Yo lector

El vigilante traductor del Misterio

Por Juan Pablo Picazo

Para el español Pedro Salinas, el poeta es un vidente; para el universal peruano Emilio Adolfo Westphalen, es un atento escucha. El primero afirma que el poeta posee una superior vista espiritual cuyo poder reside en ver más allá de lo que puede cualquiera de sus circunstantes. El segundo estima que no es el poeta quien importa sino el poema, pues el primero es sólo un escucha cuya humilde tarea es revelar lo que ha escuchado.

– ¿Qué o quién es el poeta?

Aquella vez Javier Sicilia no estaba con nosotros para hablar sobre San Juan de la Cruz o Saint-John Perse como en otras ocasiones en que nos había acompañado al aire ya en UFM Alterna o en Mundo 96.5. En esos lejanos tiempos en que Alejandra Atala y Luis Ernesto González, además de un servidor, hacíamos difusión de la literatura a través de la radio. No, esa ocasión lo habíamos llamado para hablar de sí y de su obra. Sus ojos sonreían, su rostro parecía concentrado.

– El poeta es el traductor del misterio. Dice.

Su voz enuncia las palabras con un dejo en que se adivina algo más. Esta definición siempre perfeccionándose vive cómodamente en el pensamiento, en los labios o líneas de este escritor, poeta, crítico, analista, editor y catedrático de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y de la Universidad La Salle; ¿qué misterio es ese? El misterio de la vida. El misterio de Dios. El sentido de la existencia.

Para este hombre, quien concibe al lenguaje poético como el único principio del conocimiento trascendente, el poeta es imprescindible en el acontecer humano pues: El hombre, al igual que no puede vivir sin lengua, tampoco puede vivir sin poesía. Lo que sabemos de nosotros mismos de edad en edad y del mundo en su sentido trascendente,nos lo da ella.1

En su poemario Vigilias2, Javier Sicilia se centra sobre un filón que le es muy caro dentro de los muchos recovecos del Misterio: las vidas de los santos y es que estos, en tanto receptores de la divina sabiduría, escuchas y videntes de la misma, se encuentran un paso más allá que los poetas o lo son ellos mismos.

Los santos a la católica usanza, en tanto que imitadores cercanos de Cristo, saben más y al mismo tiempo entienden menos de dicha poética que es, de suyo, la sustancia de todas las cosas, animadas o no. El santo sabe más porque es el portador que las experimenta como una dulce herida, como un dolor amargo, como un amor que amenaza consunción; sabe menos porque, a más de experimentarlo en carne propia lo razona poco, pues el doliente goce se lo impide y acepta la experiencia estoicamente.

Y es que el hombre nunca encuentra a Dios dice Javier, sino que es Él quien se deja encontrar de sus elegidos cuándo y cómo lo desea; en el fondo, dice el colaborador del semanario Proceso, toda poesía es religiosa porque encarna en lenguaje humano la múltiple verdad, la insondable belleza del Misterio, aspectos ambos que, sin embargo, sólo retratan muy pálidamente porque, en lenguaje humano es prácticamente imposible traducir las enormidades del Misterio o, como diría Westphalen, el poeta-escucha, sólo alcanza a transcribir una porción marginal del mensaje que la frecuencia poética ─olvidadiza y esquiva─ porta per se.

Así Vigilias se divide en tres partes: Vigilias ante el evangelio, en la que aparecen los retratos y relatos que al autor importan desde la anunciación y el viaje de los magos hasta la visión de Juan en la Isla de Patmos. Vigilias de los santos, en la que desfilan algunas de las vidas más cercanas a la fuente del Misterio, esas vidas de quienes decidieron despojarse de sí mismos para sólo contener una minúscula parte de Él; como San Juan de la Cruz, Agustín Pro, Francisco de Asís, Concha Armida, Lanza del Vasto y Charles Foucauld, entre otros y la en última parte, Vigilias ante la vida, que recoge las humanas preocupaciones de sus días: el amor, la fe, las dudas de los amigos, los dolores que aquejan a los consanguíneos y a los lejanos propietarios de la otredad.

En alrededor de cuarenta piezas trabajadas con estilo clásico entre las que abunda el soneto, Sicilia devela, traduce a su modo el Misterio de Dios, contenido en la esperanza ciega y poderosa de la fe, como se manda en la paulina carta a los hebreos; toca lo infinito de la divinidad rozando apenas con las humanas palabras las brillantes fuerzas que con nuestras lenguas torpes llamamos amor, que según el mismo apóstol ex perseguidor de la iglesia primitiva, es la más fuerte de todas las virtudes.

Este volumen contiene piezas cuyo poder, no obstante las dificultades de los poetas para escuchar y/o mirar de frente el Misterio, es enorme, como Juan Bautista, en que recrea uno de los pasajes más conocidos de la Biblia y en la que se muestra al santo en su calidad de vidente: Los translúcidos ojos del profeta/ escrutan a la oscura muchedumbre/ y sus ojos son zarza, tierra y lumbre/ con que graba su hierro el cruel asceta;/ contempla lo que nunca le fue dado/ mirar a ojos terrenales:/ los abismos del alma y sus umbrales/ la muerte, la mentira y el pecado./ piensa que no ha venido a redimirlos,/ que su humilde destino es sólo uncirlos/ y preparar los rumbos y las vías,/ y mientras piensa siente la alegría/ del próximo perdón: ha contemplado/ en medio del gentío el rostro amado.

Para este lector en lo particular, el poemario en cuestión tiene otras muchas cimas, a semejanza de una discreta cordillera; por ejemplo, Las bodas místicas, en que al sicalíptico estilo del Cantar de los cantares, recrea un diálogo espiritual entre Jesús y María Magdalena, encendido en fuego limpio, a diferencia de las leyendas de merovingios por ellos engendrados; El perseguidor, el retrato de Saulo de Tarso, un alma en transmutación merced a la oscuridad anhelante de una límpida luz que conoció un segundo; Edith Stein, la relación del místico calvario de una monja católica llevada a la cámara de gases por su linaje judío y… qué puedo añadir, este volumen cuya lectura resulta imprescindible me parece, para templarse con el ejemplo de otros, todas las oraciones contenidas en su último tercio, las cuales deseamos, hayan sido de cierto escuchadas, respondidas, imprescindible para conocer el ajeno enfrentamiento a la férrea mordedura de Dios. Pedro el apóstol tenía razón: …terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo, ha de estarse vigilante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s