Yo lector

Soledad que llama a la muerte

Por Juan Pablo Picazo

Es prácticamente imposible conocer un autor que no haya escrito acerca de la soledad. Claro, es uno de los grandes temas como el amor, el tiempo y la muerte, pero es que hay de soledades a soledades. Veamos: para muchos, la soledad es la condición indispensable para la libertad, para la creatividad, para la vida plena. Marguerite Duras (Escribir, Tusquets, 1996) establece que la soledad es condición imprescindible para ejercer el oficio de escribir, se trata de una soledad que es necesario construir con el propio esfuerzo; la escritora francesa inclusive afirma: “He conservado esa soledad de mis primeros libros. La he llevado conmigo”. ¿De qué se trata esto? De una soledad vivificante.

Hay pues, una soledad que se disfruta.

Otros la llevan puesta como un atuendo con el que no se sienten cómodos. Para ellos puede parecer el abrazo indeseable e insistente de una camisa de fuerza y se sienten anhelantes de ser habitados pues, a semejanza de los amorosos de Jaime Sabines, se sienten vacíos, pero vacíos de uno a otro costado y, ora tímidos ora aventureros, ofrecen su dispuesto abandono como un oasis, como refugio para soledades paralelas a fin de construir la compañía, misma que en estos tiempos del amor parcial y efímero, no termina nunca de llegar, como le pasa a Sísifo desde lejanos días y como él cada vez que piensan que han vencido, el aislamiento los lleva al principio, a subir empujando la piedra nuevamente. Entonces el edificio del yo es bombardeado por la depresión y el solitario de este tipo va perdiendo su selectividad, va aceptando casi cualquier posible compañía. Es una soledad en la que el ser peligra.

Hay pues, otra soledad, una que mata.

Y suele ocurrir que para los primeros el retiro es un ámbito natural sobre el que pocas veces piensan, y cuando lo hacen, logran una profunda reflexión y hasta algún ensayo, como Marguerite Duras. Para los segundos la soledad es una tan pesada carga que -dime de qué presumes y te diré de qué careces-, la esgrimen a diestra y siniestra como una de sus mayores cualidades, de sus mejores heroísmos, lo que da cuenta de la devastación de su autoestima. Entre unos y otros existen personajes híbridos de todas clases y en todos los niveles.

En la novela Agua negra (Ediciones B, Madrid, 1993) Kelly Kellher pertenece a esta segunda clase de solitarios sufrientes, se regodea con la idea de haberse convertido en la elegida de El Senador para protagonizar una aventura con la que –piensa- podrá encandilar también a quienes la escuchen narrarla en el futuro. Pero ella es como quienes tienen que ir por la vida con ese disfraz que les queda holgado y, paradójicamente, les asfixia; y cuando esa soledad incómoda se mezcla con una mirada que parece promesa, y cuando esa promesa se vuelve tangible en una sonrisa, entonces él o ella, forzados solitarios, se encandilan con la luz y caen en la trampa. Vuelan hacia la llama.

Joyce Carol Oates, prolífica escritora identificada con el movimiento denominado nueva novelística norteamericana que se dio en la década de 1970, se asoma a los pozos insondables de la soledad incómoda, partiendo de un hecho verídico que en su momento protagonizaron el senador Ted Kennedy y cierta mujer valiente y solitaria.

Agua negra es una novela en la que el poder, el dinero, la influencia, la soledad y la aventura se entrelazan y dejan al descubierto una realidad que a pocos apetece explorar como terceras personas, pero a quienes gustaría probar en calidad de protagonistas. No obstando las consecuencias de sus actos, pues el forzado solitario acepta, ya desde la fantasía un precio alto antes que permanecer en su habitual estado que, le parece, es de una indefensión casi absoluta.

En Agua negra, las cualidades narrativas de esta autora nos llevan al recorrido de una vida completa en los segundos en los que transcurren la incertidumbre, la agonía y la muerte, de forma semejante a lo que Gabriel García Márquez logra con su célebre Crónica de una muerte anunciada; en dicho recorrido, se hace la narración de una vida moldeada según los valores de un mundo en el que productividad y la apariencia, encabezan una lista de valores ya más arraigados en el hombre socialmente necesario del siglo XX, cuya deformación amenaza con recrudecerse en este XXI; un hombre o mujer que sólo es en la medida que tiene y aparenta, aunque no lo quiera.

Joyce Carol Oates pertenece más o menos a la misma generación de autores que Susan Sontag. Es considerada una de las escritoras norteamericanas más importantes de la segunda mitad del siglo recién ido. Novelista, dramaturga y poeta, el periodista Joe David Bellamy la definió como “un metabolismo super normal” por su hiperactividad y su carácter enérgico y desbordado.

Temas que no nos son ajenos se ventilan pues en esta novela además de la soledad; la impunidad, la corrupción, la frivolidad del poder, casi natural de tan omnipresente en las sociedades contemporáneas.

One thought on “Yo lector

  1. Gloria 4 mayo, 2014 / 12:25

    Me encanta tu análisis de la soledad y la reseña de ese libro que ya deseo leer.

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