Entreluz

Por estas calles nació…

Por Alberto González Carbajal

Así comenzó su largo monólogo el taxista que tuve a bien llevarme a una zona muy “estándar” de la urbe. Uno no puede decir si está en Guadalajara, Monterrey, la Ciudad de México… o bien, en esta tan curiosa ciudad de Chihuahua, en el estado que lleva el mismo nombre, y donde me encuentro de nueva cuenta siguiendo los pasos de uno de mis retoños, en este caso la sargento Palulinky, quien acudió a un torneo nacional de voleibol, el deporte que, hoy por hoy, es su mayor pasión. Pero de eso les contaré en otra oportunidad. Hoy deseo hablarles de uno de mis máximos héroes particulares, el que quizá haya tenido mayor influencia en mi modo de ver la vida y la redención de uno mismo.

Intento corregir al taxista, diciéndole de manera muy amable (con los norteños hay que andarse con cuidado, nunca se sabe de qué humor andan, porque siempre hablan muy golpeado, con un tono cantadito que suena un poco atemorizante) que todo parece indicar que este personaje nació en el vecino estado de Durango. Este señor, a quien hoy le tocó se mi auriga, muestra canas, muchas, piel curtida por este sol de veras inclemente, un bigotazo frondoso como de barredora y sus ojos siempre un poco entrecerrados (si me dijeran que él fue uno de los “Dorados” de Villa, sin duda lo creería.

Como si hubiera caído en su trampa, esboza una sonrisa (que apenas veo en el espejo retrovisor) y me dispara: “Doroteo Arango nació en Durango, pero Pancho Villa nació en Chihuahua”. Literalmente me quedo sin habla, porque coincido con él. (Pequeña aclaración para los menos familiarizados con la historia de México: el general Francisco Villa, uno de los más importantes líderes de la Revolución Mexicana, el único personaje en toda la historia que ha invadido Estados Unidos, fue llamado, al nacer, Doroteo Arango y se cambió el nombre para huir de las fuerzas de la ley porque era un bandolero roba-vacas… y eso ocurrió justamente aquí, donde hoy me encuentro.)

Ese individuo irresponsable que se dedicaba a robar ganado, asaltar caminos, seducir mujeres (¡Ooops, eso nunca se le quitó!), un día tuvo una especie de epifanía y se dio cuenta que el mundo era tan injusto que no había otra opción más que intentar cambiarlo, aunque fuera a la fuerza… Bueno, esa es la versión oficial; hay una más (entre un montón) que dice que no le quedó de otra, ya que lo perseguía la ley, entre otras cosas, por haber matado al violador de una de sus hermanas. Alguna vez escuché que los héroes no nacen sino que se hacen, cuando se ven orillados por las circunstancias. Como quiera que haya sido, este personaje fue uno de los mejores estrategas de campo que tuvo la Revolución. Prácticamente sin ningún estudio (apenas sabía leer y escribir) fue, sin embargo, quien más batallas ganó; podía, con su sola presencia, levantar pueblos enteros y, si uno quisiera buscar la lealtad en ese periodo revolucionario, sólo podría encontrarla en los “Dorados” de Villa, una división de soldados no profesionales pero “de élite”, que únicamente le rendía cuentas a él. Tan fue así que, una vez terminada la Revolución, sus integrantes prefirieron volver al campo a sembrar la tierra, junto a su jefe, en lugar de aceptar las jugosas pensiones que les ofrecía el gobierno de Carranza. Al final todos murieron pobres y olvidados. Villa siempre fue incómodo para los políticos; por eso lo mandaron matar. Les molestaba que no quisiera el poder para sí mismo y que apoyara a quienes él consideraba las mejores opciones. Villa siempre fue un profundo conocedor de sus propias limitaciones.

Para los que usufructuaron (y ahora de nuevo lo hacen) el poder, una vez terminada la Revolución, era como tener un grano infectado y purulento en salva sea la parte el hecho de que Villa no aceptara su porción de botín de guerra como todos los demás generales revolucionarios. Sólo le dio el sí a un rancho ubicado en una zona seca, en medio de un semidesierto, de donde eran originarios muchos de sus compañeros de armas que habían caído en batalla, donde lo único que creció durante la Revolución fue el número de viudas y de huérfanos. Allí se fue Villa a poner escuelas y caminos, y a sembrar la tierra. Murió emboscado, pocos años después. No podía ser de otro modo. Y no falta la leyenda negra que lo convierte, a los ojos de quienes quieren creer en ella, en un monstruo criminal y despiadado. Si algo sabemos hacer en México, son campañas para enlodar.

En mi altar particular veo a Villa como ese ser que renunció a sí mismo por algo mejor, algo más valioso que su propia existencia… en alguna medida, y toda proporción guardada justo como lo trata de hacer su servidor.

Villa

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Doris dice:

    Muy educativo. Gracias!

  2. Angel Carlos dice:

    ¡Claro que sí, querido Alberto! Muy bien dicho. Felicidades por esta certera exposición.
    ¡Viva Villa!

  3. un poco de historia!!!! me gusto el texto realmente muy bueno

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