Cosas pequeñas

Crash

Por Anayansi Zozaya

“Repugnante”. “Repulsiva”. “Enferma”. “Perversa”. “Irreverente”. “Pornográfica”. Éstas son las opiniones que recibe la novela del británico J.G. Ballard: Crash, y su adaptación (espeluznantemente fiel) al cine, dirigida por David Cronenberg.

No sorprende (ya no) la mirada del público: un filme sobre el fetichismo en torno a los accidentes de auto. Una desviación (¡valga la palabra!). Sujetos perturbados que necesitan protagonizar accidentes mortales, contemplar heridas abiertas y hasta amputaciones, para excitarse sexualmente.

Esta apreciación no hace más que probar el punto de Ballard: una enfermedad del alma ha tomado al planeta. Una dolencia que recibe varios nombres: vacío, indiferencia, banalidad, insensibilidad, apatía, desapego, tibieza. El síntoma fundamental es la respuesta emocional adormecida. La incapacidad de conectar con el mundo que nos rodea sin la intervención de imágenes alteradas por los medios y la publicidad.

En ningún momento celebra Ballard la idea de encontrar la libertad en los límites del comportamiento humano. Él mismo advierte en su introducción a la edición de 1995 de la novela, que Crash es un mensaje admonitorio en contra de un mundo que se convierte, vertiginosamente, en un sitio demasiado brutal, evidente y lascivo.

La exhortación del autor se disimula con la metáfora, que nadie ve; como nadie ve el hecho de que la única experiencia real (hoy) proviene de la necesidad de chocar de frente con nuestra propia identidad (si nos queda alguna).

La crudeza de Crash es imprescindible para estimular alguna sensación. La que sea. (Se valen el asco y la repulsión.)

¿Es necesario llegar a tal extremo para despabilarnos? Sí. ¿Nos hemos despabilado? No.

Ni siquiera las referencias directas (si se prefiere prescindir de la metáfora o si de plano no se percibe) y sin piedad de la miseria humana nos han conmovido. Preferimos pensar y decir que estas imágenes surgen de mentes degradadas, que son fetichismos depravados.

Entonces el libro deja de editarse y la película suspende su distribución. Nosotros volvemos a nuestra vida súper higiénica. Somos tan sanos que hemos desarrollado absoluta inmunidad al más microscópico bacilo de la emoción.

Por fin máquinas. Autos que colisionan porque sí y que son fácilmente sustituidos por otros más nuevos, más rápidos y más toscos; que repetirán el movimiento monótono hasta el absurdo. No hay historia. No hay significado.

En comparación con esta “realidad”, yo calificaría las ficciones de Ballard y Cronenberg como delicadas, afables y hasta un tanto tiernas.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    ¡Excelente, certera observación!

  2. Gloria dice:

    Es doloroso aceptar lo que dices, pero es totalmente cierto. Basta ver un noticiero y atender a las emociones que nos despierta. Me gusta mucho el término que usas ” absoluta inmunidad al más microscópico bacilo de la emoción”.

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