Entreluz

Ronquidos

Por Alberto González Carbajal

Nunca es agradable. No creo a nadie le guste la sensación de irse hundiendo en un pozo muy profundo y luego ser jalado de manera harto brusca hacia arriba, sin que exista un aparente control sobre nuestro cuerpo… pero así les aseguro que sentí cuando uno de mis compañeros de viaje gritó en medio de la noche: “¡¿Quién está roncando, que me acaba de despertar?! ¡Si descubro quién fue, les juro que le rompo el hociquieres!” (sic).

Todos los que estábamos en ese cuarto abrimos los ojos con espanto. Este amigo en particular (Toñito, “el mini”) era el de mayor estatura y corpulencia entre los presentes, y tendía a ponerse, digamos, irritable… bueno, agresivo y pendenciero cuando lo perturbaban. Nos volteamos a ver, desde las rendijas de nuestros ojos recién sacados de su descanso, como para descubrir al presunto culpable, cosa por demás complicada, ya que… ¿cómo diablos se reconoce a un roncador cuando está despierto?

La posibilidad de conciliar el sueño se fue al carajo, y no sólo para su servidor. Veámoslo así: el culpable de este crimen, a diferencia de casi todos los demás delitos, lo comete a espaldas de sí mismo o, más exactamente, aprovechando que él mismo está distraído, dormido. Cada uno debe haber pensado lo mismo que yo: si soy el culpable, me caerá encima la ira de “el mini”. Obviamente las musas de los sueños salieron despavoridas, como deudoras de tarjeta de crédito vencida.

En algún punto del amanecer sentí que me comenzaba a hundir de nueva cuenta en ese profundo pozo lleno de tranquilidad… sólo para escuchar la voz de nuestras vecinas de cuarto, y también compañeras de viaje, que nos decían: “A ver, niños, ¡ya es hora de despertar! ¡No venimos a dormir, venimos a pasear!”. El puro infierno.

Antes de levantarme con mi propio esfuerzo (evidentemente necesitaba una grúa), mi mente hizo el croquis de localización: había acudido en un viaje de grupo o “en bola”, como acostumbrábamos decir, a un Festival Cervantino en la ciudad de Guanajuato, del estado del mismo nombre. Estábamos a mediados de los años 80 y, como el dinero era escaso, al igual que el hospedaje, con mucho trabajo habíamos encontrado una buhardilla de dos habitaciones y un baño, dos camas matrimoniales… para ocho hombres y tres mujeres (turismo de gran clase…jodida). Por supuesto, esto no importaba: todo lo compensaba estar en aquellas quijotescas calles coloniales y en esos teatros donde podíamos disfrutar de lo mejor de la cultura acompañados de nuestros amigos más cercanos.

La siguiente noche llegamos agotados a nuestra buhardilla tras la larga jornada cultural y, sí, digamos que acompañada de un poco de desmadre. Sin embargo, en mi caso, los espectáculos que habíamos disfrutado me habían espantado el sueño, de tal modo que, al poco rato de entrar en mi cachito de cama, me encontraba en un duermevela rumiando la belleza vivida algunas horas atrás.

En eso estaba cuando comencé a escuchar como si alguien arrastrara tenuemente una silla; después, el sonido mutó en algo así como un estertor de cerdo moribundo y por último en una suerte de combinación de sierra eléctrica y silbido de viento entre los árboles de un bosque muy tupido. Luego… el silencio. Habrán sido unos dos o tres segundos (podríamos definirlo como un mudo staccato) antes de reiniciar la misma rutina pero ahora en ritmo de tres por cuatro y con algunas variaciones en la parte final: a veces era un presto agitato y otras veces disminuía su velocidad como si estuviera rallentando el tiempo de ejecución.

Para mí, esa sonata mestiza era mi pasaporte a la salvación. Otro sería el culpable. Me invadió el bienestar. Pero alguien más, alguien que sí dormía profundamente, salió como bólido del sueño y de plano prendió la luz… sólo para descubrir que el autor de tan atroces ruidos no era otro que… nuestro buen amigo Toñito.

Descubierto el culpable in fraganti, ahora, ¿quién iba a despertarlo para notificárselo… a él, al autor de las amenazas que nos habían aterrorizado la noche anterior? Con base en una votación (¡cobardes unidos / jamás serán vencidos!) decidimos despertarlo entre todos y soltarle en coro la cruda verdad, como en el antiguo teatro griego o en la ópera italiana.

“El mini” abrió los ojos y nos soltó un amable: “¿Qué pedo, güeyes? ¿Por qué me despiertan?” Le contamos de los extraños sonidos de su autoría y como respuesta obtuvimos un igualmente cariñoso: “Ni madres, yo no ronco; sólo respiro muy fuerte”, dicho lo cual se volvió a enroscar y a dormir como si no pasara nada, dejándonos con una sensación como de abandono y de duda existencial.

De esto me acordé cuando el más pequeño de la Tropa Loca, el cabo Enjoz, me reclamó por haberlo asustado con uno de mis ronquidos. Él, de manera subrepticia, había abandonado su cómodo lecho para ir a dormirse a la cama de sus papás. Me desperté, puse el alma en su lugar y me le quedé viendo fijamente (ya sabrán lo difícil que es eso cuando los ojos, agotados, se van por todos lados como si uno fuera el bizco Turpin) y le dije: “M’ijito, yo no ronco; sólo respiro muy fuerte”. Mi pequeño reaccionó igual que su servidor años atrás, es decir, se llenó de dudas.

Entre otros motivos, saberme ahora sí culpable de un crimen que años antes me hubiera costado recibir los cariñitos de “el mini”, me orilló a inscribirme en un gimnasio para hacer ejercicio en serio, ya que, debido a algunos excesos alimenticios, mi complexión “regular” (no tan gordo) amenazaba con llegar a la categoría de “robusta” (un auténtico chancho) y esa es una de las causas más frecuentes para la producción de esos sonidos nocturnos que siempre causan desasosiego (en quienes los escuchan) y que comúnmente llamamos ronquidos. Recuerden, estimados lectores, en este crimen uno puede ser el culpable sin saberlo.

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