A través del espejo

La casa vacía

Por Karla Winkler E.

Dedicado a Carlota, mi abuela (q.e.p.d.)

Las paredes blancas, frías. Las flores del jardín, inclinadas, vencidas por sombras, viento, dolor. Las lámparas parecen parpadear impacientes ante el escenario que alumbran, como si palpitaran dentro de un pecho oscuro. El lecho tierno, como una mirada que sumerge su perfume y su calor, parece inundado de sol.

Aire helado invade cada rincón, cada pared, cada luz que intenta revelarse. El viento arrastra, empuja como una fuerza misteriosa e incontrolable.

Tus labios están secos, las sienes te punzan. El silencio te mantiene suspendida en un tiempo sin horas ni segundos.

Hoy más que nunca se puede oír el crujir de las maderas que se acomodan y los ladrillos de las paredes de la habitación.

A lo mejor, te dices, todo es un sueño.

Poco a poco empiezas a sentir el frío de la noche en los pies descalzos y en los brazos desnudos. Tienes la mirada fija en aquella habitación, como si pudieras mirar a través de la puerta, como si continuaras viendo a quien no volverás a ver.

Una hora después, y como antes, sientes el ajetreo que se solía escurrir entre los trastos de la cocina, como si ella hubiese vuelto.

El viejo espejo de bordes con flores doradas vuelve, como si emergiera de alguna parte. La luz de la Luna también emerge, difusa y gris.

Tienes apoyado un codo sobre la mesa y la mano curvada sobre la boca. Tu otra mano juega con la cuchara dispuesta para la cena que no llegas a prepararte.

El mismo efecto de la luz irrumpiendo en la sombra se repite en el cuadro de la pared. El rostro de La Dolorosa resalta sobre las profundas tonalidades oscuras del fondo.

Sin ponerte a pensar, como si no tuvieras memoria, inicias el arreglo de la habitación. Hay que abandonarse a la desagradable costumbre de ordenar hoy lo desordenado de ayer, porque así el tiempo se siente menos y, además, por unos momentos, el mismo dolor parece borrarse, mientras los cajones abiertos vuelven a cerrarse y el closet se cierra también con toda su ropa adentro, conservada desde los años de su juventud.

En la sala destellan, aisladas, las figuritas de porcelana que ella misma pintó tiempo atrás.

Contemplas de pie los lugares por los cuales sus manos habían pasado y repasado. La sientes como un aura nueva que envuelve los objetos, como si en este instante, y por esta vez, los objetos fueran un poco más que ellos mismos, como si les hubiera crecido algo nuevo que no era ni de aire ni de luz, pero que existe y llama desde las alfombras y las lámparas, desde el terciopelo de los muebles. Allí todo parece esperar. La misma sala parece esperar a alguien.

De pronto, algo te dice que allí las horas de la espera ya han pasado, que en esa casa ya nadie espera nada y menos aun los fríos objetos.

Vuelves a sentir en la casa vacía, en la sala vacía, la sensación helada del silencio. No es más que lo que debió ser: una forma sustituta, un fingimiento que ni siquiera basta para colmar, por unas horas, un vacío de todas maneras irremediable.

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7 comentarios sobre “A través del espejo”

  1. Me gusta en tu escrito esa danza de viento helado, silencio,ecos de la propia memoria donde incluso “los objetos fueran un poco más que ellos mismos”. Creo que la esencia del ser ausente está en ellos y en ti. Y puede ser: “A lo mejor…todo es un sueño”.

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  2. Me gusta y retratas la tristeza ante la ausencia de ese ser querido que vivió ,vistió y dio calor a esa casa y que ahora sin ella se ve y siente fría y vacía.

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