Entreluz

Música y sombras

Por Alberto González Carbajal

Son las dos de la mañana, no hay ningún ruido, salvo el tictac del reloj de mi despacho, que está ubicado entre el comedor y la cocina (de manera muy conveniente, por cierto). Son los días previos al fin de un año muy extraño, donde todo parece indicar que me voy consolidando como empresario y como padre de familia, como esposo de (voz y) voto. Parece que voy entrando a la madurez tardía, aunque sin renunciar a ese mismo espíritu lúdico, iconoclasta y políticamente incorrecto que me acompaña desde que tengo uso de razón.

Estoy intentando terminar un trabajo de “análisis prospectivo de escenarios de ventas” (es tan abstracto como suena) de un cliente que amenaza con no pagarme a tiempo si no se lo envío a estas deshoras, de tal suerte que amanezca en su correo. El cansancio comienza a invadirme, primero como una sensación de lentitud en mis pensamientos y luego con un parpadeo más frecuente de lo normal. La tentación de dormir un rato y luego proseguir la labor… me tienta. Sí, un ratito, media hora nada más… Pero me conozco y sé que si hago eso, muy probablemente el gallo cante antes de que finalice estos escenarios, y entonces no recibiré ese paguito que salvará mis preocupaciones de fin de año.

Es el momento de preparar una jarrita de café, con todo el ceremonial que éste implica: pongo el filtro de papel, relleno el recipiente de agua hasta la mitad y, al momento de tomar el bote que debería contener el café molido, descubro que no queda nada, ni un solo grano. Un terror alimentado por mi natural paranoia me comienza a invadir. Calma, calma, me digo. Respiro hondo, miro a mi alrededor, me repito que podría ser peor y que por fortuna no soy un personaje de Lovecraft. Confirmo que sólo queda café instantáneo, el cual me cae un poco pesado (lo evito al máximo, únicamente acudo a este remedo de café cuando no hay otra opción).

Resignado, comienzo el rito menor (el rito mayor es el del café de verdad, claro), lleno una taza de agua simple, la pongo en el horno de microondas y le programo el tiempo necesario para que cuando esté caliente no me calcine la lengua y me ponga de peor humor. Una vez calentada el agua, le agrego cucharadita y media de café y un sobrecito de endulzante artificial. Le doy un par de sorbos sosteniendo con ambas manos la taza y entonces sucede algo inesperado: me da un breve ataque de nostalgia.

Entrecierro los ojos y como en cascada aparecen algunas imágenes y sonidos de hace muchos ayeres, donde me encuentro apoltronado en una alfombra de tiritas entre verdosas y grises. De fondo se escucha algo de música medieval, distingo un laúd y quizá un clavicémbalo; es probable que sea una composición de Francesco Landini. En la penumbra percibo las respiraciones acompasadas de varios seres a los lados. Boris Alán, un perro que me tocó ver renacer, me sonríe; a su lado Cuca Capulina, una perrita tozuda y rebelde, esboza un gesto que daría un poco de temor a quienes no supieran que con eso demuestra su cariño; un poco más allá, mi hermano de alma se encuentra un poco enconchado y sólo dice: “Me siento un poco cansado de todo”. Cristabella, la hermana de mi hermano, pide, un poco al aire mientras asciende las escaleras, que no se nos olvide cerrar bien la ventana. Otros amigos, visitantes permanentes de ese espacio (como su servidor), murmuran cosas como: “Eso se oye muy suave”, “Como que sí te imaginas en ese tiempo, ¿verdad?”, y cosas por el estilo. A todos nos gusta estar tumbados en la alfombra. Algunos nos conseguimos un cojín para descansar bien la cabeza.

Cierro por completo los ojos y, al abrirlos lentamente, me veo en ese mismo escenario pero con otros amigos. Los únicos constantes son los perros, mi amigo, su hermana y su servidor. La música debe ser la misma porque me sigue provocando las mismas sensaciones de atemporalidad y ligereza corporal. En ese momento Yayita, la nana de mi amigo, lo llama aparte y le recrimina que ya nos acabamos el café y que ya no hay nada para su papá. Mi amigo abre los ojos con un poco de espanto y le promete resolverlo… al rato. Cuánta música escuchamos en aquellos tiempos, en aquella penumbra y con aquellos cafés. Sonidos y sabores que nos daban parte de nuestra identidad a varios amigos de entonces.

Como si viera a través de un zoom fotográfico (zoom out le llaman los que saben) y con la preocupación de que ya nos acabamos el café, regreso a mi realidad. Mi café instantáneo sigue caliente, lo cual indica que sólo estuve “fuera del aire” unos segundos. Me dispongo a trabajar. Descubro que estoy contento. Con esas notas recién recordadas aún resonando en mi cabeza me siento atemporal y ligerito. Parece que, de cuando en cuando, cae bien un ataque de nostalgia.

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4 comentarios sobre “Entreluz”

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