Entreluz

Como en los viejos tiempos

Por Alberto González Carbajal

La imagen que más me viene a la mente es el famoso “besamanos”, esto es, cuando el presidente en turno de la República recibía el saludo de todos los integrantes de la clase política del país una vez que concluía la ceremonia de lectura del “informe” (por llamarlo de algún modo) de “gobierno” (ver paréntesis anterior; se aplica igual). No saludar al presidente tenía como consecuencia no salir en la foto… y eso se traducía en renunciar a vivir del presupuesto (algo parecido al terror cósmico). Saludarlo, en cambio, era tocar al amo y señor de este país; era, por unos breves segundos, alcanzar el cielo del poder.

Eran otros los tiempos, por supuesto, el partido en el poder era la única voz válida del país, la oposición se reducía a algo meramente simbólico, unas cuantas migajas. El recorrido en auto (y los últimos metros, a pie) del mandatario, así como su mensaje eran transmitidos en cadena nacional por radio y televisión, los narradores se desgañitaban alabando la prestancia y presencia del presidente y de cómo el .pueblo se volcaba en ese apoyo “espontáneo”. Las escenas se repetían hasta el cansancio: por allá la señora de aspecto humilde que traspasaba la barrera para agradecerle al titular del poder ejecutivo todas las obras que se realizaban; el bebé que conmovía el corazón del Gran Hombre y que era cargado en brazos por éste mientras los padres se lo agradecían entre lágrimas… En fin, esos eran otros tiempos…o al menos eso se suponía.

Hoy ya no hay marcha triunfal, el mensaje ya no contiene el rosario infinito de cifras ininteligibles; el presidente es más títere que gran tlatoani, pero la publicidad se encarga de que la mayoría no note el detallito. Hoy los interlocutores se miden en puntos de rating y la producción televisiva está a cargo de los mayores expertos en hacer telenovelas y crear actores de fama internacional (ahora también a presidentes, como acabo de señalarlo) a partir de caras y cuerpos bonitos que contienen a seres limítrofes (con todo el respeto que me merecen estos últimos). Pero en el fondo…

Con ese absoluto desprecio de quienes se saben poseedores del poder absoluto, hoy, sí, hoy (los que se llaman a sí mismos “el nuevo PRI”), mancillan el corazón mismo de la patria (el zócalo de la Ciudad de México) convirtiéndolo en un enorme estacionamiento, aunque luego se disculpan diciendo que fue un error “de logística”. En política no hay errores así: hay mensajes así.

Y, por supuesto, como en esos viejos tiempos, hoy también se anuncia la “obra del sexenio”: un nuevo aeropuerto, ubicado en los terrenos que se han ido integrando paulatinamente, desde hace un par de años, donde no van a tener que lidiar con comuneros y ejidatarios revoltosos, que aunque anuncian de inicio su oposición al proyecto, no muestran la misma belicosidad que en el año 2001. Algo se perdió en el camino y, además, los agarraron fuera de contexto. No se esperaban este anuncio.

Los que tenemos un poco de memoria, sabemos que estas “magnas obras” en realidad son la gran mina de oro; de ahí salen las comaladas millonarias que cada sexenio priista “aporta” al país.

No es que me oponga al aeropuerto per se. Estoy absolutamente consciente de que a esta ciudad le hace falta uno. Sin embargo, no me parece pretexto suficiente para destruir el más grande vaso regulador de lluvias con el que cuenta la ciudad, el que impide que ésta se inunde y nos llenemos (literalmente) de mierda en cada temporada de lluvias y que además destruya las rutas de las aves migratorias, (cuando ocurra el primer accidente aéreo provocado por estas aves que se niegan a aprender que si los aviones invaden sus rutas tienen que hacerse a un lado, quiero ver qué peregrina explicación van a dar). La cereza perversa del pastel tiene que ver con que este proyecto, de realizarse, contaminará el primer espejo de agua recuperado después de haber desecado el lago de Texcoco; me refiero al lago Nabor Carrillo, poseedor de una flora y fauna importantes, alguna incluso endémica. Lo poco que se hizo bien alguna vez… va p’atrás.

Hace poco más de dos años me encontré un estudio realizado por la Comisión Nacional del Agua, donde se explicaba de manera muy clara por qué el aeropuerto que necesita esta mi ciudad no podía ubicarse allí; y recuerdo que resaltaba especialmente esos puntos que mencioné anteriormente. Hoy que intenté encontrarlo online, en las páginas electrónicas del gobierno, descubro que simplemente ya no está. Hay algunas referencias en algunos periódicos de la época, pero no más, sencillamente… lo borraron. Como lo vislumbró Orwell en su 1984.

Y la gota que derrama el vaso de mi paciencia es el hecho de que simplemente no es un buen negocio para la ciudad o para el país, por un principio muy sencillo: no puedes financiar un proyecto basado en las posibilidades de ingreso de un plan cuyo punto de equilibrio (cuando tus ingresos son iguales a tus gastos) se va a alcanzar en 20 años, como mínimo. Eso significa que, al final, los gastos de operación van a salir de todos aquellos que, a la buena o a la mala, pagamos impuestos.

No tenemos otra opción: hay que informarnos y difundir toda la información que tengamos. Nos quieren apabullar bajo el principio de: “Si no puedes con el enemigo confúndelo”. A ver si ahora sí somos más listos que estos profesionales de la manipulación. Razonemos y no nos quedemos callados. Gritemos que no somos tontos. Luchemos un poco para que entiendan que estamos llegando al límite, no de lo aceptable, sino hasta de lo ignominioso.

Alberto González en La hormega

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    Se han hecho esfuerzos (desde luego insuficientes) para gritar que “no somos tontos”, pero la respuesta la sabemos: “ni los veo ni los oigo”.

  2. Cristina González dice:

    Muy cierto. Y esto servirá mientras tengan algo que saquearle a México, pues ya cuando nos quedemos sin petróleo y sin minerales que les interesen a las trasnacionales, este aeropuerto, las súper autopistas y demás mega obras que están haciendo, quedarán obsoletas y apenas serán usadas, dejando paso a que la naturaleza recobre de nuevo su territorio. Lo deseo de corazón.

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