Entreluz

Un deporte para gente ordinaria (II de III)

Por Alberto González Carbajal

Prosigo con mi relato interrumpido la semana pasada. Agradezco, como siempre, su confianza y su interés.

  1. La estancia (continuación)

Durante todo el periodo que dura el torneo, los espacios entre un partido y otro pueden y suelen ser tediosos, sin el tiempo suficiente para moverse de los gimnasios y visitar los sitios más interesantes de la ciudad sede, ya que se corre el riesgo de no volver a tiempo para el siguiente compromiso y perder por ausencia, si se es jugador (“default” es el término oficial), o de no poder ver las hazañas deportivas de los productitos de nuestras entrañas, convirtiendo el viaje en algo inútil. Como ya he padecido varias de estas experiencias procuro llevar un libro, tener pila suficiente en mi teléfono para leer las noticias, o bien, como ocurrió en esta ocasión, me dedico a observar a la gente que alrededor de las canchas. Esto siempre tiene mucho de enseñanza en el plano del conocimiento humano.

A lo mejor fue el calor en exceso (estuvimos a 37 grados en promedio), el hecho es que casi toda la gente estaba aletargada, nadie parecía dispuesto a platicar, y menos conmigo (les recuerdo que mi chiquilla no asistía con su equipo original, así que los papás de sus compañeras, que se han vuelto mis amigos a fuerza de convivir en la liga y otros torneos, estaban a más de mil kilómetros de distancia, y yo me sentía más solo que un político sin chamba). El caso es que, como ya comenté, saqué al voyeur sociólogo que llevo en mi interior y me puse a mirar detenidamente a la gente que allí se encontraba.

En algunos casos, es notable ver cómo la gente parece cambiar el switch de su personalidad de on a off cuando no hay partidos. Los frenéticos de las gradas a veces son los más tranquilos y hasta melancólicos en los intermedios. Así caí en cuenta que no hay uniformidad en este público, es decir, no hay rasgos distintivos, por lo menos en la apariencia: Por allí se adivina a algunos profesionistas muy serios que, durante los juegos de sus hijos, gritan como poseídos y hasta algunos (muy pocos) denotan clasismo o racismo… Allá se dejan ver algunas amas de casa que durante el juego echan porras con singular alegría y se mantienen en grupito en las horas muertas, hablando de sus bonitas familias, la “gente bien” y el shopping que les espera a algunas al finalizar el torneo. Más allá, padres de familia de clase media o baja, sonrientes o serios, vestidos con cuidado o al ahí se va. Ya no veo rondar a unas niñas que, en los momentos más tensos de los juegos, hacen una porra que consiste en bailar como belly dancers, al tiempo que gritan: “¡Distracción, distracción! No hay que ser muy imaginativos para entender que logran su objetivo: el equipo contrario siente la reacción del público y pierde tres puntos consecutivos, obligando al entrenador a pedir un tiempo fuera.

Algunos espectadores duermen en las bancas (en el entretiempo y también durante los partidos) y otros pocos, como su servidor, vagamos café en mano esperando la reanudación de las justas, saludamos conocidos y desconocidos y sentimos un ambiente de camaradería y armonía; vemos los partidos para disfrutar de la belleza de este deporte que conjuga agilidad, buena vista, velocidad, astucia, trabajo en equipo y, por sobre todas las cosas, alegría. Desde mi torre de observación, de pronto entiendo esto: las jugadoras de los mejores equipos, así como sus familias, casi siempre se ven contentas… hasta con el marcador en contra o en la derrota. Viven honrando el viejo espíritu deportivo del juego limpio y aquello de que “lo importante no es ganar, sino competir”.

Intrigado, repaso gente buscando “ese algo” que la distinga, como en otros deportes. Es relativamente fácil reconocer a los que les gusta el futbol, el beis o el basquet: a veces es, por supuesto, el vocabulario (es futbolero el que te habla de “la picardía de los nuestros”, el larguero, el regate, como si del metalenguaje de la fenomenología se tratara; otras veces puede ser un gesto, su vestimenta, una actitud o cierta mezcla de todo esto. En el voleibol, no hay uniformidad.

Entonces me enfoco directamente en las jugadoras y sus estaturas, tallas y colores. Descubro que, al igual que en quienes habitamos las gradas, la única constante es que no hay constantes, ninguna se distingue especialmente: son gente, pues, común y corriente, ordinaria.

En este punto me hallo cuando me reencuentro con una entrenadora, muy conocida en el medio, originaria de la Ciudad de México, y en su momento como jugadora, campeona nacional. Hoy viene en plan de apoyo a su pequeña. Tras indicarme dónde venden las bebidas heladas (información que aprecias sobremanera cuando te estás deshidratando a esas norteñas temperaturas), me cuenta lo difícil que es platicar con los padres de familia. Como no hay uniformidad ideológica, “cualquier tema puede desencadenar algo parecido a la tercera guerra mundial”. La escucho como quien halla un alma par. Entiendo al fin el porqué de que la mayoría de los entrenadores prefiera aplicar sólo su punto de vista que escuchar opiniones: en ambientes tan desiguales, es más fácil imponer que democratizar. No digo que sea lo correcto; reafirmo lo dicho: es más sencillo.

Bueno, sí noto algo que nos unifica a todos: en los gimnasios nunca se pierde nada (salvo uno que otro partido, claro). Fui testigo de cómo, en cinco ocasiones, señoras y señores ingresaban con gesto de haber perdido el alma, preguntando por sus celulares, sus bolsas de mano, sus maletines o su sillita portátil que, en un descuido, habían olvidado. En todos los casos sus objetos aparecieron sanos y salvos. Pienso que quizá este fenómeno, inimaginable en otro ambiente, habla de cómo es que, al participar, aunque sea como papás de un deportista, algo cambia: las prioridades, la atención al entorno o qué sé yo. El caso es que uno concentra su energía en el bien de sus criaturas y lo demás es parte de la decoración.

Este deporte no necesita de “gente especial”, ni de equipo especial, ni de canchas especiales, se puede jugar tanto afuera como adentro de los gimnasios (a menos que llueva o que haga un calor de los mismos demonios), no provoca tantas lesiones, cuesta poco, es divertido, incentiva valores y, sin embargo, cada año pierde participantes en este país. (Aun cuando no hay una cifra oficial, los torneos entre los años 2000 y 2012 perdieron el 50 por ciento de equipos inscritos.) En cambio, en países como Brasil y Argentina, la cifra de jugadores crece a razón de un 7 por ciento anual desde hace 12 años, y en los Estados Unidos y Europa la cifra mantiene un crecimiento del 4 por ciento anual promedio desde hace 20 años. ¿Cuál es la razón? De esto les platicaré la próxima semana, siempre con su venia.

2 thoughts on “Entreluz

  1. Xóchitl Pineda Carbajal 22 agosto, 2014 / 16:38

    MMMM YO SOY FUTBOLERA, Y GRACIAS A ESA PASION, SI UN DIA ME INVITAS A UN PARTIDO ¡¡¡AGUAS EH!!! POR QUE SOY GRITONA Y MAS SI UNA DE MIS CHIQUILLAS O MI CHIQUILLO NADADOR, ESTAN JUGANDO

  2. Gloria 22 agosto, 2014 / 12:01

    En nuestro país crece la corrupción en vez del deporte y las actividades culturales.

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