, relegado.

Esta ciudad quizá no tenga la magia, ni la belleza, ni el clima, ni los encantos naturales de otros puntos de mi país. Tiene, eso sí, una población que se ha hecho dura a fuerza de enfrentar contratiempos. Deberíamos imitarles algunas cosas, sobre todo en estos días en que es preciso jugárnosla por lo que amamos. Eso digo yo.

One thought on “Entreluz

  1. Angel Carlos 21 febrero, 2014 / 13:37

    De acuerdo, Alberto, el amor al terruño debería formar parte de nuestra identidad.
    Lejos de eso, la mayoría de mis compatriotas se avergüenzan de su país y quisieran ser gringos.

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