Entreluz

Unas cuantas preguntas (eternas) sobre el amor

Por Alberto González Carbajal

¿Quién es mejor: el que ama o el que se deja amar? Esta es una de esas preguntas que resultan endiabladamente difíciles de contestar, por lo menos desde un enfoque eminentemente racional; porque si medimos quién hace un mejor esfuerzo para conseguir que su sentimiento se cristalice, definitivamente el que ama en primera instancia es quien podría obtener la más alta evaluación; pero, ¿hay quien puede medir el amor de algún modo? ¿Existe una escala para esto? Me parece que no o, por lo menos, su servidor no la conoce.

Hay casos en los que el que ama es capaz de renunciar a sí mismo para estar donde quiere estar, o sea, con el ser amado. Ejemplos de ello hay muchos. Recuerdo a un buen amigo que hace algunos años hasta se volvió un devoto católico (cuando él solía ser un recalcitrante jacobino comecuras) con tal de estar cerca de quien él consideraba en ese momento la mujer de su vida. Aquí entramos a otro dilema: ¿De quién se enamora el ser amado: del que uno era antes de cambiar su ser o de aquel que resulta de la transformación?

Se le atribuye a George Bernard Shaw la frase “Siempre hay alguien que besa y otro que se limita a permitir el beso”. No estoy tan seguro del origen de la frase pero ésta me lleva a otra, extraída del Antiguo Testamento, específicamente del inicio del Cantar de los Cantares, donde la joven esposa implora a su amado: “Bésame con los besos de tu boca”. Estas dos ideas, desde mi muy humilde y rupestre punto de vista, son una sola; uno de los dos está dispuesto a la sumisión con tal de estar cerca del ser amado.

Y no lo juzgo, creo que es un proceso absolutamente natural, pero que no garantiza que el amor perdure. Considero que si éste se acaba en algún momento los daños son inconmensurables para quien renunció a sí mismo, porque se queda sin ninguna certeza en torno a él (o a ella) o al mundo que lo rodea… Y allí está otra vez la misma pregunta: ¿De quién se enamora el ser amado: del que uno era antes de cambiar su ser o de aquel que resulta de la transformación? Trazando desde allí una línea a futuro, no es raro encontrar este otro cuestionamiento: ¿No se terminó el amor porque dejamos de ser como éramos cuando nos conoció el ser amado?

¿Y a éste qué le picó, que le anda dando tantas vueltas al asunto del amor?, sepreguntarán ustedes. Toda esta reflexión surge de un “espectáculo” que me tocó presenciar hace unas noches afuera de mi domicilio. Ya era un poco tarde y los productitos de mis entrañas se disponían a dormir. Yo estaba trabajando en un diagrama de escenarios de ventas de un cliente (se escucha aburrido… lo es) y andaba tan absorto que no prestaba mucha atención a mi entorno, hasta que la capitana Nenetiti salió de su habitación para decirme que había mucho ruido en la calle y que no se podía dormir.

Cuando logré conectar o “caimanear” (como dicen los electricistas) los cables, es decir, las neuronas para salir de mi abstracción, me asomé por la ventana y descubrí que una joven pareja mantenía una encendida discusión justo del otro lado del muro de la habitación de mis pequeñuelos. Nenetiti tenía razón: no hacía falta aguzar el oído para escuchar todo a detalle. Ambas partes se proferían las recriminaciones de siempre: “Antes eras más detallista”, “No me das mi lugar y me siento relegado”, “Ya no me buscas como antes”, “Cuando estamos con tus amigos siento que no te importo” y un largo etcétera.

Salí a la calle y (del mejor modo posible) les solicité que le bajaran el volumen a su plática, ya que claramente sus problemas de pareja estaban dejando de ser patrimonio de ellos solos, pues los decibeles de sus voces hacían inevitable que muchos nos enteráramos de sus cuitas amorosas. Me miraron con ojos que denotaba un poco de desprecio y algo de espanto (traía puesta mi cómoda piyama vieja, la que está como rota) y salieron volando del lugar.

La parte injusta de mi buena labor de padre que vela el sueño de sus hijos es que ya no pude terminar mi trabajo; las eternas dudas en torno a los porqués del amor se agitaron en mí y me mantuvieron mucho tiempo distraído. Al final me di por vencido, traté de ir a dormir y tampoco pude. A pesar de los años vividos, uno no tiene ninguna respuesta clara en torno al misterio que une a dos personas:¿La relación dominación-sumisión deja los papeles claros y eso da seguridad? ¿La búsqueda de la equidad es lo mejor para crecer juntos? ¿Prometerse que ninguno va a cambiar para no dar de pronto el sorpresón de que ya es otro o que tiene otros intereses? ¿Vivir eternamente pendientes uno del otro y que el mundo no toque muy seguido a su puerta exigiendo su atención? Cada relación de amor es como una tarjeta de crédito: personal e intransferible. Lo tremendo es que hasta una misma relación tiene tantas realidades… que ni cómo darle crédito a todas. ¿O ustedes que piensan?

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