Entreluz

el

A moco tendido

Por Alberto González Carbajal

Imagínense ustedes: En medio de una importante reunión en la sala de juntas de una renombrada empresa multinacional, me levanto de mi cómoda silla, convenientemente trajeado, bien peinadito y acicalado y, cuando estoy a punto de explicar la forma en que se analizaron los números que hablan de la probable prosperidad de esta firma, de súbito un brutal estornudo hace que hasta los que están más aburridos me volteen a ver. Aun cuando cubro mi boca con un antebrazo, el sonido es espectacular.

Bueno, me digo, esto comienza con fanfarrias, pero ahora todo se normalizará. Con la mayor seriedad, empiezo a explicar, apoyándome en los datos que aparecen en una pantalla, cómo es que, “después de sesudas investigaciones”, llegamos mis asociados y un servidor a estas conclusiones; pero algo me distrae: comienzo a sentir cómo una gota asoma por mi nariz y amenaza con hacerle caso a la fuerza de gravedad. Mis compañeros, con alarma, me hacen llegar pañuelitos de papel para contener el flujo que de pronto ya no cesa. A eso se suman nuevos y estruendosos estornudos, los cornetes nasales se van inflamando y mis palabras poco a poco se vuelven ininteligibles. A mis ojos parece habérseles roto algún empaque, porque las lágrimas fluyen y fluyen… El resultado previsible de mi exposición es que la gente deja de poner atención a lo que digo y comienza a hacer quinielas mentales para ver quién le atina al tiempo que transcurre entre un estornudo y otro (eso me lo confesó luego uno de los que formaban parte de ese auditorio).

Cuando finalizo mi exposición, veo sobre una mesita a mi lado un montón de pañuelos hechos bola… y luego veo que la gente también mira hacia el mismo lugar, con un poco de asco y desdén… igual que a un servidor.

Dice la regla que para que una tragedia ocurra hay que cometer cuando menos tres errores graves. En mi caso, éstos fueron: salir a la intemperie sin taparme lo suficiente en los días en que el invierno arreciaba más; segundo, recibir un estornudo en plena cara, por andar caminando distraído, sin advertir que una fuente de contagio apuntaba su nasal arma contra mí; tercero, no guardar el reposo debido cuando aparecieron los síntomas iniciales (espalda y pies fríos como para poner a tono una cerveza). Y aquí estoy (todavía), con una mayúscula gripe (o gripa, como la llamamos en México; y me gusta más la versión mexicana, pues de lo contrario no diríamos que estamos agripados, sino agripedos).

Así pues, aunque intento guardar reposo, no tengo mucho modo de hacerlo. Esto de haber nacido pobre y, por tanto, obligado a buscarme el sustento de la mejor manera posible y sin tregua, incluye a una serie de clientes que siente que si no voy personalmente a verlos las cosas no funcionarán bien. No es que yo sea muy bueno defendiendo mis puntos frente a frente; más bien ellos no consideran que en una llamada o en una videoconferencia pueda transmitirse la misma información. Cosas de su falta de adaptación a las tecnologías actuales.

Lamento decirlo, pero sale tanta mucosidad por mis fosas nasales y garganta cada vez que toso que resulta inevitable pensar que en realidad ya sólo soy un enorme contenedor de mocos en fuga. Las cantidades que segrego de esta materia poco elegante definitivamente han decidido desafiar las leyes de la física.

Cuando recibo llamadas por teléfono, casi con certeza matemática, respondo a la pregunta inicial: “Que tal, ¿cómo estás?” con un largo acceso de tos y un apenas audible: “Más o menos”. Después de eso, algunos siguen hablando pero otros responden con un: “Te hablo luego, cuando te sientas bien”. Claro, los que responden así siempre son, casualmente, los que buscan un pretexto para escapar, bien porque me deben dinero, bien porque traemos entre manos nuevos proyectos que podrían garantizar mi supervivencia económica unos meses más. Así las cosas. La gripa me mosquea el changarro, en pocas palabras.

No me enfermo de las vías respiratorias tan seguido. Aparentemente mi cuerpo se ha adaptado al antinatural aire que se respira en esta ciudad, así como a su invierno. Sin embargo, algo debe de estar cambiando (en el aire o en mí) porque mi enfermedad se ha prolongado mucho más de lo habitual; creo que sólo me falta colgarme un collar de limones y que me pongan la vacuna para el moquillo. Ya lo he probado todo, excepto, como dije, reposar como Dios manda.

También estoy consciente de que los virus se han adaptado y evolucionado a tal grado que ya no hay poder humano que los contenga por mucho tiempo. Creo que es un modo que tiene Madre Natura o Dios Padre de recordarnos que nosotros, sus hijos, que contamos con los medios para destruir todo vestigio de vida, somos vulnerables a las entidades biológicas más pequeñas y más abundantes de este planeta: mientras que a nosotros nos ha tomado millones de años evolucionar, a ellos les lleva sólo algunas generaciones.

Mientras ustedes leen esto, yo volteo a ver mi bote de basura (al menos ya no hay público que me abochorne ni haga de mi tragedia una casa de apuestas) y sigo preguntándome: si no soy tan grandote, ¿de dónde carajos sale tanto moco?

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    Aunque no es graciosa tu gripa, me hiciste “moquear” de risa. Que te alivies pronto (o dedícate al negocio de pañuelos desechables para que te salgan más baratos).

  2. TSSS SE TE SALE EL CEREBROOOOOOOOOOOO, AJAJAJAJAJAJA TE QUIERO MANITO Y DI BODO BADITO GUARDA REPOSO

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