Entreluz

Sobre el conocimiento rupestre de la alimentación

Por Alberto González Carbajal

Miren, la cosa es muy simple: si comemos mal, entonces nos va mal y, sin que nos demos cuenta, nos carga el payaso.

Esto que les digo proviene en gran medida de mi propia experiencia, de muchas lecturas sobre una de las enfermedades degenerativas que más están proliferando hoy en día: la diabetes y sus desastrosas consecuencias. Y no sólo de mi experiencia y lecturas, sino también de muchas pláticas que he sostenido con los médicos con quienes he tenido la fortuna de tener consulta.

Resulta, pues, que las condiciones se forman en la niñez. Sí, porque es entonces cuando establecemos nuestros hábitos alimenticios (las consecuencias de los buenos o malos hábitos nos acompañan toda la vida). Es en ese estadio de nuestro desarrollo cuando ciertos genes (los genes son como puertas que a veces hay que tocar con fuerza para que se abran y a veces hay que pasar de puntitas para que no se despierte el monstruo que vive adentro), muy útiles en determinado momento de la evolución humana (pues sirvieron para mantenernos vivos), ahora pueden provocarnos serios problemas y convertir nuestra vida en algo insufrible.

Y claro, los niños no lo saben, pero los padres deben forzosamente estar informados. Ocurre, casi siempre, lo contrario de lo adecuado: para mantener tranquilos a sus chamacos, los papás comienzan a proveerlos de satisfactores alimenticios que no lo son tanto (pues los favoritos son los constituidos básicamente por carbohidratos y azúcares; y la diabetes es precisamente una enfermedad que surge debido a que atiborramos nuestro cuerpo con estos elementos que nuestro cuerpo no necesita en esa cantidad y tampoco tiene capacidad de procesarlos). Con el tiempo, ya en su juventud y su madurez, esos ex chamacos se volverán adictos a aquello que los hizo sentir bien. Tal como acaban de leerlo: la palabra es adicción. Esos satisfactores provocan que se libere en nuestro torrente sanguíneo una cosa que se llama dopamina, la cual nos hace sentir contentos, anulando la sensación de saciedad.

Así las cosas, si los padres dedicaran a sus hijos unos cinco minutos al día en ayudarles a entender cómo funciona su cuerpo y qué es lo que éste realmente necesita para crecer y vivir en plenitud, los escuincles entenderían. Los niños, aunque muchos no lo crean, son lo suficientemente inteligentes como para distinguir lo bueno de lo malo (hablo de salud) si se les da la información de manera correcta y, por supuesto, de buen modo.

Si en lugar de atiborrarlos de tortas y jugos industrializados para el recreo, se les dan pequeñas raciones de verduras con chile y limón, o de frutas o, de cuando en cuando, algún lácteo, el infante va a llegar a su casa a comer a gusto y no se va a zampar por obligación lo que se le pone enfrente.

El método es sencillo: raciones pequeñas muchas veces al día, comer lo que se necesita cuando el cuerpo lo pide.

Ayudar a los productitos de nuestras entrañas a entender cómo funciona su cuerpo es una herramienta invaluable, porque les echa una mano para encontrar su propio camino para entenderse a sí mismos.

Y no me vayan a salir con que la dichosa pirámide alimenticia dice que hay que entrarle con singular alegría a los cereales… porque eso es una falacia: No conozco ningún médico sensato que avale eso. Si el gobierno nos lo plantea es porque detrás existen poderosos intereses económicos que quieren proteger sus ventas chorromillonarias. Piensen mejor cómo es que nos alimentábamos antes de que nos convirtiéramos en seres sedentarios, antes de que a alguien se le ocurriera que, para poder asentarnos, había que ponernos a sembrar unos granitos que sabían sabrosones y que se podían almacenar. Antes de eso se comía lo que había cuando había (allí es donde los paleogenetistas dicen que se formó el “gen ahorrador”, que es el responsable de que acumulemos grasas en el cuerpo).

Por eso, señores, a los chiquillos hay que alimentarlos de conocimiento, así como de buenos alimentos y de la misma forma: en pequeñas raciones y muchas veces al día. Si no es así, corren el riesgo de empacharse… por decir lo menos.

Sé muy bien que este blog es un espacio de literatura y política y por eso no los atiborro de los cientos de referencias que hay sobre estos temas. Mejor se los relato así, como si fuera un pequeño cuento.

Por último, sé que no mencioné nada sobre practicar algún deporte. Esto es absolutamente a propósito, pues de eso les hablaré próximamente.

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2 comentarios sobre “Entreluz”

  1. No nos hemos acostumbrado a darle a nuestro cuerpo lo que realmente necesita sino más bien lo que la publicidad no solo sugiere sino prácticamente impone. Gracias por tus consejos.

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  2. Muy acertado Alberto, enseñar a nuestros hijos a tener buenos hábitos alimenticios en un mundo globalizado, lleno de mensajes, estímulos e influencias de todo tipo, es una batalla difícil de librar pero muy segura de ganar con la constancia y cariño.

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