Entreluz

Un deporte para gente ordinaria (I de III)

Por Alberto González Carbajal

I. Los días previos

La sargento Palulinky se puso realmente triste cuando su entrenadora le hizo saber que su equipo de voleibol no podría ir al torneo nacional para categorías infantiles debido a que no se habían inscrito las integrantes necesarias para que asistieran (el reglamento indica 10 como mínimo y 12 máximo). El alto costo que implicaba trasladarse y estar casi una semana en la ciudad de Chihuahua (más de 1,200 kilómetros en línea recta y más de 1,400 si se utiliza la ruta terrestre) era un factor que desanimó, además, a los padres de las pequeñas. Estamos hablando de unos 10 mil pesos mexicanos, algo así como unos 770 dólares de Estados Unidos al tipo de cambio actual; y todo ese gasto tendría que salir de las bolsas de unos progenitores que sufren una silenciosa pero no menos desastrosa y decadente economía que orilla a las familias a prescindir de lo que, en su orden de prioridades, no ocupa los primeros sitios, en aras de preservar la posibilidad de que los alimentos no dejen de estar presentes en sus mesas.

Sobra decir que las instituciones deportivas oficiales niegan todo tipo de apoyo a estos niveles (bueno, también a niveles más altos, a veces incluso olímpicos, cuando no se trata de futbol, claro). Un alto dirigente de este deporte, también llamado balonvolea, le dijo a un servidor: “Pues usté que es bueno para eso de la hablada, consígales un patrocinador que le ponga un billete. Mientras ustedes paguen su afiliación, yo no le pongo peros a la publicidad en los uniformes”. Por su parte, hablando con el otro lado, los posibles patrocinadores suelen revirar: “¿De qué sirve entonces que nos frieguen con tantos impuestos? ¿En qué &$%@# se los gastan? La verdad, mano, es que, con esta economía nacional, está medio complicado que podamos gastar en publicidad”.

Con todos estos factores, sólo me quedó decirle a mi pequeña que las oportunidades se presentan a veces de una manera inesperada, aunque eso no le quitó la tristeza en modo alguno.

En esas estábamos cuando, como cada sábado, mi pequeña y su equipo disputaron un encuentro de rutina de la liga local, en un deportivo cercano. Al finalizar, la entrenadora de la escuadra a la cual se acababan de enfrentar, se acercó a nosotros. Como profecía, hizo eco aquello de que “las oportunidades se presentan a veces de una manera inesperada”, cuando de la voz de aquella mujer surgió la invitación para que mi hija y algunas coequiperas, y sólo para este torneo (y previo permiso de su entrenadora y, desde luego, de sus padres), se sumaran al equipo que acudiría a la justa deportiva en Chihuahua. ¿La razón? Algunas niñas que ya habían pagado una parte del viaje no podrían asistir debido a diversos problemas.

Cuando Palulinky entendió el alcance de esta propuesta se puso feliz como diputado con bono, y no me dejó en paz hasta que le dije que sí. Para esas cosas es más pertinaz que un predicador de esas sectas que tocan a nuestra puerta afirmando que el mundo se acaba en unos días. Además, tengo que confesarlo, ha aprovechado sus aún pocos años para descubrir dónde están algunas de mis debilidades y explota al máximo ese conocimiento estratégico. Qué se le va a hacer: el amor por los hijos nos hace un poco blandengues; por lo menos a mí.

El caso es que, después de un par de semanas de entrenamientos brutales (si yo me hubiera puesto a hacer tal cantidad de ejercicio seguramente estaría rindiéndole cuentas al Creador) con sus dos clubes (su entrenadora le advirtió: “Vas a representarnos, tienes que dar lo mejor de ti”), por fin llegamos a la norteña capital de Chihuahua, tierra de héroes, de desierto, de gente harto agradable y de comida deliciosa. Arribamos un día después que el resto del equipo. Renté un auto (los taxis allí son caros; cobran hasta el triple de lo que cuestan en el DF) y me dispuse a entregar a mi aguerrida chiquilla en las mejores condiciones. Por disposición del club, yo no podía hospedarme en el mismo hotel donde estaba la concentración, así que busqué y hallé un hotel que cumplía con los servicios básicos, es decir: cama, clima y baño… y a un precio accesible (eso siempre es lo mejor).

II. La estancia

Durante las semanas previas al torneo tuve la oportunidad de conocer a algunos papás de las niñas de este club, que sobrevive con la aportación pecuniaria de éstos, (no es un negocio para nadie; lo que pagan apenas alcanza para cubrir la renta de las instalaciones). Gente como todos: empleados, en su gran mayoría, cuya única coincidencia es que se preocupan de que sus hijas practiquen un deporte que les gusta, un deporte que no requiere instalaciones espectaculares (se juega en un campo rectangular de superficie plana y nivelada de 18 metros de largo por 9 metros de ancho, con una zona libre de obstáculos en todo su perímetro, de 2 metros de anchura, si se juega en cancha cubierta, y de 3 metros si se juega en campo descubierto). Tampoco hay que invertir en equipamiento especial (unos zapatos deportivos, unos calzoncillos deportivos ajustados, que se conocen coloquialmente como “lycras”, una playera y unas rodilleras), y que cualquier persona puede practicar (hay categorías de competición que abarcan desde los 6 años hasta arriba sin límite); es decir, se trata de un deporte que está hecho para gente ordinaria, tal como lo indica el título que elegí para mi colaboración de esta semana. Y, para explicar más a fondo esta aseveración, les solicito, amables lectores, que me acompañen la próxima semana.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. añeñe ahora si ya me quedo igual de picada, jajaja, como siempre me encantan estos textos de mi hermanito

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