A través del espejo

El doble invierno

Por Karla Winkler E.

Había llegado el invierno a su alma antes que a su piel. Pero ahora tenía la nariz y las orejas rojas y, cuando se guardaba las manos en los bolsillos, en un último esfuerzo, su gélida temperatura destejía los guantes, las telas. Pobre mujer, estaba doblada de frío, morada.

La sensación glacial era intensa, el viento atacaba furioso las casas y los árboles y no perdonaba a los transeúntes, que hacían todo lo posible para librar de sus ataques las mejillas, las orejas y la frente. Cuando se cansaba de ellos, se ensañaba en los altos edificios, en busca de víctimas débiles, y daba rienda suelta a su furia salvaje, rugía como un león, saltaba en las azoteas y se colaba por las rendijas de las ventanas.

Vino la imagen que daba consuelo, bajo su gorro de alpaca. “El mar —dijo—, el sol, la arena caliente”. Todo el mundo estaba de vacaciones, habían huido de la ciudad, dejándola aun más fría; publicaban en las redes cientos de fotografías de maletas y playas. Tenían una necesidad enorme de hacerlo. La mujer se imaginó en el mar, dentro de una caracola grandísima y caliente, llena de cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Tan cálida, tan hospitalaria, como si volviera al vientre materno, como si no hubiera un largo lamento.

La mujer se abrazó a sí misma en el sillón, como si fuera un feto, en medio de la gran sala, en medio del gran edificio abandonado. Sin abrir los ojos, tiritando, se puso toda dura para ofrecer al juego del clima una solidez de montaña. Pero él la fue escalando: se apoyaba en las piernas, apretaba sus pechos, se prendía de sus brazos, de sus hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, la mujer ya no pudo abrir los ojos.

Llegó al mar y se puso de pie. Su piel, ¡qué extraña era allí! Tenía un tono azul, y el mar era blanco, como la espuma de una cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies.

“¡Voy a ver qué tan caliente puede estar el agua”. Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar crecía, se volvía azul, como su piel. Le llegó a las rodillas. Luego a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, entró en sus orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, estaba ahí! Como en una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era caliente.

—El mar, el mar—susurró.

El aire frío soplaba en aquel edificio alto, y la mujer, hundida en el sillón de nieve, ahora quería moverse y ya no podía.

—El mar, el mar…

La mujer flotó inmóvil y se perdió, sola, como un desolado pico de la montaña.

3 thoughts on “A través del espejo

  1. Angel Carlos 12 enero, 2015 / 14:33

    Un bello cuento.

  2. Carlota 12 enero, 2015 / 13:35

    El frío de la soledad es en lo que pienso al leer, creo que pudiera ser uno de los peores sufrimientos pero nuestra mente, la imaginación puede crear y transformar la realidad. Muy descriptiva, hasta frío me dio!

  3. Gloria 12 enero, 2015 / 11:51

    Me gusta cómo narras la situación, especialmente la frase: “Había llegado el invierno a su alma antes que a su piel”.

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