A través del espejo

Veintidós de diciembre de 1997

Por Karla Winkler E.

Victoria tenía cinco años, pero no era una niña, era una runa inmortal y no tenía cinco años, tenía mil. Había vivido siempre y siempre vivirá. Cuando tenía cuatro, su madre y ella vivían en los altos de Chiapas, en Yibeljoj, con su padre, que ahora está muerto. Él cosechaba café, araba los campos, que eran verdes, pero llegó el invierno y un 22 de diciembre todo el campo se resecó y se volvió gris. Todo murió. Su padre murió con todo. Sus padres y ella habían ido a orar a Acteal y ahora el padre estaba muerto súbita y cruelmente. Lloró por él, lloró por el horror de una masacre cuya comprensión la rebasaba; lloró porque extrañaba los sembradíos, el campo, sus animales, lloró por las colinas. Rezó para que Dios les diera otra vida a todos y reverdecieran todos; así no tendrían que irse de sus comunidades, pero Él no la escuchó y todo quedó igual. Tampoco escuchó a otros. Sebastián, el viejo representante comunitario que vivía al lado del camino, también rezó, pero en sus tierras todo siguió gris, reseco y muerto. Entonces bajaron de las montañas, porque confiaban en encontrar algo vivo, verde y… poder hallar comida. Llegaron e hicieron campamentos, pero todo seguía gris y polvoriento, árido y reseco. Al menos, así lo sentían, ahí la gente seguía viva. Pero era gris, polvorienta y reseca como una ciudad.

Su madre salió, sumida en esa locura, en ese ruido en ebullición. Salió a buscar la forma de preservar la vida en Victoria, y en su padre, que estaba muerto. Finalmente encontró un mercado en San Cristóbal donde vender su café. Le daban un poco de dinero y lo traía a su pequeña casa de maderos y láminas y con eso compraban comida, pero Victoria no comía porque estaba enferma y temblaba de tanto frío. Su padre no comía mucho, pensaba ella, porque se había muerto de tanto orar en Acteal. Los hombres que imploraban, los gritos y los que corrían, con prisa. Los niños no eran como los que iban a la escuela en el campamento. Los maestros que quedaron en la escuelita de Abejas eran viejos y arrugados, estaban tristes y callados. Ninguno sabía reír. Al poco tiempo, ahí donde vivían, encontró a un amigo en el arroyo, quieto y callado en el agua y la sangre. Levantó la vista y lo soñó en sus brazos y lo llevó a su hogar. El pequeño y su padre, que estaban muertos, se acercaron. Se sentaron, quietos, en silencio. Estaban muertos. Nada había terminado. La masacre continuaba.

No fue a la pequeña escuela autónoma. Se quedó en casa para cuidarlos. No hablaba. Se quedaba tumbada, quieta y callada como un fantasma. Cada día adelgazaba más, se ponía más y más blanca. Una noche empezó a llorar. Su madre se alegró que emitiera un sonido y se dio cuenta de que estaba mejor. La alzó en brazos y caminó con ella. Les llegaba un poco de viento, templado como la sombra de los árboles del paraíso. La madre sentía que su cuerpo minúsculo se aflojaba. Sentía que aquel aliento abandonaba la pequeña cáscara pálida de su cuerpo y se dio cuenta una y otra vez de que estaba muerta. La apoyó en el suelo y su padre, que estaba muerto, y todos, los cuarenta y cinco espíritus entraron, silenciosos, como fantasmas, y la miraron. Victoria estaba quieta como una piedra. Se sentaron y la velaron.

Volvió pronto a su escuela. Todos los días, en el recreo, se iba a un rincón. Desde ahí veía jugar a los otros. Extrañaba el sonido de las voces pero ya nadie le hablaba, nadie la veía. Nadie le hablaba a nadie. Silencio de piedra. Sólo se oía el ruido atronador de las balas veloces. Extrañaba el campo y las cosas verdes que soplaba el viento, y el cielo que veía al levantar la vista, con estrellas de noche y auténticas nubes de día. Pensaba en el campo y se preguntaba dónde estaban, qué había pasado con todos ellos, cuánto hacía que se habían ido. Echó la cuenta. Decidió que habían pasado mil años o más desde que los habían expulsado de sus comunidades. Extrañaba las montañas, lloraba y rezaba por ellos… Y un día decidió salir a buscarlos. Decidió que, si los encontraba, volvería; buscaría a su madre y a su padre, que estaba muerto, y que todos volverían y harían como si no hubiera pasado nada.

Por eso caminó y caminó a través de cerros. Cruzó montañas, casitas viejas, quemadas y destruidas por paramilitares. Caminó y caminó y caminó durante meses, y lo único que vio fueron casas en ruinas, extrañando a los ahora desplazados, vio humo y agua viscosa y viejos y viejas y niños callados, envejecidos. Parecía que había andado años y años (¿mil?) porque veía lo mismo. Nada de verde, nada de viento, nada de cielo, nada de risa. Al final se dio por vencida: lloró y rezó por toda la tierra llena de casas destruidas, por todos los viejos y viejas y niños envejecidos. Se sintió perdida, vieja, loca. Buscó a su madre, a su padre, que estaba muerto, pero no pudo encontrarlos. Se convirtió en valiente. Cerró sus oídos a los ruidos fuertes, veló sus ojos ante los pobres fantasmas que caminaban por las montañas y decidió que las montañas se habían ido para siempre y que no había esperanza: toda la tierra estaba tomada y todo estaba enfermo.
WWL

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3 comentarios sobre “A través del espejo”

  1. En efecto, la tierra está tomada y enferma, pero la sensibilidad que refleja tu escrito nos hace desear que sean muchos los que capten, como tú, esa terrible realidad y luchen por recuperar el verdor, el viento, el cielo, la risa.

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