Yo lector

La revolución de Asfódelo

Por Juan Pablo Picazo

 

Yo soy El Tlacuache y odio viajar a la luna porque los selenitas se refieren a los terrícolas siempre con desprecio, como si sus antecesores no hubieran nacido en la tierra. Vine a Tranquility City por encargo del Circuito Tecnodelictivo Profesional (CTP) nada más para cazar a El Zorro y evitar que la revuelta cristorrecepcionista haga mella en nuestra organización. Él ya no es un greentech puro; los técnicos de Laboratorios Mariano han escudriñado en el programa de su prótesis craneal y puede que ahora sepan más de lo que nos conviene.

Nadie como él sin embargo para introducirse en los oscuros túneles de la realidad virtual; es inmune a gran cantidad de virus electrónicos, posee habilidades inigualables en el camuflaje cibernético y es capaz de anular candados, decodificar contraseñas y romper toda clase de hielos. Pocos hemos alcanzado esa perfección en el CTP, pero él se dejó atrapar y sabemos ahora que está involucrado en el Jihad. Hay quienes le consideran un profeta, se le ha visto en compañía de Mateo Ayala, el fundador del cristorrecepcionismo, se le ha detectado penetrando en las defensas virtuales de los Hijos del Armagedón y hasta se le acusa de conspirar al lado de los Pleyadianos.

Si no lo encuentro yo primero, o si me vence, Asfódelo dará cuenta de él. Asfódelo es una máquina poderosa y tiene conciencia de ello. A través de sus bancos de datos y la La1aCalleSoledadcapacidad de sus seudópodos para sondear la mente, ha creado los más perfectos sueños eléctricos proveyendo a media humanidad de las felicidades que tanto ansían, cumple cualquier deseo: la vida, el dinero, el amor, la fama, éxito o muerte.

Por ahora la luna es un caos, se respira tensión, las bandas de fanáticos de una y otra religión se asaltan mutuamente los templos; se vejan, se lanzan piedras, se golpean con garrotes y lo peor: algunos han desarmado a la policía selenita y portan ya lo mismo pistolas aturdidoras que láser, rifles de asalto, mortíferas pocket lanzagujas y ya hasta se les ha visto portar gulah-28, esos escandalosamente destructivos lanzagranadas árabes, capaces de abrir boquetes en las paredes exteriores de los túneles de las ciudades lunares causando estragos.

Como él, soy un greentech. Traigo mi daga ritual de obsidiana para dormirlo con el sueño de los justos. Para llegar hasta aquí he debido infiltrarme con un grupo de cyborgs mercenarios contratados por las grandes industrias corporativas que quieren acabar con el jihad y salvar sus intereses económicos en la luna. Mi prótesis craneal al 50 por ciento, mi objetivo ocular y el brazo biomecánico me han servido para pasar por uno de ellos. Ahora estoy en Jason landing 7, el vehículo orbital de descenso, con un reluciente Corpse W540, listo para abrirme paso con él en el caos lunar, dormir al Zorro y desconectar a Asfódelo.

La primera calle de la soledad (Vid, 1997) es, de acuerdo con algunos especialistas, la primera novela de corte cyberpunk en México y su autor, Gerardo Horacio Porcayo, (Cuernavaca, 1966) es conocido por la construcción de su obra sobre los azarosos límites de la ciencia ficción y la novela policial, géneros en los que resulta habitual leerlo. Las páginas de este libro remiten a clásicos como Neuromancer de William Gibson, Do androids dreams of electric sheep?, de Phillip K. Dick y otras igualmente canónicas y más aún: Porcayo lanza homenajes tangenciales a otros maestros de esos géneros como Asimov Lovecraft, Stocker y Heinlein.

Este autor nuestro ha merecido entre otros, los premios La Pluma del Jaguar, que solía otorgar la revista del mismo nombre editada por la Universidad de las Américas (1988); Premio Internacional Axón Electrónico Primordial (1992) Premio Nacional Puebla de Ciencia Ficción (1993); Premio Nacional Kalpa de Ciencia Ficción (1993); Premio Internacional Más Allá de Ciencia Ficción y Fantasía (1994) y en noviembre de 1999 el premio Goliardos, por el grupo Goliardos en coordinación con el Instituto Politécnico Nacional, por labor de difusión de los géneros alternativos, entre otros.

En una conversación con Francisco Javier Barriopedro, Gerardo se declara creyente y practicante y afirma que sin embargo, su novela aborda como tema central el desencanto de quienes ven en la religión el único camino posible para la fe y, como telón de fondo, una feroz guerra religiosa resultado de la prolongada dominación de un Estado de carácter paramilitar y transnacional que promueve las diversas sectas en disputa como parte de su modus vivendi, sólo que la jihad se les ha escapado de las manos.

Es una novela de sencillez asombrosa en la forma y que propone, de algún modo, un escenario si bien sombrío aunque no por ello imposible. La biomecánica y los cyborgs; las drogas virtuales como el sueño eléctrico y los implantes cerebrales; las prótesis inteligentes y otras minucias como armas de impulso plasmático, lenguajes propios de la tecnodelincuencia como el n-plax y el grange, etcétera, se pasean libremente por estas páginas que contienen además, una jugosa caricatura del psicoanálisis a través de las manías de Rodrigo Balboa y sus guardaespaldas: el gordo y el flaco.

Si a usted le gusta deambular por la novedad, atisbar al futuro, esta novelsa es una opción inteligente, pues como sea, Gerardo Horacio Porcayo trasciende el que Ezra Pound considera el mayor peligro para el artista serio: el provincialismo pues, a semjanza de el Zorro, este autor sabe que “un hombre duro no rueda cuesta abajo. Camina a cada instante de su vida. Si lo lee, descubrirá un nuevo mundo literario, o explorará desde otro ángulo uno que ya conoce.

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