Yo lector

Kazantzakis, el hombre libre que gritaba

Por Juan Pablo Picazo

Juan el Bautista era la voz que clamaba en el desierto. Nikos Kazantzakis, la voz que gritaba en medio de las sociedades decadentes del siglo XX. No eres un carnero, eres un hombre –escribió alguna vez-; y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita, ¡grita tú pues! Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito.1 Pero ¿por qué gritaba el escritor cretense?

En sus diecisiete ensayos, diecinueve obras teatrales, sus tres obras poéticas de largo aliento (Odisea, Tercinas y Sonetos), once novelas y sus indeterminados relatos de viajes, obras infantiles y guiones cinematográficos, Kazantzakis le grita a la humanidad para que despierte, para que no derroche el tiempo en necedades, para que entienda su misión de trascender, lo que le hermana a Friedrich Nietszche y para que se libere de Dios y los premios y castigos con que la fe nos amordaza, lo que le hermana a Jean Paul Sastre. Trasciende sus influencias sin embargo, su tumba ostenta este epitafio: ¡No espero nada, no temo nada, soy libre!

Aunque el nombre de Nikos Kazantzakis no es popularmente conocido, algunas de sus obras lo son hasta el escándalo, como Alexis Zorba, el griego y La última tentación, debido a que fueron llevadas al cine; la primera en 1964 bajo la dirección de Michael Cacoyannis y la segunda hacia 1988 bajo la dirección de Martin Scorsesse, adquiriendo de inmediato fama, socavando algunas conciencias y transformándose en clásicos del llamado séptimo arte.

La mayor parte de su obra es casi desconocida sin embargo, incluso una buena parte de ella no ha sido traducida aún al español, como es el caso de los Sonetos. Dice George Stanissakis, uno de los principales estudiosos de su obra y en su momento presidente de la Sociedad internacional de amigos de Nikos Kazantzakis, que toda su obra está traspasada por la poesía, a la que este autor consideraba lo único que impedía a las decadentes sociedades occidentales terminar de pudrirse.

Libre de ilusorias esperanzas y flamígeros castigos, Kazantzakis pudo desalojar de sí los fantasmas que habitan a todo ser humano y que son esa llama que lo transforman de paja húmeda, inquieta y ridícula, en una llama trascendente, en algo más que un hombre, eso escandaliza a los espíritus religiosos y a no pocos intelectuales. un ejemplo de esa libertad rayana en lo atávico del hombre se encuentra en su novela Lirio y serpiente 2, en la que amor, soledad, contradicción, pasión y arte tienen un desventurado encuentro difícil de asimilar para cualquiera.

Todo comienza con un hombre solitario y la mirada que lo obliga a acercarse a una joven beldad griega, quien susurra al oído su afamado nombre de pintor y le pide permiso para pintarla. ¿Después? Todo es un extraño viaje a los infiernos privados de este pequeño pero colérico dios enamorado que se mira devorado poco a poco por la perfección, el calor, la respiración y el movimiento cadencioso de ese cuerpo que le llena las manos, el corazón, la mente, las telas, la voz, la vida.

El pintor, incapaz de contener dentro de sí tan fastuoso impulso que empuja y jala en diversas direcciones, inicia un diario para drenarse esa pasión a ratos enfermiza y perfecta, deliciosa siempre. Escribe por ejemplo: 4 de agosto/ ¡ Ah, la agonía secreta y la palpitación de tu cuerpo sobre las sábanas! tu agonía era la de las víctimas que se llevan al altar. y en tus ojos se desvanecían las aguas de los eternos deseos. // Y nuestros besos eran un estremecerse de presentimientos y eran agonía de dicha y armoniosos desprendimientos de nuestra felicidad y lamento inconsolable de todos nuestros sueños.

Se trata de una pareja que transita del encuentro ocasional, a la entrega profunda, al desbordamiento mutuo, a la agonística más pura, lo mismo son protagonistas asiduos del salomónico Cantar de los cantares, en una implícita lectura dramatizada, que amantes separados cuya ausencia les alivia y les tortura interminable e intermitentemente, tal como son de contradictorios y enfebrecidos los sentimientos en la realidad.

Hacia el 16 de septiembre, el pintor escribe: Se dobla la flor cuando el cielo le da mucho rocío. Mi alma se dobla por el amor. Luego el 22 de octubre: Estoy inquieto. Un dolor se ha despertado dentro de mí.Estoy enfermo, mis manos arden. Me parece|que si desgarro un poco tu carne y veo un poco de sangre –ah, sólo una gota- me tranquilizaré. Y el 10 de enero: Ah, si pudiera hacer subir mi mente hasta mis deseos y llamar a toda la humanidad un día ante mí y enseñar lo que siento.

El diario de este amor va del 2 de mayo al 25 de marzo del año siguiente y sin embargo, todo él no es sino el exordio de un final que asombra y abruma; pues como todo en las obras de Nikos Kazantzakis, no pretende triunfos definitivos, porque nada tiene ese matiz en la verdadera vida, no. A Kazantzakis como a Kavafis, le importa más la lucha por la libertad que la libertad en sí misma.

Lirio y serpiente es uno de los bajos de ese inmenso grito que es la obra de este autor cuya lectura es imprescindible. El grito de este hombre libre retumba aún en los oídos de la humanidad, si lo escucha atentamente, descubrirá que su alma se ha transformado inevitablemente.

_______________

Notas:

  1. Stassinakis, George Nikos Kazantzakis, un pensador de nuestro tiempo, conferencia del presidente de la “Societé internationale des amis de Nikos Kazantzakis, publicado en www.apocatstasis.com

  2. Kazantzakis, Nikos, Lirio y serpiente, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1988. traducción de Miguel Castillo Didier pp. 93

 

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