A través del espejo

Bajo el cielo, la sombra

Por Karla Winkler E.

Quería un verdadero café, quería bañarme con agua caliente, quería una mañana soleada y miraba, frustrada; como la niña que era desde que era niña.

El café, mediocre, se iba enfriando en el buró. Me costaba trabajo saber dónde terminaba la cama y dónde comenzaba a llegar la oscuridad de la habitación, inmensa siempre como el universo. Si intentaba levantarme, las piernas no respondían. Caía en cuenta de que se abalanzaba sobre mí, sobre mi propia respiración, esa fuerza pesada, incontrolable y conocida.

Las sombras llegaban y, con ellas, la casa se incorporaba a la espera de fantasmas. Mis ojos se convertían en depósitos de toneladas de noches insomnes. Juntaba mis dedos y los contaba para cerciorarme de que aún tuviera diez.

Los huecos sin lámparas dibujaban en el techo grandes manchas oscuras, mientras que las llaves, sin agua, del fregadero y de la regadera sólo proyectaban largas sombras. El ambiente era sofocante. Tomaba la taza, la miraba y la acercaba a los labios. Saboreaba la imitación, la pasaba, la llevaba dentro, soñando que se escondía en mi paladar el sabor anhelado.

Afuera, desde la azotea, el aire era azul; adentro, las sombras y las manchas del techo se acentuaban. Pronto llegaría la tarde, después la noche. Comenzaba agosto, era otro paisaje y tenía una habitación sin puerta. Aún me gustaban, como la niña que era desde que era niña, los días con sol, con silencios y con el vuelo de algún pájaro que todavía quedara en la ciudad.

Ya no tomaba nada, más que mi existencia, más que su presencia. Y entre guerras y violencias, crueldades y horrores, estaba el amor ahí mismo, conmigo, en agosto y dispuesto a seguir en el tiempo.

Logré levantarme, caminé unos pasos, encendí la estufa y sentí que los músculos rígidos de mi cara se desentumecían y que mis ideas se aclaraban; las sombras al fin palidecían. Nada me relajaba tanto como estar ante la mesa de la cocina, pelando verduras. Mi cabeza descansó sobre la mesa, el cuchillo se escapó de mis manos, mientras ensoñaba a mi alrededor, esperanzada, mirando el cielo, mirando el techo. Miraba hacia arriba, con una mirada que quería abarcar el universo. El mundo permaneció remoto, lejano, indiferente. Y de pronto todas esas nubes ocultando el sol, me sonrieron. Entonces volteé a la ventana y me puse a mirar la calle. Al día siguiente, recordé, me esperaba la alberca para nadar en el oasis que hoy me faltaba. Ahí nunca tuve temor a hundirme (en las sombras sí) pues aun si estoy en el fondo, sé que ya no puedo ahogarme.

5 thoughts on “A través del espejo

  1. Karla Winkler 4 agosto, 2014 / 19:06

    Muchas gracias a cada uno por su lectura.

  2. Angel Carlos 4 agosto, 2014 / 16:09

    Lograste un buen claroscuro.

  3. Irma Monreal 4 agosto, 2014 / 14:47

    Muy bello… Cuándo la vida me es adversa mi mente viaja a ese oasis en el que todo esta lleno de luz…

  4. Gloria 4 agosto, 2014 / 12:17

    Cuando se tiene una gran sensibilidad, ésta tiene múltiples facetas. Una de ellas es que las alegrías son profundas, pero otras tienen que ver con miedos o desesperanzas también profundos. Sin embargo hay caminos, efectivamente, para aprender a vivir en la inseguridad.

  5. Cristina González 4 agosto, 2014 / 12:11

    Muy bien descrito ese espíritu de la pesadez y de cómo la vida logra imponerse.

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