Entreluz

Entre los pies y las tripas (II de II)

Por Alberto González Carbajal

Como me dijeron la primera vez que probé una cerveza: “el chiste es que te guste”, así más o menos me pasó con el baile. Vencidos los temores iniciales al sexo opuesto (visto desde afuera, más bien parecía pánico), descubrí que me gustaba eso de mover el cuerpo al ritmo de alguna música cadenciosa, dejando que mis tripas gobernaran las funciones motrices. Además de este disfrute, el baile también me dejó lecciones de vida que aún hoy, por lo menos en mi caso, siguen siendo válidas.

Bailar es, ante todo, un diálogo; por lo tanto no se necesita tener cercanía emocional con la otra persona, porque todos podemos dialogar con cualquier persona y no pasa nada si no surge vinculación alguna. Eso lo descubrí en mi pueblo: Había acudido con un buen amigo a la fiesta anual, donde hay diversas actividades y el momento estelar, ese al que toda la gente va (o la mayoría), era el baile de la noche. En el afán de divertirnos y perdernos de lo menos posible de lo que ocurría, nos introdujimos en el baile, donde algún grupo (que después se hizo famoso) tocaba una música guapachosa y sabrosona (debió haber sido “Sergio el bailador”, del grupo Bronco). De manera inmediata, ese sonido me jaló a la pista pero, al ser prácticamente un fuereño (hacía muchos años que ya no vivía en mi pueblo), carecía de la confianza como para invitar a alguien a bailar. Mis primas bailaban con individuos que no las soltaban… ni una pieza; así que invité a la pista a la chica que me pareció que tenía tantas ganas como yo de “mover el esqueleto”.

Hubo tal empatía al momento de intercambiar pasos que las sonrisas afloraron. No la solté en mucho rato, hasta que comencé a notar miradas inquisidoras a mi alrededor. En el afán de no generar ningún tipo de suspicacia, apuré el final de mi ciclo de baile. No intercambiamos ni una sola palabra ella y yo, ni siquiera nuestros nombres (posteriormente averigüé todo sobre ella… pero esa es otra historia); no hubo la menor necesidad; nuestras sonrisas, cuando nos despedimos, lo dijeron todo: la pasamos bien en ese momento y sólo por ese momento. Es probable que saber más hubiera contaminado el hechizo logrado. Siento que es como cuando veo una pintura, por ejemplo, de Caravaggio: no que no me importe el siglo XVI, pero realmente no me interesa en primer término la historia que hay detrás de cada imagen; es la belleza en sí misma lo que me seduce a un nivel en el que deja de haber sonidos. Sólo hay disfrute.

Hace algunos años, cuando trabajé en el gobierno federal (lo confieso… yo también fui burócrata), tuve a bien coincidir con una mujer colombiana cuya alegría sólo era comparable con su sabiduría. De su oficina (ocupaba un cargo de nivel medio-alto) salían carcajadas de manera continua. Sin embargo, sus responsabilidades siempre estaban cubiertas; nunca escuché a alguien decir que fuera ineficiente. Un buen día, durante la fiesta de fin de año, comenzó a sonar un vallenato (“La gota fría”, en la versión de Carlos Vives). Ella se levantó como chiflido de su lugar y, sin dudarlo, se dirigió a un servidor. Les recuerdo que ella era una funcionaria de nivel medio-alto, mientras que su servidor formaba parte de la estructura de base (decían que éramos “la perrada”). Con un “ven para acá, Albertito” me sacó a bailar. Sin reponerme del susto y francamente intimidado, me soltó un: “Mira, esto se baila así en mi país”, al tiempo que se arrimaba peligrosamente entrecruzando sus piernas con las mías. Como dicen en los talleres mecánicos, comencé a pasar aceite. Al notar mi evidente nerviosismo me dijo al oído: “Te saqué a bailar porque más o menos te sabes los pasos, no porque estés muy guapo”. Santo remedio. El resto de la canción fue un disfrute sensual sin implicaciones de insinuación sexual. Al terminar, ella volvió a su asiento y yo al mío. La dimensión creada durante la canción dura lo que dura la canción, dejándonos un recuerdo que alegra cada vez que éste es visitado.

Acoplarse al cien por ciento con alguien al momento de bailar es algo casi milagroso. A mí me ha pasado muy pocas veces. Una de ellas fue justamente con una chaparrita morenita de no malos bigotes (o, para ser más exactos, hermosa, encantadora y con una sonrisa en el tono exacto de la alegría), con quien, desde la primera vez que la saqué a bailar (la canción fue “Gitana”, de Willie Colón), durante la fiesta de un amigo en común, empaté de manera completa. No es que yo fuera muy ducho en los pasos de fantasía, ni en las vueltas como de circo que dan algunos bailarines, no; solamente que la correspondencia en los movimientos era prácticamente perfecta: yo estiraba la mano y allí estaba la suya, llegando al mismo tiempo que la mía; daba un paso a la derecha y, al momento de retornar a mi punto de inicio, allí estaba ella también, llegando en ese mismo instante; si decidía hacer algún giro inusual con el afán de darle variedad a los ciclos de los pasos, ella parecía adivinarlo sin siquiera mirarme. El milagro estuvo completo cuando al encontrarme con su rostro descubrí una verdadera alegría, un goce que se esparcía como perfume exótico.

Un par de días después salimos a comer juntos por primera vez y veintitrés años después seguimos compartiendo el gusto de bailar juntos… de criar hijos juntos, de vivir juntos y de construir nuestra vida y nuestra felicidad juntos.

No hay mensajes universales. Las historias son siempre individuales. Cada quien recorre su camino (o la pista de baile) como Dios le da a entender, pero en mi caso reconozco que, si no hubiera sido por mi gusto por el baile, mi vida no sería ni remotamente alegre; la felicidad sería una verdadera rara avis y yo no estaría aquí contándoles de la vida y sus “asegunes”.

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