Entreluz

Un poco de gis y scratch (I de III)

Por Alberto González Carbajal

(Abro largas comillas) “La casa de mi amigo, donde casi siempre hacía esto que les voy a contar, estaba ubicada en la calle Olmos (curioso nombre para un lugar que no tenía un solo árbol de este tipo), en la parte noroeste de la Ciudad de México. Mi recuerdo me lleva a tiempos en que llovía de manera muy parecida a como ocurre en estos días. Sentado en la alfombra y ante el equipo de sonido, mi primera preocupación era calibrar los cabezales, los niveles de ecualización y la correcta combinación de esto con los niveles de las altas frecuencias (que apenas eran perceptibles para cualquier oído humano, pero que determinaban el nivel de ruido que sí se percibía) de la, en aquel entonces, avanzada grabadora de casetes.

Una vez conseguido esto, lo siguiente era determinar el orden de las canciones a registrar en una cinta que, de manera estándar, sólo podía almacenar 60 minutos divididos en dos lados de grabación, por lo que había que sumar los tiempos marcados de cada canción más uno o dos segundos de pausa entre cada pieza musical, lo cual se volvía un verdadero galimatías cuando uno intentaba, además, lograr algo parecido a una línea temática o temporal, algo que expandiera el leitmotiv mediante historias musicales de muy diversos autores o cantautores con algún elemento en común entre toda la selección previa.

Por otro lado, estaba la cuestión de combinar grabaciones de varios discos LP o de otros casetes y medir el volumen previo de grabación para que la selección se reprodujera de manera uniforme y no pasara que Silvio susurrara una pieza y enseguida Patxi Andión gritara otra.

En el caso de los discos LP había que limpiarlos, escucharlos antes para ver si los daños inevitables por el uso no requerían de una limpieza extra (la cual podía incluir hasta alcohol en estado casi puro, aunque esto significase un daño irreparable en la superficie del disco), acomodarlos de acuerdo a como se planeara utilizarlos, calibrar el tornamesa para que la velocidad fuera la correcta, limpiar la aguja del brazo (la cual era también una elección que tenía que ver con la calidad buscada: había unas que costaban unos cuantos pesos y otras que podían llegar hasta el equivalente de unos mil dólares).

Antes de iniciar el proceso de grabación del casete era necesario avanzar y re embobinar la cinta con el fin de prevenir posibles roturas en la misma, generadas por la tendencia al apelmazamiento que tiene el material del que están fabricadas cuando se encuentran almacenadas durante algún tiempo. Una vez concluido este proceso (¡por fin!) uno se disponía a iniciar la grabación: recorría manualmente la cinta hasta que los ojos confirmaban que la cola transparente dejaba su lugar a la cinta cubierta del material magnético (también aquí, en el material magnético, había hasta cuatro opciones, dependiendo de la calidad requerida y de lo que estuvieras dispuesto a gastar).

Sincronizabas los botones de grabación, soltabas la pausa y comenzabas a grabar. En lo que transcurría cada pieza musical aprovechabas para escribir en la minúscula tarjetita que acompañaba al estuche de plástico del casete toda la información posible: título de la canción o pieza musical (en el idioma nativo si éste no fuera el español, y la traducción más cercana), intérprete, autor o autores, diferenciando en este último caso quién escribió la letra y quién la música, quién hizo los arreglos musicales, qué músicos participaron en la grabación, en qué estudio se grabó, el año de grabación del disco… en fin todo aquello que te dijera por qué esa música sonaba de ese modo. Y, cuando al fin tenías tu casete, lo reproducías o lo regalabas a esa persona que había inspirado su creación”. (Cierro largas comillas.)

Cuando termino este relato tengo a la tropa loca un poco apabullada, con los ojos muy abiertos, como si les hablara de un mundo de fantasía.

Todo comenzó cuando tuve que buscar en mis archivos una serie de videocasetes un poco antiguos. Eso me llevó a hurgar en unas cajas de mi “tilichero” (así nombra la mujer de mi vida los objetos que aparentemente no tienen utilidad porque tiene años que no los utilizo). Allí me encontré mi colección de casetes o audiocasetes, como prefieran llamarlos, y la nostalgia y alegría producida por elreencuentro me llevó a tomar algunos y reproducirlos en el auto, único lugar donde, a estas alturas del partido, tengo un tocacintas. Mis escuincles los examinaron con mucha atención y soltaron la primera pregunta: “¿Cómo grabaste estos casetes?” Mi respuesta es la que escribí en el largo entrecomillado.

De allí volaron otras preguntas que dieron paso a otras respuestas, pero éstas se las platicaré, si ustedes me lo permiten, la siguiente semana. Habrá mucha música, mientras tanto.

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